¿Qué se necesita para construir la paz en México?

Ante la violencia evidente que se vive en nuestro país, es momento de que entendamos que todos somos agentes de cambio…

México tiene un largo camino por delante para convertirse en un país pacífico y seguro; no podemos negarlo. Inseguridad, violencia y crimen organizado son términos cercanos, incluso familiares, para nosotros. Pero ¿dónde se construye este fenómeno?

Aunque no se busca negar la responsabilidad de miembros del gobierno —de todos los niveles— en muchos de los eventos de violencia que ocurren en nuestro país, no parece suficiente atribuir a las autoridades la totalidad de la violencia que experimentamos cotidianamente. Hay que decirlo: hay un poco de responsabilidad en cada uno de nosotros y vale la pena reflexionar sobre eso.

La violencia se filtra a las estructuras más ínfimas de nuestra vida

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La violencia se manifiesta de múltiples maneras, unas más visibles que otras, pero todas igualmente importantes y perjudiciales para la sociedad y los individuos. Hemos escuchado hablar con frecuencia de la violencia física y emocional, sobre todo en lo referente a relaciones de pareja o de familia.

Existen, sin embargo, otras formas de violencia, como la estructural, que limita los derechos de ciertos grupos ciudadanos. En este sentido, la discriminación resulta también una forma de violencia.

Siendo críticos, podemos encontrar que en nuestro actuar individual y cotidiano llegamos a ser violentos con más frecuencia de la que quisiéramos admitir. A partir de esta reflexión, algunas preguntas me rondan la cabeza: ¿qué es entonces la paz? ¿Y dónde se construye?

Definir la paz como la ausencia de conflicto ya no es suficiente en el mundo actual

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En la actualidad, la paz debe entenderse como la ausencia de violencia estructural, es decir, cualquier limitación de los derechos de ciertos grupos. No se trata de violencia física o directa, sino que está entramada en las leyes o en la sociedad.

En México, existen políticas públicas encaminadas a promover la igualdad de oportunidades y el respeto a los derechos humanos, mismas que podrían, eventualmente, tener un efecto positivo en favor de la paz. Sin embargo, esto no implica que desde la sociedad no podamos comenzar a actuar: todos podemos, en nuestro entorno inmediato, construir con nuestras palabras y nuestras acciones un espacio pacífico.

Para lograrlo, debemos ser capaces de cuestionar nuestra propia conducta, y reflexionar si, en nuestra vida diaria, actuando como individuos, no somos promotores de alguna forma de violencia.

Para muestra, un botón: basta pararse en una esquina en la hora pico en cualquier vialidad de la Ciudad de México para ser testigos de incontables interacciones con tintes de amenaza, prepotencia e incluso violencia física. Automovilistas, ciclistas, peatones, usuarios y conductores del transporte público: de todos se puede esperar cualquier tipo de reacción ante el estrés que genera un embotellamiento. Este tipo de situaciones se viven también en la escuela, el trabajo, y otros espacios de convivencia.

Aunque estos eventos aparentemente empiezan y terminan en algunos minutos y no tienen mayor trascendencia, lo cierto es que al sumarlos todos van causando pequeñas grietas en el tejido social y afectando negativamente la calidad de nuestras interacciones. Lo que antes era una grosería impensable poco a poco gana terreno en nuestras palabras y acciones, y finalmente se convierte en la respuesta inmediata a cualquiera que se atraviese en nuestro camino y nos impida actuar como queremos.

En México necesitamos educación para la paz

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Hemos perdido la conciencia de que cada uno de nosotros conforma la sociedad y nuestras acciones tienen consecuencias, aunque estas no sean siempre visibles de manera inmediata o directa.  

La educación para la paz es un campo de estudio que hace énfasis en las relaciones humanas como espacios donde las acciones individuales pueden impactar el entorno. Promueve un cambio no solo de conductas, sino de actitudes.

Ante la violencia evidente que se vive en nuestro país, es momento de que entendamos que todos somos agentes de cambio; está en nuestras manos decidir el tipo de cambio que queremos crear.

