Sergei Eisenstein documentó en Oaxaca un fuerte sismo en 1931 (VIDEO)

Sergei Eisenstein vio (y nos mostró) un México profundo y divino, pero también un México derruido por la fuerza de la naturaleza.

Cinco placas tectónicas erigen los suelos mexicanos, e inevitablemente son parte de su magia natural. Estás placas son las responsables de que México sea un país de incontables sismos, la fuerza de la tierra.  Tan sólo en los últimos 12 años, el Servicio Sismológico Nacional ha reportado más de 15 mil mayores a 3.4 grados Richter.

En algunos sitios del país este fenómeno suele impactar en menor grado. Pero en zonas donde es mayor la cercanía con las placas —como Guerrero, Chiapas y Oaxaca—, los estragos han probado ser devastadores. Precisamente fue en Oaxaca donde el director ruso Sergei Eisenstein, fue espectador de uno de los sismos más catastróficos del estado. En enero el año 1931, el director se encontraba grabando escenas para su película ¡Qué viva México!, cuando de pronto un sismo con epicentro en Loxicha, de 7.8 grados, llegó y penetró hasta la ciudad, destruyendo todo a su paso durante 3 prolongados minutos. 

Pocos saben de este casual registro que hizo Sergei de aquel terrible suceso. El sismo derruyó casas de adobe, mansiones, comercios y edificios de gobierno por igual, y se dice que murieron más de 10 mil personas. La tragedia además causó hambruna, cólera y miseria, así como la consecuente migración de muchos oaxaqueños a diferentes ciudades del país, especialmente a la Ciudad de México.

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Una narración visual de aquella manifestación de la tierra fue rescatada por este amante de nuestra cultura, uno de los mejores cineastas de la historia. Sergei M. Eisenstein vivió —y nos mostró— un México profundo, insospechado, que a favor de la memoria, colaboró con este sencillo cortometraje para legarlo a la historia como una franca huella del desastre.

Relatos viajeros de Aldous Huxley en México

Producto de su fugaz paso por nuestro país, Huxley escribió "Más allá del Golfo de México", un cuaderno de viajes en cuyos pasajes se alaba la majestuosidad oaxaqueña.

Aldous Huxley recorrió México en 1933 durante todo un mes.  De dicha experiencia extrajo un libro más empirista que científico—aunque con mucho valor literario—. Titulado Más allá del Golfo de México, se trata de una obra que sale a relucir una visión limitada por preconcepciones del hombre blanco típico de primera mitad del siglo XX, pero que no deja de exponer una franca admiración por un país, siempre asombroso, como lo es México.

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No se debe olvidar que en Huxley aflora siempre una crítica al sistema económico y a los totalitarismos políticos, esa que también, atinadamente, está presente en sus comentarios sobre el gobierno mexicano en este libro de viaje. Por otro lado, llama la atención comprobar que en nuestro lúcido escritor también afloran chispazos de racismo, o por lo menos de una primeriza incomprensión sobre la vida en México, y una mirada de occidente, casi pueril, frente a un territorio de franca diversidad. Por lo que Huxley, al menos en esta obra, incurre en aproximaciones al mundo indígena que parecieran hechas desde un sentimiento de superioridad. 

Pero, lo que resulta sumamente interesante es cómo este Huxley, pese a su sorpresa, relata su encuentro con la ciudad de Oaxaca, a la cual llegó desde Puerto Ángel, donde por primera vez puso un pie en México. 

A pesar de tres terremotos importantes, a pesar de haber soportado siete asedios, incluyendo uno por el ejército francés al mando de Bazaine, a pesar, sobre todo, de cuatro siglos de existencia mexicana, Oaxaca es aún una ciudad majestuosa, llena de edificios imponentes. […] La catedral ha sido sacudida y resquebrajada, sin embargo, se yergue todavía, enorme, en el centro de la ciudad.

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Resulta todavía más asombroso que poco antes de llegar a la ciudad de Oaxaca se expresara con estas palabras de Pochutla (que a pesar de su dureza constituyen una bella narración):

El camino serpenteaba a través de una densa selva, toda plateada y rosa-tostado en esta estación seca, como un bosque de robles en Inglaterra a fines de otoño. En algo menos de una hora estuvimos en Pochutla, la capital administrativa y comercial del distrito, uno de los pueblos más espantosos que haya visto, hundida en el polvo que llegaba hasta los tobillos, bajo el sol ardiente, irrevocablemente perdida.

