Reflexiones de grandes escritores mexicanos sobre el sismo de 1985 que hoy valiera releer

José Emilio Pacheco, Octavio Paz y David Huerta le escribieron al temblor de 1985; hoy esos textos recobran un lugar entre nosotros.

septiembre 24, 2017

Hay experiencias que marcan en la vida, que rasgan el lienzo de la memoria para impregnarse indefinida, tal vez eternamente, en la memoria. Esto ocurre tanto a nivel personal, en la historia individual de cada uno, como a nivel colectivo: por ejemplo cuando el manto de la tragedia envuelve a una sociedad y se destapa una reacción catártica en cadena. 

El martes 19 de septiembre de 2017, a las 13:14, ocurrió algo que México no olvidará. Un eco de otra cicatriz histórica, el sismo de 1985, tan evidente que se registró precisamente en el aniversario de su antecesor, un volcán de emociones prefiero, y luego de reflexiones, anécdotas y, esperemos, aprendizaje. Pero como la historia es, también, un ciclo, pareciera que algunas de las reflexiones que detonó ese sismo, el de 1985, tienen algo importante que decirnos hoy, a unos días de este, el de 2017.

A continuación compartimos una breve selección de textos telúricos, uno de José Emilio Pacheco, otro de Efraín Huerta, ambos publicados originalmente en la revista Proceso, en 1985 y 1986, respectivamente; el otro es de Octavio Paz, publicado en el diario español El País, el mismo año del sismo. 

 

“Las Ruinas de México” / José Emilio Pacheco 

La tierra desconoce la piedad.

Sólo quiere prevalecer transformándose.

La tierra que destruimos se hizo presente.

Nadie puede afirmar: Fue una venganza”.

La tierra es muda: habla por ella el desastre.

La tierra es sorda: nunca escucha los gritos.

La tierra es ciega: no observa la muerte.

el día se vuelve noche

polvo es el sol

el estruendo lo llena todo.

…Es lo único eterno.

Sólo el polvo es indestructible.1

Avanzo, doy unos pasos más

miro de cerca el infierno.

 

Muere el día de septiembre

entre la asfixia y los gritos

…De aquella parte de la ciudad que por derecho

de nacimiento y crecimiento, odio y amor,

puedo llamar la mía (a sabiendas/de que nada es de nadie)

no queda piedra sobre piedra.

 

Mudo alarido de este desplome que no acaba

nunca,

las construcciones cuelgan de sí mismas. Parecen

grandes camas desechas puestas de pie

porque sus habitantes ya están muertos.

Pesa la luz del plomo. Duele el sol

en la Ciudad de México.

 

Las fotos más terribles de la catástrofe

no son fotos de los muertos…

No: las fotos más atroces de la catástrofe

son esos cuadros en color donde aparecen

muñecas

indiferentes o sonrientes, sin mengua, sin tacha,

entre las ruinas que aún oprimen

los cadáveres de sus dueñas, la frágil vida

 

de la carne que como hierba ya fue cortada.

 

Hay que cerrar los ojos de los muertos

porque vieron la muerte y nuestros ojos

no resisten esa visión.

Al contemplarnos

en esos ojos que nos miran sin vernos

brota en el fondo nuestra propia muerte.

 

Esta ciudad no tiene historia,

sólo martirologio.

El país del dolor,

La capital del sufrimiento

el centro deshecho

del inmenso desastre interminable.

 

