Sin categoría

El canto de las palomas habaneras

Las palomas habaneras forman parte elemental de los centros históricos de las ciudades de México, y sigilosas se adentran a la historia de muchas personas y familias.

 

A mi padre: Carlos, y mi abuelo, Jesús D.

 

¡Oh, alma ciega!, ármate con la antorcha de los Misterios,

y en la noche terrestre descubrirás tu Doble Luminoso,

tu alma celeste. Sigue a ese divino guía, y él sea tu Genio.

Porque él tiene la clave de tus existencias pasadas y futuras.

(Hermes Trimigesto -Llamada a los iniciados.)

 

“¡No cantan, gorjean….!” Les decía su abuelo cada que comenzaban su concierto. De niños, nunca entendieron el significado completo de la palabra “gorjear”. Pero lo descubrirían vívidamente al escucharlo todas las mañanas y a veces al anochecer, cuando los machos ostentaran sus pequeños buches ante las hembras de cuello fino, rodeadas por sus collares de líneas oscuras, para seducirlas. Inclinándose al ritmo de sus canciones y elevándose de nueva cuenta cada vez, para volver a mostrar el buche e hipnotizar a sus parejas.

Y ellos recordarían la palabra “gorjear” muchos años después, cuando el abuelito se hubiera ido de este mundo y tan sólo les quedaran sus recuerdos, evocados por el sonido de las palomas. Por eso siempre les gusto tener palomas habaneras, puesto que les recordaban al anciano patriarca. Aquel canto inducía ciertos estados de calma por las madrugadas, desde las cinco, en las mañanas frías. Unos sentimientos casi místicos de tan cotidianos y naturales venían acompañando esos cantos. Perdidos en la infancia más remota y tranquila. Les hacían sentir que aunque el amanecer se encontraba cerca, aún podían permitirse dormir un poco más antes de la hora de levantarse e ir a la escuela. Igual que si todos los días fuesen domingo.

“¡No cantan, gorjean…!”

Un día que se encontraban de paseo, el abuelo compró un par a un pajarero en Coyoacán, que según les dijo, venía desde Querétaro con todo y su cargamento de aves. Las puso en una jaula de bambú y ellos se las trajeron hasta Guadalajara en el autobús. Eran muy prolíficas, muy cariñosas entre ellas, buenas para hacer su nido en una vieja lata de sardinas y procrear todo el año. Sin importar en lo absoluto de qué estación se tratara. Eso sí, muy fieles entre ellas, pues casi nunca cambiaban de pareja, una vez elegida la adecuada. A menos que el macho fuese medio flojo y no frecuentara el nido familiar. Pronto, del primer par que se habían traído de México, surgió toda una parvada.

Su papá les fabricó un palomar y ellas tuvieron más espacio, volando en su interior, desde los comederos en el piso, donde las alimentaban con maíz quebrado, millo y pedazos de pan duro, hacia sus nidos fabricados con cajas de madera, desde donde asomaban los pichones que aún no se atrevían a descender, exigiendo a sus progenitores su obligada ración alimenticia.

Cuando el abuelo vino de visita, al año siguiente, traía otro par de habaneras, esta vez de color blanco: “copos de nieve…”. Les señaló que se llamaba a aquella variedad. Resultó que ambas eran hembras y al liberarlas en el palomar, rápidamente fueron captadas por dos jóvenes y ganosos machos marrones que parecían esperarlas con ansias. De su cruza no tardaron en poblar el palomar toda una casta de palomas pintas: blancas con manchas café, marrón y negras, incluyendo sus obligados collares, resultando llamativas y elegantes. Las hijas e hijos de estas se mezclaron con las primeras generaciones: color canela y café, generando extraños matices de marrón con puntos blancos, negros y grises. El patio de la casa siempre estaba lleno de su hipnótica música y su gorjeo.

Para el mes de diciembre, el abuelo, quien sabía muchísimo de palomas y aves, pues había pasado su infancia en Tlaltenango de Sánchez Román, en Zacatecas, rodeado de cenzontles, mirlos, canarios, gorriones, periquitos y palomas, les explicó la historia de las habaneras:

“… en realidad no se llaman habaneras, sino palomas de collar. Y no son de la Habana, sino de Medio Oriente. Los turcos las llevaron a España, y ahí se aclimataron perfectamente, poblando por completo la península, enamorando a la gente, que se sintió encantada teniendo a una pareja o más en pequeñas jaulas en sus ventanas. Los españoles las trajeron más tarde y se adaptaron perfectamente a América, proliferando desde Sudamérica hasta los Estados Unidos…”

Y el abuelo interrumpía su historia para dar varias caladas a sus cigarros Raleigh y beber café de Colima.

La historia fue interrumpida cuando llegaron nuevos invitados y el anciano se tuvo que levantar de su equipal para saludar a los recién llegados, que también eran hijos y nietos suyos. El abuelo era igual de prolífico que sus palomas.

Tuvieron que completar la historia de las palomas habaneras por ellos mismos, porque al año siguiente el abuelo no pudo regresar a Guadalajara , debido a un paro respiratorio, falleciendo al poco tiempo. Su amor por el cigarro, igual o más fuerte que el de las aves, no ayudaría mucho a sus pulmones ni a su corazón.

