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  • Cuentos tradicionales de Milpa Alta: nahuales, sabiduría y azoro

    Cuentos tradicionales de Milpa Alta: nahuales, sabiduría y azoro

    Los cuentos tradicionales son más que relatos repletos de personajes y lineas dramáticas, son formas literarias que nos invitan a penetrar los universos culturales que sostienen al lenguaje.

    Para quien es ajeno al náhuatl, estos cuentos tradicionales de Milpa Alta son una posibilidad de nutrir la percepción que compone el acto de mirar y transitar el mundo, y acceder a algo incluso más valioso. Porque estas historias están vivas, llevan generaciones siendo contadas y escuchadas; tienen, podría decirse, un ánima cuya sustancia es una sabiduría vieja y misteriosa.

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    Foto: INPI; Ilustraciones de Leticia Hernández Guadarrama.

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    Los cuentos tradicionales, insertos en una práctica oral, sin duda entretienen con guiños de azoro, pero sobre todo son un lazo invisible que teje, a lo largo del tiempo, vínculos comunitarios.

    Además de acceder a la sublime belleza de estos cuentos tradicionales de Milpa Alta, originalmente escritos en náhuatl, podrás conocer parte de la historia de esta alcaldía de la Ciudad de México, cuyos pueblos y barrios enuncian vibrantes a la relación que tienen con su territorio y diversa cultura.

    Cuentos tradicionales de Milpa Alta (un fragmento)

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    Foto: INPI; Ilustraciones de Leticia Hernández Guadarrama.

    El negro de las trenzas de mi madre se ennegrece aún más en
    este paisaje blanco. Hace rato que pasamos Agua de cadena y
    entramos a la sierra. Acá arriba el mundo es de nieve y árboles
    helados. Camino lento abrazándome a mí misma, hundo las
    manos en los bolsillos de la chamarra para ver si encuentro un
    poco de calor escondido allí y agacho la cabeza para que no me
    golpee el aire frío de las montañas. Si levanto la mirada, solo veo
    la espalda de mi madre y sus dos trenzas que se mecen al ritmo
    de su paso. Camina como si no se le entumiera el cuerpo con
    tanto frío y como si no le dolieran las plantas de los pies, luego
    de más de diez horas de peregrinación.

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    Foto: INPI; Ilustraciones de Leticia Hernández Guadarrama.


    Ya se está poniendo el sol cuando empezamos a descender la
    serranía. En algunos puntos, el camino es demasiado escarpado
    y los cargadores tienen que bajar apoyándose unos en otros. A los
    que llevan las imágenes más grandes, otros hombres les ayudan
    a soportar el peso mientras bajan por esa tripa pedregosa. Desde
    ahí se ve el campamento que la mayordomía ya preparó a las
    faldas de la montaña.

    “¿Por qué no venimos mejor en la camioneta de mi tío, como el
    año pasado?”, le pregunto a mi madre, más bien en tono de queja, una vez instaladas en la zona de descanso, en Agua Bendita.
    Se escuchan cohetones y alabanzas. Ya ha caído la noche y se
    han prendido fogatas. Mi madre no responde, está terminándose
    su café negro.


    Despedazo mi tamal con desgana. Solo quiero echarme y dormir, ni

    siquiera me quedan ánimos para comer. “Come, aún falta camino y
    tienes que estar fuerte”, me dice. Tuerzo la boca. No me regaña a pesar
    de que yo sé que ese gesto le molesta.

    “¿No podríamos pedirle a los mayordomos que nos lleven en
    las camionetas?”, pregunto poniendo a prueba su paciencia.
    Ella sonríe enigmática. Levanta la vista al cielo negro que a ratos
    los cohetones incendian. Parece estar tramando algo. “Hay una
    manera de llegar a Chalma en una sola noche”, susurra, como
    cuando se comparte un secreto. Echo el cuerpo hacia adelante
    para oír mejor lo que está por contarme.

    **Puedes leer el cuento completo y otros más aquí.