“Escombros y semillas” / Octavio Paz 

Ante los infortunios y los desastres, lo mismo los naturales que los históricos, los hombres han respondido siempre con actos y con obras. La religión, el pensamiento, el arte y la acción son nuestra respuesta a la universalidad del mal y de la pena. Los aztecas creían que esta edad del mundo estaba regida por el sol del movimiento, y esta idea les dio ánimo para ver de frente y con entereza los terremotos, las erupciones volcánicas y las inundaciones; la creencia en la justicia y la misericordia divinas alivió a nuestros antepasados de la Nueva España e impregnó de sentido a las catástrofes y convulsiones naturales que padecieron. Ahora, los temblores del 19 y el 20 de septiembre nos han redescubierto un pueblo que parecía oculto por los fracasos de los últimos años y por la erosión moral de nuestras elites. Un pueblo paciente, pobre, solidario, tenaz, realmente democrático y sabio. La sabiduría popular no es libresca ni moderna, sino antigua y tradicional. Es una mezcla de estoicismo, silenciosa energía, humor, resignación, realismo, valor, fe religiosa y sentido común. Ese sentido que, precisamente por ser común, es comunal, comunitario. En suma, la sempiterna combinación humana que Santayana definió en uno de sus libros como “escepticismo y fe animal”. Yo más bien diría: escepticismo y fe vital, confianza en este mundo y en el otro. Los mexicanos han sido siempre grandes constructores, y las distintas ciudades de México -la azteca, la novo-hispana y la del siglo XX- nos han dejado monumentos admirables. Pero nuestra ciudad comenzó a desfigurarse hace unos 30 años. Ha padecido un crecimiento frenético y canceroso, que ha destruido casi totalmente su trazo y su fisonomía. Tres fuerzas nefastas se han confabulado para producir este colosal disparate que es hoy México. La primera ha sido el centralismo político, económico y cultural, que, conjugado con el excesivo crecimiento de la población, engendró un hacinamiento humano contranatural. El centralismo comenzó en Teotihuacan hace más de 2.000 años; después se trasladó a Tula, primero, y más tarde a México. Aquí ha sido azteca, español y mexicano. En su origen fue teocrático-militar, y hoy es sobre todo político, ya que en el México actual, la política domina a la cultura y a la economía. Constante a través de nuestra historia, alternativamente benéfica y fatídica como todas las grandes fuerzas históricas, la tendencia hacia la centralización se ha agudizado más y más desde 1950. Este crecimiento ha sido paralelo al de una extensa y poderosa burocracia estatal con ramificaciones en todos los centros vitales de la nación. No es extraño que la doble acción del centralismo y la burocracia, ambos esencialmente autoritarios, haya terminado por asfixiarnos y paralizar a sus mismos y directos beneficiarios: los gobernantes. En efecto, hay una relación directa entre la concentración del poder en un grupo y el centralismo: el excesivo crecimiento del segundo inmoviliza al primero.

La segunda fuerza ha sido de orden económico: el espíritu de lucro de los empresarios e industriales de la construcción, que aprovecharon el auge relativo de este cuarto de siglo para entregarse a una especulación urbana desenfrenada e inescrupulosa, con la complicidad de la burocracia gubernamental. Así, en unos cuantos años, la ciudad se extendió de manera caótica y se cubrió con multitud de edificios, no sólo feos, sino inseguros. Por último, la megalomanía de los últimos Gobiernos, empeñados en levantar en un parpadeo sexenal Babilonias de cemento del tamaño de su vanidad. Los cimientos de esas moles estaban podridos como la moral de los que las erigieron. Justicia poética: mientras el temblor, en unos pocos minutos, echó por tierra esas construcciones alzadas por la vanagloria, la ambición y la codicia, los viejos edificios siguen en pie. Lo verdaderamente terrible ha sido el costo en sangre: las víctimas nos duelen más que las pérdidas materiales. La naturaleza y la historia son divinidades crueles, y el desastre del 19 de septiembre debe verse como la conjunción de una fatalidad natural y un error histórico.

Hoy se habla de reconstrucción. Pero esta palabra es engañosa, pues no designa realmente la naturaleza de la tarea que nos espera. No se trata de repetir lo hecho, sino de rectificar el curso ancestral de la historia de México. Creo que es el momento de iniciar en serio el proyecto de descentralización que figuró de manera prominente en el programa del presidente De la Madrid, y que fue uno de sus puntos más atractivos. Si algo puede unir a los mexicanos, es precisamente esta idea. Cierto, es una tarea que, de llevarse a cabo, requerirá los esfuerzos de dos generaciones. No importa: éste es el momento propicio para comenzarla. Si el presidente, que se ha mostrado valeroso y sobrio ante el desastre, comienza de verdad a descentralizar, merecerá nuestra gratitud y la de nuestros descendientes. Al impulso centralista que ha animado nuestra vida social desde la época prehispánica debe suceder otro, hacia afuera, centrífugo, al encuentro de la provincia.