Dedujeron por cuenta propia que las palomas de collar o comúnmente denominadas habaneras, en algún momento escaparon de sus jaulas y comenzaron a mezclarse, cariñosas y fecundas como sabían ser, con las variedades de palomas silvestres de México: con las palomas pintas de montaña, con las güilotas y con otras negras que también tenían su propia variedad de canto.

Las ciudades del Occidente de México no tardaron en poblarse cada vez más y en acostumbrarse a la presencia de las palomas de collar y a las nuevas y extrañas cruzas que surgían con las mezclas de todas, aún más prolíficas, cantadoras, amorosas y adaptables que sus antecesoras. Anidando en árboles, postes de luz, balcones, azoteas y torres.

Pronto las verían llenar los árboles en el Jardín San Marcos en Aguascalientes hasta saturarlos, los Centros Históricos de Morelia, Zacatecas y Guanajuato, y las antiguas colonias empedradas de Guadalajara.

“¡No cantan, gorjean…!” Recordarían cada que fueran llenados los comederos en el palomar de su patio, cada que se dieran las cinco de la mañana y sintieran que aún podían quedarse un poco más en la cama durante las madrugadas frías, antes de tenerse que levantar para ir ahora a trabajar, o para llevar a su propia descendencia a la escuela.

 

*Imagen:Adrian Braidotti

 

Adán de Abajo
Autor: Adán de Abajo
Escritor y músico, psicoterapeuta. Asiduo lector omnívoro y colaborador de Pijama Surf.

Creatividad a favor de la conservación: aves mexicanas de madera (FOTOS)

La serie de aves creada por el diseñador Moisés Hernández es una oda a la belleza y la conservación.

Las aves han sido parte imprescindible en la cultura de las tierras mexicanas. Por solo mencionar algunos ejemplos, un colibrí (que representaba a Huizilopochtli), fue el ave que encaminó a los mexicas en su trayecto a su Tierra Prometida, Tenochtitlán. Por su parte, para los mayas, esta ave era la que llevaba los mensajes de los dioses a los hombres.

En el caso del hermosísimo quetzal, el gran valor que se le otorgaba se manifiesta en que su caza implicaba la pena de muerte para los mexicas, y como muestra de su aprecio por esta ave, sus plumas conforman casi cabalmente el Penacho de Moctezuma. También tenemos el tucán, imponente con sus magníficos colores al sur de México, y de estas tres aves emblemáticas, y que se encuentran altamente amenazadas por la acción del hombre, el diseñador mexicano Moisés Hernández recientemente lanzó una hermosa serie en madera en la que combina la tecnología conocida como CNC, y la cuál consiste en la conversión que hace una computadora, por medio de un software, de un diseño a números, para asó guiar el proceso de elaboración de la pieza.

Su serie materializó en madera hermosos diseños minimalistas, justo, de las aves que mencionábamos anteriormente. Luego las pintó a mano, dando un efecto del intrincado colorido de las plumas de las aves. Su serie no es solo una manifestación de las nuevas tendencias tecnológicas del diseño, es también un llamado a la diversidad, a volver a ver desde los ojos de la belleza la riqueza natural que nos necesita.

Conoce más de la enorme biodiversidad de México, explorando miles de plantas y animales endémicos aquí.

Imágenes: moises-hernandez.com
Sin categoría

7 cosas que no sabías del majestuoso quetzal

El ave tornasol de la cola larga, el quetzal, fue uno de los animales predilectos de los aztecas y mayas en mesoamérica.

El quetzal es considerada una de las aves más hermosas del mundo. Es solitario y sumamente escurridizo, difícil de hallar. Para los mayas era fundamental en su cosmogonía, y es mencionado tanto en el Popol Vuh como en el Chilam Balam. Su nombre viene, en náhuatl, de quetzaltototl que significa “aves de plumas verdes muy ricas y estimadas”.

quetzal-chiapas

Cuando vuela, su larga cola hace movimientos ondulatorios que dan la sensación de cámara lenta, o de que este elegante movimiento se hiciera debajo del agua.

Te compartimos 5 datos sobre el quetzal que lo hacen, además de por su belleza, sumamente especial.

 

  1. El valor de las plumas era estimadísimo. El penacho de Moctezuma, por ejemplo, estaba adornado con las plumas del quetzal.
  2. Los habitantes en Mesoamerica podían capturarlo pero siempre debían liberarlo, de lo contrario, estaba penado con la muerte.
  3. Se trata de un ave sedentaria, solitaria y muy territorial.
  4. A mitad de la mañana el quetzal macho lanza un silbido fuerte cada 8 o 10 minutos, en un ritual precioso.
  5. Son capaces de emitir distintos sonidos para comunicarse con otros quetzales.
  6. Cuando está en época de reproducción, se trata de una especie monógama.
  7. Desde su cabeza a la cola, su tamaño suele ser de unos 40 centímetros (y su sola cola hasta puede llegar a medir hasta 65 cm).

