Descubre qué museo mexicano te representa, según tus gustos culturales (TEST)

Encuentra tu museo de México predilecto según la curaduría de tu conciencia

Las mentes también podemos ser museos. Día a día confeccionamos información (mucha de carácter cultural) que bien podría caber en una sala de exhibición, si a todos nos fuera posible proyectarla. En este sentido, resultaría interesante (e incluso divertido) poder encontrar un museo que materialice esta información (o a nuestros gustos), y enterarnos que estamos más unidos al territorio de lo que parece. 

Los museos mexicanos tienen una cualidad especial, y es que existen tantos como pueden, gracias a que la diversidad y abundancia de manifestaciones culturales en nuestro país es deliciosa e infinita.

¿Has pensado alguna vez en la cantidad de museos mexicanos que tienen que ser para conjugar y conservarlas a todas? Según el Sistema de Información Cultural, en México hay 1,277 museos y la Ciudad de México es la segunda con más museos de todo el mundo.

Tenemos museos de todo y para todo. Y algunos, francamente, bastante exóticos, como el Museo del Calzado El Borceguí, que resguarda más de 17,000 zapatos, tacones, botas y huaraches. Otros son deliciosos por naturaleza, como el Museo del Chocolate. No podemos olvidar los clásicos museos de Arte contemporáneo o de Antropología e Historia. Y hay otros extraños y ominosos como el Museo del Narcotráfico, que resguarda extravagantes objetos confiscados a las mafias.

Probablemente no alcance una vida para visitarlos todos (o sí). Pero, podrías empezar probando con este test para encontrar cuál es el que más te define, según tus gustos culturales. Te apostamos que el resultado será más impredecible de lo que piensas:

 

 

Los geniales atuendos del brillante escritor Fernando Del Paso (GALERÍA)

Si el genial Fernando Del Paso no te inspira a escribir, por lo menos permite que te contagie su incomparable estilo…

Aunque los millennials lo nieguen, o simplemente no lo sepan, la historia mexicana está plagada de fantásticos artistas, cineastas y escritores. Además, muchos de ellos no tuvieron miedo de explorar a profundidad los confines de este, su país de origen, porque sabían que no era necesario caer en ningún cliché, que la inmensidad de México da para inventar toda clase de narrativas.

Uno de ellos es (aunque ya nos dejó) Fernando Del Paso, escritor, pintor, académico y “fashionista”. Este hombre se volvió inmortal gracias a sus épicos textos, especialmente tres novelas, las más queridas y reconocidas por sus paisanos: “José Trigo”, llamada una de las mejores 100 novelas escritas en español, por el periódico “El Mundo”; “Palinuro de México”, publicada en 1977 y, la favorita del propio escritor, y, por supuesto, “Noticias del Imperio”, en donde relata desde múltiples voces las vidas de los excéntricos Maximiliano y Carlota.

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¡Wow!

La narrativa de Del Paso es indispensable porque el hombre no se definía simplemente como escritor; sobre todo se llamó a sí mismo (y también a esos con quienes comparte oficio) poeta. Y, sí, en efecto: su forma de quebrar la realidad con momentos surreales que de alguna manera parecieran perfectamente posibles en nuestro México, no es menos que poesía.

Sí, Fernando Del Paso no cuadraba con esa realidad narrada por la historia politizada que compartimos. Y en muchos sentidos. Tal vez por eso simplemente no podía evitar señalar cómo se sentía con la situación social del país, especialmente en sus discursos de aceptación de premios y reconocimientos, en palabras de Juan Villoro: “En momentos de aceptación, refrendaba su inconformidad”.

Por suerte de él nos quedan todas esas palabras, pero, francamente, eso no es todo: “Ningún escritor mexicano se ha vestido con más colores”, dice también Villoro, con una innecesaria modestia, porque los geniales atuendos de Fernando del Paso no merecen menos que un intenso asombro. Como su narrativa, tienen algo de surreal y como sus discursos, denuncian que lo real necesita necesita consumirse en cientos de deliciosas texturas.

Sí, el tipo escribía increíble (y hay que leerlo), pero si sus palabras no se te pegan, seguro te inspira su estilo. Así, recuperamos para ti una fantástica curaduría propuesta por el también poeta mexicano Horacio Warpola en Twitter.