Pero finalmente Huxley llegó a la capital, y así lo describe:

[…] caminando por las calles uno se encuentra ante los portales de los que fueron alguna vez monasterios magníficos, ahora transformados en almacenes y talleres y viviendas de indios; se encuentra uno ante hermosas iglesias en las que los santos barrocos aún gesticulan en los altares y el yeso dorado todavía se retuerce con lujuria intestinal sobre las bóvedas y los cielos rasos. Sí, Oaxaca es un bello lugar. Bello y, tal como se mide la alegría en las provincias de México, positivamente alegre.

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El discurso de Huxley en muchos de los pasajes de Más allá del Golfo de México puede ocasionar enfado e indignación a quien no comprenda los sentires finiseculares de la época. De entrada, él era un hombre que aún hablaba de colonias, y no de países, como muchos de sus contemporáneos, y que se aproximaba a la cultura centroamericana a partir de intuiciones y una curiosidad un tanto ingenua. Eso es lo que hace todavía más increíble el hecho de que, a pesar de su estrecha visión sobre México y Centroamérica, la ciudad de Oaxaca encantara tanto al autor, como cuando rememora que en Puerto Ángel escuchó estas sencillas palabras, que, al parecer, le calaron profundamente:

—Cuando fui a Oaxaca el año pasado —dijo una de las mujeres, el rostro iluminado por el recuerdo de tan fabuloso acontecimiento— cuando fui a Oaxaca…

El inglés cierra su narración sobre ese territorio trayendo a colación su admiración por el sitio arqueológico de Monte Albán:

Pero por más grande que fuera la suerte que tuvieron con su religión, también debemos reconocer a los antiguos americanos un volumen asombroso de buena administración estética. Monte Albán es la obra de hombres que conocían consumadamente bien su oficio de arquitectos.

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No cabe duda que los libros de este autor han ayudado a que proliferen los espíritus críticos. Y en Más allá del Golfo de México, —que en ocasiones da más la impresión de ser una especie de ensayo al vuelo—, hay pasajes de esta naturaleza que son valiosos por su agudeza argumentativa y reflexiva. Para Huxley, este viaje corroboró lo que él se temía: que era imposible la simbiosis del mundo “moderno”  con mundos como el nuestro:

Alguna vez creí que se podía evitar el pago o, por lo menos, que podía ser muy rebajado, y que era posible obtener casi lo mejor de ambos mundos. Pero esto, creo, era ilusión.

Sea como sea, Huxley nos ayudó a comprobar, quizás sin quererlo, que ni el más prejuicioso de los espíritus puede pasar por Oaxaca sin ser afectado por su grandilocuencia y magnificencia, misma que se asienta en el temple de sus habitantes, herederos de tradiciones que ya el propio Huxley pudo constatar y por las cuales no pudo resistirse y se arrojó a la maravilla de sus encantos. 


*Bibliografía: 

Huxley Aldous, “Más allá del Golfo de México”, Fondo de Cultura Económica, México, 1934
En busca del Paraíso económico: Huxley en México

*Imágenes: 2) BooksActually; 3, 4 y 5) México en fotos, AA. originales desconocidos 

 

Reflexiones de grandes escritores mexicanos sobre el sismo de 1985 que hoy valiera releer

José Emilio Pacheco, Octavio Paz y David Huerta le escribieron al temblor de 1985; hoy esos textos recobran un lugar entre nosotros.

Hay experiencias que marcan en la vida, que rasgan el lienzo de la memoria para impregnarse indefinida, tal vez eternamente, en la memoria. Esto ocurre tanto a nivel personal, en la historia individual de cada uno, como a nivel colectivo: por ejemplo cuando el manto de la tragedia envuelve a una sociedad y se destapa una reacción catártica en cadena. 

El martes 19 de septiembre de 2017, a las 13:14, ocurrió algo que México no olvidará. Un eco de otra cicatriz histórica, el sismo de 1985, tan evidente que se registró precisamente en el aniversario de su antecesor, un volcán de emociones prefiero, y luego de reflexiones, anécdotas y, esperemos, aprendizaje. Pero como la historia es, también, un ciclo, pareciera que algunas de las reflexiones que detonó ese sismo, el de 1985, tienen algo importante que decirnos hoy, a unos días de este, el de 2017.