 

*Imágenes:1)chiapas.eluniversal.com.mx; 2)nathab.com

 

 

El emperador de todos los pájaros (Una leyenda del Occidente de México)

El cenzontle, por su asombrosa capacidad sonora, se ha impreso en el arte mexicano y en su cultura, incluso desde leyendas y mitos.

 

Quédate callado y solo:
casi todo sobra y huelga…
y lo que cantas dormido
es tu canción verdadera.

Alfonso Reyes -Quédate Callado.

 

Dedicado a mis alumnitos y a mis compañeros profesores de la Colonia Jalisco. Con muchísimo cariño y agradecimiento.

A la orilla de la Barranca de Huentitán, en la arbolada del patio que embellecía la escuela primaria Agustín Yáñez, las aves se arremolinaban todas las mañanas sobre las ramas, acompañando con sus cantos y trinos la entrada de los estudiantes entre las 7:45 y las 8:00 AM.

Estaban las calandrias: raras en sus visitas, engreídas, escandalosas y mitoteras, pero elegantes de plumaje. Bastante glotonas ante la gran variedad de frutos que abundaban en el jardín: capulines, granadas, huamúchiles, limones, naranjos, etc. Estaban los tordos: feos pero alegres, las conguitas con sus ojitos hermosos y diminutos, las primaveras con su canto hipnótico y bello, las palomas de alas pintas, provenientes de lo más profundo de la barranca. Había zanates y ticuces, llamados así desde antes de los españoles por su intenso color negro en el plumaje y su sinuoso canto. Estaban el cardenal y los gorriones, muy apreciados por su trinar, los agraristas, un poco menos agraciados que los anteriores pero simpáticos al fin y al cabo.

Por último se encontraba el cenzontle, llegado desde lo más recóndito de la barranca y de sus cañones. Conocido como el mil voces, quien era el emperador de todas las aves y ocasionalmente concedía el honor de visitar el jardín de la escuela. Amado y protegido por reyes indígenas desde épocas inmemoriales, adorado y codiciado. Deleitando a los niños, profesores, padres de familia y al resto de las aves con su concierto multisonoro que no era tan frecuente.

Varios años atrás, los pájaros hicieron un pacto con los niños de la escuela para que estos no volvieran a arrojarles piedras ni a trepar sus árboles para coger sus nidos ni sus polluelos. A cambio, los plumíferos tendrían a los árboles completamente libres de insectos dañinos y plagas que pudieran ponerlos en peligro.

Así vivieron varias décadas en armonía: las aves dedicadas a su canto y a alimentarse de los frutos e insectos que se daban en los árboles, y los alumnos a estudiar sin molestarles.Hasta que comenzó a aparecerse Juanito por los pasillos y los rincones de la primaria. A veces lo veían los niños en los bebederos, otras rondaba los baños de niñas al inicio de la jornada. Sus apariciones eran cada vez más frecuentes, vestidito con su uniforme azul y la camisa blanca, con cara de “yo no fui”, al igual que cualquier alumno.

Todo entró en severo caos cuando la señora que hacía el aseo por poco se infarta al encontrarlo de repente a la salida de la dirección. Y lanzó un chillido histérico que hizo salir a todos de sus salones. Juanito parecía gustar de sorprender y hacer entrar en pánico a niños y adultos.

Los pájaros notaron que los estudiantes y los maestros estaban cada vez más alterados y asustados, que cada día ponían menos atención a sus cantos y algarabías. Mucho menos a sus clases y tareas. Las maestras se encontraban nerviosas, susceptibles e irritables. Los emplumados dejaron de concurrir el jardín y partieron hacia otros sitios de la barranca en busca de comida y refugio.

Un buen día, un par de calandrias chismosas osaron posarse sobre una de las palmas que había en el jardín, nada más por satisfacer su morbo. Comentaban y cuchicheaban lo que había sucedido con aquella arbolada y con aquel jardín que otrora habían sido tan alegres y tan plenos de aves de diversos tipos.

En eso vino el cenzontle, quien las escuchó al vuelo y las calló con su poderoso y bellísimo canto de mil pájaros a la vez. El concierto que dio el emperador de la barranca fue de tal potencia y hermosura en aquella ocasión, que los niños dejaron de estar atemorizados y las maestras se relajaron. Un centenar de seres emplumados retornaron, atraídos por su monarca, eligiendo el jardín como su sitio predilecto. Y de Juanito no volvió a verse ni a comentarse nada jamás.

El cenzontle terminó su concierto ante el buen ánimo general de personas, aves y árboles. Se aclaró el buche y antes de retornar a los confines de la montaña, de donde había emergido, atinó a decirles a todos, pero sobre todo dirigiéndose a aquel par de calandrias entrometidas y alborotadoras:

-¡Alguna vez viví como niño… y estudié en esta escuela! ¡Pero ya me fui para siempre!

 

*Imagen: Ilustración de Ana Paula de la Torre Díaz

Adán de Abajo
Autor: Adán de Abajo
Escritor y músico, psicoterapeuta. Asiduo lector omnívoro y colaborador de Pijama Surf.