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Carlos Castaneda y el chamanismo en el inconsciente colectivo del mexicano

Entre la realidad y la ficción, Carlos Castaneda recordó al mundo las hipnotizantes particularidades del naturalismo tradicional mesoamericano y, en particular, del mexicano.

Las Enseñanzas de Don Juan: Una Forma Yaqui de Conocimiento (1968) salió al mundo como la tesis de Maestría de Carlos Castaneda, la cual narra tanto las vivencias como aprendizajes a lado de un autoproclamado chamán yaqui del estado de Sonora, Juan Matus. Desde ese entonces Carlos Castaneda se convirtió en la primera referencia antropológica relacionada con el chamanismo en México; sin embargo, ¿qué tanto profundizó en el inconsciente colectivo de una cultura ajena a la suya?

La vida de Carlos Castaneda, cuyo nombre original fue Carlos César Salvador Arana Castaneda, estuvo siempre cargada de confusión, escondites y polémicas. Por lo que la veracidad de sus anécdotas en sus libros no quedaron fuera de esta nube de controversias esperadas a ser clarificadas. Hay quienes dicen que su obra está repleta de engaños; otros, que se trata de un libro auténtico.

Entre la realidad y la ficción, Carlos Castaneda fue un peruano nacionalizado estadounidense, antropólogo y escritor, que recordó al mundo las hipnotizantes particularidades del naturalismo tradicional mesoamericano –principalmente, mexicano–. De hecho, gracias a que sus libros poseen un carácter sincrético, mezclando recursos autobiográficos, alucinógenos, ritualísticos toltecas y religiosos místicos, a Castaneda se le considera un personaje de gran valor literario y antropológico. Y pese de fundamentar errores en cuanto a las tradiciones yaquis, dicho antropólogo logró permear la contracultura y psicodelia en el mundo de la literatura.

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Todo comenzó en 1960, cuando se casó con Margaret Runyan, en Tlaquiltenango, México, y ese mismo año la abandonó por Mary Joan Barker. Hasta que ese mismo verano se encontró en el desierto de Sonora con el personaje que cambiaría su vida para siempre: Juan Matus.

Al ir recopilando información sobre usos medicinales de ciertas plantas psicotrópicas en las etnias indígenas, Carlos Castaneda conoció a un indio yaqui con el pseudónimo de Don Juan Matus. En menos de un año, y con frecuentes visitas por parte del escritor, el indio decidió tomarlo como aprendiz sobre la “forma yaqui del conocimiento”, una nueva era basada en los toltecas por ser un pueblo extinto. Inclusive en los libros del antropólogo se presentan supuestos toltecas en que sólo Don Juan es la única fuente –y hasta la fecha no se ha podido reconocer la validez de este conocimiento ni de la existencia de Don Juan–.

De modo que de vivir en un mundo consumado de acólitas, fetiches de pies y sandalias, pasó a ser un autoproclamado chamán Nagual tolteca. Este proceso requirió, por supuesto, un intenso entrenamiento de modificación de conciencia y percepción –el cual incluía el uso ritual de enteógenos–. Por lo que en sus libros centró su atención en las particularidades del peyote, al que le llamó “Mescalito”, pues se le consideró como un protector junto con la yerba del diablo –Datura– y del humillo –Psilocybe–. Eran, en otras palabras, plantas que le permitieron “aumentar sus estados de conciencia” ante lo ya vivido y lo que venía por vivir.

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Como heredero de su linaje de brujos, Carlos Castaneda crea –y narra en sus libros– una generación de brujos con el fin de obtener la libertad: eran naguales, ensoñadores o acechadores, que seguían los mandatos del espíritu del grupo anterior de orígenes toltecas. Si bien esta generación de Castaneda no poseía la cantidad de energía necesaria –por su configuración energética– para formar un nuevo grupo de brujos, fueron capaces de concebir pases mágicos basados en las artes marciales –y no tanto en los ejercicios chamánicos o danzantes antiguos–. Los llamaron tensegridad. 