A continuación compartimos una breve selección de textos telúricos, uno de José Emilio Pacheco, otro de Efraín Huerta, ambos publicados originalmente en la revista Proceso, en 1985 y 1986, respectivamente; el otro es de Octavio Paz, publicado en el diario español El País, el mismo año del sismo. 

 

“Las Ruinas de México” / José Emilio Pacheco 

La tierra desconoce la piedad.

Sólo quiere prevalecer transformándose.

La tierra que destruimos se hizo presente.

Nadie puede afirmar: Fue una venganza”.

La tierra es muda: habla por ella el desastre.

La tierra es sorda: nunca escucha los gritos.

La tierra es ciega: no observa la muerte.

el día se vuelve noche

polvo es el sol

el estruendo lo llena todo.

…Es lo único eterno.

Sólo el polvo es indestructible.1

Avanzo, doy unos pasos más

miro de cerca el infierno.

 

Muere el día de septiembre

entre la asfixia y los gritos

…De aquella parte de la ciudad que por derecho

de nacimiento y crecimiento, odio y amor,

puedo llamar la mía (a sabiendas/de que nada es de nadie)

no queda piedra sobre piedra.

 

Mudo alarido de este desplome que no acaba

nunca,

las construcciones cuelgan de sí mismas. Parecen

grandes camas desechas puestas de pie

porque sus habitantes ya están muertos.

Pesa la luz del plomo. Duele el sol

en la Ciudad de México.

 

Las fotos más terribles de la catástrofe

no son fotos de los muertos…

No: las fotos más atroces de la catástrofe

son esos cuadros en color donde aparecen

muñecas

indiferentes o sonrientes, sin mengua, sin tacha,

entre las ruinas que aún oprimen

los cadáveres de sus dueñas, la frágil vida

 

de la carne que como hierba ya fue cortada.

 

Hay que cerrar los ojos de los muertos

porque vieron la muerte y nuestros ojos

no resisten esa visión.

Al contemplarnos

en esos ojos que nos miran sin vernos

brota en el fondo nuestra propia muerte.

 

Esta ciudad no tiene historia,

sólo martirologio.

El país del dolor,

La capital del sufrimiento

el centro deshecho

del inmenso desastre interminable.

 

“Escombros y semillas” / Octavio Paz 

Ante los infortunios y los desastres, lo mismo los naturales que los históricos, los hombres han respondido siempre con actos y con obras. La religión, el pensamiento, el arte y la acción son nuestra respuesta a la universalidad del mal y de la pena. Los aztecas creían que esta edad del mundo estaba regida por el sol del movimiento, y esta idea les dio ánimo para ver de frente y con entereza los terremotos, las erupciones volcánicas y las inundaciones; la creencia en la justicia y la misericordia divinas alivió a nuestros antepasados de la Nueva España e impregnó de sentido a las catástrofes y convulsiones naturales que padecieron. Ahora, los temblores del 19 y el 20 de septiembre nos han redescubierto un pueblo que parecía oculto por los fracasos de los últimos años y por la erosión moral de nuestras elites. Un pueblo paciente, pobre, solidario, tenaz, realmente democrático y sabio. La sabiduría popular no es libresca ni moderna, sino antigua y tradicional. Es una mezcla de estoicismo, silenciosa energía, humor, resignación, realismo, valor, fe religiosa y sentido común. Ese sentido que, precisamente por ser común, es comunal, comunitario. En suma, la sempiterna combinación humana que Santayana definió en uno de sus libros como “escepticismo y fe animal”. Yo más bien diría: escepticismo y fe vital, confianza en este mundo y en el otro. Los mexicanos han sido siempre grandes constructores, y las distintas ciudades de México -la azteca, la novo-hispana y la del siglo XX- nos han dejado monumentos admirables. Pero nuestra ciudad comenzó a desfigurarse hace unos 30 años. Ha padecido un crecimiento frenético y canceroso, que ha destruido casi totalmente su trazo y su fisonomía. Tres fuerzas nefastas se han confabulado para producir este colosal disparate que es hoy México. La primera ha sido el centralismo político, económico y cultural, que, conjugado con el excesivo crecimiento de la población, engendró un hacinamiento humano contranatural. El centralismo comenzó en Teotihuacan hace más de 2.000 años; después se trasladó a Tula, primero, y más tarde a México. Aquí ha sido azteca, español y mexicano. En su origen fue teocrático-militar, y hoy es sobre todo político, ya que en el México actual, la política domina a la cultura y a la economía. Constante a través de nuestra historia, alternativamente benéfica y fatídica como todas las grandes fuerzas históricas, la tendencia hacia la centralización se ha agudizado más y más desde 1950. Este crecimiento ha sido paralelo al de una extensa y poderosa burocracia estatal con ramificaciones en todos los centros vitales de la nación. No es extraño que la doble acción del centralismo y la burocracia, ambos esencialmente autoritarios, haya terminado por asfixiarnos y paralizar a sus mismos y directos beneficiarios: los gobernantes. En efecto, hay una relación directa entre la concentración del poder en un grupo y el centralismo: el excesivo crecimiento del segundo inmoviliza al primero.

