¡Cae un ídolo al vacío: retan al señor de Tepoztlán!

A lo largo de la historia del hombre, muchos pueblos, muchos individuos, han sido forzados a adoptar creencias ajenas mediante actos de violencia.

 

senor de tepoztlan

 

I

El pueblo de Tepoztlán, demarcación del estado de Morelos, abrazado por la sierra volcánica del Chichinautzin, en el centro de México, fija y celebra su identidad en referencia a un acontecimiento mítico singular, en la víspera de cada 8 de septiembre, cuando se conmemora la natividad de la virgen María, patrona de la localidad.

Sus pobladores, los tepoztecos, se distinguen en el medio nacional por su apego a las tradiciones –algunas muy antiguas–, cuya memoria mantienen viva año tras año, mediante una activa participación social que cubre un extenso calendario de efemérides culturales.

Tales prácticas dan cohesión a la colectividad y afirman su recia identidad.

Entre las celebraciones destaca la que recuerda el reto que enfrentaría el personaje singular que representa al Pueblo. 

Dice el mito que el héroe y semidios Tepozteco habría nacido del contacto de un ave con una doncella en la barranca que da cauce al arroyo de Atongo, justo en el paraje de Axitla.

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Narra la leyenda que los padres de dicha doncella quisieron de varias maneras, siempre infructuosas, deshacerse de la criatura, por considerarla ilegítima; para ello, la arrojaron a un hormiguero, cuyas moradoras, lejos de picarla y devorarla la habrían alimentado; luego, la abandonaron en un magueyal, con el efecto de que las plantas doblaron hacia su boca las puntas para suministrarle aguamiel;  finalmente, la echarían al río dentro de una cesta.

Prosigue el relato diciendo que una pareja de ancianos adoptó a Tepozteco y que este le habría retribuido sus cuidados cuando decidió acudir en vez del padre adoptivo a enfrentar a una terrible sierpe, en Xochicalco, la cual reclamaba el sacrificio periódico de los viejos, a los cuales tragaba.

Tepozteco se proveyó en el camino de lascas de obsidiana (aiztli) y, llegado el momento, encaró a la fiera, la cual, como era predecible, lo zampó. Desde el interior, el héroe destrozó las entrañas de Mazacoatl –tal era el apelativo del monstruo– con las esquirlas de la piedra obscura y emergió de entre ellas ileso.

El personaje, victorioso, se dirigió hacia la ciudad rival de Cuernavaca, cuyo señor festejaba; al ver su estado tan sucio y menesteroso, los guardias le habrían negado el acceso a la fiesta; Tepozteco invocó a Ehécatl, dios del viento, de quien obtuvo una elegante indumentaria, gracias a la cual le franquearon el paso y le ofrecieron néctares y viandas. Tepozteco untó sus ropas con tales vituallas diciendo que, puesto que antes se las habían negado a su persona, era su ropaje el que lo merecía, y no él.

En el curso del ágape y nuevamente con el auxilio del Viento, se habría producido una gran polvareda, ocasión que Tepozteco  aprovechó para hacerse de un vistoso teponaztle  y huyó con él rumbo a sus lares en Tepoztlán.

El señor de Cuernavaca y sus hombres lo persiguieron para hacerle pagar por su afrenta; cercenaron en su búsqueda el cerro del Viento (de ahí se crearían los llamados Corredores del Aire), pero Tepozteco logró escabullirse, encumbrarse y así burlarlos.

Tales hazañas le merecerían convertirse en Señor de Tepoztlán y sacerdote del dios Ometochtli (dos conejo), deidad asociada al pulque ritual.

II

Tepozteco, o alguno de sus sucesores dinásticos, enseñoreaba Tepoztlán a la llegada de los españoles. Se dice que, en 1538, Fray Domingo de la Anunciación, de la orden dominica, cofradía tolerante con los abusos del poder civil, a diferencia de sus predecesores franciscanos, desafió a Tepozteco a probar la verdad de su religión arrojando desde lo alto del cerro que aloja al templo la efigie de su dios Ometochtli, un monolito. Si este se quebraba, el señor del lugar se convertiría a la fe cristiana.