Vivir en sociedad implica necesariamente tender puentes hacia otros; queda en nosotros decidir si los puentes que tendemos hacia quienes viven a nuestro alrededor se construirán con agresiones o con respeto.

Las acciones individuales son las que construyen a nuestra sociedad; la decisión correcta, tomada de manera repetida y cotidiana, tendrá un peso mucho mayor del que pensamos. Las decisiones a favor de la paz son las decisiones correctas.

*Imágenes: 1) Atlas Subjetivo de México; 2, 3 y 4) 72 kilos.

Regina Garduño Niño
Autor: Regina Garduño Niño
Relaciones Internacionales, ITAM. Trabajo en sociedad civil. Siempre tengo más preguntas que respuestas.

Campesinos mexicanos: los guardianes de nuestro vínculo con la tierra

Hemos desplazado a la tierra de nuestro imaginario, pero ¿sabías que con lo que producen los campesinos mexicanos podríamos alimentar a la mitad del país?

La diversidad natural en México es enorme. Y también la cultural. ¿Has pensado en la posibilidad de que exista una relación entre ellas?

No podemos evitar cargar de significado lo que nos rodea y, en ese sentido, si tanta vida nos envuelve, estamos deliciosamente rodeados de simbolismo. Así, está claro: a la tierra mexicana no le debemos solo nuestra seguridad alimentaria, también nuestro abanico infinito de tradiciones y manifestaciones culturales.

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¿Y quién resguarda este vínculo increíble entre los mexicanos y la tierra que habitan? Son los campesinos, los sujetos que se encargan de cultivar nuestra biodiversidad (y tal vez sin sospecharlo, también nuestra diversidad cultural).

Tenemos un vínculo indeleble con la tierra

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Nuestro vínculo indeleble con la tierra es innegable sobre todo si pensamos, por ejemplo, que nuestra gastronomía es fundamental para la identidad. Y en México, evidentemente lo es. Si hay algo que compartimos (sin importar particularidades como la clase social, sexualidad, etnia, lengua y más) es el maíz. Y si le rascamos tantito, la otra cosa que compartimos es el chile y si le insistimos, tenemos al frijol.

Claro que en gustos se rompen géneros. Pero es claro que todos los mexicanos tenemos una conexión estrecha con los alimentos de nuestro campo. Y esa conexión, que para algunos es sagrada, para otros pasa desapercibida; pero está ahí, reuniéndonos discretamente.

Así, aunque hemos desplazado al campo del gran imaginario cotidiano y colectivo (especialmente desde los medios), los campesinos se resisten a desaparecer, porque, aunque no lo sepamos, seguimos invocando a estos guardianes.

También en Más de México: ¿Qué es el maíz nativo y por qué todos deberíamos estarlo consumiendo?

No solo protegen la conexión, también la diversidad biocultural

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La milpa, el sistema ancestral de cultivo (y sin duda ecosistema ideal) también es una estrategia de resistencia que defiende la diversidad de lo que se siembra, frente a los esquemas de agricultura extensiva, de monocultivo y que utilizan semillas transgénicas.

En ese sentido, los campesinos mexicanos mantienen la diversidad genética de las plantas, especialmente del maíz. Además de sembrar comida, están secretamente encargados de evitar la desaparición de nuestras especies endémicas; un servicio por el que no les estamos agradeciendo suficiente.

¿Sabías que en México hay casi 60 variedades de maíz y que todas se la debemos a una tradición campesina milenaria que se ha encargado de cultivar, proteger y asegurar la variabilidad de la planta? Los campesinos conocen los procesos de la tierra, de las plantas, de los animales y los insectos y los traducen en ciclos de vida ligados a su propia existencia; desde la forma en la que organizan su día a día, hasta sus fiestas religiosas, comúnmente definidas por el calendario de siembra.

Olvidarse de la tierra es olvidarse del cuerpo

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Por otro lado, nos estamos olvidando de la tierra. Se puede decir así, porque, en general, ya no aspiramos a ella; es decir, ya no añoramos trabajarla y son pocos los estímulos que nos invitan a volver a ella. Pero ¿has pensado que cuando te olvidas del campo, también te estás olvidando de tu cuerpo?

