A constelar el desarrollo mexicano (para reconciliarnos con nuestra propia sangre)

Ser mexicano y discriminar a otros es absurdo, porque implica atentar contra uno mismo… Aquí una pista sobre la práctica contraria.

En México no hemos logrado sostener el desarrollo debido a que no nos podemos reconciliar con nuestra propia sangre. En la lógica de la psicología transpersonal, esto resulta mortal. Lo que algún día se intuyó, hoy se puede comprobar con una gota de saliva: se calcula que más del 95% de la población mexicana tenemos sangre indígena. Esto incluye a la alta aristocracia mexicana, de la cual muchos se sienten procreados por los mismísimos reyes de España. La gran paradoja de la discriminación contra lo conquistado o contra lo conquistador es que ambas razas recorren el ADN de nuestras células. En otras palabras: vivimos discriminándonos a nosotros mismos.

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La historia mexicana se ha encargado de encubrir a los millones de indígenas asesinados durante la conquista. La realidad es que el desplome demográfico de la población autóctona no sólo se debió a las epidemias, hubieron violaciones, vejaciones y asesinatos. Al mismo tiempo, prevalece un odio muy arraigado contra los conquistadores y su prototipo actual. Personalmente conozco españoles refugiados del franquismo a quien les tocó en las fiestas del grito en el Zócalo la arenga, que duró mucho más de un siglo, de: “mueran los gachupines”. Sin duda, sangre gachupina recorría las venas de la mayoría que agredía con esas frases ofensivas.  

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Y la necesidad de la palabra reconciliación casi no se encuentra en los libros de texto. Quien haya intentado aprender náhuatl, como yo, habrá descubierto que es de las lenguas más difíciles para un hispanoparlante, más difícil que el ruso o el chino. Miguel León Portilla, primo hermano de mi abuela, Ángeles Gamio León, después de dedicar toda su vida al estudio del náhuatl, reconoce que todavía lo habla con deficiencias. Y las lenguas no son otra cosa que el reflejo de la forma de pensar de un pueblo. La cosmovisión del pueblo mexica y la del ibérico no tenían nada que ver cuando se encontraron. Cuando resolvamos ese dilema, habremos verdaderamente encontrado el camino para forjar nuestra nación.

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En la lógica de un profundo mestizaje en donde el 95% de la población podría tener sangre indígena, cualquier tipo de sentimiento o actitud discriminatoria hacia lo indígena o hacia lo ibérico, se convierte en un auto-ataque. Es algo similar a las enfermedades autoinmunes, en las que el mismo organismo de una persona se destruye a sí mismo. Esto podría estar teniendo repercusiones terribles para el desarrollo personal de cada mexicano en lo monetario, en lo laboral, en lo físico, en lo familiar, en lo sexual.

La psicología transpersonal cada vez adquiere mayor relevancia científica dentro de las universidades más prestigiadas del mundo. Uno de los fundamentos de la psicología transpersonal son las interconexiones energéticas que existen entre los seres humanos, en particular con quienes se comparte material genético.

Quien haya participado en una “constelación sistémica”, que es una metodología de la psicología transpersonal, no podrá negar que hay fuerzas que conectan a las personas con sus ascendientes por consanguineidad. Eventos dramáticos que le ocurrieron a padres, abuelos, bisabuelos, incluso un siglo atrás, podrían estar incidiendo hoy en nuestras vidas. Debido a que las “constelaciones familiares” es un metodología reciente, aún en desarrollo, hay que tener cuidado, en particular con practicantes sin certificaciones universitarias serias.

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En esta lógica, el hecho de que nuestros ancestros hayan violado, vejado y matado a nuestros propios ancestros tiene repercusiones, ya no simbólicas, sino reales, en nosotros, en el ámbito físico y emocional. Así es prácticamente imposible lograr un desarrollo nacional. La única solución que tenemos para lograr un desarrollo sostenido, tanto en lo individual como en lo nacional, es llegar a una verdadera reconciliación: no devaluar la parte indígena, ni menospreciar nuestro linaje europeo, sino aceptar quienes hemos sido y quienes somos hoy.

*Imágenes: 1) Inés Longevial; 2) Michael Schmelling; 3) Heather Thornton; 4) Francisco Leonardo, modificada.

Jorge del Villar
Autor: Jorge del Villar
Economista y escritor. Ha sido columnista de El Universal, conductor de “Caras de la Ciudad” en MVS Radio, y conductor televisivo en el Canal Judicial, Capital 21 y Canal Once, donde actualmente conduce “A Favor y en Contra”.

Este es el atlas más detallado que existe sobre los pueblos indígenas de México

Los pueblos indígenas no son historia. Este precioso atlas lo demuestra.