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Como era de suponerse, no superó tal prueba la piedra del Conejo.

Tepozteco fue bautizado de acuerdo con la religión católica, abjurando de sus creencias politeístas ancestrales. 

Al conocer la apostasía de Tepozteco, los señores de Cuernavaca, Tlayacapan, Oaxtepec y Yautepec, deciden enfrentarlo y hacerle pagar por su traición. Para ello, arriban subrepticiamente a Tepoztlán y lo encaran. Tepozteco les recrimina su desconfianza y les recuerda que él domina cuatro cerros, siete barrancas y siete cuevas, significando con tales datos que Tepoztlán no era cualquiera, sino un lugar sagrado, e insinuando que su decisión de convertirse buscaba preservar el santuario y mantener la integridad de su gente.

El discurso convence a los opositores, quienes expresan su arrepentimiento y se aprestan a abrazar ellos mismos la religión católica.

A este episodio se le conoce en Tepoztlán como “El reto al Tepozteco”, y a él dedican sus pobladores la fiesta principal del año: por la tarde del 7 de septiembre ascienden al templo que corona el cerro del Tepozteco; allí velan y realizan plegarias y ofrendas para de ahí descender posteriormente, representar el bautizo de Tepozteco y marchar en procesión hacia la Plaza Cívica, en la cual se reproduce el diálogo que habrían sostenido los cinco señores regionales antes de adoptar la nueva fe, persuadidos por el parlamento de Tepozteco.

III

Todo bien hasta aquí, salvo que los tepoztecos han dado siempre ejemplo de rebeldía y son más bien, según parece, un pueblo indómito que no acepta imposiciones.

¿Por qué, entonces, renegar de sus antiguos ideales e incluso convencer a sus vecinos de imitarles?

Decía arriba que los dominicos, a diferencia de los franciscanos, carecieron de empatía respecto de los indios y prefirieron asociarse con el poder político en contra de ellos, en sus afanes de dominación. Dado este hecho, debiera quizá preguntarse cuáles fueron las condiciones que habría impuesto o las prerrogativas que habría ofrecido la Orden al señor de Tepoztlán, para que este se allanara. Al cabo de la cuarta década del XVI, el dominio español en el centro de México y, en general, sobre todos los pueblos de lo que ahora es este país, con excepción de los grupos nómades, era abrumador: la suerte estaba echada. No había duda acerca de quiénes eran los vencedores y quiénes los vencidos pero, ¿convencidos?

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La decisión de Tepozteco ¿habría correspondido a un pacto del que nada sabemos pero podemos deducir, en el sentido de mantener la vida y acaso las propiedades de los lugareños, a cambio de adorar a los mismos dioses de siempre aunque ahora en templos cristianos?

La idea de la apuesta para explicar la conversión, ¿sería un modo de trivializarla? Una apuesta es, finalmente, un juego de azar.

¿O tal vez implicaba dejar la decisión justamente a los dioses?

A lo largo de la historia del hombre muchos pueblos, muchos individuos, han sido forzados a adoptar creencias ajenas mediante actos de violencia. El resultado ha sido diverso y un tanto enigmático: sincretismos, amalgamas, asimilaciones, yuxtaposiciones, exterminaciones, resentimientos y venganzas latentes…

La celebración del Tepozteco pervive y pronto tendrá lugar otra vez: ningún momento más propicio para preguntarse críticamente si la visión de los vencidos no es una visión ajena e impuesta y, en su caso, elaborar una propia que recupere la memoria ancestral y afirme verdaderamente la esencia y el destino de la colectividad. 

P.s.: Agradezco a mi querida amiga Olivia Martínez, celosa custodia del patrimonio y de las tradiciones locales, por su información y su invariable estímulo. A través de ella, expreso mi gratitud también a Jaime Reséndiz: son valiosos su contexto y su interpretación del parlamento del Tepozteco ante Cuernavaca y sus aliados.