Podría parecer una asociación forzada, pero si dejas de pensar en cómo se está administrando y cuidando la tierra, dejas de enterarte sobre qué es realmente lo que estás comiendo, qué tipo de procesos (sociales, políticos, económicos y también agrícolas) dan lugar a tus alimentos. Al mismo tiempo, delegas el cuidado de tu vínculo con la tierra a otros que no reconoces. ¿Te imaginas, por ejemplo, un México sin tortillas? Por otro lado, ¿qué estás haciendo tú para cuidar el maíz?

Los campesinos son figuras que asociamos a clases sociales o a momentos de la historia determinados, que aislamos de la realidad colectiva, pero, la verdad es que, aunque pasen desapercibidos, ellos están haciendo por nosotros mucho más de lo que imaginas.

La realidad: los campesinos podrían alimentar a la mitad del país

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Un estudio reciente de la CONABIO se dedicó a probar la importancia real del trabajo de los campesinos como productores de alimentos y también como guardianes de la biodiversidad, especialmente del maíz. Demostrando que la agricultura campesina podría alimentar a más o menos 54.7 millones de personas en México, el estudio define el trabajo de los campesinos como un componente vital para obtener seguridad alimentaria en el país.

Este reconocimiento simbólico, pero también económico y político, es urgente. Los consumidores tenemos que empezar a cuidar a nuestros campesinos, así como ellos nos cuidan a nosotros y a nuestra diversidad biológica y cultural.

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Para ayudarles, podemos empezar apoyando a los pequeños productores, comprando productos hechos con plantas nativas (como buenas tortillas hechas con maíces no transgénicos); podemos pensar nuestras dietas con base a lo que se produce de forma local, y, sobre todo, apoyar el comercio justo. Tenemos que remunerar a estos guardianes.

Por otro lado, el estudio de la CONABIO señala que otro riesgo es que “la población campesina está envejeciendo”, esto quiere decir que los campesinos son sujetos de generaciones anteriores y ya no hay jóvenes en el campo. Pero ¿sabías que tienes derecho a ser campesino? ¿Que podrías sembrar tus alimentos? ¿Que puedes hacerlo en pequeña escala, incluso en el más pequeño departamento? ¿Sabías que puedes tomar esa responsabilidad y convertirte también en guardian de lo diverso?

La tierra nos está llamando y ya no tan discretamente nos susurra: haz milpa.

También en Más de México: ¿Y tú comes la tortilla que crees que te mereces?

*Imágenes: 1) Tzitziki Talue; 2) Karla Zepeda; 3) No especificado; 4, 6 y 7) Redd+ México; 5) Juan Carlos Ibarra.

Este increíble proyecto cambiará tu visión sobre México para siempre

Tienes que conocer Albora, una plataforma que mapea los proyectos comunitarios e iniciativas sociales más esperanzadores del país...

El panorama sociocultural en México no pinta precisamente bien, sobre todo si nuestra ventana al mundo son los medios noticiosos. Además, la desconfianza va en aumento, se nota en el alza de los índices de percepción de corrupción e inseguridad. Así, aunque las cosas estén efectivamente complicadas, el imaginario colectivo no está colaborando y las alternativas y buenas noticias, se pierden en el mar de información negativa.

Aunque hay momentos donde demostramos ser increíblemente solidarios y se nos olvidan las distancias que nos hacen desconfiar, estos parecen aparecer solo frente a ciertas coyunturas (como los desastres naturales), pero cuando la efervescencia parece terminar, aunque las cosas nunca terminan de acomodarse, dejamos de movernos y tendemos a dejarnos llevar por el flujo cotidiano.

¿Qué nos falta? ¿Por qué nos cuesta tanto colaborar, organizarnos, reunirnos, ser constantemente críticos (y no solo en Twitter) y activarnos? En muchos sentidos, lo que necesitamos es estar inspirados, ver ejemplos de que las cosas sí salen bien o materializaciones de comunidades mexicanas que se han levantado para construir espacios que nos beneficien (aunque a veces sea discretamente) a todos.

