El emperador de todos los pájaros (Una leyenda del Occidente de México)

El cenzontle, por su asombrosa capacidad sonora, se ha impreso en el arte mexicano y en su cultura, incluso desde leyendas y mitos.

 

Quédate callado y solo:
casi todo sobra y huelga…
y lo que cantas dormido
es tu canción verdadera.

Alfonso Reyes -Quédate Callado.

 

Dedicado a mis alumnitos y a mis compañeros profesores de la Colonia Jalisco. Con muchísimo cariño y agradecimiento.

A la orilla de la Barranca de Huentitán, en la arbolada del patio que embellecía la escuela primaria Agustín Yáñez, las aves se arremolinaban todas las mañanas sobre las ramas, acompañando con sus cantos y trinos la entrada de los estudiantes entre las 7:45 y las 8:00 AM.

Estaban las calandrias: raras en sus visitas, engreídas, escandalosas y mitoteras, pero elegantes de plumaje. Bastante glotonas ante la gran variedad de frutos que abundaban en el jardín: capulines, granadas, huamúchiles, limones, naranjos, etc. Estaban los tordos: feos pero alegres, las conguitas con sus ojitos hermosos y diminutos, las primaveras con su canto hipnótico y bello, las palomas de alas pintas, provenientes de lo más profundo de la barranca. Había zanates y ticuces, llamados así desde antes de los españoles por su intenso color negro en el plumaje y su sinuoso canto. Estaban el cardenal y los gorriones, muy apreciados por su trinar, los agraristas, un poco menos agraciados que los anteriores pero simpáticos al fin y al cabo.

Por último se encontraba el cenzontle, llegado desde lo más recóndito de la barranca y de sus cañones. Conocido como el mil voces, quien era el emperador de todas las aves y ocasionalmente concedía el honor de visitar el jardín de la escuela. Amado y protegido por reyes indígenas desde épocas inmemoriales, adorado y codiciado. Deleitando a los niños, profesores, padres de familia y al resto de las aves con su concierto multisonoro que no era tan frecuente.

Varios años atrás, los pájaros hicieron un pacto con los niños de la escuela para que estos no volvieran a arrojarles piedras ni a trepar sus árboles para coger sus nidos ni sus polluelos. A cambio, los plumíferos tendrían a los árboles completamente libres de insectos dañinos y plagas que pudieran ponerlos en peligro.

Así vivieron varias décadas en armonía: las aves dedicadas a su canto y a alimentarse de los frutos e insectos que se daban en los árboles, y los alumnos a estudiar sin molestarles.Hasta que comenzó a aparecerse Juanito por los pasillos y los rincones de la primaria. A veces lo veían los niños en los bebederos, otras rondaba los baños de niñas al inicio de la jornada. Sus apariciones eran cada vez más frecuentes, vestidito con su uniforme azul y la camisa blanca, con cara de “yo no fui”, al igual que cualquier alumno.

Todo entró en severo caos cuando la señora que hacía el aseo por poco se infarta al encontrarlo de repente a la salida de la dirección. Y lanzó un chillido histérico que hizo salir a todos de sus salones. Juanito parecía gustar de sorprender y hacer entrar en pánico a niños y adultos.

Los pájaros notaron que los estudiantes y los maestros estaban cada vez más alterados y asustados, que cada día ponían menos atención a sus cantos y algarabías. Mucho menos a sus clases y tareas. Las maestras se encontraban nerviosas, susceptibles e irritables. Los emplumados dejaron de concurrir el jardín y partieron hacia otros sitios de la barranca en busca de comida y refugio.

Un buen día, un par de calandrias chismosas osaron posarse sobre una de las palmas que había en el jardín, nada más por satisfacer su morbo. Comentaban y cuchicheaban lo que había sucedido con aquella arbolada y con aquel jardín que otrora habían sido tan alegres y tan plenos de aves de diversos tipos.

En eso vino el cenzontle, quien las escuchó al vuelo y las calló con su poderoso y bellísimo canto de mil pájaros a la vez. El concierto que dio el emperador de la barranca fue de tal potencia y hermosura en aquella ocasión, que los niños dejaron de estar atemorizados y las maestras se relajaron. Un centenar de seres emplumados retornaron, atraídos por su monarca, eligiendo el jardín como su sitio predilecto. Y de Juanito no volvió a verse ni a comentarse nada jamás.