 

*Imágenes:1) bestwestern.com.mx; 2)cultura.morelos.gob.mx; 3)Grabado de Francisco Moreno Capdevila

 

Javier Barros Valero
Autor: Javier Barros Valero
Politólogo y administrador. Sus campos de trabajo son la educación, la cultura y la diplomacia. Le gusta la música y andar por los cerros.

Esta pequeña comunidad mexicana conserva el trueque desde hace 500 años

Aquí es sencillo imaginar el México prístino, el que vivía más ligado a la naturaleza, a la comunidad...

“¡Cambias! ¡cambias!”, se escucha en los pasillos del mercado del domingo de Zacualpan de Amilpas en Morelos. Es uno de los pocos sitios en México que conservan desde hace más de 500 años la manera conocida de comercio más antigua de todas: el trueque.

Desde las 6 de la mañana de los domingos llegan de pueblos y zonas rurales cercanas decenas de personas con sus productos, muchos de ellos alimentos cultivados con técnicas ancestrales. Orgánicamente orgánicos, por así decirlo…

Zacualpan de amilpas trueque

“Yo tengo 25 años viniendo a truequear. Muchos jóvenes vienen de otros pueblos a cambiar muchas cosas, desde Cuernavaca. Vienen muchos, y ya saben cuándo es el trueque”, me dice Josefina Arias, de 67 años.

El hecho de que persista el trueque en este lugar se ha hecho tan popular que en septiembre se hace la ‘Feria del Trueque’, cuenta.

Zacualpan de amilpas trueque

Zacualpan de amilpas trueque

“Lo mejor es traer cosas útiles, como aceite, maíz, u otros insumos de la cotidianidad. Le pones un precio, y entonces dependiendo de ello lo cambias por lo que necesitas”, concluye Elinda García de 66 años. A ella lo que más le cambian son los chapulines.

Zacualpan de Amilpas trueque

Aquí es sencillo imaginar el México prístino, el que vivía más ligado a la naturaleza, a la comunidad… Este es una especie de museo viviente, una alternativa auténtica al capitalismo. Y aunque también se truequean muchos productos industrializados, sobreviven la sencillez y grandeza de las artesanías y los productos de la tierra.

Ana Paula de la Torre Diaz
Autor: Ana Paula de la Torre Diaz
Politóloga de carrera, colabora para diversas publicaciones digitales como Pijama Surf. Creadora del proyecto huenasnoticias.com Y pintora con bordadora ocasional ( http://bit.ly/2jkE8lD )

El paraíso es rosa y dura solo una noche: fotografías de lujosos atuendos de quinceañeras

Muchas chicas mexicanas y latinoamericanas esperan con ansias el día de portar el exuberante vestido que celebra su recién adquirida adultez.

Después de los aplausos, los vals y casi 100,000 pesos gastados, dicen las quinceañeras que sus ilusiones fueron cumplidas. Y es que uno de los rituales de paso a la edad adulta en México y otros países de América Latina, se trata, en pocas palabras, de hacer realidad un sueño. Este sueño no es, sin embargo, una aspiración personal, sino cultural. La fiesta de quince años es el regalo que se le promete a muchas niñas desde que son pequeñas y estas no dudarán en ensamblar un paraíso de una noche.

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No olvidemos los icónicos quinces de Rubí. Imagen: AFP/Ronaldo Schmeidt

La fiesta que, sin duda, tiene un vínculo con la sexualidad femenina, representa “el paso de ser niña a mujer”. El evento es un despliegue de una feminidad rosa, en todo su esplendor. Así, desde la extravagante decoración y hasta el exuberante traje casi barroco que porta la festejada, la fiesta de quince años es un acontecimiento memorable que sorprende a otras culturas.

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AFP/ronaldo Schmeidt

Todo gira en torno al vals. Por ello las quinceañeras se preparan con varios meses de antelación para hacer gala –frente a todos sus conocidos– de su recién adquirida adultez, compartiendo unos pasos con “el chambelan”. Este es un joven que ya tiene permiso de los padres para tomar a la chica de la cintura y bailar. Aún así, estos significados ligados a la grandilocuente celebración –en donde los 100,000 pesos se van en iluminación, DJ, banda, comida y bebida para los asistentes y por supuesto el vestido–, no están limpios de críticas y cuestionamientos más postmodernos.

