Lecciones de economía alternativa (cortesía de un artesano mexicano)

Es urgente la humanización del actual sistema económico, y en este proceso la lógica artesanal del artesano mexicano tiene mucho que aportar.

Por: Javier Barros Del Villar
julio 23, 2017

La tradición artesanal de México es deslumbrante. Ya sea que la materia prima tenga forma de fibras naturales diversas, de conchas, madera o barro negro, de estambre o chaquira, la maestría y corazón que los artesanos mexicanos imprimen a cada una de sus piezas , son francamente arrobadores.

El artesano como maestro de vida

En la figura del artesano confluyen muchas de las más encomiables virtudes del ser humano. La mayoría de estas, por cierto, evidencian las mayores carencias de la actualidad: paciencia, dignidad, talento y humildad, entre otras. Y es que, por ejemplo, en un mundo dominado por la pretensión informativa –todos creemos saber un poco de todo– y la multi-tarea, el ejercer un oficio con cabalidad es un acto no solo contracultural, también un desplante de sanidad; en tiempos en los que el narcicismo voyerista forma parte del credo masivo, la discreción creativa, el genio forjado, y no pretendido, mediante la perseverancia, resultan en un verdadero bálsamo para la humanidad.     

La economía artesanal, un precioso paradigma

En cuanto a economía se refiere, en particular al mercado y la transacción de bienes, la dimensión de lo artesanal adquiere el papel de un agente provocador. A fin de cuentas los procesos de producción, la relación entre el productor y el bien producido, y el ánimo comercial que desenlaza dicho círculo, son una oposición perfecta al espíritu (o a la falta de) del sistema económico que nos rige.

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Este contraste fue capturado de forma contundente por B. Traven, el misterioso escritor alemán que supo detectar, y compartir, una buena porción de la esencia mexicana. “Canastitas en serie” es el cuento publicado a mediados del siglo pasado, que ilustra dicho antagonismo. En él se narra la relación entre un comerciante estadounidense y un artesano mexicano, cuyas realidades son sencillamente incompatibles. Los principios que rigen a uno y otro se evidencian como irreconciliables.

Él, Mr. E.L. Winthrop, se embelesa con el trabajo de un artesano oaxaqueño que produce pequeñas canastas de fibras naturales. Su realidad mercantil traduce inmediatamente este encanto en una oportunidad comercial. Asumiendo una ley básica del mercado, la que apunta a mayor volumen, menor precio, el estadounidense vislumbra un jugoso negocio… hasta que se topa con un universo paralelo, gobernado por reglas que nada tienen que ver con las suyas.  

Difícilmente la historia escrita por Traven, que puedes leer aquí, no logrará sacudir la forma en la que concibes estas supuestas abstracciones (mercado, consumo, producción), que en realidad cimientan buena parte de nuestra realidad más tangible. Y si dedicamos un ánimo reflexivo a “Canastitas en serie”, podemos extraer lecciones importantes, una suerte de guía para re-humanizar nuestro consumo:

1. Productos de calidad y producción responsable

Compromiso genuino del productor con aquello que produce, garantiza la calidad de los productos disponibles para todos. Esto no solo humaniza el intercambio de dinero por bienes o servicios, también beneficia a la sociedad que dispone de dichos bienes. 

El material que empleaba no sólo estaba bien preparado, sino ricamente coloreado con tintes que el artesano extraía de diversas plantas e insectos por procedimientos conocidos únicamente por los miembros de su familia.  

 

2. El producto como la materialización de múltiples bondades 

En el caso de lo artesanal, aunque hasta cierto punto podría aplicarse a cualquier proceso de producción, las piezas resultan de un encuentro entre talento, oficio y sensibilidad. Tal vez a esto se deba que las cosas producidas artesanalmente contengan “un algo”, como un halo singular, que rara vez encontramos en productos industriales.

Era un humilde campesino, pero la belleza de sus canastitas ponían de manifiesto las dotes artísticas que poseen casi todos estos indios. En cada una se admiraban los más bellos diseños de flores, mariposas, pájaros, ardillas, antílopes, tigres y una veintena más de animales habitantes de la selva. Lo admirable era que aquella sinfonía de colores no estaba pintada sobre la canasta, era parte de ella, pues las fibras teñidas de diferentes tonalidades estaban entretejidas tan hábil y artísticamente, que los dibujos podían admirarse igual en el interior que en el exterior de la cesta. Y aquellos adornos eran producidos sin consultar ni seguir previamente dibujo alguno. Iban apareciendo de su imaginación como por arte de magia, y mientras la pieza no estuviera acabada nadie podía saber cómo quedaría. 

 

3. El valor incalculable de lo único por sobre lo seriado

A diferencia de la manufactura en serie, los artículos únicos son comercialmente invaluables y deben valorarse como tal –es decir, más allá de lo monetario pero, también, al menos remunerar el tiempo y talento invertidos en cada pieza.