MUSEO es una película preciosa e incidentalmente verdadera (RESEÑA)

Esta reseña no pretende decir la verdad, aunque por accidente se encuentre con ella.

La historia esperada, la que todos quieren ver en el cine, es la siguiente: en la madrugada del 25 de diciembre de 1985 (sí, en la Navidad del año del sismo), fueron robadas más de 100 piezas del Museo Nacional de Antropología. Los ladrones: dos jóvenes de no más de 25 años, veterinarios ambos.

¿Cómo lo hicieron? Fácil: Carlos Perches y Ramón Sardina, mexicanos y compañeros de crimen, planearon el atraco durante seis meses, según reportaron las autoridades y para no fallar ni una, visitaron el museo más de 50 veces. Así, se dieron cuenta de que la seguridad era mínima y que lo más importante era evitar las miradas indiscretas de los guardias de, que evidentemente estaban distraídos gracias a las fiestas.

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Sabían perfectamente qué estaban haciendo y cómo se hacía. A la mañana siguiente de lo que los medios de la época calificaron como “El robo del siglo”, la nación entera tuvo noticia del asunto y, así, se inauguró el misterio. A pesar de las múltiples detenciones y teorías policiales que involucraron crimen organizado, narcotráfico y tráfico de arte y otros objetos culturales, las piezas estuvieron desaparecidas por 4 años.

En 1989, por el “pitazo” de un narco, las autoridades dieron con ellas en el clóset donde fueron escondidas por los ladrones, después de ser sustraídas de su sitio de origen (del museo, claro). Llevaba apenas unos meses en el poder Carlos Salinas de Gortari, cuando celebró este triunfo con una conferencia de prensa en el museo y posteriormente, una comida, en un restaurante de lujo.

Narra este final feliz Xochiketzalli Rosas para El Universal con tanta maestría que no hace falta volver a escribirlo:

“Así, mientras el jefe del ejecutivo, los miembros de su gabinete y los diversos invitados abandonaron el museo y celebraban, allá, entre el mármol y el tezontle quedaron los visitantes de todos los días y en la pequeña sala en nichos rigurosamente vigilados, un tesoro y su misterio reposaron de nuevo en las sombras del museo.”

La verdad es narrativa

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Extrañamente, esa historia no es la que se dedica a narrar Museo, la película de Alonso Ruizpalacios, protagonizada por Gael García y Leonardo Ortizgris; en todo caso esa es la historia que poetiza, pero eso ya lo discutiremos más adelante.

No, la historia que nos cuenta Museo es una réplica de la original. La historia original es, claro, el complejo ensamblaje que se armaron los medios, desde el momento en que se enteraron del robo, hasta este preciso instante. Y Museo es una réplica, una pieza que aparenta (por su fachada, por su presencia mediática y la historia que evoca) ser algo que no es. Sin embargo, no por eso es menos verdadera, en todo caso, es su delicioso desdén, cuando se trata de narrar el mundo, lo que la hace tan fantástica.

La evidencia de que estamos frente a un collage, frente a una poesía, antes que frente a un documental (o por lo menos una de esas piezas que pretenden serlo) se nos presenta en las primeras escenas de Museo; pero una realmente icónica es aquella donde se narra cómo llegó a Chapultepec la enorme figura de Tláloc, extraída desde el lago de Texcoco. Las imágenes fueron sacadas directamente de un clip del Museo Nacional de Antropología y el guión, prácticamente es el mismo.

Sin embargo, hay algo que, en la repetición se suma; como cuando miras un fractal, pero en las separaciones entre patrón y patrón, línea y línea, se manifiesta otra forma que también se repite. Así funciona más o menos toda la trama, a la que se le unen la cinematografía y otros detalles como las actuaciones y los sonidos. Sobre cosas que existen, se construyen calcas, pero hechas casi con descuido, casi gritando que son copias.

Así, mientras que el ensamblaje que es esta película, se “chinga” detalles de todos lados, también lo hace como le viene en gana, haciendo que el conjunto valga más que la suma de las partes. Y sí, esta película es un robo, en tantos sentidos; pero tal vez, es necesaria su forma, para poder describir articuladamente unos cuantos robos más.

