Cuando la ciudad de México fue el antídoto terapéutico de Leonora Carrington

Ella dominó el constante coqueteo de la locura y las incidentales calles de México.

enero 11, 2016

Existen ciertas zonas en la ciudad de México en las que habita un aire surrealista, místico y fantástico, como si se intentara mantener vivo el recuerdo de las personas que han pasado por ahí. A lo largo de sus calles y arquitectura se encuentran plasmadas de las anécdotas, esculturas y pinturas de aquellos personajes que sublimaron sus miedos y emociones.

Entre las personas que inmortalizaron esta esencia en la ciudad de México se encuentra Leonora Carrignton, la surrealista mexicana-inglesa que liberó la magia desde la colonia San Rafael hasta la avenida Reforma. Su creatividad la llevó a destrozar las paredes de su castillo en la nebulosa Inglaterra, y aprender a deconstruir a su manera lo que quedaba de ella.

La deconstrucción de Carrington comenzó con Max Ernst. Él, un surrealista alemán de 46 años con reputación de mujeriego, casado por segunda vez y sin dinero; ella, una estudiante de arte de tan sólo 20 años, con un padre adinerado y dominante. Fue un coup de foudre. Y a pesar del pronóstico catastrófico que albergaba en la relación, ambos se fueron a vivir a Francia, en donde se encontraron inmersos entre artistas, surrealistas y aislamientos.

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Esta relación, excesiva para los límites tradicionales del arte y el amor, encontró su fin con la invasión nazi en 1939. Tomaron preso a Ernst; y ella, encontró cobijo en un manicomio en Santander, España. Ahí encuentra a Renato Leduc, periodista y diplomático mexicano, quien se encontraba trabajando en la embajada de México en Madrid sin poder regresar a su país de origen. Fue así que realizaron un acuerdo que beneficiaría a ambos: la única solución para huir juntos del caos europeo era casarse y así llegar a la pacífica ciudad de México.

Leonora llegó a la ciudad de México sin ningún sueño que dejar, muy lejos, el recuerdo de Ernst, Francia y el arte. Sin embargo las calles mexicanas parecieron convertirse en elemento terapéutico para estructurar su propia desestructuración mental; por lo que usó los únicos recursos que ya conocía: el surrealismo.

De cierto modo, el surrealismo se convirtió en la única vía funcional para regresarla a una vida –a la que fuera–. Aprehendió la locura como único método de supervivencia, usando sus recursos de irrealidad, alteración en el estado de consciencia, pensamiento y emociones, asociaciones sueltas y delirios. Hasta que, de pronto, ella dominó el constante coqueteo de la locura y las incidentales calles de México. Se volvió parte de una realidad alterna, en donde descubrió la manera de sobrellevar el equilibrio con elegancia y estilo.

A través de estatuas, como Ya no hay lugar ubicada a espaldas de la Catedral –en la calle de Guatemala– y Cocodrilo reubicada en avenida Paseo de la Reforma, o el muro de En el mundo mágico de los mayas en Reforma y Gandhi, Carrington se apropió de la cultura mexicana. Plasmó en las leyendas, mitos y tradiciones su autoconcepción, desde un ojo ajeno a la realidad.

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leo

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