Si tienes la impresión de que los pueblos indígenas de México son “cosa del pasado” no podrías estar más equivocado. Aunque por distintos procesos históricos, sociales y culturales—  el mestizaje ha re-modelado la forma de estas comunidades (que hoy no se pueden llamar simplemente “originarias”), miles de sujetos se identifican con esas etnias particulares que no terminan de mezclarse y hacen increíblemente diversa a esta tierra.

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Por si te queda la duda, en nuestro país residen 68 comunidades indígenas que mantienen vivas a más de 350 variaciones lingüísticas, entre otras increíbles y valiosas manifestaciones culturales. Evidentemente, saber todo sobre estos grupos es imposible, sobre todo porque están vivos, están cambiando, se están recombinando y continúan produciendo cultura sin parar. Sin embargo, el Atlas de los Pueblos Indígenas de México, está determinado a ser una representación confiable de este inmenso abanico cultural.

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Con más de 10 mil elementos (entre fotos, mapas, textos, gráficas, audio y mucho más), este inmenso atlas pretende dejarnos una buena probada de lo que significa la diversidad de estos grupos en nuestro país. El proyecto de la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas es el más importante en su tipo, de entre todos los que se han generado en México y es ya un auténtico referente del tema.

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Por otro lado, sus creadores admiten que el asunto aún no está cerrado. La idea no es solo tender puentes entre distintos Méxicos, también es que los grupos y sujetos que se consideran a sí mismos indígenas comiencen a colaborar y transformen el atlas en una especie de wiki, una página que puede ser editada de forma colectiva.

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Si el proyecto no se cierra, es precisamente porque estos pueblos no están en el pasado, ni son “motivo de orgullo” por la historia que han heredado; la cosa es que son personas, con formas de vida basadas en pretensiones distintas a las del Estado que se define mexicano y poder dialogar con ellas es rico, en todos los sentidos posibles.

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El Atlas definitivamente seguirá creciendo; pero lo que ya puedes encontrar es digno de exploración. Detallados mapas que describen la distribución de las lenguas y etnias; además de extensas etnografías con datos muy relevantes como la organización social y política contemporánea (de la que seguro podemos aprender muchas cosas) y algunas pistas sobre los modos de producción de cada comunidad.

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Otra cosa interesante es un recuento de las creencias de cada grupo. ¿Sabías que más del 80% de los sujetos que se consideran indígenas en México son católicos? Pero lo realmente increíble es la lectura que cada uno le da a esta religión, combinándola con elementos de antiguas cosmogonías. Así lo demuestra el atlas.

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Otro asunto imperdible es la descripción de cómo la vida de cada pueblo ha cambiado por las modificaciones de los ecosistemas que habitan. Las comunidades indígenas en México siguen siendo guardianas de los bosques, al mismo tiempo, son las más afectadas por las dinámicas que los dañan, porque muchas de sus formas de vida dependen directo de la naturaleza como recurso primario.

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Por otro lado, puedes conocer con lujo de detalle muchas de las fiestas religiosas de cada pueblo; sus prácticas de medicina tradicional; la forma en que han migrado a través del tiempo; detalles sobre su suculenta gastronomía (que depende completamente de los ciclos de los ecosistemas que habitan) y, también imágenes y audiovisuales de su vida contemporánea, no solo en los bosques y comunidades rurales, también en las ciudades a donde han migrado por distintos motivos; a veces, por gusto; a veces, porque es necesario; a veces, huyendo de la violencia y del deterioro natural. Algo para pensar.

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No puedes dejar de ver este fantástico atlas; por otro lado, no hay que olvidar que la representación de estos grupos en etnografías, relatos y hasta documentales, siempre tiene algo de injusto; siempre tiene algo que fija. Los pueblos indígenas no son cosa del pasado; los sujetos indígenas son gente con la que con-vivimos, con la que intercambiamos; amigos; vecinos; compañeros; de alguna forma todos somos indígenas de algún lado.

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Visita el Atlas de los Pueblos Indígenas de México aquí.

 

*Imágenes: Fototeca Nacho López

Descubre cuánto sabes en realidad sobre los pueblos indígenas de México (TRIVIA)

Aprender un poco sobre estas comunidades es vital… ¿Te avientas el reto?

Todas las visiones que hemos fabricado sobre los pueblos indígenas tienen algo de injusto.

Hay quienes dicen que los indígenas son los habitantes originarios del país; pero se olvidan de que todos somos nativos de algún lado. Otros los pintan como sujetos folklóricos, ajenos a cierta noción sobre ciudad y sociedad; pero tal vez no saben que hay muchas personas que se llaman a sí mismas indígenas y viven en las ciudades y que no: no todos los indígenas se dedican a hacer artesanías.