El robo de Tláloc es uno que destaca: cuando se llevaron la figura de piedra de su lugar de origen (un sitio muy lejano al museo), los habitantes se quedaron tristes; pero el dios no se quedó de brazos cruzados. La cápsula documental del mismo MNA narra: “Es curioso observar que aún cuando el reporte del tiempo no pronosticaba lluvia para ese día, al entrar Tláloc a la Ciudad de México cayó un aguacero torrencial que duró una hora y media, un hecho por demás inusitado para esa época del año.”  

Si llovió o no llovió ese día, es lo que menos importa. El recurso es puramente narrativo, lo mismo que la tristeza de la gente a la que despojaron de su deidad. Aquí la cosa es quién está contando las historias, quién se adjudica este poder divino, de narrar. Alonso Ruizpalacios y el equipo que hizo posible este cuento audiovisual, se empoderaron en serio. Cada detalle de la película genera una tensión enorme entre lo que es verdadero y lo que es falso, aunque, simultáneamente la tensión se disuelve, casi con la misma fuerza, como asumiendo que el producto final está abierto, es poroso y está puesto para toda clase de interpretaciones.  

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Muy distinta era la historia que se agenciaron y distribuyeron los presidentes de la época y con la que crecieron los ladrones, en la película llamados Juan (Gael García) y Benjamín (Leonardo Ortizgris). Pero Juan y Benjamín no eran tan ingenuos, por lo menos no se pensaban pendejos y esa historia nacionalista alimentada por tipos como Luis Echeverría y José López Portillo no los convencía. Incluso se sugiere que a los personajes les importa un bledo la verdad, lo que los mueve son las vivencias. El contacto directo con eso que se promete, a ver si es cierto. ¿Pero y si no? Pues no importa.

Aunque vivir así, tiene consecuencias, cuestionar la historia, profanar las vitrinas que la envuelven podría ser terrible. Algunos, lo consideran incluso un acto de lesa cultura y nacionalidad, por lo menos así llamó Jacobo Zabludovsky en las noticias de la mañana del 25 de diciembre al robo de Juan y Benjamín (o Carlos y Ramón, dependiendo de quién esté narrando).  

Y Jacobo no estaba solo, funcionarios, y probablemente también ciudadanos, refunfuñaron frente al noticiero, sospechando que solo gente miserable, sin pasado, sin futuro, podría haber cometido crimen tal. Ojalá, tal vez se susurraban, se pudran en su maldición de pendejez. ¿Pero no es acaso la pendejez la maldición de ser humano? La imbecilidad pura, pues, la incapacidad de saber qué pasó en el pasado y que será del futuro, la condición de estar sujetos al espacio-tiempo de cada caso.  

Como los personajes, no puede hacer uno más que imaginar y a través de uno mismo dar con un par de respuestas, mientras dura la contemplación deliciosa de las piezas que están enfrente, tal vez dioses de oro en miniatura hechos por hombres o películas de 35 mm, proyectadas en gran formato hechas por otros hombres.

Un sujeto asediado por su destino decide dejarlo atrás

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Cuando se trata de buscar la verdad, la pregunta adecuada es el por qué. Y a quien esta película marchita en lugar de hacer vibrar, es a quien se muere por saber la respuesta correcta a la pregunta de los 50 millones de pesos: ¿por qué lo hicieron?

Dicen que la policía nunca pudo averiguarlo, pero el asunto era, por mucho, lo que intrigaba deliciosamente a la audiencia de los noticiarios. El 17 de junio del 89, por ejemplo se publicó este artículo en Proceso, donde se cita al director del Instituto Nacional de Antropología e Historia, Roberto García Moll:  “dice que —en forma personal— cree que los ladrones ‘están enfermos, porque para puntada es una puntada muy dolorosa y lastimosa’”.

Cuando no hay respuesta suficiente, la locura es la única verdad posible. ¿Pero será la locura síntoma de que un sujeto (uno como Juan o Benjamín), harto de las circunstancias, harto de saber el fin último de su vida, decide dejar de luchar por la verdad que le ha sido narrada? La vida está llena de mitologías que nos son genuinamente ajenas y otras que simplemente asumimos.