A menudo no le era posible vender todas las canastas que llevaba al mercado, porque en México, como en todas partes, la mayoría de la gente prefiere los objetos que se fabrican en serie por millones y que son idénticos entre sí, tanto que ni con la ayuda de un microscopio podría distinguírseles. Aquel indio había hecho en su vida varios cientos de estas hermosas cestas, sin que ni dos de ellas tuvieran diseños iguales.

 

4. Hay realidades que trascienden la lógica de mercado

Afortunadamente, y aunque a muchos costará concebirlo, la lógica impuesta por el mercado es absolutamente ajena a incontables realidades que aún laten en rincones del planeta. Por ejemplo, como mencionamos antes, “mayor volumen es igual a menor precio” –pues disminuye los costos de producción–, es algo que no aplica en el universo de lo artesanal; y aquí el “pobre méndigo vestido de harapos”, como lo concebía el estadounidense, da una ejemplar lección en este sentido.

—¿Cuánto querer por esa canasta, amigo? —dijo Mr. Winthrop en su mal español, sintiendo la necesidad de hablar para no aparecer como un idiota.

—Ochenta centavitos, patroncito; seis reales y medio —contestó el indio cortésmente.

[…]

—Amigo, si yo comprar diez canastas, ¿qué precio usted dar a mí?

—Si compra usted diez se las daré a setenta centavos cada una, caballero.

—Muy bien, amigo. Ahora, si yo comprar un ciento, ¿cuánto costar?

—En tal caso se las vendería por sesenta y cinco centavitos cada una.  

[…]

—Bien, si yo querer mil, ¿cuánto costar cada una?

—El precio, bien calculado y sin equivocaciones de mi parte, es el siguiente: Si tengo que hacer mil canastitas, cada una costará cuatro pesos; si tengo que hacer cinco mil, cada una costará nueve pesos, y si tengo que hacer diez mil, entonces no podrán valer menos de quince pesos cada una.

[…]

–Usted decir yo comprar un ciento, costar sesenta y cinco centavos cada una. Bien, yo no comprender por qué no poder venderme doce mil mismo precio.

[…]

—Bueno, patroncito, ¿qué es lo que usted no comprende? La cosa es bien sencilla. Mil canastitas me cuestan cien veces más trabajo que una docena y doce mil toman tanto tiempo y trabajo que no podría terminarlas ni en un siglo. Cualquier persona sensata y honesta puede verlo claramente. Claro que, si la persona no es ni sensata ni honesta, no podrá comprender las cosas en la misma forma en que nosotros aquí las entendemos. Para mil canastitas se necesita mucho más petate que para cien, así como mayor cantidad de plantas, raíces, cortezas y cochinillas para pintarlas. No es nada más meterse en la maleza y recoger las cosas necesarias. Una raíz con el buen tinte violeta, puede costarme cuatro o cinco días de búsqueda en la selva. Y, posiblemente, usted no tiene idea del tiempo necesario para preparar las fibras. Pero hay algo más importante: Si yo me dedico a hacer todas esas canastas, ¿quién cuidará de la milpa y de mis cabras?, ¿quién cazará los conejitos para tener carne en domingo? Si no cosecho maíz, no tendré tortillas; si no cuido mis tierritas, no tendré frijoles, y entonces ¿qué comeremos?

—Yo darle mucho dinero por sus canastas, usted poder comprar todo el maíz y frijol y mucho, mucho más.

—Eso es lo que usted cree, patroncito. Pero mire: de la cosecha del maíz que yo siembro puedo estar seguro, pero del que cultivan otros es difícil. Supongamos que todos los otros indios se dedican, como yo, a hacer canastas; entonces ¿quién cuida el maíz y el frijol? Entonces tendremos que morir por falta de alimento.

—¿Usted no tener algunos parientes aquí? ¿No poder ellos cuidar su milpa y sus animales y usted hacer canastas para mí?

—Podrían hacerlo, patroncito; pero ¿quién cuidará entonces de las suyas y de sus cabras, si ellos se dedican a cuidar las mías? Y si les pido que me ayuden a hacer canastas para terminar más pronto, el resultado es el mismo. Nadie trabajaría las milpas, y el maíz y el frijol se pondrían por las nubes y no podríamos comprarlos y moriríamos. Todas las cosas que necesitamos para vivir costarían tanto que me sería imposible, vendiendo las canastitas a sesenta y cinco centavos cada una, comprar siquiera un grano de sal por ese precio. Ahora comprenderá usted, jefecito, por qué me es imposible vender las canastas a menos de quince pesos cada una.

Imágenes: 1) Archivo +DeMX; 2) thendi.com.mx
Autor: Javier Barros Del Villar
Editor digital con aspiraciones carpinteras. Mexicano.
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