El mejor poema mexicano sobre la muerte conlleva una valiosa lección de vida

En “Muerte sin fin”, José Gorostiza nos legó una lección sobre la muerte poco usual para el imaginario mexicano.

Por: Juan Pablo Carrillo Hernández
octubre 28, 2016

Muerte sin fin de José Gorostiza es uno de los poemas capitales de las literatura mexicana y, en general, de la poesía en lengua española. Desde una perspectiva formal, pertenece a la tradición del llamado “poema de largo aliento”, es decir, una composición poética extensa en torno a un solo tema (como el Polifemo de Góngora, el Primero Sueño de Sor Juana o Altazor de Huidobro). Por su tono, podríamos considerarlo un poema “metafísico” e incluso filosófico, pues en su mayor parte es una exploración abstracta e imaginativa por nociones como el génesis, la existencia, la conciencia, la oposición entre vida y muerte y algunas otras.

En cuanto al tema que tiene en el título, la muerte, el poema de Gorostiza no posee la aproximación que, hasta cierto punto, podría esperarse del imaginario mexicano. La muerte aquí no tiene un tinte folclórico e incluso ni siquiera trágico, no está ligada al dolor, tampoco a su ocurrencia en la realidad del Yo lírico (como sucede, por poner dos ejemplos asequibles, en la muerte del padre de Octavio Paz en Pasado en claro, o en la conocida “tía Chofi” de Jaime Sabines).

En Muerte sin fin, la muerte es una noción más compleja pero también, conforme se desarrolla el poema, mucho más asequible incluso para nuestra propia existencia, nuestra vida diaria, en el marco de la cual podríamos adoptar dicho acercamiento para entenderla de otra manera. ¿De qué manera?

La posible complejidad de esta exploración poética de la muerte está en la manera en que Gorostiza llega a nombrarla. Después de plantear el escenario de una Creación, no la Creación según la conocemos por el relato bíblico, pero sí una que se le parece, al menos en la forma en que es contada, pero también una en la que algo parece no cuadrar del todo, en la que se advierte cierta parálisis, como la que se experimenta en ciertos sueños que a pesar de la vitalidad con que se experimenta, en el fondo persiste la certeza de que se trata de una ensoñación inerte. La estrofa donde aparece el fragmento de verso que da título al poema comienza así:

Mas nada ocurre, no, sólo este sueño
desorbitado
que se mira a sí mismo en plena marcha

La conciencia, en ciertas circunstancias, también es incapacidad de movimiento, goce estéril que se regodea en la autopercepción. Y la Creación elevada a Conciencia llega también a ese extremo en cual la misma parálisis tiene al menos una consecuencia: la disolución de los opuestos en la indiferencia de lo absoluto. En el “Ensayo de autocrítica” que ahora abre las ediciones canónicas de El nacimiento de la tragedia, Nietzsche parece anticipar esta posición del Génesis según se construye en Muerte sin fin. Escribe Nietzsche, a propósito de su idea de artista:

Un dios-artista completamente amoral y desprovisto de escrúpulos, que tanto en el construir como en el destruir, en el bien como en el mal, lo que quiere es darse cuenta de su placer y su soberanía idénticos, un dios-artista que, creando mundos, se desembaraza de la necesidad implicada en la plenitud y la sobreplenitud, del sufrimiento de las antítesis en Él acumuladas.

El goce es el único motor del artista, ese dios creador que tiene una enorme semejanza con la entidad que en el poema de Gorostiza no cesa de extraer “largas cintas de cintas de sorpresas”, “distribuye los mundos en el caos” y “los echa a andar acordes como autómatas”.

¿Qué sentido tiene, en este contexto, la muerte? Dicho con brevedad: ninguno más o menos especial que cualquiera de los otros elementos que intervienen en la danza de la creación. En Muerte sin fin, Gorostiza plantea una idea de la muerte que no es comprensible sin la vida, que, de hecho, late a cada momento al interior de todos los seres, cíclica, conservada tan esmeradamente como la partícula más preciosa de existencia.

[…] vida y muerte inconciliables,
siguiéndose una a otra
como el día y la noche,
una y otra acampadas en la célula
como en un tardo tiempo de crepúsculo,
ay, una nada más, estéril, agria,
con Él, conmigo, con nosotros tres;
como el vaso y el agua, sólo una
que reconcentra su silencio blanco
en la orilla letal de la palabra
y en la inminencia misma de la sangre.
                                 ¡ALELUYA, ALELUYA!

*Imagen: hastalosjuegos.es

Autor: Juan Pablo Carrillo Hernández
Escritor y lector. Colaborador en los sitios web Pijama Surf, Petite Mort y otros.
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