Entre la cordura y la locura de la mexicana Nahui Olin

Nahui Olin se aferró a la solidez del arte y de su sexualidad para salvarse del olvido, abandono y desprecio de una sociedad que la amaba y despreciaba al mismo tiempo.

Por: Maria Jose Castañeda
enero 06, 2016

Nahui Olin (María del Carmen Mondragón Valseca), fue víctima de una sorprendente pasión a la vida que la llevó al límite entre la cordura y la locura durante varios años de su vida. Su personalidad revolucionaria y belleza hipnotizante la llevaron a convertirse en una de las más amadas y repudiadas pintoras y poetisas mexicanas.

Carmen Mondragón, hija del general Mondragón –uno de los más allegados al presidente Porfirio Díaz– gozó de una vida acaudalada en el corazón de París. Su educación, además de llevar un riguroso plan de estudios, implicó también el contacto con años de lucha feminista y su liberación de la sexualidad femenina. Por lo que, ante su retorno, la pequeña Mondragón traía, dentro de su pequeño y erótico cuerpo, los extremos de insaciable placer y excesivo dolor. Esta contradicción la llevó un viaje de intimidad secreta, en donde sólo el paso del tiempo la haría apostar por la locura.

Su primer matrimonio, lleno de ira y mentiras con el joven cadete Manuel Rodríguez Lozano, la obligó vivir en una votiva virginal durante años. Esta unión la haría partir de la ciudad de México ante la explosión de la Revolución Mexicana, regresando a la bohemia capital de Francia. Fue ahí donde conoció a una diversidad de artistas, entre ellos se encontraban Pablo Picasso y Diego Rivera.

Tras ocho años de tormento, y con la carga emocional del fallecimiento de un bebé –de lo cual se dice que ella lo asfixió o que él lo aventó al suelo–, Mondragón regresó a México para sumergirse completamente a la vida artística. Desde entonces, ella no sólo compartió veladas con Dolores del Río, Antonieta Rivas Mercado, Frida Kahlo, Tina Modotti, María Izquierdo, José Vasconcelos, David Alfaro Siqueiros, etcétera, también se dio la libertad de implementar esta lucha feminista muy a su estilo.

Fue así que conoció al que se convertiría en su gran amor y penar, Gerardo Murillo –mejor conocido como Doctor Atl–. Durante cinco años, la intensidad se apoderó de ambos personajes, siendo testigo de ello más de 200 cartas escritas por ella. Ahí, en un estado ninfomaniaco de conciencia, falleció María del Carmen Mondragón Valseca y nació Nahui Olin: la “renovación continua del Universo”.

Durante la década de los 20 y 30, Nahui Olin se aferró a la solidez del arte y de su sexualidad para salvarse del olvido, abandono y desprecio de una sociedad que la amaba y despreciaba al mismo tiempo. Sin darse cuenta –o quizá sí–, sus poemas y pinturas la volvieron víctima de un feminismo avanzado –de otra cultura y otro tiempo– que México desconocía aún.

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No sólo ella se retrataba con ojos hipnotizantes y grandes, vestida o desnuda, también la inmortalizaron como una irreverente musa el Dr. Atl, Edward Weston, Diego Rivera y Antonio Garduño. Y entre el éxtasis de orgasmos y la vida artística, la vida fue pasando… 

De pronto, Nahui Olin tenía ya 40 años y una vida amorosa intensa. Conoció al capitán Eugenio Agacino, de quien se enamoró profundamente. Sin embargo, al año de pasar el más prolijo de sus amoríos, Agacino falleció por una intoxicación estomacal en un viaje a Cuba. Desde entonces, Nahui dejó de ser ella misma –vivía sin vivir, estaba sin estar.

Sin darse cuenta, un día comenzó a revivir un matrimonio forzado y virginal, el infinito amor de su padre –de quien se dice que transgredió los límites filiales–, la celotipia hacia Dr. Atl, y la misteriosa muerte de su hijo y de su divino capitán. Su estructurado arte se inundó de su desestructurada psique de pérdidas y abandonos, obligándola a aferrarse a lo único que le quedaba de su época de oro: harapos, maquillaje exagerado, uñas grotescas, una libertad que le costó su cordura. Así solían encontrarla paseando en los pasillos del Museo de San Carlos o en la Alameda, recogiendo gatos muertos que convertía en cobijas que usaba para abrigarse durante las noches.

La locura o soledad de Nahui Olin la llevó a la pobreza entre el laberinto de la demencia, obesidad y suciedad. Hasta que, en 1978, a sus 85 años, la niña irreverente que sonrojó a la sociedad mexicana, falleció llevándose con ella sus enormes e hipnotizantes ojos esmeralda.

Imagen: Retrato de Nahui Ollin, por Edward Weston. 

 

Autor: Maria Jose Castañeda
Psicóloga, educadora sexual, bailarina, lectora, persona. Ha colaborado en Algarabía, Pijama Surf, Petite Mort, entre otros.
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