El cenzontle terminó su concierto ante el buen ánimo general de personas, aves y árboles. Se aclaró el buche y antes de retornar a los confines de la montaña, de donde había emergido, atinó a decirles a todos, pero sobre todo dirigiéndose a aquel par de calandrias entrometidas y alborotadoras:

-¡Alguna vez viví como niño… y estudié en esta escuela! ¡Pero ya me fui para siempre!

 

*Imagen: Ilustración de Ana Paula de la Torre Díaz

Adán de Abajo
Autor: Adán de Abajo
Escritor y músico, psicoterapeuta. Asiduo lector omnívoro y colaborador de Pijama Surf.

La leyenda del Charro Negro (que también se incorporó al misticismo indígena)

El Charro Negro es la representación mestiza de la oscuridad y su manifestación el mundo, algunas etnias como los Wixárika, lo transmutaron en sus deidades de lo mundano.

El charro negro en la leyenda popular mexicana representa el lado oscuro del alma humana, una historia que advierte sobre la cegadora codicia. Este personaje fue transmutado en deidades oscuras por etnias como la Wixárika.

Prácticamente en todas las sociedades se ha concebido el concepto de “lo oscuro”, que incluso se presenta como un elemento esencial para que exista el equilibrio. Y ello, lo oscuro, es una especie de tentación constante, vinculada con las pasiones humanas, las cuales podrían hacer que el hombre pierda la razón, y como consecuencia, se pierda a sí mismo o a su parte luminosa.

En la cosmovisión mexica tenemos la inmemorable batalla cósmica entre día y noche, entre luz y oscuridad simbolizada por Tezcatlipoca, uno de los cuatro hijos de Ometéotl, señor de la noche y Quetzalcóatl (también llamado el Tezcatlipoca blanco).

Con la llegada del cristianismo al hoy México, la dualidad también se propulsó con la figura de Dios y Lucifer, y en esta bifurcación cultural surgieron mitos y leyendas sobre la tentación perenne que es capaz de hacer perecer el alma.

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Entre estas manifestaciones se encuentra la Leyenda del Charro Negro. Su nacimiento se ubica generalmente en el centro y sur de México pero su presencia se extendió a todo el país, y de hecho, los Wixárika, por ejemplo, lo adoptaron como uno de sus dioses. Al respecto el investigador Johannes Neurath apunta:

En el mito de origen de los huicholes de Durango, el famoso charro negro, Tamatsi Teiwari Yuawi, es un dios ganadero que no deja de transgredir las normas y de enriquecerse sin respetar la ley de reciprocidad establecida por los ritos indígenas. Así como lo escribe Héctor Medina Miranda en el penetrante estudio que le ha dedicado [Medina Miranda, 2006:271], el charro negro se identifica con San Cristobal, con Santiago (que es el santo jinete) y sobre todo con el cristo muerto, o sea con las figuras católicas que introdujeron en la sierra huichol el dinero, la ganadería, las técnicas agrícolas más productivas de los blancos, y todas las comodidades modernas.

La leyenda 

Se cuenta que hace muchos años numerosas familias de mineros y jornaleros trabajaban a deshoras y en condición de esclavos. Entre ellos había un hombre llamado Juan, un hombre ambicioso que no dejaba de quejarse de su suerte.

Un día, al terminar su jornada laboral, se dirigió a la cantina más cercana y comenzó a beber en compañía de sus amigos. Ya entrado en copas comento:

La vida es muy injusta con nosotros. Daría lo que fuera por ser rico y poderoso.

En ese momento, un charro alto y vestido de negro entró a la cantina y le dijo:

Si quieres, tu deseo puede ser realidad.

Al escucharlo, los demás presentes se persignaron y algunos se retiraron. El extraño ser le informó que debía ir esa misma noche a la cueva del Coyote, que en realidad era una vieja mina abandonada. Juan asintió, más envalentonado por el alcohol que por el dinero. A la hora convenida ya estaba parado frente a la mina, pero no vio nada extraordinario. Ya iba a retirarse cuando descubrió un agujero en el cual había una víbora que lo observaba fijamente. Juan se impresionó al ver el tamaño descomunal de ese animal, por lo cual decidió llevárselo a su casa para poder venderlo posteriormente. En su casa depositó a la víbora en un viejo pozo de agua que se encontraba seco y lo tapó con tablas.