Si bien Castaneda era sumamente esquivo y elusivo, y sus obras son el centro de grandes polémicas, la realidad es que estas dieron a conocer internacionalmente recursos ocultos u olvidados de la cultura mexicana. Abrió una puerta que estaba cerrada con llave por los valores morales, y brindó un movimiento corporal a lo olvidado, a lo indígena, a lo mexicano.

Imágenes: 2) El siglo de Torreón , 3) Youtube

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El niño Fidencio: una figura de magia y misterio

Se asegura que el Niño Fidencio curó a miles de personas. Practicó cirugía con pedazos de vidrio como bisturíes y sus seguidores afirman que poseía el don de la clarividencia.

México es un país donde la magia y el misterio se cultivan a flor de piel. Durante la historia de este país han existido incontables chamanes o brujos, aunque el caso del Niño Fidencio pareciera ser excepcional. En palabras de sus creyentes, este hombre tenía la capacidad de curar a miles. 

Desde el uso de vidrios como bisturíes, hasta la clarividencia, se dice que el Niño Fidencio tenía poderes paranormales y no dudaba en usarlos para el bien común. Ya fuera para gente pobre o rica, el curandero socorría a todos con sus misteriosos dones.

Historia

Fidencio nació en Irámuco, Guanajuato, en 1898. Rodeado de carencias, tanto familiares como económicas, trabajó en Yucatán como cocinero en diferentes barcos. Pero el nivel de pobreza de Fidencio eran una constancia en su día a día, por lo que el joven decidió cambiar su vida

En 1921 llegó a Espinazo, Nuevo León, en busca de su padre adoptivo Enrique López de la Fuente. Fue en este momento cuando empezó a escuchar voces, sonidos sin rostros que le decían que él tenía la magia de curar a otros y debía usarla. Fidencio no lo pensó mucho y acató el mandato.

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La fama y el mito

Pronto, los métodos de Fidencio se volvieron una noticia gracias a Teodoro Von Wernich, dueño de la hacienda donde era administrador su padre adoptivo. El hacendado había puesto un anuncio en un periódico regiomontano donde hablaba de las curaciones milagrosas que había recibido de Fidencio. Lo que pasó después de esto, fue historia.

El Niño Fidencio se volvió inmensamente famoso al igual que sus métodos de curación. Entre sus procedimientos estaba el uso de herbolaria, extraer muelas con pinzas de mecánico y una curación que consistía en aventar frutas y verduras a los enfermos para que se curaran.

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Al parecer, estos métodos daban resultado, porque mucha gente iba a buscarlo. La cantidad de sus pacientes era tan grande que, si había alguien que quería ser atendido por el curandero, debía esperar semanas o meses.  Incluso el propio Plutarco Elias Calles buscó su ayuda por un supuesto caso de lepra. Los rumores dicen que el presidente estuvo con Fidencio varias horas y, que fue en esos momentos de confidencia y misterio, que el brujo le aconsejó formar el Partido de la Revolución Mexicana.

En fin, más allá de cuánto mito y cuánta realidad se hayan cultivado alrededor de la figura del Niño Fidencio, no es casualidad que haya nacido en México. Tal vez este país emana una atmósfera en la que las personas como Fidencio perciben una realidad más sensible, o al menos, llena de misterio.

Imagen principal: Esténcil del artista callejero “Niño Fidencio”

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Sobre las similitudes entre Freud y un chamán mexicano

De acuerdo a Claude Lévi-Strauss, existen semejanzas entre la figura del psicoanalista y el chamán. De ser esto cierto, Freud no estaba tan lejos de ser uno.

Imaginar que una mujer o un hombre pueda ser la encarnación de la magia es algo desbordante. Quizá a esto se deba la suspicacia que despierta la figura del chamán, como es el caso de María Sabina, cuyos poderes hipnotizaron a muchos e hicieron temblar a otros tantos. Aunque, para Claude Lévi-Strauss —afamado antropólogo y filósofo—  la magia de esta mujer tenía algunas similitudes con la medicina occidental. Tanto así, que afirma que el chamanismo posee características en común con el psicoanálisis.