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En Museo se yerguen orgullosas, haciendo reír y llorar a la audiencia. El retrato de la familia clasemediera y sus clichés, por ejemplo, son pequeñas joyas históricas, pero que, contrario a las que se encuentran en el museo, estas sí se sienten nuestras. Por otro lado las mitologías que ensamblamos sobre la familia, la política, los desastres naturales (recordemos que el robo fue en 1985), sirven para hacer valer acontecimientos específicos y ¿después? ¿Tenemos que conformarnos con la verdad ya narrada?

Ruizpalacios en Museo sugiere que no. El truco más obvio y fantástico está inscrito en la cinematografía, en hacerla evidente, en denotarla. Hay un par de escenas, de hecho que exageran la cualidad de cine a tal grado, que no hay manera de “olvidar que estás viendo una película”. Algo así como la escena icónica de Persona de Ingmar Bergman (1966), donde, en el momento de máxima tensión de la película, el film parece atorarse y quemarse.


Y no solo es la actuación y las decisiones visuales las que nos dicen “te estamos engañando”, el audio cumple un papel fundamental y hay que ponerle atención. De hecho, el soundtrack de Tomás Barreiro (que es una auténtica joya), también hace su parte, entre el plagio y los efectos exagerados o reforzando los detalles conceptuales de la trama.

Por si fuera poco, constantemente se nos recuerda que hasta el más terrible drama al que las narraciones del mundo nos hayan atado, hasta el destino más asediante es fútil, junto al auténtico aparecer, junto a la verdad verdadera de que la vida, como la película, como los dramas de ambas y como las mitologías, van a terminar por terminarse. En pocas palabras, la muerte es otro de los personajes que tienen presencia en cada uno de los niveles de Museo.

Un día, alguien se cansó de toda narración y empezó a hacer poesía

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Al hacerse la pregunta por la verdad, Museo, se pregunta por el origen, no solo el de las cosas, pero también de las ideas, de las historias, de toda clase de narraciones. Pero, al no contestar ninguna pregunta, al dejar el mundo de sus personajes y lo que suponemos que el mundo nuestro incompleto, lo que construyen es auténtica poesía.

Al sugerir huecos en los personajes, me sugieren a mí que probablemente no sé bien qué estoy haciendo, pero que, definitivamente, hay una fuerza interior que me impulsa. Esa fuerza bien podría ser nuestra tradición, pero no la “tradición” como la hemos comprendido o la pintan los museos; tampoco como un conjunto de políticas de vida de las que no somos dueños, sino como la manifestación de la propia subjetividad en cada una de las cosas que toca nuestra mirada.

Si hay una especie de verdad o moraleja en Museo, tal vez sea que “chingarnos algo” apropiarnos de la narración de una cosa, desarticularla, (tal vez, usar las reliquias nacionales para hacer cocaína o llevarnos a Tláloc a hacer lluvia donde no pertenece) es hacer poesía.

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Ahí va Tláloc…

Para cerrar, un dato curioso sobre la película. Al parecer replicaron en Estudios Churubusco las salas del MNA, para tener control de las escenas y como espectador puedo decir que lo hicieron con una precisión tal, que si no lo sabes, no tienes motivos ni para sospecharlo. En su defensa (y en la de cualquier artista y casi cualquier cinematógrafo) se puede argumentar que no te están engañando, en su lugar te están diciendo: esto es una verdad ensamblada en un andamiaje de artificios, pero, francamente, ¿eso te importa? ¿Cuál de tus verdades no se yergue así?

La más hermosa de tus verdades es comparable con aquel Tláloc afuera del MNA: con su pinta tan radiante que cualquiera podría jurar que siempre ha estado ahí, pero tú sabes, secretamente, que ese elemento corresponde a otro lado, lo robaste y, solo por eso, es tuyo.

Dicen distintas fuentes que, después del robo, todos los mexicanos querían ver las vitrinas vacías. Tal vez lo que les provocaba tanta intriga era la historia en blanco o, desde otro lugar, la posibilidad de una historia.

