Entre reflejo y reflejo: la elusiva historia de Teotihuacán como un espejo

Teotihuacán, uno de los complejos arqueológicos más increíbles de México y el mundo, comparte sus joyas ocultas, sin develar mucho de sí mismo, pero sin dejar de hablarnos y atraernos hacia él.

Por: María Fernanda Garduño Mendoza
octubre 03, 2017

Teotihuacán, la imponente ciudad que, según los cuentan los historiadores, albergó a una amplia diversidad de culturas, antes de ser ocupada por los aztecas, continúa siendo un misterio. Se sabe poco de su origen y menos sobre las personas que la fundaron, por esto arqueólogos e historiadores, obsesionados con entender más sobre su funcionamiento como urbe, han indagado en sus profundidades. Pero lo que se encuentran —siempre sorprendente— es apenas vestigio de una verdad concreta sobre ese pasado. No queda mucho más que imaginar y utilizar las ruinas, paisajes, misterios, pinturas y objetos, como recursos de un cuento. El cuento de la historia. 

Lo que Teotihuacán estaba ocultando

Lo que Gómez Chávez estaba buscando, era entender cómo se estructuraba la sociedad en Teotihuacán. La pista principal es que la pirámide de Quetzalcóatl no aparenta haber cumplido con las mismas funciones rituales que las del Sol y la Luna. Esto podría indicar que, como las pirámides en Egipto, la de Quetzalcóatl es una tumba. Lo que Gómez Chávez esperaba encontrar, era a un rey. Casi por accidente, en 2003 se le apareció el túnel. Un pequeño socavón, peligroso para los turistas, llamó su atención. Cuando se decidieron a explorar un poco, descubrieron un gigantesco túnel subterráneo. Él y su equipo se han adentrado en él, develando que está compuesto de tres cámaras, con objetos que, definitivamente, lo hacen pensar que son mortuorias.

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El túnel no había sido tocado desde hace 1,800 años y lo que había adentro se encuentra aún en muy buenas condiciones. Ofrendas de joyas: ojos de cristal, esculturas de jaguares al acecho, preciosos dientes verdes de cocodrilo hechos de diorita; pero lo más impresionante de todo: un paisaje montañoso en miniatura, como si se tratara una maqueta o un modelo, representando montañas rodeadas de lagos llenos de mercurio y, en las paredes del túnel, pequeñas manchas de pirita (llamada también oro falso), como si fueran las estrellas del cielo, de este pequeño mundo subterráneo.

Otro impresionante descubrimiento, son cuatro esculturas hechas de diorita, dos de ellas intactas. Están vestidas con preciosas prendas, adornadas con cuentas, cargando objetos sagrados, como unos espejos de pirita y otros objetos brillantes colgantes. Se ha interpretado que son los cuatro chamanes fundadores de la ciudad, hombres portadores de magia, conectados con lo divino y situados en el límite entre el reino mortal y el de los muertos. Los investigadores piensan que las superficies reflejantes, como la pirita y la de las pequeños lagos de mercurio, tenían la función de emular entradas al inframundo. Lo titilante también se ha asociado con lo mágico.

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Por otro lado, se han hallado en Teotihuacán, múltiples indicios de sacrificios humanos y animales. La violencia ligada al acto religioso de sacrificar, ha sido leída como una herramienta para imponer miedo en los practicantes de una religión de la que sabemos poco. Se piensa que el acto aparatoso, por su cualidad ritual, tiene una función coercitiva espiritual y también de cohesión, en una sociedad muy grande y multicultural, que solicitaba un centro sólido. La muerte y lo divino rigen sobre Teotihuacán y, entre ambas hay una conexión orgánica, muy distinta a la que hoy nos acontece; sin embargo, somos los contemporáneos los que la estamos estableciendo, por lo menos discursivamente.

La historia como ejercicio poético

La historia no es sólo contada por los vencedores. La historia no es una ficción; es decir, no es una cosa fingida. La historia sí es artificiosa, en tanto que se construye técnicamente. Pero no por ello es falsa. Si es historia, su valor radica en que sostiene explicaciones sobre el mundo y lo que menos importa es si estas son verdaderas. Podríamos decir, sin embargo, que la historia es tan verdadera que ha sido utilizada para justificar actos injustos o para criticar y —con un poco de suerte— desmantelar formas de vida opresoras. La historia es verdadera si le hacemos caso, pero hay que saber: la historia es mucho menos ciencia, mucho más poesía.

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Sin embargo, indagamos científicamente en nuestro pasado, acto que no carece de validez. Juntamos las piezas a través del método duro, pero las ensamblamos en un ejercicio poético que nos habla poco de la verdad sobre el pasado y mucho sobre nosotros mismos en el presente. En este afán, el arqueólogo Sergio Gómez Chávez halló algunas de las más increíbles maravillas que Teotihuacán se estaba guardando. Lo que encontró ha sido compilado y será expuesto por primera vez en De Young Museum de San Francisco.

Teotihuacán nos reconecta con el ciclo de la vida

Poco sabemos, en realidad, sobre esta gente, que vivió hace unos 2,000 años. Nuestra necesidad de encontrarnos con ellos, a partir de la construcción de un pasado para la materialidad que nos heredaron y también al admirar la riqueza de esta misma materialidad, es una forma de encontrarnos con nosotros mismos, con nuestro orígen. En una sociedad donde los centros espirituales se han vuelto volátiles y las identidades son fragmentarias, los escombros de Teotihuacán, son los bellos y brillantes cimientos que reflejan la conexión estrecha y pura con la vida y la muerte que se nos escapa en el presente.

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Estas son algunas de las maravillas encontradas:

*Imágenes: 1) Eye Ubiquitous/UIG via Getty Images/Fine Arts Museums of San Francisco; 2) Jorge Pérez de Lara Elías,  INAH/Fine Arts Museums of San Francisco; 3) Sergio Gómez Chávez/Fine Arts Museums of San Francisco; 4) Jorge Pérez de Lara Elías, INAH/Fine Arts Museums of San Francisco; 5) INAH

Autor: María Fernanda Garduño Mendoza
Estudios y gestión de la cultura, UCSJ. Ensayando discursos, constantemente. Articulando rupturas.
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