También en Más de México: ¿Qué se necesita para construir la paz en México?

En estos tiempos, donde es crítico cambiar la visión sobre México para cada uno de los sujetos que queremos formar parte de este país, nace Albora, un proyecto que se plantea “recuperar la esperanza como fuerza social”. ¿Cómo planean hacerlo? Su objetivo es consolidarse como una plataforma digital donde cualquiera pueda conocer y celebrar iniciativas sociales locales dignas de reconocimiento. A través de estas historias multimedia Albora quiere “tender puentes entre colectivos organizaciones y ciudadanos involucrados en el cambio social o dispuestos a hacerlo” e invitar a los que aún no se conectan a sumarse.

Para entender mejor sus intenciones, nos comunicamos con Étienne von Bertrab, fundador y director de Albora, que además ha trabajado como profesor e investigador en México y Reino Unido en temas de desarrollo sustentable y ha es activista de temas ambientales. Te compartimos fragmentos de esta interesante entrevista:


+DMX: En el contexto sociocultural en el que se inscribe Albora ¿qué significa “esperanza”?

EvB: Partimos de la reflexión de que en el estado en que se encuentra México no sólo abunda (y entendiblemente) el pesimismo, [también] el optimismo, que muchas y muchos ofrecen, y que ninguna de estas posiciones o estados ayudan a salir, como sociedad, de lo que muchos consideramos el momento más oscuro de nuestra vida contemporánea.

Rebecca Solnit habla de que el pesimismo y el optimismo son dos caras de la misma moneda. Se parecen en que con ambas actitudes nos excusamos de actuar, ya sea porque ‘no hace sentido’ o porque ‘todo va a estar bien’.

Gustavo Esteva, fundador de la Unitierra en Oaxaca, ha sido fundamental para nosotros en entender la esperanza no como un estado de ánimo (y por supuesto no en un sentido religioso o que sugiera igual, ‘esperar’), sino como una convicción profunda, que es necesario cultivar y abrigar. Con ella no es que se tengan certezas, sino todo lo contrario. Se reconoce el peligro que nos acecha y sobre todo la incertidumbre, pero existe la convicción de que algo podemos hacer frente a la realidad, aunque no sepamos bien a bien cómo y cuándo surtirá nuestra acción, algún efecto.

Esteva habla de la esperanza como fuerza social, y apunta a que es eminentemente colectiva […]

+DMX: Albora pretende compartir ejemplos que inspiran, pero, en tu experiencia ¿cómo construir relaciones de este tipo en el día a día? ¿Cómo inspirarnos confianza (en todos los sentidos) los unos a los otros?

EvB: Mientras que instituciones como los partidos políticos, la justicia, los militares y policías, la iglesia, se han ganado a pulso nuestra desconfianza, lo lamentable es que desconfiamos también uno del otro. Somos de los países de América Latina donde la desconfianza es más amplia y más profunda.

Desde mi punto de vista y a partir de mi experiencia como activista en México […] llevamos también la desconfianza a la acción colectiva, a las organizaciones y a las redes de acción y solidaridad. Es demasiado común restar legitimidad al otro, por la razón que fuera – por quién es, por dónde o cómo vive, por estar relacionado con algún partido o gobierno, o haberlo hecho en el pasado, por haber recibido dinero público, y así. Por lo que sea. Eso hace que logremos muy poco, y que quienes se benefician del estado de cosas sigan intocados.

Vivimos una ciudadanía de baja intensidad, y profundizarla requerirá un montón de esfuerzos colectivos y comunitarios, y para ello será fundamental restablecer la confianza, reconocer el valor del otro y de lo que hace, aunque no estemos de acuerdo en todo.

[…] En Albora buscaremos construir confianza mediante un entramado de cosas: quiénes estamos detrás y muy particularmente los asesores temáticos, las iniciativas y esfuerzos que elegimos donde pese su impacto y capacidad de transformación, y la calidad del trabajo de documentación y de comunicación: plumas, fotos, video, audio.