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Quinceañera siendo maquillada. AFP/Ronaldo Schmeidt

Y aunque toda mujer tiene la responsabilidad de cuestionar la feminidad que ella misma se ha narrado; sin duda todas las quinceañeras que protagonizan nuestra galería son preciosas chicas que, como cualquier otra persona, continúan construyendo los parámetros de su propia identidad.

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Foto: AFP/Rolando Schmeidt
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La fiesta de quince es tan importante para estas chicas latinas que en Los Ángeles su casa hogar les organizó una con todos los elementos importantes. Imagen: Araceli Martínez/La Opinión.
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Imagen: thisisrocio.com
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Aquí las chicas sostienen una muñeca: la última que se les regalará, pues ya no son niñas. Imagen: Araceli Martínez/La Opinión.

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AFP/Rolando Schmeidt
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AFP/Rolando Schmeidt
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AFP/Rolando Schmeidt
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Araceli Martínez/La Opinión
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De pilón, un poco más de baile. Imagen: AFP/ ronaldo Schmeidt.

 

Las abuelas tepoztecas que han defendido la naturaleza por años (VIDEO)

Desde la década de los 60, mujeres valientes que han evitado que Tepoztlán se convierta en un desarrollo comercial más.

Si uno analiza los distintos entramados del poder, encuentra que los intereses, finalmente, siempre recaen en algún punto en la naturaleza. Cualquier dispositivos que usas, por ejemplo, lleva entre sí piezas que vienen de la naturaleza; en los procesos de producción, solemos olvidarlo, pero todo desemboca en los recursos naturales.

En México, por ejemplo, la mayor parte de las zonas forestales del país, corresponden a indígenas y comuneros. Y ellos son los que en realidad advierten cuando las grandes compañías llegan para desplazarlos, contaminan sus recursos, etc., Nosotros, en la ciudad, muchas veces ni nos enteramos.

En las últimas décadas ello ha ido cambiando, cada vez más comuneros e indígenas están dispuestos para defender sus tierras; cada vez más, nos dan lecciones de que la noción de desarrollo económico por encima del desarrollo ecológico y social es un absurdo contundente. Y entre esta basta madeja de personas que nos han dado grandes lecciones, están las conocidas como abuelas tepoztecas, mujeres de la región del hermoso y místico Tepoztlán que desde los años 60 han defendido su pueblo y naturaleza de megadesarrollos que los excluyen y dañan la naturaleza.

Estas historias han quedado conservadas en el reciente documental llamado “La Batalla de las Cacerolas”. Le llamaron así porque hay un capítulo preciso que se volvió famoso a nivel mundial, cuando decenas de tepoztecas y tepoztecos salieron a las calles con sus cacerolas para protestar por la imposición de un club de golf, que atentaba contra el abasto del agua. El caso fue ganado por los tepoztecos; una de las primeras victorias ambientales comunitarias del país.

La Batalla de las Cacerolas ganó recientemente un premio en el Festival Internacional de cine Ecofilm, mismo que recorre el mundo desentrañando las historias que nos hacen retomar nuestra naturaleza, como eso que somos, parte de ella.

Hoy la lucha de las abuelas tepoztecas está centrada en la ampliación de la autopista que llega a Tepoztlán desde la Ciudad de México, proyecto que está varado gracias a un amparo interpuesto por los habitantes. La incursión de la carretera no repercutiría únicamente en el tramo ampliado, haría también que este milenario lugar resguardado por montañas, se convirtiera en centro de paso, lo que resultaría en más contaminación, ruido, tráfico y nuevos proyectos comerciales cuyo objeto no necesariamente es proteger el medio ambiente.

Conoce un poco de estas mujeres, de la historia de su vida, de cómo el arraigo que se hace en un lugar, para muchos, es mucho más fuerte que cualquier criterio o interés económico:

Puedes conocer más documentales ecológicos del Festival Ecofil, acá.