Sobre los muxes de Oaxaca o la fascinante diversidad sexual en México

En México existe una amplia diversidad sexual que cruza las fronteras del tradicionalismo heternormativo, en donde la heterosexualidad, forjada por los pilares de la familia, deja de ser suficiente para las vivencias de placer y salud de cada individuo. Ahora el mexicano comienza a reconocer la diversidad de su sexualidad al reconocer sus propias experiencias […]

enero 04, 2016

En México existe una amplia diversidad sexual que cruza las fronteras del tradicionalismo heternormativo, en donde la heterosexualidad, forjada por los pilares de la familia, deja de ser suficiente para las vivencias de placer y salud de cada individuo.

Ahora el mexicano comienza a reconocer la diversidad de su sexualidad al reconocer sus propias experiencias a través de su cuerpo y genero. De algún modo los embajadores de esta vivencia tan única son los miembros de la comunidad LGBTTTI –lesbianas, gays, bisexuales, transexuales, transgénero, travestis e intersexuales–. Gracias a ellos, al menos en la ciudad de México, se ha comenzado a defender legalmente sus derecho a salud sexual plena y satisfactoria, libre de discriminación, abuso y violencia, así como a la libertad de decisión acerca de su reproductividad.

Si bien pareciera que este reconocimiento a la diversidad sexual en el país es un hecho reciente, en realidad registra antecedentes ancestrales. Por ejemplo, desde el siglo XVI en México, principalmente en comunidades zapotecas, ha existido aquello que se le conoce como el tercer género, aquel ser extraordinariamente conformado por ambos sexos –o ambas identidades de género– que ha liberado a las personas de la dicotomía de género. Se trata de los muxes, un grupo cuyo singular estilo de vida encarna la magia humanista de la cultura en Juchitán, Oaxaca.

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Muxe, que quiere decir “mujer”, es aquel hombre que se vive y se sabe mujer. No se trata de cualquier travesti, transgénero o transexual, sino de una deidad hermafrodita o de un sacerdote azteca que simboliza la buena suerte.

Podría decirse que la muxe es el único tercer género –y en ocasiones, tercer sexo– reconocido “oficialmente” por la sociedad masculina. La autodefinición de las muxes inclusive ha provocado que la sociedad se adapte a ellas y no a la inversa –como sucede con el resto de la población “trans”–. Por ello, la vivencia misma de las muxes ha tenido que trascender a lo que el Estado o las leyes entienden al respecto de la diversidad de géneros; ha implicado un replanteamiento no sólo acerca de la idealización de la experiencia de lo femenino, también acerca de la identidad cívica y religiosa de una cultura entera.

Gracias a ello más de 3 mil muxes de Juchitán viven su propio género más allá del cuerpo: han escapado de los límites dicótomos de género; han aprendido a ser libres y autónomas, monógamas y  poliandras, con o sin hijos; han descubierto una manera de amar a hombres y mujeres deconstruyendo al género y al sexo porque la orientación sexual ya no les alcanza para delimitar su capacidad de amar; han gozado el cuerpo de un hombre o de una mujer por el simple hecho de ser personas.

La intrigante dinámica de las muxes ha sido capaz de transformar una sociedad paternalista para que esta última se adapte a las necesidades de ellas. Las muxes, libres de la discriminación férrea que sufre la población trans, gozan del reconocimiento social sin pedirles a cambio su capacidad reproductiva. Ellas viven su propio género más allá del cuerpo que tengan. Simplemente gozan su existencia, como cualquier cosa en la vida.

Para conocer más acerca de esta cultura tan apasionante, te compartimos el cortometraje de Las Intrépidas buscadoras de peligro, del archivo de VICE. Se trata de una invitación a experimentar la vivencias de una muxe.

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Imágenes: 1 y 2 )Nicola Ókin Frioli, representaciondf.oaxaca.gob.mx

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