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María Sabina

El creer que María Sabina y Freud, el padre del psicoanálisis, podrían ser semejantes, resulta inverosímil. En México, por un lado, el chamanismo es una práctica elusiva en su definición. Hay quienes la observan con gran escepticismo o con una creyente efervescencia. Debido a esta polarización de reacciones, su ejecución aún se viste de misterio. Por otro lado, el psicoanálisis en México, se volvió parte de la cultura dominante en la década de 1950, cuando Santiago Ramírez y Ramón Parres fundaron la Asociación Psicoanalítica  Mexicana (APM). Entonces, ¿cómo es que Lévi-Strauss logra hacer que dos universos tan disímiles compaginen?

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Fotografía de Claude Lévi-Strauss

De acuerdo al antropólogo, en el capítulo de “El hechicero y su magia”, en la obra Antropología estructuralla similitud entre el chamán y el psicoanalista reside en que: la cura [c]hamanística parece ser un equivalente exacto de la cura psicoanalítica, pero con una inversión de todos los términos”. Esto quiere decir que el papel del chamán y el psicoanalista, a pesar de tener importantes diferencias, convergen en algunos puntos.

El más importante es que ambos buscan provocar una experiencia en el enfermo/paciente y que, ambos lo consiguen al reconstruir un mito —es decir, una forma de explicación a su padecimiento— que el enfermo debe vivir o revivir. Cuando se provoca la experiencia, esta se revive de dos maneras diferentes: el paciente del método psicoanalítico la revive a través de la vivencia del recuerdo y su comunicación a través del habla. El enfermo, en el caso del chamanismo, tiene una función pasiva. Aquí el chamán es el que cobra el papel activo al manifestar el padecimiento del convaleciente a partir de diferentes actos.

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Mujeres araucanas practicando su medicina en una enferma.

Uno de los métodos más comunes por los que un chamán evidencia el mal de un enfermo es a través de la visualización de manera física de este malestar. En palabras de Lévi-Strauss, éste sólo puede curarse de las siguientes formas:

O bien el órgano o el miembro enfermo es sometido a una manipulación física o a una succión, que tiene por objeto extraer la causa de la enfermedad […] o bien, como entre los araucanos, la cura se concentra en un combate simulado, […] contra los espíritus perjudiciales.

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Imagen que captura a Doña Pachita en una de sus operaciones.

En el caso de los chamanes mexicanos, existe prueba tanto documentada, como gráfica, de estos procedimientos de manipulación física. Este es el caso de la chamán mexicana llamada Pachita, quien se decía que tenía la capacidad de materializar órganos para volverlos a insertar en el cuerpo del enfermo.

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Fotografía de una operación que realizaba Pachita.

Otra de las semejanzas entre la figura del psicoanalista y el chamán reside en su manera de curar al enfermo/paciente: a través del habla. El psicoanalista incita a su paciente a hablar gracias a la asociación libre, mientras, en el caso del chamán, él se encarga de hablar por el que sufre el padecimiento. Un ejemplo de la curación a través del habla es la que ejercía el chamán Don Ramón Iván, que en palabras de Jacobo Gringber, el chamán podía convertirse en diferentes personas y hablar distintas lenguas al tratar a los enfermos: “Iván se convirtió en un doctor chino. Hablaba y se comportaba como un oriental auténtico”.

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Don Iván Ramón y uno de sus pacientes.

El uso de otros lenguajes para el tratamiento de un paciente parece inverosímil. El escepticismo en torno a estas prácticas y su comparación con el psicoanálisis sigue siendo hoy en día muy polémico. Aún así, resulta muy importante recordar que Claude Lévi-Strauss era muy consciente de que ambas disciplinas tenían diferencias muy importantes entre sí, por lo que un paralelismo total entre ambas también sería errado.

Respecto a este tipo de temas y propuestas, sólo queda la alternativa de indagar más y realizar una propia opinión. Aunque, siempre queda una duda: ¿qué hubiera pensado Freud sobre las semejanzas que el antropólogo encontró entre su trabajo y el de los chamanes?

*Referencia de imagen: 1) Enciclopedia británica.

Los extraterrestres y la magia, una creencia muy a la mexicana

Soñadores o visionarios, los mexicanos parecen creer en la vida más allá de la muerte y los extraterrestres. Un nuevo estudio lo afirma.

