Visita la Feria Nacional del Mole en San Pedro Atocpan en su edición 40

La Feria Nacional del Mole en San Pedro Atocpan inició el 1ero y estará hasta el 23 de octubre; los visitantes podrán degustar el tradicional mole y sus derivados, en la delegación Milpa Alta.

En el barrio mágico de San pedro Actopan se puede disfrutar, a parte del mole, su belleza arquitectura colonial y prehispánica. Reconocido también por tener una de las ferias más tradicionales de la capital y sus celebraciones del Día de Muertos.

La preparación del mole en San Pedro Actopan sigue siendo tradicional, sus ingredientes se han fusionado para dar paso a una experiencia gurmet, entre arándanos, piñones, manzanas y otras frutas, son algunas de las innovaciones de ingredientes que presentaron algunos de los más de 40 expositores de la Feria Nacional del Mole en San Pedro Atocpan.

Los asistentes a la Feria Nacional del Mole en San Pedro Actopan podrán degustar diferentes tipos de mole, acompañado con carne de conejo, el tradicional pollo, además de cerdo, chilacayote, tamales, atole y chocolate, desde 90 pesos.

La Feria Nacional del Mole en San Pedro Actopan  también contará con otras actividades como: talleres de globos de cantoya, voladores de Papantla, lucha libre, jaripeo, música, baile folclórico, venta de productos para elaborar mole y juegos mecánicos.

 

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Dirección: Nueva Carretera a Oaxtepec 84, col San Pedro Atocpan,  Milpa Alta.

Teléfono: 55 74 70 82 90

Entrada: $5 pesos

Estacionamiento: $25- 50 pesos

 

 

El enternecedor ritual de la “muerte niña” (GALERÍA)

De entre los rituales mexicanos en torno a la muerte este podría ser uno de los más extraños (pero también preciosos).

De entre las prácticas mexicanas en torno a la muerte, el enternecedor ritual de la “muerte niña” podría ser uno de los más extraños y preciosos. La costumbre de retratar a los difuntos se popularizó en México a mediados del siglo XIX, pero se volvió especialmente importante para las familias católicas que perdían a un niño o niña. 

Si fallecían los más jóvenes de la familia, se acostumbraba vertirlos de “angelitos” y tomarles un retrato en un acto que servía para despedirlos, pero, sobre todo, celebrar su entrada inmediata al cielo. Es común la creencia de que, cuando un niño muere, está libre de pecado; en gran medida porque su “partida prematura” no le da tiempo de corromperse en el terreno mundano. 

La costumbre aún resulta sorprendente para muchos y cada vez es menos practicada, pero desde que llegó a nuestro país y hasta finales del siglo XX era absolutamente común. De hecho, hay fotógrafos cuyos nombres se hicieron grandes en torno a estos retratos mortuorios: Juan de Dios Machain de Jalisco, José Antonio Bustamante Martínez de Zacatecas; Romualdo García de Guanajuato y hasta los hermanos Casasola (que también fotografiaron a Zapata), en el Distrito Federal.

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Juan de Dios Machain. Finales del s. XIX y principios del XX. Plata sobre gelatina. Colección particular.

Además, por más extraña que parezca, no deja de ser de carácter sagrado: desde la elección de la vestimenta, la escenificación en torno al cuerpo y la toma de la fotografía; cada detalle del ritual se ejecuta con cariño, cuidado y la firme creencia de que al niño perdido no lo lamentamos, le celebramos su condición de pureza.

Sin duda, todos los rituales guardan una cualidad consoladora: al practicarlos le otorgamos propósito y explicación a fenómenos que se se escapan de nuestras manos. Nos reconfortan las mitologías que los envuelven, pero también la sensación de que a través de ellos mantenemos activas energías divinas o que, simplemente, están en un plano cuyo lenguaje desconocemos. 

Es muy posible que mantener una cercanía tan intensa con la muerte y entenderla como una posibilidad palpable, una realidad ineludible, nos ayude a navegar mejor la existencia. Los mexicanos no solo “apreciamos más la vida”, sino que sabemos también darle su lugar al evento máximo: la muerte; evento que, aunque no podremos —paradójicamente— experimentar en carne propia, sí nos toca vivir por lo menos un par de veces. 

Así, aunque puede ser desgarrador admirar estos retratos de “muerte niña”, también es inmensamente reconfortante adivinar el cariño de las familias que los ensamblaron.

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¿Por qué celebrar el Día de muertos podría ayudarte a vivir mejor?