También hay quienes los vislumbran como seres místicos, incluso mágicos y no saben que alejarlos así de lo cotidiano también es discriminar. Y, claro, hay otras personas que abiertamente discriminan a quienes reconocen como parte de estas comunidades.

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Y es que se nos olvida que México no es una síntesis de diversas culturas; al contrario: es una compleja sustancia en permanente composición (y descomposición), donde los intereses de millones de personas se cruzan con los de los demás.

Y entre todos esos sujetos, hay unos cuantos que se llaman a sí mismos indígenas, y otros que se llaman nahuas, wixárikas, rarámuris, chontales, tzotziles, purépechas, mazahuas o, por qué no, mexicanos. Depende de cada uno.

Al mismo tiempo, todas las narraciones y visiones que hemos construido sobre estas personas y sus comunidades, tienen una fuerza tremenda y, en realidad, nos hacen olvidar que cuando hablamos de “indígenas”, hablamos de gente, con vidas ordinarias; como la tuya y la de todos los que te rodean. Así, es interesante hacer el siguiente ejercicio: bajar el asunto a los números, reconocer la presencia de estos pueblos y también, aprender un par de cosas al respecto.

¿Por qué? Porque compartimos este espacio, esta tierra, y aunque “los indígenas” son como cualquier otro grupo humano, son uno del que algunos se han alejado tajantemente y vale la pena abrir las vías al intercambio de saberes; dejar de considerarlos tan extraños.

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Cada uno de nosotros es portador de saberes y tradiciones que sirven para mejorar la vida presente, desde los consejos de las abuelas, hasta cada cosa que aprendimos en la escuela o gracias a nuestras experiencias de vida.

Los sujetos indígenas son guardianes de tradiciones ligadas a creencias que buscan conocer de forma empírica el territorio que habitan, basadas en cosmovisiones con un tipo de organización muy distinto al estándar occidental, que propone formas propias de gobernar, de educar, de practicar medicina, arquitectura, arte y hasta de comer.

¿No sería fantástico poder intercambiar estos saberes? Por lo menos para tener más opciones.

Te proponemos un primer reto: una trivia para que demuestres cuánto sabes sobre los pueblos indígenas de México. Tal vez sabes un montón y seas tú el que tiene que compartir lo aprendido o tal vez terminas con muchas preguntas y una curiosidad deliciosa que solo se resuelve intercambiando, platicando y conociendo.

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*Imágenes: 1) Crédito no especificado; 2) Nacho López; 3) Alfredo Martínez Fernández.

Los mestizos en la Nueva España

Los primeros mestizos en la Nueva España se enfrentaron a un rechazo sistémico; curiosamente, de ahí venimos la mayoría de los mexicanos.

 

 

Vivamos como hermanos y congregados en un solo cuerpo. Cuidemos de la protección y conservación de los españoles, criollos, mestizos, zambos e indios, por ser todos compatriotas, como nacidos en estas tierras y de un mismo origen.

Tupac Amaru, último inca rebelde de Vilcabamba.

Quiénes fueron los mestizos.

Durante la época colonial se llamaba mestizos a las personas nacidas de un español y un indígena, o al revés, lo cual no era muy frecuente. A veces se les tomaba como españoles y otras como indígenas, dependiendo de su físico predominante; sin embargo, nunca fueron realmente aceptados ni por los españoles ni por los indígenas. No tenían cabida en ningún grupo. Muchas veces los mestizos y las mestizas recibieron una educación como si fuesen españoles, pues se consideraba que un hijo de español no debía ser educado como indio. Los padres de los mestizos muchas veces pagaban a la administración para que sus hijos apareciesen en las actas de nacimiento como “españoles”. Pero a pesar de todo, siempre fueron considerados como “gente vil”, sin derecho para ocupar puestos reales o eclesiásticos, tampoco podían ser funcionarios públicos ni gozar de repartimiento, por orden expresa de Carlos V en el año de 1549.

Constituían un grupo inestable por excelencia, que convivieron con otras castas igualmente no privilegiadas, a pesar de ser muy numeroso, y sometido al capricho de los españoles y los criollos; es decir, de aquellos hijos de españoles que habían nacido en la Nueva España. Ambos grupos, criollos y españoles, ejercían una tremenda discriminación sobre los mestizos y otras castas. La minoría de españoles ricos e influyentes recibía el nombre de “gachupines”. La palabra gachupin en el Diccionario de Autoridades de 1729, se describía como El Español que pasa y mora en las Indias, que en el Perú llaman Chapetón. Es voz traída de aquellos países y muy usada en Andalucía y entre los comerciantes en la carrera de Indias

Los descendientes de los mestizos.