La segunda fuerza ha sido de orden económico: el espíritu de lucro de los empresarios e industriales de la construcción, que aprovecharon el auge relativo de este cuarto de siglo para entregarse a una especulación urbana desenfrenada e inescrupulosa, con la complicidad de la burocracia gubernamental. Así, en unos cuantos años, la ciudad se extendió de manera caótica y se cubrió con multitud de edificios, no sólo feos, sino inseguros. Por último, la megalomanía de los últimos Gobiernos, empeñados en levantar en un parpadeo sexenal Babilonias de cemento del tamaño de su vanidad. Los cimientos de esas moles estaban podridos como la moral de los que las erigieron. Justicia poética: mientras el temblor, en unos pocos minutos, echó por tierra esas construcciones alzadas por la vanagloria, la ambición y la codicia, los viejos edificios siguen en pie. Lo verdaderamente terrible ha sido el costo en sangre: las víctimas nos duelen más que las pérdidas materiales. La naturaleza y la historia son divinidades crueles, y el desastre del 19 de septiembre debe verse como la conjunción de una fatalidad natural y un error histórico.

Hoy se habla de reconstrucción. Pero esta palabra es engañosa, pues no designa realmente la naturaleza de la tarea que nos espera. No se trata de repetir lo hecho, sino de rectificar el curso ancestral de la historia de México. Creo que es el momento de iniciar en serio el proyecto de descentralización que figuró de manera prominente en el programa del presidente De la Madrid, y que fue uno de sus puntos más atractivos. Si algo puede unir a los mexicanos, es precisamente esta idea. Cierto, es una tarea que, de llevarse a cabo, requerirá los esfuerzos de dos generaciones. No importa: éste es el momento propicio para comenzarla. Si el presidente, que se ha mostrado valeroso y sobrio ante el desastre, comienza de verdad a descentralizar, merecerá nuestra gratitud y la de nuestros descendientes. Al impulso centralista que ha animado nuestra vida social desde la época prehispánica debe suceder otro, hacia afuera, centrífugo, al encuentro de la provincia.

En su origen, México fue plural. El mundo precolombino fue una sociedad internacional de ciudades con culturas y lenguas distintas que el Estado azteca no logró sujetar enteramente. El proceso de unificación de los aztecas fue continuado con éxito por el régimen hispano. Sin embargo, bajo la Monarquía austriaca, el centralismo fue menos absoluto y rígido que con los Borbones.

El México independiente continuó en esto, como en tantas cosas, al despotismo ilustrado. Los liberales se dijeron federalistas, pero en verdad fueron, por influencia francesa, acentuadamente centralistas. Los Gobiernos revolucionarios y posrevolucionarios han seguido la misma política de concentración de poder. Esto ha sido fatal, porque en la provincia de México duermen muchas fuerzas que debemos despertar. Ese despertar, por lo demás, está escrito en el proceso histórico mismo de nuestra nación. La provincia está destinada a ser en el porvenir inmediato, como lo fue varias veces en el pasado, un protagonista central en la vida del país. Lo que no sabemos es si ese despertar será un desgarramiento, el comienzo de una rebelión en contra del centro, como a veces se manifiesta ya en el Norte, o si será una conjunción. La descentralización conjurará los peligros de un cisma o, peor aún, los de una escisión. Es una empresa larga, como todas las que cuentan en la historia. También es una empresa impostergable.