En su origen, México fue plural. El mundo precolombino fue una sociedad internacional de ciudades con culturas y lenguas distintas que el Estado azteca no logró sujetar enteramente. El proceso de unificación de los aztecas fue continuado con éxito por el régimen hispano. Sin embargo, bajo la Monarquía austriaca, el centralismo fue menos absoluto y rígido que con los Borbones.

El México independiente continuó en esto, como en tantas cosas, al despotismo ilustrado. Los liberales se dijeron federalistas, pero en verdad fueron, por influencia francesa, acentuadamente centralistas. Los Gobiernos revolucionarios y posrevolucionarios han seguido la misma política de concentración de poder. Esto ha sido fatal, porque en la provincia de México duermen muchas fuerzas que debemos despertar. Ese despertar, por lo demás, está escrito en el proceso histórico mismo de nuestra nación. La provincia está destinada a ser en el porvenir inmediato, como lo fue varias veces en el pasado, un protagonista central en la vida del país. Lo que no sabemos es si ese despertar será un desgarramiento, el comienzo de una rebelión en contra del centro, como a veces se manifiesta ya en el Norte, o si será una conjunción. La descentralización conjurará los peligros de un cisma o, peor aún, los de una escisión. Es una empresa larga, como todas las que cuentan en la historia. También es una empresa impostergable.

La reacción del pueblo de la ciudad de México, sin distinción de clases, mostró que en las profundidades de la sociedad hay -enterrados, pero vivos- muchos gérmenes democráticos. Estas semillas de solidaridad, fraternidad y asociación no son ideológicas, quiero decir, no nacieron con una filosofía moderna, sea la de la Ilustración, el liberalismo o. las doctrinas revolucionarias de nuestro siglo. Son más antiguas, y han vivido dormidas en el subsuelo histórico de México. Son una extraña mezcla de impulsos libertarios, religiosidad católica tradicional, vínculos prehispánicos y, en fin, esos lazos espontáneos que el hombre inventó al comenzar la historia. Kropotkin y santo Tomás, Suárez y Rousseau, suspendiendo por un momento sus disputas, habrían aprobado con una sonrisa conmovida la conducta del pueblo. Las raíces comunitarias del México tradicional están intactas. La acción popular recubrió y rebasó en unas pocas horas el espacio ocupado por las autoridades gubernamentales. No fue una rebelión, un levantamiento o un movimiento político: fue una marea social que demostró, pacíficamente, la realidad verdadera, la realidad histórica de México. O, más exactamente: la realidad intrahistórica de la nación. La enseñanza social e histórica del sismo puede reducirse a esta frase: hay que devolverle a la sociedad lo que es de la sociedad.

Los gérmenes del renacimiento están en el origen. Son los de nuestro comienzo. Han sobrevivido a muchas desdichas y tradiciones, a la seducción de la falsa modernidad y a las simplificaciones de las ideologías. Hay que preservarlos y vivificarlos. Sería funesto que se desvaneciesen o volviesen a ocultarse. De ahí que sea indispensable que en la tarea de reconstrucción-rectificación que será larga y penosa, participen todos los distintos grupos sociales. Tenemos que encontrar nuevas vías de participación popular. Es inaplazable asimismo que las autoridades oigan la crítica y acepten la fiscalización de la sociedad. Si el Gobierno quiere reconquistar la confianza popular y no exponerse (y exponernos) a un estallido más grave y profundo que el temblor, debe mostrarse más abierto y flexible. El Gobierno no es una fortaleza, sino un lugar de encuentro. No pido que abdique de su autoridad, sino que la comparta, que sea más atento y sensible a las voces de los que están fuera. El temblor sacudió a México, y entre las ruinas apareció la verdadera cara de nuestro pueblo: ¿la vieron los que están arriba?

 

“Elegía del Ajusco” / David Huerta

Una y otra vez te veo, allá en el sur de la ciudad, como un guardían de la cuenca que muchos llaman valle Estás hecho de siglos, de rocas ígneas, de bosques tersos y de claridad; aunque no pocas veces, también, te pierdes entre la neblina o el humo sucio de esta civilización de prisas, desechos, angustia, enajenaciones y violencia Ajusco, montaña de mi ciudad: ¿cómo no querer conversar contigo en las horas bajas de la noche confusa? ¿Cómo no imaginar que de verdad me escuchas y me comprendes? Y en las madrugadas lentas, desesperantes, ¿cómo no escuchar un murmullo que bien podría ser tu voz, tu mensaje, tu discurso de vigía y de cómplice?

