Carlos Castaneda y el chamanismo en el inconsciente colectivo del mexicano

Entre la realidad y la ficción, Carlos Castaneda recordó al mundo las hipnotizantes particularidades del naturalismo tradicional mesoamericano y, en particular, del mexicano.

enero 31, 2016

Las Enseñanzas de Don Juan: Una Forma Yaqui de Conocimiento (1968) salió al mundo como la tesis de Maestría de Carlos Castaneda, la cual narra tanto las vivencias como aprendizajes a lado de un autoproclamado chamán yaqui del estado de Sonora, Juan Matus. Desde ese entonces Carlos Castaneda se convirtió en la primera referencia antropológica relacionada con el chamanismo en México; sin embargo, ¿qué tanto profundizó en el inconsciente colectivo de una cultura ajena a la suya?

La vida de Carlos Castaneda, cuyo nombre original fue Carlos César Salvador Arana Castaneda, estuvo siempre cargada de confusión, escondites y polémicas. Por lo que la veracidad de sus anécdotas en sus libros no quedaron fuera de esta nube de controversias esperadas a ser clarificadas. Hay quienes dicen que su obra está repleta de engaños; otros, que se trata de un libro auténtico.

Entre la realidad y la ficción, Carlos Castaneda fue un peruano nacionalizado estadounidense, antropólogo y escritor, que recordó al mundo las hipnotizantes particularidades del naturalismo tradicional mesoamericano –principalmente, mexicano–. De hecho, gracias a que sus libros poseen un carácter sincrético, mezclando recursos autobiográficos, alucinógenos, ritualísticos toltecas y religiosos místicos, a Castaneda se le considera un personaje de gran valor literario y antropológico. Y pese de fundamentar errores en cuanto a las tradiciones yaquis, dicho antropólogo logró permear la contracultura y psicodelia en el mundo de la literatura.

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Todo comenzó en 1960, cuando se casó con Margaret Runyan, en Tlaquiltenango, México, y ese mismo año la abandonó por Mary Joan Barker. Hasta que ese mismo verano se encontró en el desierto de Sonora con el personaje que cambiaría su vida para siempre: Juan Matus.

Al ir recopilando información sobre usos medicinales de ciertas plantas psicotrópicas en las etnias indígenas, Carlos Castaneda conoció a un indio yaqui con el pseudónimo de Don Juan Matus. En menos de un año, y con frecuentes visitas por parte del escritor, el indio decidió tomarlo como aprendiz sobre la “forma yaqui del conocimiento”, una nueva era basada en los toltecas por ser un pueblo extinto. Inclusive en los libros del antropólogo se presentan supuestos toltecas en que sólo Don Juan es la única fuente –y hasta la fecha no se ha podido reconocer la validez de este conocimiento ni de la existencia de Don Juan–.

De modo que de vivir en un mundo consumado de acólitas, fetiches de pies y sandalias, pasó a ser un autoproclamado chamán Nagual tolteca. Este proceso requirió, por supuesto, un intenso entrenamiento de modificación de conciencia y percepción –el cual incluía el uso ritual de enteógenos–. Por lo que en sus libros centró su atención en las particularidades del peyote, al que le llamó “Mescalito”, pues se le consideró como un protector junto con la yerba del diablo –Datura– y del humillo –Psilocybe–. Eran, en otras palabras, plantas que le permitieron “aumentar sus estados de conciencia” ante lo ya vivido y lo que venía por vivir.

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Como heredero de su linaje de brujos, Carlos Castaneda crea –y narra en sus libros– una generación de brujos con el fin de obtener la libertad: eran naguales, ensoñadores o acechadores, que seguían los mandatos del espíritu del grupo anterior de orígenes toltecas. Si bien esta generación de Castaneda no poseía la cantidad de energía necesaria –por su configuración energética– para formar un nuevo grupo de brujos, fueron capaces de concebir pases mágicos basados en las artes marciales –y no tanto en los ejercicios chamánicos o danzantes antiguos–. Los llamaron tensegridad. 

Si bien Castaneda era sumamente esquivo y elusivo, y sus obras son el centro de grandes polémicas, la realidad es que estas dieron a conocer internacionalmente recursos ocultos u olvidados de la cultura mexicana. Abrió una puerta que estaba cerrada con llave por los valores morales, y brindó un movimiento corporal a lo olvidado, a lo indígena, a lo mexicano.

Imágenes: 2) El siglo de Torreón , 3) Youtube

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