El misticismo y los extraterrestres, una creencia mexicana. Al menos eso es lo que apunta un estudio realizado por Martijn Lamper, quien con su trabajo Majority of humanity say we are not alone in the universe, ha arrojado nuevos datos sobre qué más creen en la vida extraterrestre y la magia. Los mexicanos ocupamos el segundo lugar.

La asociación entre el misticismo y la vida extraterrestre no es arbitraria. Tampoco es una señal del bajo grado de educación o ignorancia del pueblo o nación que cree en ellas. Al contrario, refleja una apertura a las nuevas posibilidades, el atrevimiento de romper nuevos paradigmas y, sobre todo, la humildad de reconocer que en un universo tan grande, la raza humana no podría estar sola.

Los datos del estudio son claros en cuanto a esto. Según sus resultados, las personas más propensas a creer en la vida extraterrestre están altamente interesadas en la ciencia, son de mente abierta, son tolerantes, son pensadores holísticos y son fervientes creyentes de que la imaginación y los sueños pueden de alguna manera afectar la realidad. Entre otras de las características que salieron a relucir resaltó que, de las 47% personas que creían en la existencia de los extraterrestres, muchas estaban a favor de buscar una manera de contactarlos, mientras una porción pequeña de gente aseguraba que lo mejor era no intentar algún tipo de comunicación.

La renuencia, como la atracción hacia lo desconocido, es una característica muy humana. La seducción que ha sentido el ser humano por estos temas se ha remontado desde sus inicios, como, por ejemplo, la manera en que se descubrió el fuego. Sin este tipo de necesidad que tiene el hombre y la mujer, de buscar lo extraño, los avances de la raza humana se hubieran entorpecido. De ahí que, pensar que la existencia extraterrestre es algo ignorante no es correcto. Simplemente es un raciocinio que se fundamenta en la fuerte premisa de que, en un cosmos tan inmenso, el planeta tierra no podría ser el único con vida inteligente.

Lo mismo sucede en cuanto a ver en los sueños y la magia un cierto poder. Esto no necesariamente significa que hay una falta de inteligencia. Muestra el grado de espiritualidad de la gente, su búsqueda de respuestas más allá de verdades absolutas. Algo que, lamentablemente, la ciencia aún no ha podido descifrar. Además, resulta muy pertinente recordar que el valor de los sueños es innegable. Tanto así que, en Europa, Freud decidió analizarlos para comprender de una manera más óptima la psique del ser humano.

El ver en el misticismo y la magia una nueva manera de autodescubrimiento y curación, como en el chamanismo y los rituales, también es una manera de abordar la complejidad del ser humano, así como buscar nuevas alternativas a la medicina tradicional, altamente cuestionable a lo largo de la historia. Es por esto que, muchos de los habitantes de México, buscan alternativas en la herencia de sus antepasados. Después de todo, como en muchos otros países de América, en México se transpira la nigromancia hasta en sus poros.

Estas creencias ancestrales han sobrevino la llegada de los europeos, la conquista y todavía ahora se les puede encontrar. Tanto así que, para muchas personas, son consideradas ya parte de la realidad. Debido a esto, no resulta sorpresivo que varios habitantes de México aún crean en la magia. Otro de los factores que ha favorecido la visión de lo místico como algo verdadero o parte de la realidad, reside en la riqueza de culturas mágicas que hay en el país. Algunos ejemplos pueden verse en los médicos curanderos, conocidos como los jíteberes en las comunidades indigenas, o la existencia de mujeres como Luz Irene Bacasegua, curandera de la etnia de los mayos en Sinaloa.

Este misticismo, alimentado por la medicina herbolaria y las figuras míticas de brujas o hechiceras, ha convertido al mexicano en una persona abierta a nuevas posibilidades y, tal vez, a encuentros cercanos con el tercer tipo. Aunque algo es claro: en un universo en el que la realidad parece volverse cada vez más frágil, el mexicano aprende a ver tras sus grietas con la valentía de descubrir la magia o vida planetaria en el caos.

*Referencias de imágenes: 4) Gustavo M