Los mexicanos sabemos lo vital que es cultivar todos los días una preciosa relación con la muerte…

Pocas razones tan potentes para querer sentirse mexicano (o estar inmerso en la cultura mexicana) como la relación que este ser-identidad puede presumir con la muerte. Es algo que sin duda todos deberíamos aprender y cultivar. Y es que a través del culto, la burla y el ritual, en este país hemos encontrado preciosas maneras de redimensionar el fenómeno más conmovedor de la existencia humana: su fin. 

En un artículo para Los Angeles Times, la periodista Melinda Welsh explora lo que ella encontró en la posibilidad de reinterpretar la muerte, a través de la fiesta mexicana del Día de muertos. En pocas palabras, la autora argumenta que en Estados Unidos es necesario un día de muertos para conectar con la finitud de sus propias vidas, pero desde un lugar positivo, de cariño, de nostalgia constructiva, de aceptación del hecho.

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Dice: “Qué maravilloso sería que la gente que está muriendo (toda la gente, en otras palabras) salieran de la vida sabiendo que cada año la conexión entre vida y muerte será glorificada en lugar de lamentada o temida. Un Día de los Muertos en Estados Unidos podría alentarnos a detener la negación, considerar el final de nuestros días y reconocer plenamente la cantidad imperfecta de tiempo que nos conecta a todos.”

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Las diferencias, por ejemplo, entre los imaginarios que rodean a la muerte en México y en Estados Unidos son muy claras. La muerte aquí es un sujeto complejo, que se multiplica en los difuntos a los que honramos. El personaje es temible, pero también ingenioso y divertido. Del otro lado de la frontera, la muerte es un evento que, como manifestación cultural explota sus cualidades más grotescas para asustar.

Aunque hay que decirlo, a diferencia de lo que Melinda Welsh supone, el día de muertos no es nada más lo que se muestra en Coco (y todos los mexicanos lo saben). A pesar de que sí, definitivamente se trata de una fiesta y un momento para compartir con los que ya no están, también es un ejercicio para la extrema catarsis.

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Si no has pasado el Día de muertos en un panteón, debemos decirte que es una experiencia para vivir antes de morir. No hay como sentarse entre las tumbas, con el olor del cempasúchil y el humo del copal, mirando a las familias decorar las tumbas y llamando a los tríos para que toquen un par de corridos frente a las tumbas, mientras en silencio se llora y se bebe cerveza o tequila o aguardiente.

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Al caer la noche, con las manos secas por el frío de otoño y la cara empapada y enrojecida por las lágrimas, las lluvias esporádicas y el alcohol, las velas alumbran débilmente los caminos en el camposanto y a la milésima interpretación del precioso corrido “Nomás un puño de tierra” quienes celebraban por la mañana, comienzan a desgastarse en la tremenda tristeza, incluso a dejarse llevar por la furia, hasta que sus familiares más serenos, los sacan del panteón,

Es una escena pesada, tal vez, pero, al mismo tiempo, hermosa, necesaria y relativamente esperada, pues año con año, los mexicanos se permiten cultivar su sensibilidad en niveles dolorosos y profundos.

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Otro argumento interesante de Melinda Welsh es que el miedo a la muerte nos hace violentos, porque seríamos capaces de muchas cosas para evadir la propia posibilidad de morir. Este miedo nos hace intolerantes a algunas personas (en Estados Unidos es muy evidente cuando se trata de la situación migrante), o nos hace alejarnos de forma cortante o agresiva de múltiples situaciones.

Al mismo tiempo, hay quienes argumentan (como los teóricos que propusieron la llamada “Teoría del Manejo del Terror”) que el miedo a la muerte es también la fuerza que nos impulsa a construir fantásticas manifestaciones culturales y sistemas simbólicos que le dan valor a nuestra existencia y nos hacen perdurar. 

Y la cosa es que en México sí le tenemos miedo a la muerte, pero sabemos lo vital que es cultivar con ella una relación dedicada y profunda. Así, es definitivo que celebrar el Día de muertos podría ayudarte a reconciliar con el fenómeno inevitable, con esta aparente falta de tiempo, con un dolor que es rico sufrir, pero, que al fin y al cabo solo significa precisamente que estás vivo.

 

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Lo vegano no quita lo mexicano: aquí está la receta de pan de muerto que estabas buscando

La Democrática nos quiere engordar a todos por igual con sus dulces huesitos…

El Día de muertos podría ser considerada la tradición más fascinante y deliciosa del país. Fascinante, porque nuestra extraña conexión con la muerte, encuentra su máxima expresión en esta fiesta; deliciosa porque una de las grandes protagonistas es la comida. Y de entre todos los dulces, licores y platillos fabulosos que se comparten con los difuntos, el más icónico, sin duda, es el pan de muerto.