La reacción del pueblo de la ciudad de México, sin distinción de clases, mostró que en las profundidades de la sociedad hay -enterrados, pero vivos- muchos gérmenes democráticos. Estas semillas de solidaridad, fraternidad y asociación no son ideológicas, quiero decir, no nacieron con una filosofía moderna, sea la de la Ilustración, el liberalismo o. las doctrinas revolucionarias de nuestro siglo. Son más antiguas, y han vivido dormidas en el subsuelo histórico de México. Son una extraña mezcla de impulsos libertarios, religiosidad católica tradicional, vínculos prehispánicos y, en fin, esos lazos espontáneos que el hombre inventó al comenzar la historia. Kropotkin y santo Tomás, Suárez y Rousseau, suspendiendo por un momento sus disputas, habrían aprobado con una sonrisa conmovida la conducta del pueblo. Las raíces comunitarias del México tradicional están intactas. La acción popular recubrió y rebasó en unas pocas horas el espacio ocupado por las autoridades gubernamentales. No fue una rebelión, un levantamiento o un movimiento político: fue una marea social que demostró, pacíficamente, la realidad verdadera, la realidad histórica de México. O, más exactamente: la realidad intrahistórica de la nación. La enseñanza social e histórica del sismo puede reducirse a esta frase: hay que devolverle a la sociedad lo que es de la sociedad.

Los gérmenes del renacimiento están en el origen. Son los de nuestro comienzo. Han sobrevivido a muchas desdichas y tradiciones, a la seducción de la falsa modernidad y a las simplificaciones de las ideologías. Hay que preservarlos y vivificarlos. Sería funesto que se desvaneciesen o volviesen a ocultarse. De ahí que sea indispensable que en la tarea de reconstrucción-rectificación que será larga y penosa, participen todos los distintos grupos sociales. Tenemos que encontrar nuevas vías de participación popular. Es inaplazable asimismo que las autoridades oigan la crítica y acepten la fiscalización de la sociedad. Si el Gobierno quiere reconquistar la confianza popular y no exponerse (y exponernos) a un estallido más grave y profundo que el temblor, debe mostrarse más abierto y flexible. El Gobierno no es una fortaleza, sino un lugar de encuentro. No pido que abdique de su autoridad, sino que la comparta, que sea más atento y sensible a las voces de los que están fuera. El temblor sacudió a México, y entre las ruinas apareció la verdadera cara de nuestro pueblo: ¿la vieron los que están arriba?

 

“Elegía del Ajusco” / David Huerta

Una y otra vez te veo, allá en el sur de la ciudad, como un guardían de la cuenca que muchos llaman valle Estás hecho de siglos, de rocas ígneas, de bosques tersos y de claridad; aunque no pocas veces, también, te pierdes entre la neblina o el humo sucio de esta civilización de prisas, desechos, angustia, enajenaciones y violencia Ajusco, montaña de mi ciudad: ¿cómo no querer conversar contigo en las horas bajas de la noche confusa? ¿Cómo no imaginar que de verdad me escuchas y me comprendes? Y en las madrugadas lentas, desesperantes, ¿cómo no escuchar un murmullo que bien podría ser tu voz, tu mensaje, tu discurso de vigía y de cómplice?

Una elegía, sí, ahora, en septiembre, por los muertos de hace un año Viste, montaña altiva, cómo se quebró la tierra bajo los pies, bajo las camas; y cómo todo quedó al borde mismo de una sombría eternidad: la eternidad de la muerte Emblema de nuestra condición; símbolo atroz y realidad avasalladora, el terremoto nos hizo, increiblemente, abrir los ojos, descubrir al vecino; saber cuánto importan las vidas de los demás en esta ciudad desfigurada —y más desfigurada aún por el desastre Ajusco, escuchaste los llantos, los gritos, las solicitudes de auxilio En esos minutos que fueron “los más largos del tiempo”, vivimos el miedo a puñados; nos hizo falta, de veras, mucho temple para salir a la calle a buscar cómo podíamos ayudarnos unos a otros Ajusco, fue muy duro, muy doloroso, muy triste; y a la vuelta de las semanas, los meses, dolió también darse cuenta de como hay quienes no aman este país Pero ése es otro tema y no quiero traerlo a estas elegía por terrible mes de septiembre de 1985 Tú, Ajusco, escucha estas palabras cuidadosamente y guárdalas con tu sabiduría de milenios.