Su esposa en vano intentó saber el motivo de su tardanza, porque el hombre todavía estaba ahogado de borracho. Cuando se durmió, Juan comenzó a soñar con la víbora, quien al parecer le decía:

“Gracias por darme tu hogar y aceptar que entre en las almas de ustedes. Al despertar encontraras en tu granero el pago por tu alma. Si decides aceptarlo, tendrás que darme a tu hijo varón.

Juan tenía dos hijos: uno de seis años y un bebé varón de escasos seis meses. A la mañana siguiente, el hombre aún aturdido por los efectos del alcohol se dirigió al granero, donde encontró entre el maíz desgranado unas bolsas repletas de monedas de oro. No salía de su asombro cuando el llanto de su mujer lo sacó de su concentración: su hijo menor había desaparecido, mientras que la niña señalaba al pozo sin agua. Al retirar Juan las tablas, encontró a su pequeño despedazado, pero no había ni rastros de la víbora.

El dinero le sirvió de consuelo. Se hizo de terrenos y construyó una hacienda. El tiempo pasó, y en sueños la serpiente le hizo un segundo trato: “Ampliar su fortuna a cambio de más hijos“.

Juan actuaba ya en una forma despiadada: Se hizo de muchas amantes, todas oriundas de pueblos lejanos. Tras dar a luz estas mujeres, el hombre se aparecía exigiendo al niño para su crianza. Al cabo de unos años su fortuna creció considerablemente, pero llegó el día en que murió.

Se dice que en el velorio la gente que se encontraba presente rezaba, cuando entró por la puerta principal un charro vestido de negro que exclamó:

¡Juan!, ¡estoy aquí por el último pago!

Dicho esto desapareció, dejando un olor a azufre. La gente intrigada abrió el ataúd de Juan y no encontró más que un esqueleto. Se cree que desde entonces el Charro negro anda buscando quién cambie su alma y la de los suyos a cambio de unas monedas de oro.

La leyenda continúa y cuenta que luego de este episodio el Charro Negro se aparece en las noches, en las calles de las ciudades o en los caminos rurales. Es elocuente y enigmático, en ocasiones acompaña a los caminantes, pero si la persona accede a subirse al caballo o recibe monedas de este, su suerte está dada.

*Fuentes: 
Neurath, Johannes.(2205) Máscaras Enmascaradas. Indígenas, mestizos y dioses indígenas mestizos. Relaciones.181 (Vol.XXVI)
 
La Leyenda del Charro Negro/marcianos.com 
*Imágenes: 1) www.youtube.com/watch?v=eaEezLJpAQI; 2) mna.inah.gob.mx

La antigua leyenda de cómo nació la vainilla

Los antiguos habitantes de Papantla, Veracruz, honraron a la vainilla desde su mitología.

Pocos lo saben: la vainilla, sutil aromatizante, delicado saborizante, delicatessen mundial, es de origen mesoamericano. La más famosa de México es la vainilla de Papantla, que figura como uno de los 15 productos mexicanos que tienen denominación de origen en el mundo.

Precisamente en estas tierras, en Papantla, Veracruz, sus antiguos habitantes transmitieron una leyenda sobre el origen de la vainilla, tan importante en su cosmovisión por ser un elemento tan generoso de su entorno, modo de vida, cultura.

 

Te compartimos la leyenda del nacimiento de la vainilla en la versión  de la publicación Orgullo de México:

 

Según los antiguos habitantes de Papantla, Teniztli, tercer señor de El Tajín, tuvo con una de sus mujeres una hija de excepcional hermosura: la princesa Tzacopontziza. Una niña tan bella que el padre, al mismo tiempo que se enorgullecía de ella, vivía preocupado. ¿Qué hombre, pensaba, será digno de tener semejante tesoro? Ninguno, concluyó. No hay hombre en esta tierra que tenga los atributos que se necesitarían para disfrutar de semejante belleza. Dicho lo cual, ordenó Teniztli que su hija fuera llevada a una de las montañas cercanas, donde se levantaba el templo dedicado a la diosa Tonacayohua, y se quedara en el grupo de doncellas consagradas a su culto. Tzacopontziza se encaminó al templo de la diosa madre, protectora de la siembra y la cosecha. Durante algún tiempo aceptó su destino, quizá con alegría y devoción, quizá sólo con resignación. Hasta que un día, de la nada, apareció en las cercanías del templo un joven. Era Xcatan-oxga, quien en uno de sus paseos había visto de lejos a Tzacopontziza y, como era previsible, había quedadoprendado de ella.