Una auténtica rareza, esta pieza culinaria, que damos por sentado y no nos sorprende suficiente, aunque se ha oído a más de un extranjero asustarse por vernos, mexicanos, disputándonos los deliciosos huesitos del pan que hacemos solo una vez al año.  A propósito de los huesitos, o canillas, se dice que tienen un significado profundo y de inspiración prehispánica, pues representan los cuatro caminos del universo.

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Aunque tipos de pan de muerto hay cientos, y se adornan a lo largo del país de maneras distintas, pero tal vez el más icónico o reconocido es el que se prepara en la zona centro el país. Pero si ese no te gusta (aunque esa opción es prácticamente imposible) puedes probar los de ajonjolí de Puebla, los de azúcar roja de la mixteca, el de yema de oaxaca…

Es una lástima, por otro lado, que los compatriotas veganos se queden sin disfrutar las delicias de la ofrenda. Aunque claro que esto se puede remediar: para que no te mueras de antojo nosotros te compartimos la receta de pan de muerto que estabas buscando, con una variación muy peculiar, que demuestra nuestro infinito ingenio.

Ingredientes para 4 porciones:

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  • 7 gramos de levadura seca instantánea
  • 1/2 taza de leche de almendra tibia
  • 170 gramos de puré de papa sin piel, ni sal, ni condimentos
  • 500 gramos de harina para pan
  • 156 gramos de azúcar estándar
  • 1 cucharadita de sal
  • 1 cucharadita de ralladura de naranja
  • 1/4 taza de jugo de naranja
  • 128 gramos de margarina vegetal, sin sal a temperatura ambiente
  • Para decorar: 2 cucharadas de margarina vegetal derretida y ½ taza de azúcar estándar.

¿Cómo se hace?

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  • En un tazón mezcla la leche, levadura y 2 cucharadas de harina. Deja reposar esta mezcla por 20 minutos en un lugar tibio (cerca de la estufa o el horno).
  • A continuación mezcla en otro recipiente harina, sal, azúcar y ralladura de naranja. Si puedes utiliza una batidora con mezclador de gancho (el que se usa para hacer pan).
  • Mezcla en otro recipiente el jugo, el puré, la levadura con leche.
  • Incorpora esto al recipiente con ingredientes secos, lentamente, mezclando con cuidado o velocidad baja en la batidora, hasta que quede relativamente homogéneo.
  • Corta la mantequilla en pequeños cubos y ve agregando lentamente, amasa un poco más rápido (a velocidad media en batidora) hasta que la masa se despegue del tazón y esté elástica.
  • A continuación, la masa debe reposar. Aquí debe destacar tu paciencia. Pon la masa en un tazón engrasado con aceite (de preferencia uno que no destaque por el sabor, como el de canola) y deja reposar hasta que duplique su volumen. Tardará aproximadamente 1 hora y media.
  • Cuando esto suceda, golpea la masa con el puño y dale la vuelta, de manera que lo que estaba en la superficie del tazón quede arriba. Cubre bien el tazón con plástico y mételo al refrigerador toda la noche.   
  • Al día siguiente, saca la masa, quita el plástico, cubre con una tela y permite que alcance temperatura ambiente.
  • Toma una bolita del tamaño de una pelota de tenis y reserva para hacer los huesitos.
  • Divide lo demás en cuatro partes, forma bolas uniformes y coloca en una bandeja para hornear cubierta con papel encerado. Sepáralas bien para que no se peguen.
  • Con la masa que reservaste haz las 4 bolitas y los 16 huesitos y decora tus panes con cuidado, utilizando un poco de agua para pegar las piezas.
  • Cubre la bandeja con una tela y deja reposar hasta que nuevamente duplique el tamaño.
  • Precalienta el horno a 180 grados centígrados.
  • Hornea por 25 minutos o hasta que el pan esté dorado. Cubre con aluminio y hornea por 12 minutos más. Si tienes un termómetro, puedes checar que el pan alcance una temperatura interna de 88 grados centígrados.
  • Retira del horno y cuando no esté tan caliente, barniza con margarina vegetal y espolvorea mucho azúcar.  
  • Deja que el pan se enfríe antes de comerlo.  

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*Imágenes: 1 y 4) Munchies; 2) Dónde ir, 3) Bon Appétit