Camino por Insurgentes y el instinto me obliga a buscarte, a reconocer tu perfil Los amaneceres en la ciudad son a veces muy difíciles de vivir, desde el sismo; ¿quién puede asegurarnos que la pesadilla terminó? Para muchos mexicanos no ha concluido: sigue, árida, tremenda Qué extraño consuelo saber, sin embargo, que estás ahí, Ajusco No sé muy bien cómo decírtelo pero eres una presencia enorme, conmovedora; una verdadera compañía El otro día, mejor dicho, la otra tarde, vi volar una bandada de patos; la V de las aves se perdió por el rumbo de allá, del sur, donde tú estás El diálogo de tus formas y las aves en vuelo me llenó de una curiosa alegría Por un momento dejé de pensar y me integré en eso que suele llamarse “el ritmo de la naturaleza” No pensar: el Predicador lo dijo, pero no le creemos “Porque en la mucha sabiduría hay mucha molestia; y quien añade ciencia añade dolor” No: hace falta conocer, saber, volver a pensarlo todo de nuevo, ahora que la muerte ha pasado de esa manera ante nuestros ojos, frente a nuestras manos inútiles.

Ajusco, escucha ¿No oyes los murmullos de un tiempo nuevo? ¿No volverá la transparencia a nuestro mundo? ¿No sabremos cómo tenemos que vivir y pensar, amar, escribir? Nadie dijo que vivir fuera fácil, desde luego; pero tampoco pensábamos que el tiempo mexicano tuviera dentro de sí tales tragedias, tal agobio de pesadumbre No, Ajusco, no nos vamos a quejar Hay que abrir bien los ojos, ¿no te parece? Las luchas no se van a detener ni nosotros tampoco Quede estas elegía por los muertos del pasado septiembre Te estoy mirando, Ajusco, y de pronto imagino que de ti saliera toda la luz necesaria Por un momento todo está claro Luego empieza a llover y es una lluvia refrescante, luminosa Caerá la noche y ya no te veré más: acaso, apenas, las luces de tus faldas, los poblados semirrurales asediados por el crecimiento de la metrópoli ¿Hace cuántos años que no me acerco a tocarte? Desde las excursiones infantiles de hace veinticinco, treinta años Sí, seguirá lloviendo y vendrán la oscuridad y, quién sabe, el descanso y el sueño El tiempo mexicano quedó ensombrecido, más oscuro y doliente con todo lo que ha sucedido este año No nos repondremos en mucho tiempo de la tragedia Sí, Ajusto, con todo lo ya sabido y padecido, no es hora de quejarse ¿Para qué? Tu lección de impasibilidad tendrás que servirnos de algo Volverá a amanecer, montaña altiva

Memoria de solidaridad: el sismo de 1985 en la Ciudad de México

El reciente sismo que azotó a México es una innegable tragedia. No obstante, puede ser una excusa para recordar las lecciones de humanismo y organización social que nos legaron los voluntarios de 1985.

 

Ahora que nos ha sacudido el sismo más fuerte en los últimos 100 años, no podemos evitar hacer memoria de uno de los eventos que marcó a los habitantes de la Ciudad de México: el sismo del 85.

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Porque ese 19 de septiembre de 1985 surgieron, de entre las grietas y los escombros, raudales de una solidaridad que impresionó a la comunidad internacional. El apoyo mutuo fue una práctica que acompañó los siguientes días tras la tragedia, en la cual se calcula murieron 15 mil personas.

La del 85 es una memoria imprescindible en estos momentos, pues a más de uno el temblor del día 7 de septiembre del año en curso se nos traspasó al cuerpo, haciéndonos temblar de pies a cabeza (no sabíamos si por miedo, o como reflejo orgánico de la tierra a la que estamos conectados). E inevitablemente nos recordaron estos temblares de la tierra y el cuerpo al sismo de 1985, para el cual el reciente sismo pareciera casi un homenaje de aniversario.

Por más de una mente surgieron preguntas como: ¿se repetirá la tragedia? ¿pronto estaremos entre escombros y cenizas? Pero más importante aún: ¿Tendremos la valentía que nuestros padres, tías y abuelos tuvieron en el 85?