Una elegía, sí, ahora, en septiembre, por los muertos de hace un año Viste, montaña altiva, cómo se quebró la tierra bajo los pies, bajo las camas; y cómo todo quedó al borde mismo de una sombría eternidad: la eternidad de la muerte Emblema de nuestra condición; símbolo atroz y realidad avasalladora, el terremoto nos hizo, increiblemente, abrir los ojos, descubrir al vecino; saber cuánto importan las vidas de los demás en esta ciudad desfigurada —y más desfigurada aún por el desastre Ajusco, escuchaste los llantos, los gritos, las solicitudes de auxilio En esos minutos que fueron “los más largos del tiempo”, vivimos el miedo a puñados; nos hizo falta, de veras, mucho temple para salir a la calle a buscar cómo podíamos ayudarnos unos a otros Ajusco, fue muy duro, muy doloroso, muy triste; y a la vuelta de las semanas, los meses, dolió también darse cuenta de como hay quienes no aman este país Pero ése es otro tema y no quiero traerlo a estas elegía por terrible mes de septiembre de 1985 Tú, Ajusco, escucha estas palabras cuidadosamente y guárdalas con tu sabiduría de milenios.

Camino por Insurgentes y el instinto me obliga a buscarte, a reconocer tu perfil Los amaneceres en la ciudad son a veces muy difíciles de vivir, desde el sismo; ¿quién puede asegurarnos que la pesadilla terminó? Para muchos mexicanos no ha concluido: sigue, árida, tremenda Qué extraño consuelo saber, sin embargo, que estás ahí, Ajusco No sé muy bien cómo decírtelo pero eres una presencia enorme, conmovedora; una verdadera compañía El otro día, mejor dicho, la otra tarde, vi volar una bandada de patos; la V de las aves se perdió por el rumbo de allá, del sur, donde tú estás El diálogo de tus formas y las aves en vuelo me llenó de una curiosa alegría Por un momento dejé de pensar y me integré en eso que suele llamarse “el ritmo de la naturaleza” No pensar: el Predicador lo dijo, pero no le creemos “Porque en la mucha sabiduría hay mucha molestia; y quien añade ciencia añade dolor” No: hace falta conocer, saber, volver a pensarlo todo de nuevo, ahora que la muerte ha pasado de esa manera ante nuestros ojos, frente a nuestras manos inútiles.

Ajusco, escucha ¿No oyes los murmullos de un tiempo nuevo? ¿No volverá la transparencia a nuestro mundo? ¿No sabremos cómo tenemos que vivir y pensar, amar, escribir? Nadie dijo que vivir fuera fácil, desde luego; pero tampoco pensábamos que el tiempo mexicano tuviera dentro de sí tales tragedias, tal agobio de pesadumbre No, Ajusco, no nos vamos a quejar Hay que abrir bien los ojos, ¿no te parece? Las luchas no se van a detener ni nosotros tampoco Quede estas elegía por los muertos del pasado septiembre Te estoy mirando, Ajusco, y de pronto imagino que de ti saliera toda la luz necesaria Por un momento todo está claro Luego empieza a llover y es una lluvia refrescante, luminosa Caerá la noche y ya no te veré más: acaso, apenas, las luces de tus faldas, los poblados semirrurales asediados por el crecimiento de la metrópoli ¿Hace cuántos años que no me acerco a tocarte? Desde las excursiones infantiles de hace veinticinco, treinta años Sí, seguirá lloviendo y vendrán la oscuridad y, quién sabe, el descanso y el sueño El tiempo mexicano quedó ensombrecido, más oscuro y doliente con todo lo que ha sucedido este año No nos repondremos en mucho tiempo de la tragedia Sí, Ajusto, con todo lo ya sabido y padecido, no es hora de quejarse ¿Para qué? Tu lección de impasibilidad tendrás que servirnos de algo Volverá a amanecer, montaña altiva

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