Difícil no quedar atónito tras leer este cuento: El diluvio totonaco

Este cuento transmite una hilarante y funesta versión del mito del diluvio que forma parte de la tradición oral totonaca.

Por: Javier Barros Del Villar
julio 24, 2016

Maíz, hechicería –propiamente nahualismo–, imaginación salvaje y un final desconcertante, tal vez genial y harto lóbrego, son algunos de los ingredientes que se disfrutan en la versión totonaca del diluvio “universal”.    

Prácticamente todos hemos escuchado sobre este mito que en tiempos remotos embistió al planeta. Lo más probable es que la versión que nos es familiar sea la narrada en el Génesis, con Noé y su arca. Sin embargo, también existen versiones mesopotámica, hinduista, griega, maya y mexica, entre muchas otras, de este mismo acontecimiento.

La totonaca es una cultura que originalmente floreció en el territorio que hoy corresponde a una región de Veracruz y Puebla, y tuvo como ciudades principales Tajín, Papantla y Cempoala. Actualmente es el octavo grupo indígena más grande de México y entre su radiante riqueza cultural se incluye esta versión oral del diluvio, que por fortuna está ya documentada en la preciosa recopilación Cuentos populares mexicanos (2014), reunida por Fabio Morábito.

Combinando humor pagano, ingenio nihilista y un afable sinsentido, la versión totonaca del diluvio, como comprobarás tras leerla, pone en jaque cualquier posible expectativa frente una narrativa mítica y fomenta con épica crudeza una de las formas más siniestras, incluso catárticas, del azoro –así que disfrútalo.

El diluvio totonaco

Cuenta la leyenda que Dios preparaba una limpieza general del mundo y que, antes de lanzar un diluvio de cuarenta días y cuarenta noches, alertó a un hombre que le adoraba de forma consistente. Nuestro protagonista, cuyo nombre ignoramos, se preparó para el histórico evento montando una caja de madera en la cual se introdujo junto con su perra, una paloma y víveres suficientes.

indigena totonaca de mexico trabajando la milpa como en mito del diluvio

Al terminar el diluvio y ya en tierra firme, el hombre fue poco a poco familiarizándose de nuevo con ese mundo recién reseteado. “Añoraba platicar con alguien y tenía mucho miedo. Acompañado siempre de su perra, que nunca se separaba de él. La paloma, en cambio, lo dejaba durante horas, se iba lejos a buscar comida y regresaba antes que anocheciera. Un día no volvió y el hombre sintió una profunda tristeza”.

Tras hallar una casa que increíblemente se había logrado sostener entre las aguas, un día encontró una hilera de hormigas cargando granos de maíz y así dio con un sembradío repleto de mazorcas. “Fue una bendición volver a sentir el sabor del grano”. Eventualmente comenzó a sembrar los granos, los cuales constituían su nuevo alimento luego de terminarse los víveres, aunque extrañaba tener algo con que molerlos y prepararlos.

“Y un día algo extraño ocurrió. Volviendo de su siembra el hombre encontró unas tortillas dentro de su casa. Las agarró, las olió, las probó para saber si no era un sueño, y vio que eran tortillas reales, y sabían bien. Las comió todas, de tanta hambre que tenía, pero ¿quién las había preparado?”

Con extrañeza notó que mientras el sembraba su perra se alejaba, y fue entonces que decidió un día ocultarse cerca de la casa y la vio moliendo el maíz para preparar las tortillas. “Se había quitado su piel y ahora lucía un vestido de mujer. El hombre agarró un puñado de ceniza y lo esparció sobre la piel que se había quitado, la dizque mujer volteó espantada y vio como la piel, su piel, se deshacía al instante. Entonces al no poder volver a cobrar forma de perra quedo para siempre convertida en mujer”.

Así comenzó una nueva vida, acompañado de una mujer, y vivieron juntos y contentos. Un año después concibieron un hermoso niño.

Sin embargo, no le duró mucho tiempo, por que lo mató e hizo tamales con su carne. Lo hizo así por que el hombre, antes de ir a su milpa a sembrar, le había dicho: “Me haces ahora unos tamales de mis tiernos, los comeré cuando llegue”. Pero al decir “tiernos” se refería el hombre a las calabazas tiernas que había traído el día anterior. La mujer lo interpretó de otra manera y por eso mató al niño. Cuando llegó el hombre en la tarde se puso a comer sin saber que los tamales estaban llenos de la carne de su hijo. Lo supo hasta que encontró el puño de un niño dentro de un tamal. Entonces comenzó a gritarle a su mujer, a preguntarle que había hecho, y cuando ella le explicó que lo había matado para obedecer sus ordenes, se sintió invadido por una  profunda tristeza y siguió comiendo aquellos tamales mientras lloraba, a pesar de que estaban hechos de la carne del hijo de ambos.   

 

*Imagen principal: Ilustración del diluvio totonaca, por Ana Paula de la Torre Díaz. 

 

Autor: Javier Barros Del Villar
Editor digital con aspiraciones carpinteras. Mexicano.
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