Xcatan-oxga se acercó a la hija de Teniztli, habló con ella y, sin más, se la llevó consigo. Aunque no tenían la menor idea de adónde se dirigirían, lo primero era alejarse del templo, ¡y pronto! Sin embargo, sólo habían andado unos pocos pasos cuando un monstruo les cerró el paso. No había modo de escapar. Intentaron seguir un nuevo camino, pero entonces toparon con los sacerdotes de Tonacayohua. Sacrilegio, dijeron. Sin pedir explicaciones tomaron a la pareja, les cortaron las cabezas, extrajeron sus corazones y luego los lanzaron, con todo lo demás, al fondo de un barranco.

En el barranco, la vegetación comenzó a mostrar cambios inexplicables. Primero, todas las plantas y las hierbas se secaron. Después, comenzó a crecer un arbusto, uno solo, y pronto se llenó de hojas. A su lado creció una orquídea y, a los pocos días, se enredó en torno al arbusto, abrazándolo delicadamente. Cuando ambos alcanzaron su tamaño definitivo, las flores amarillas se transformaron en vainas oscuras, que despedían un aroma exquisito, incapaz de ser definido a cabalidad. Los sacerdotes dijeron que los corazones de Xcatan-oxga y de Tzacopontziza eran los responsables del prodigio y declararon que, por eso mismo, la planta era sagrada. La llamaron xanath o flor recóndita. Es la vainilla.

 

*Imagen: aprendeespanol.net/la-vainilla

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El canto de las palomas habaneras

Las palomas habaneras forman parte elemental de los centros históricos de las ciudades de México, y sigilosas se adentran a la historia de muchas personas y familias.

 

A mi padre: Carlos, y mi abuelo, Jesús D.

 

¡Oh, alma ciega!, ármate con la antorcha de los Misterios,

y en la noche terrestre descubrirás tu Doble Luminoso,

tu alma celeste. Sigue a ese divino guía, y él sea tu Genio.

Porque él tiene la clave de tus existencias pasadas y futuras.

(Hermes Trimigesto -Llamada a los iniciados.)

 

“¡No cantan, gorjean….!” Les decía su abuelo cada que comenzaban su concierto. De niños, nunca entendieron el significado completo de la palabra “gorjear”. Pero lo descubrirían vívidamente al escucharlo todas las mañanas y a veces al anochecer, cuando los machos ostentaran sus pequeños buches ante las hembras de cuello fino, rodeadas por sus collares de líneas oscuras, para seducirlas. Inclinándose al ritmo de sus canciones y elevándose de nueva cuenta cada vez, para volver a mostrar el buche e hipnotizar a sus parejas.

Y ellos recordarían la palabra “gorjear” muchos años después, cuando el abuelito se hubiera ido de este mundo y tan sólo les quedaran sus recuerdos, evocados por el sonido de las palomas. Por eso siempre les gusto tener palomas habaneras, puesto que les recordaban al anciano patriarca. Aquel canto inducía ciertos estados de calma por las madrugadas, desde las cinco, en las mañanas frías. Unos sentimientos casi místicos de tan cotidianos y naturales venían acompañando esos cantos. Perdidos en la infancia más remota y tranquila. Les hacían sentir que aunque el amanecer se encontraba cerca, aún podían permitirse dormir un poco más antes de la hora de levantarse e ir a la escuela. Igual que si todos los días fuesen domingo.

“¡No cantan, gorjean…!”

Un día que se encontraban de paseo, el abuelo compró un par a un pajarero en Coyoacán, que según les dijo, venía desde Querétaro con todo y su cargamento de aves. Las puso en una jaula de bambú y ellos se las trajeron hasta Guadalajara en el autobús. Eran muy prolíficas, muy cariñosas entre ellas, buenas para hacer su nido en una vieja lata de sardinas y procrear todo el año. Sin importar en lo absoluto de qué estación se tratara. Eso sí, muy fieles entre ellas, pues casi nunca cambiaban de pareja, una vez elegida la adecuada. A menos que el macho fuese medio flojo y no frecuentara el nido familiar. Pronto, del primer par que se habían traído de México, surgió toda una parvada.