También en Más de México: “Extraño pero verdadero” es una brillante visión de nuestra oscura realidad

María Fernanda Garduño Mendoza
Autor: María Fernanda Garduño Mendoza
Estudios y gestión de la cultura, UCSJ. Ensayando discursos, constantemente. Articulando rupturas.

Los 20 mejores museos de México

Por su curaduría de gran calidad, espacios famosos como fuente de conocimiento y estética.

El gran legado prehispánico y su mezcla con el mundo español han arrojado material casi inabarcable en materia museística en México. Esta mezcla, y su biodiversidad, han también formado a algunos de los mejores artistas del mundo; ello, aunado a un mundo globalizado donde las exposiciones de artistas internacionales son mucho más accesibles, han hecho que este país sea uno de los más interesantes respecto a su oferta de museos.

La ciudad con mayor número de museos es la Ciudad de México, con 110, pero en el resto del país muchos de estos espacios han conseguido un reconocimiento incluso internacional.

La lista que aquí presentamos, a reserva de que reunir los mejores museos de México es un ejercicio tan categórico como , hasta cierto punto imposible, pretende mostrar veinte de los recintos más importantes ya sea de acuerdo a su relevancia cultural, histórica o a la calidad de su curaduría. La lista podría ser mucho más vasta pues la cantidad de museos en el país en masiva; pero aquí nuestra selección:

 

Museo Nacional de Antropología, Ciudad de México

Su colección permanente de cultura mesoamericana es reconocida en todo el mundo. Sus exposiciones sobre culturas de otros países suelen ser de nivel internacional. Es el museo más visitado del país con 2 millones de personas cada año. Su magno edificio diseñado por el arquitecto mexicano Pedro Ramírez Vázquez es uno de los más bellos del país, y en su geometría evoca a un pasado prehispánico que se siente.

 

Museo del Palacio de Bellas Artes, Ciudad de México

Su selección de exposiciones, sobre todo de pintura, han conseguido acercar obras de arte internacionales a millones de personas. Reconocido además por armar temáticas de manera inteligente y de un alto valor estético. Fue el primer museo del país dedicado a la difusión plástica Su edificio, además, es icono del art noveu y art decó en el país; uno de los más bellos, sin duda.

 

Centro de las Artes de San Agustín, Oaxaca

Es el primer centro de las artes ecológico de Latinoamérica. Su edificio es una ex fábrica de hilados y tejidos fundada en 1883. El lugar fue fundado por el artista Francisco Toledo; además de que sus exposiciones suelen estar ligadas a la creación ecológica, cuenta con un laboratorio ecológico de fotografía, taller no tóxico de gráfica tradicional, y tiene alojamiento para seis artistas residentes.

 

 Museo Pedro Coronel, Zacatecas:

Además de residir en un hermoso edificio de 1776, aquí se guarda la colección personal artística del pintor zacatecano Pedro Coronel. Encontrarás desde obras de arte romanas y griegas gasta cuadros de Picasso, Chagall, Vassarely, Dalí, Joan Miró y Goya. 

 

MUNAL

Quizá el edificio más bello de todo México, predominantemente de estilo neoclásico y renacentista, Tiene una colección muy importante de arte mexicano que va desde la era virreinal hasta los años de1950. Sus salas, además, grandes salones de techos altos, son una preciosa vitrina que bien contribuye a disfrutar de su colección.

 

Centro Cultural Santo Domingo, Oaxaca

Considerada como la construcción virreinal más importante de México. Aquí puede conocerse mucho sobre la cultura oaxaqueña, sus grupos indígenas y su quehacer histórico. Su colección contiene exquisitas piezas de arqueología de Monte Albán u objetos míticos de culturas milenarias oaxaqueñas como los zapotecas, mixtecos, mixes, huaves, triquis y demás etnias del estado. 

 

Museo de Arte Abstracto Manuel Felguérez, Zacatecas

En un curioso edificio que fue un antiguo seminario; en su colección conocerás lo mejor del arte abstracto mexicano, única en su tipo.

 

Museo Internacional del Barroco, Puebla

Es uno de los proyectos más ambiciosos de los últimos años en materia de museos. Fue diseñado por el japonés Toyo Ito, ganador del Premio Pritzker de Arquitectura 2013. Este museo dedicado al arte barroco, de nivel internacional, muestra una selección de obras de todo el mundo de este arte entre los siglos XVII y XVIII; uno de los museos más especializados de México.

