¡Cae un ídolo al vacío: retan al señor de Tepoztlán!

A lo largo de la historia del hombre, muchos pueblos, muchos individuos, han sido forzados a adoptar creencias ajenas mediante actos de violencia.

Por: Javier Barros Valero
agosto 31, 2016
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senor de tepoztlan

 

I

El pueblo de Tepoztlán, demarcación del estado de Morelos, abrazado por la sierra volcánica del Chichinautzin, en el centro de México, fija y celebra su identidad en referencia a un acontecimiento mítico singular, en la víspera de cada 8 de septiembre, cuando se conmemora la natividad de la virgen María, patrona de la localidad.

Sus pobladores, los tepoztecos, se distinguen en el medio nacional por su apego a las tradiciones –algunas muy antiguas–, cuya memoria mantienen viva año tras año, mediante una activa participación social que cubre un extenso calendario de efemérides culturales.

Tales prácticas dan cohesión a la colectividad y afirman su recia identidad.

Entre las celebraciones destaca la que recuerda el reto que enfrentaría el personaje singular que representa al Pueblo. 

Dice el mito que el héroe y semidios Tepozteco habría nacido del contacto de un ave con una doncella en la barranca que da cauce al arroyo de Atongo, justo en el paraje de Axitla.

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Narra la leyenda que los padres de dicha doncella quisieron de varias maneras, siempre infructuosas, deshacerse de la criatura, por considerarla ilegítima; para ello, la arrojaron a un hormiguero, cuyas moradoras, lejos de picarla y devorarla la habrían alimentado; luego, la abandonaron en un magueyal, con el efecto de que las plantas doblaron hacia su boca las puntas para suministrarle aguamiel;  finalmente, la echarían al río dentro de una cesta.

Prosigue el relato diciendo que una pareja de ancianos adoptó a Tepozteco y que este le habría retribuido sus cuidados cuando decidió acudir en vez del padre adoptivo a enfrentar a una terrible sierpe, en Xochicalco, la cual reclamaba el sacrificio periódico de los viejos, a los cuales tragaba.

Tepozteco se proveyó en el camino de lascas de obsidiana (aiztli) y, llegado el momento, encaró a la fiera, la cual, como era predecible, lo zampó. Desde el interior, el héroe destrozó las entrañas de Mazacoatl –tal era el apelativo del monstruo– con las esquirlas de la piedra obscura y emergió de entre ellas ileso.

El personaje, victorioso, se dirigió hacia la ciudad rival de Cuernavaca, cuyo señor festejaba; al ver su estado tan sucio y menesteroso, los guardias le habrían negado el acceso a la fiesta; Tepozteco invocó a Ehécatl, dios del viento, de quien obtuvo una elegante indumentaria, gracias a la cual le franquearon el paso y le ofrecieron néctares y viandas. Tepozteco untó sus ropas con tales vituallas diciendo que, puesto que antes se las habían negado a su persona, era su ropaje el que lo merecía, y no él.

En el curso del ágape y nuevamente con el auxilio del Viento, se habría producido una gran polvareda, ocasión que Tepozteco  aprovechó para hacerse de un vistoso teponaztle  y huyó con él rumbo a sus lares en Tepoztlán.

El señor de Cuernavaca y sus hombres lo persiguieron para hacerle pagar por su afrenta; cercenaron en su búsqueda el cerro del Viento (de ahí se crearían los llamados Corredores del Aire), pero Tepozteco logró escabullirse, encumbrarse y así burlarlos.

Tales hazañas le merecerían convertirse en Señor de Tepoztlán y sacerdote del dios Ometochtli (dos conejo), deidad asociada al pulque ritual.

II

Tepozteco, o alguno de sus sucesores dinásticos, enseñoreaba Tepoztlán a la llegada de los españoles. Se dice que, en 1538, Fray Domingo de la Anunciación, de la orden dominica, cofradía tolerante con los abusos del poder civil, a diferencia de sus predecesores franciscanos, desafió a Tepozteco a probar la verdad de su religión arrojando desde lo alto del cerro que aloja al templo la efigie de su dios Ometochtli, un monolito. Si este se quebraba, el señor del lugar se convertiría a la fe cristiana.