La idea es que una parte creciente de la audiencia considere al menos la posibilidad de valorar lo que hacen las organizaciones y colectivos referidos, y se sume de alguna manera, ya sea como voluntario, prestando un servicio profesional, visitándolos, en lugar de ir a Acapulco o al extranjero una vez más, o donando dinero.

Los mexicanos, a pesar de nuestra amplia generosidad, que se manifiesta por ejemplo frente a cada desastre natural, contribuimos muy poco económicamente a las organizaciones de la sociedad civil.

+DMX: ¿Qué hacer para que este tipo de proyectos sociales no sean “emergencias” y se transformen en “estrategias”?

EvB: Esperemos que Albora esté para quedarse, pues siempre habrá iniciativas a las cuales apoyar ampliando su voz. México no saldrá de esta guerra y de las múltiples violencias (la criminal y la institucional, pero también aquella hacia el pobre, hacia las mujeres, hacia los jóvenes, hacia el territorio) fácilmente, y posiblemente nos tome generaciones.

Albora es un esfuerzo colectivo, una apuesta a aportar a algunos de los desafíos que tenemos como sociedad.

¿Quieres ayudar?

Hay muchas maneras de apoyar a esta fantástica iniciativa. La primera es compartiéndola con tus amigos, familia y conocidos. Hay que estar atentos a sus esfuerzos de Albora y también para el lanzamiento de su plataforma digital (que será a mediados de octubre). Además, puedes convertirte en colaborador: si eres fotógrafo, periodista o investigador puedes poner cámara, pluma y corazón para dar a conocer los proyectos que le están devolviendo la esperanza a esta tierra.

Además, hay que estar al pendiente del lanzamiento de su campaña de crowdfunding durante la cual podrás hacer una aportación económica y ayudar definitivamente a levantar el proyecto.

Descubre más sobre Albora en su sitio web y Twitter.

Sobre verdades, historias, aniversarios y ausencias que arden

Narrar a México y volverlo a hacer. Eso es lo que nos toca. ¿Cómo? ¿Con qué palabras? Aquí algunas pistas…

[…] Mas he aquí que toco una llaga: es mi memoria.
Duele, luego es verdad. Sangre con sangre
y si la llamo mía traiciono a todos.

Recuerdo, recordamos.
Ésta es nuestra manera de ayudar a que amanezca […]

Memorial de Tlatelolco, Rosario Castellanos

En el presente decirnos mexicanos se complejiza. En el presente, asumirnos parte de este proyecto es exigirnos muchísimo, especialmente, porque la gran responsabilidad al decirse parte de esta comunidad, es lidiar con sus problemas. ¡Y qué tremendos son estos! Algunos, definitivamente, son demasiado nefastos como narrarlos.

Al mismo tiempo, es precisamente el acto de narrar lo que nos queda hacer, para resolver a este México. Si queremos cambiar este espacio, tenemos que volver a contarlo, tenemos que plantearlo distinto, re-definirlo, cuestionar todo lo que hemos naturalizado cuando lo describimos. Y el primer elemento que necesita una buena sacudida es la inmensa violencia.

Sí, esa violencia de la que cuesta hablar, pero que consumimos todo el rato en las noticias; esa que no nos da tregua, especialmente en las noches, cuando las calles se oscurecen; la que simplemente es tan grande, que parece estar por encima de toda acción subjetiva (y tal vez, también, comunitaria); violencia aquella que queremos olvidar; la misma que nos desaparece.

Esa violencia es la que tenemos que narrar, a la que tenemos que dejar de tenerle miedo en las sobremesas, a la que ya no podemos ser indiferentes. Pero ¿cómo? ¿Con qué palabras? Las preguntas no lograran cerrarse en respuestas, pero aquí van algunas conclusiones a las que nosotros hemos llegado.

También en Más de México: Identidad sí, nacionalismo no

Verdades

¿Qué otra cosa es el hombre sino memoria de sí mismo?