 

Museo Amparo Puebla:

Es uno de los museos más reconocidos de Puebla, tiene  una extensa colección de arte mexicano prehispánico, colonial, moderno y contemporáneo. Los edificios que lo albergan eran un hospital y una mansión antigua. Tiene más de dos mil piezas y fue uno de los primeros museos en hacer uso de tecnología multimedia para complementar sus exhibiciones.

 

MUAC

El museo de arte contemporáneo de la UNAM, además de llevar exposiciones de eminencias de este rubro a nivel internacional, ha fungido un papel esencial en reconocer y publicitar artistas contemporáneos mexicanos (sobre todo de los últimos 50 años) que habían encontrado poca exhibición. Además de contar con un extraordinario y bello edificio diseñado por Teodoro González de León, cumple con un papel de divulgación fundamental.

 

Museo de Arte de Querétaro

Fundado en el Claustro del ex-Convento de San Agustín.  Su colección abarca entre los comienzos del siglo XVII y mediados del siglo XIX a través de las corrientes del manierismo novohispano, el barroco y la reforma de la Academia de San Carlos.

 

Museo Arqueológico de Xalapa

En el área de arqueología, es el segundo más importante luego del Museo Nacional de Antropología; tiene la segunda mayor colección de arte mesoamericano del mundo y también una extensa exposición permanente de los pueblos indígenas de Veracruz.

 

Museo del Desierto, Saltillo:

Este museo fue fundado en 1995, y es el centro de divulgación de conocimiento más importante sobre el desierto del noroeste de México. Exhibe interactivamente la historia del desierto, su formación hace unos 400 millones de años, y su relación con el impacto de un meteoro. Encontrarás una recreación de como hace 70 millones de años la zona tenía un clima tropical y estaba habitada por dinosaurios de los cuales se tienen registros fósiles.

 

Museo de Artes e Industrias Populares, Pátzcuaro:

Dada la naturaleza artesanal de Michoacán, fue el primero en su género en México. Su edificio está en el antiguo Colegio de San Nicolás Obispo; sobre todo ha servido de escenario para artesanos purépechas, ahí están representados los cerca de 50 pueblos de esta etnia.

 

Museo Arte Contemporáneo, Monterrey

Su colección permanente está formada principalmente por pintura latinoamericana contemporánea, y sus exposiciones temporales son consideradas de alto nivel; aquí grandes pintores latinoamericanos han hecho exposiciones individuales.

 

Museo de las Culturas del Norte, Paquimé, Chihuahua

Tiene una de las más bellas colecciones arqueológicas prehispánicas resultado de las excavaciones en la zona donde está el museo, Paquimé. Las piezas pertenecen a un sitio declarado como Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO. Las vasijas de Paquimé, sobre todo, son consideradas como poseedoras de uno de los diseños más bellos del mundo.

 

Hospicio Cabañas, Jalisco

Su edificio fue construido en 1776 y reposa en el corazón del centro histórico de Guadalajara. En su interior contiene hasta 57 frescos de José Clemente Orozco considerados de un gran valor artístico; es la mayor colección de obra en soporte de papel del gran pintor.

 

Museo Federico Silva, San Luis Potosí

Albergado en un edificio neoclásico de 1907. Es uno de los pocos museos en México dedicado exclusivamente a la escultura; en esta materia suele tener buenas exhibiciones temporales de artistas nacionales e internacionales y en su permanente guarda la mayor colección escultórica de Silva.

 

Museo de la Cultura Maya, Campeche

Fascinante por su edificio que fue un fuerte donde convivían soldados y polvorín, aquí se conserva una muy completa colección permanente de la historia prehispánica y colonial de Campeche.

 

Museo de Arte Prehispánico Carlos Pellicer

En el ex granero del  Ex Convento de la Natividad, aquí se aguarda la colección arqueológica del poeta tabasqueño Carlos Pellicer. Piezas de la cultura olmeca, maya, zapoteca, totonaca, entre otras. Tiene más de mil objetos entre los que se encuentra un fragmento del antiguo dios Ometochtli Tepuztécatl.

*Imagen: MUNAL