Su papá les fabricó un palomar y ellas tuvieron más espacio, volando en su interior, desde los comederos en el piso, donde las alimentaban con maíz quebrado, millo y pedazos de pan duro, hacia sus nidos fabricados con cajas de madera, desde donde asomaban los pichones que aún no se atrevían a descender, exigiendo a sus progenitores su obligada ración alimenticia.

Cuando el abuelo vino de visita, al año siguiente, traía otro par de habaneras, esta vez de color blanco: “copos de nieve…”. Les señaló que se llamaba a aquella variedad. Resultó que ambas eran hembras y al liberarlas en el palomar, rápidamente fueron captadas por dos jóvenes y ganosos machos marrones que parecían esperarlas con ansias. De su cruza no tardaron en poblar el palomar toda una casta de palomas pintas: blancas con manchas café, marrón y negras, incluyendo sus obligados collares, resultando llamativas y elegantes. Las hijas e hijos de estas se mezclaron con las primeras generaciones: color canela y café, generando extraños matices de marrón con puntos blancos, negros y grises. El patio de la casa siempre estaba lleno de su hipnótica música y su gorjeo.

Para el mes de diciembre, el abuelo, quien sabía muchísimo de palomas y aves, pues había pasado su infancia en Tlaltenango de Sánchez Román, en Zacatecas, rodeado de cenzontles, mirlos, canarios, gorriones, periquitos y palomas, les explicó la historia de las habaneras:

“… en realidad no se llaman habaneras, sino palomas de collar. Y no son de la Habana, sino de Medio Oriente. Los turcos las llevaron a España, y ahí se aclimataron perfectamente, poblando por completo la península, enamorando a la gente, que se sintió encantada teniendo a una pareja o más en pequeñas jaulas en sus ventanas. Los españoles las trajeron más tarde y se adaptaron perfectamente a América, proliferando desde Sudamérica hasta los Estados Unidos…”

Y el abuelo interrumpía su historia para dar varias caladas a sus cigarros Raleigh y beber café de Colima.

La historia fue interrumpida cuando llegaron nuevos invitados y el anciano se tuvo que levantar de su equipal para saludar a los recién llegados, que también eran hijos y nietos suyos. El abuelo era igual de prolífico que sus palomas.

Tuvieron que completar la historia de las palomas habaneras por ellos mismos, porque al año siguiente el abuelo no pudo regresar a Guadalajara , debido a un paro respiratorio, falleciendo al poco tiempo. Su amor por el cigarro, igual o más fuerte que el de las aves, no ayudaría mucho a sus pulmones ni a su corazón.

Dedujeron por cuenta propia que las palomas de collar o comúnmente denominadas habaneras, en algún momento escaparon de sus jaulas y comenzaron a mezclarse, cariñosas y fecundas como sabían ser, con las variedades de palomas silvestres de México: con las palomas pintas de montaña, con las güilotas y con otras negras que también tenían su propia variedad de canto.

Las ciudades del Occidente de México no tardaron en poblarse cada vez más y en acostumbrarse a la presencia de las palomas de collar y a las nuevas y extrañas cruzas que surgían con las mezclas de todas, aún más prolíficas, cantadoras, amorosas y adaptables que sus antecesoras. Anidando en árboles, postes de luz, balcones, azoteas y torres.

Pronto las verían llenar los árboles en el Jardín San Marcos en Aguascalientes hasta saturarlos, los Centros Históricos de Morelia, Zacatecas y Guanajuato, y las antiguas colonias empedradas de Guadalajara.

“¡No cantan, gorjean…!” Recordarían cada que fueran llenados los comederos en el palomar de su patio, cada que se dieran las cinco de la mañana y sintieran que aún podían quedarse un poco más en la cama durante las madrugadas frías, antes de tenerse que levantar para ir ahora a trabajar, o para llevar a su propia descendencia a la escuela.

 

*Imagen:Adrian Braidotti

 

Adán de Abajo
Autor: Adán de Abajo
Escritor y músico, psicoterapeuta. Asiduo lector omnívoro y colaborador de Pijama Surf.