Juan José Arreola

Podemos suponer que la verdad es relativa, especialmente en un territorio como este, en el que la diversidad es imparable, vibrante y permea cada rincón. En ese sentido, ninguna verdad, ni las históricas, ni las científicas, tienen la capacidad de narrar lo que existe con la precisión que se adjudican. Por otro lado, podemos narrar desde la honestidad, podemos contar lo que acontece con franqueza. No somos mucho más que lo que sabemos sobre nosotros mismos y si no encontramos la manera de decirnos así como nos sentimos, así en crudo, ¿qué somos con los otros?

Historias

Despertar a la historia significa adquirir conciencia de nuestra singularidad, momento de reposo reflexivo antes de entregarnos al hacer.

Octavio Paz

La historia es presentada como la narración de narraciones, el punto al que se puede volver, para entender por qué estamos donde estamos. Pero aquí, con tantos de nosotros, todos indígenas de algún lado, todos producto de la mezcla, todos distintos ¿cuál es la historia? Y en el violento presente, entre tanta corrupción y opacidad, ¿qué sabemos sobre el pasado más reciente?

La narración de un México distinto tendría que comprender que su historia no tiene límites, que su identidad no tiene que cuadrarse con ninguna tradición fija; sin embargo, hacerse consciente de esto también es lanzarse a un abismo, donde las respuestas no serán más claras, pero la lucha por un sitio en donde todos seamos posibles es el “anclaje máximo”.

Aniversarios

El deber más santo de los que sobreviven es honrar la memoria de los desaparecidos.

Alfonso Reyes

Asumir la tradición que nos respalda como una sustancia heterogénea no significa negar lo que nos conforma. No podemos olvidarnos de la violencia y de sus marcas, porque el acto que silencia o esfuma a uno, le roba posibilidades de ser, de comunicar, de estar y sentir y pensar y llorar y reír (y mucho más que eso) a todos. A todos.

Ausencias que arden

No perdonan, no aman,
no son ríos serenos, sino fuego,
ardiente maldición, dolorosa quietud.

Vienen así, calladas, caminando caminos
de helado polvo. Son las voces
que ya nunca se dicen.

Las voces prohibidas, Efraín Huerta

Lo que la violencia nos ha robado, los huecos que nos ha dejado, las ausencias que arden, no se restauran con ninguna narración. Hay que aceptar eso. Pero hay que luchar también por los derechos que nos corresponden. Si la estamos jugando en este proyecto, si le dimos lugar a esta llamada “democracia”, si trabajamos todos los días, si estamos viviendo en esta tierra, para empezar, tenemos derecho a la vida.

Queremos que se note la corresponsabilidad. Queremos eficiencia. Queremos respuestas. Queremos que todas las partes involucradas en esta comunidad recuerden que habitamos, al fin y al cabo, los mismos espacios, aunque las esferas simbólicas simulen enormes distancias. Narramos juntos.

Nos(otros)

Hay algo tan necesario como el pan de cada día, y es la paz de cada día; la paz sin la cual el mismo pan es amargo.

Amado Nervo

Esto último es vital: narramos juntos. ¿Y quiénes somos?, extrañamente habrá que dejar esa pregunta abierta. Cuando definimos a una comunidad, excluimos a tantas otras. Cuando decimos lo que se es, nos desligamos de lo que no “se es”. Y esa narración, la narración sobre la identidad es subjetiva; por otro lado el acto de habitar juntos este territorio, tendrá que estarse negociando. Tal vez ahí es donde hemos fallado.

¿Será que México se está ahogando en la violencia porque estamos casados con nuestras verdades históricas subjetivas? ¿Será que no hemos aprendido a negociar? Nos urge estar en paz. Hoy es un buen día para pensar en eso y, al mismo tiempo, con tanta tristeza entre las manos hay que preguntarse: ¿qué compromiso vamos a asumir? ¿Cómo vamos a contarnos lo que somos y lo que son los otros? ¿Cómo vamos a narrarlos, para proteger siempre su posibilidad de narrar México y, simultáneamente, proteger nuestras posibilidades? 

Podríamos empezar por ser un poco más gentiles ¿no? Sobre todo un día como hoy. 

María Fernanda Garduño Mendoza
Autor: María Fernanda Garduño Mendoza
Estudios y gestión de la cultura, UCSJ. Ensayando discursos, constantemente. Articulando rupturas.