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Porque de haberse asemejado en magnitud destructora el reciente sismo en la Ciudad de México con el de 1985, muchos habrían sido los destrozos, las muertes y las heridas. De que no se repitiera la tragedia sólo nos salvó la distancia y la profundidad a la que se produjo el movimiento tectónico en esta ocasión.

Es buen momento para recordar por ello el ensayo El día del derrumbe y las semanas de la comunidad  que elaboró el cronista Carlos Monsiváis, en el cual relata las reacciones de los citadinos ante los paisajes incomprensibles y desolados de destrucción de esa mañana de 1985, donde fluían ríos de vidrio y montañas de cascajo. En este ensayo, reúne Monsiváis un “catálogo de reacciones”, donde constan diversos testimonios que detallan las olas de sentimientos que produjo el sismo:

—La sensación de miedo, de fin de seres y de cosas. La angustia intraducible.
—El proceso de la salvación individual. Las anécdotas del rescate.
—El reconocimiento visual de la catástrofe. El azoro. El miedo que no termina.
—La culpa y la alegría de estar vivos.
—La preocupación indetenible por los demás.
—La inmersión en el rescate de los seres próximos o de los perfectos desconocidos.

En estas profundas, lacerantes pero también esperanzadoras reacciones que relata, Monsiváis no omite nada de lo que vio. No omite ese “enfrentamiento a la autoridad, representada por los cordones del ejército y de la policía, cuyo sentido de la disciplina pasa por encima de los requerimientos del dolor o la solidaridad.” Ni tampoco omite que “a la acción de la Naturaleza potenciaron la corrupción, la ineficacia, el descuido”.

Y ello hace de los voluntarios un caso aún más increíble, no sólo de solidaridad, sino de una capacidad de reacción que nadie hubiera pensado posibles, una reacción potenciada por un compromiso con la humanidad. “No se muevan”, recomendó el gobierno. Pero la solidaridad se puso en movimiento sin chistar, como un acto de desobediencia y, ante todo, como un acto de simple y llana humanidad.

Así sean muy semejantes, los relatos de los voluntarios transparentan la benéfica diversidad —inesperada— de grupos sociales y tipos humanos unidos por el aprecio a la vida. Antes del 19 de septiembre, la frase anterior se habría calificado de “retórica”; en las semanas del terremoto, su solidez deriva de hazañas, resistencia cívica, movilizaciones, la angustia del rescate convertida en parábola humanista.

Esa parábola duró días y días de intenso trabajo. Y sigue el relato:

El voluntariado juvenil se consigue marros, palos, barretas, palas, “patas de cabra”, zapapicos. Hay demandas de herramientas y los particulares las compran en tlapalerías, las buscan en sus casas, las piden prestadas. Con uñas y dedos se cavan hoyos por donde sólo pasa el cuerpo. Un grito se extiende: “¡Aguanten! ¡Vamos por ustedes!” Aparecen los “topos”, la especie instantánea, que cavan en condiciones de extrema dificultad, extraen a los cuerpos en descomposición arrastrándose durante horas por pasillos improvisados.

Y la crónica se extiende y se hace infinita. Miles de relatos, testimonios, miradas, recuerdos… Excavaciones de 18 horas, bebés “milagro” que sobrevivieron durante días entre restos de hospitales, voluntarios que rescataron a tantos que perdieron la cuenta. Ese 19 de septiembre de 1985 fue la más pura expresión de la fuerza vital de la sociedad civil; de su capacidad de organización ante una tragedia.

Estas son sólo algunas de las lecciones que en estos días de tormentas, huracanes, tsunamis y temblores nos hacen pensar en un próximo fin del mundo. Quizás suceda. Pero la memoria de la valentía y la solidaridad que acompañan a la tragedia de 1985 nos remite a lo precioso de la vida, y nos hace estar listos espiritualmente para afrontar lo que pueda pasar en un futuro.

Por ahora, deben ser un ejemplo a seguir para ayudar a las víctimas del reciente sismo que azotó nuestro país y que dejó graves afectaciones y damnificados en la zona del sureste.

Imágenes: 1)GrupoSIPSE 2)Pinterest  3)GrupoSIPSE
Foto de portada: Fanzine de la Cooperativa Cráter Invertido

 

Sandra Vanina Celis
Autor: Sandra Vanina Celis
Hija de tiempos posmodernos, pero aún así terca en la necesidad de construir el socialismo. Colaboradora del proyecto político Colectivo Ratio.