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Como era de suponerse, no superó tal prueba la piedra del Conejo.

Tepozteco fue bautizado de acuerdo con la religión católica, abjurando de sus creencias politeístas ancestrales. 

Al conocer la apostasía de Tepozteco, los señores de Cuernavaca, Tlayacapan, Oaxtepec y Yautepec, deciden enfrentarlo y hacerle pagar por su traición. Para ello, arriban subrepticiamente a Tepoztlán y lo encaran. Tepozteco les recrimina su desconfianza y les recuerda que él domina cuatro cerros, siete barrancas y siete cuevas, significando con tales datos que Tepoztlán no era cualquiera, sino un lugar sagrado, e insinuando que su decisión de convertirse buscaba preservar el santuario y mantener la integridad de su gente.

El discurso convence a los opositores, quienes expresan su arrepentimiento y se aprestan a abrazar ellos mismos la religión católica.

A este episodio se le conoce en Tepoztlán como “El reto al Tepozteco”, y a él dedican sus pobladores la fiesta principal del año: por la tarde del 7 de septiembre ascienden al templo que corona el cerro del Tepozteco; allí velan y realizan plegarias y ofrendas para de ahí descender posteriormente, representar el bautizo de Tepozteco y marchar en procesión hacia la Plaza Cívica, en la cual se reproduce el diálogo que habrían sostenido los cinco señores regionales antes de adoptar la nueva fe, persuadidos por el parlamento de Tepozteco.

III

Todo bien hasta aquí, salvo que los tepoztecos han dado siempre ejemplo de rebeldía y son más bien, según parece, un pueblo indómito que no acepta imposiciones.

¿Por qué, entonces, renegar de sus antiguos ideales e incluso convencer a sus vecinos de imitarles?

Decía arriba que los dominicos, a diferencia de los franciscanos, carecieron de empatía respecto de los indios y prefirieron asociarse con el poder político en contra de ellos, en sus afanes de dominación. Dado este hecho, debiera quizá preguntarse cuáles fueron las condiciones que habría impuesto o las prerrogativas que habría ofrecido la Orden al señor de Tepoztlán, para que este se allanara. Al cabo de la cuarta década del XVI, el dominio español en el centro de México y, en general, sobre todos los pueblos de lo que ahora es este país, con excepción de los grupos nómades, era abrumador: la suerte estaba echada. No había duda acerca de quiénes eran los vencedores y quiénes los vencidos pero, ¿convencidos?

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La decisión de Tepozteco ¿habría correspondido a un pacto del que nada sabemos pero podemos deducir, en el sentido de mantener la vida y acaso las propiedades de los lugareños, a cambio de adorar a los mismos dioses de siempre aunque ahora en templos cristianos?

La idea de la apuesta para explicar la conversión, ¿sería un modo de trivializarla? Una apuesta es, finalmente, un juego de azar.

¿O tal vez implicaba dejar la decisión justamente a los dioses?

A lo largo de la historia del hombre muchos pueblos, muchos individuos, han sido forzados a adoptar creencias ajenas mediante actos de violencia. El resultado ha sido diverso y un tanto enigmático: sincretismos, amalgamas, asimilaciones, yuxtaposiciones, exterminaciones, resentimientos y venganzas latentes…

La celebración del Tepozteco pervive y pronto tendrá lugar otra vez: ningún momento más propicio para preguntarse críticamente si la visión de los vencidos no es una visión ajena e impuesta y, en su caso, elaborar una propia que recupere la memoria ancestral y afirme verdaderamente la esencia y el destino de la colectividad. 

P.s.: Agradezco a mi querida amiga Olivia Martínez, celosa custodia del patrimonio y de las tradiciones locales, por su información y su invariable estímulo. A través de ella, expreso mi gratitud también a Jaime Reséndiz: son valiosos su contexto y su interpretación del parlamento del Tepozteco ante Cuernavaca y sus aliados.

 

*Imágenes:1) bestwestern.com.mx; 2)cultura.morelos.gob.mx; 3)Grabado de Francisco Moreno Capdevila

 

Autor: Javier Barros Valero
Politólogo y administrador. Sus campos de trabajo son la educación, la cultura y la diplomacia. Le gusta la música y andar por los cerros.
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