Obviamente los mestizos se aparejaron con otras de las múltiples castas que convivían en la Nueva España, y que recibían su nombre propio en atención a su mezcla sanguínea y a su color de piel. Así pues, si un mestizo se relacionaba con un español, los hijos se llamaban “castizos”; si la mezcla era con un indio, el resultado era un “cholo” o “coyote”; si con un mulato, “apiñonado”; pero si la mezcla tenía lugar con un castizo, entonces surgía un “harnizo”.

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Las madres de los mestizos.

Como es de suponer las mujeres indígenas contribuyeron mayormente al mestizaje por los hijos que tuvieron con los españoles, a los que se vieron sometidas sexualmente más por fuerza que por gusto. La violación a las mujeres indígenas no comenzó con la conquista de México, sino que fue iniciada por los hombres de Cristóbal Colón, como lo prueba el testimonio de Michel de Cúneo que escribió cínicamente: Mientras estaba en la barca, hice cautiva a una hermosísima mujer caribe, que el susodicho Almirante me regaló, y después que la hube llevado a mi camarote, y estando ella desnuda según es su costumbre, sentí deseos de holgar con ella. Quise cumplir mi deseo pero ella no lo consintió y me dio tal trato con sus uñas que hubiera preferido no haber empezado nunca. Pero al ver esto (y para contártelo todo hasta el final), tomé una cuerda y le di de azotes, después de los cuales echó grandes gritos, tales que no hubieras podido creer tus oídos. Finalmente llegamos a estar tan de acuerdo que puedo decirte que parecía haber sido criada en una escuela de rameras.

Aunque a la primaria conquista de México habían llegado algunas mujeres españolas, están eran aún pocas, lo que propició el rapto y la violación de las mujeres indias, o en algunos casos el amancebamiento, pues los matrimonios de un español con una nativa fueron sumamente escasos y a veces eran sustituidos por la barraganía; es decir, cuando un español tomaba a una india por concubina para vivir con él, como en el sonado caso de Hernán Cortés con la Malinche quienes tuvieron por hijo al mestizo Martín Cortés. Obviamente, la mujer no tenía ningún derecho civil. Costumbre hispana muy usada en la desde la Edad Media. El español solía hacerse cargo de los mestizos habidos. Solamente muy de vez en vez tenía lugar el matrimonio de una nativa con un español. Jesús Bustamante, el historiador, añade al respecto: Las relaciones «libres», estables o temporales, de blancos con mujeres indígenas, se siguieron manteniendo como norma aceptada incluso cuando, a finales del siglo XVI, se equilibró el porcentaje de mujeres de origen europeo dentro del grupo dominante. Ello afectó a la estructura familiar, ya que junto al núcleo «legítimo» pervivieron otro u otros núcleos no legitimados, pero relativamente estables. La situación se complicó por la práctica del «reconocimiento »de los hijos naturales, ampliamente desarrollada desde los primeros años de la conquista.

El mestizaje en la Nueva España se realizó mucho más entre un español y una india que entre una española y un indio. Pues las mujeres hispanas consideraban una absoluta deshonra el acostarse voluntariamente con un nativo, y era muy extraño el caso de que las mujeres blancas aceptaran tener relaciones sexuales. Cuando esto se producía por voluntad o por violación, las mujeres preferían ya no regresar con sus compatriotas y seguir en amancebamiento con el indígena.

Situación social de los mestizos.

En la sociedad de castas que se había formado en la Nueva España, el ser mestizo era una tragedia, pues los españoles consideraban a las culturas indígenas como inferiores y a los nacidos de uniones tan desiguales unos seres sin ninguna valía social ni racial. Los mestizos fueron explotados terriblemente por los blancos, quienes se aprovechaban de su condición marginada e ilegítima. Los mestizos podían casarse legítimamente con otras castas, pero nunca con una española o una criolla. Podían hacerlo con indias y mulatas, pero nunca con mujeres blancas.

Los mestizos estuvieron sometidos a muchas prohibiciones: no podían portar armas, ser escribanos, caciques, corregidores, alcaldes mayores ni protectores de los indios. Tampoco podían ser soldados, estudiar en las universidades o pertenecer a ningún cargo religioso. Solamente se les aceptaba cuando podían comprobar que eran hijos legítimos. Así pues, los trabajos que les eran permitidos a los mestizos eran muy pocos; podían ser: artesanos, carpinteros, albañiles, o peones. Todo ello se mantenía a pesar de que el número de mestizos fue aumentando considerablemente en el transcurso de la Colonia.

Gonzalo Guerrero, el padre de los primeros mestizos

El primer mestizo de la Nueva España no fue el primer hijo de Cortés habido con doña Marina, sino los hijos engendrados por Gonzalo Guerrero y una mujer maya. Este soldado después de participar en luchas de poder entre Nicuesa y Alonso de Ojeda, navegante y gobernador, participó en la expedición de Pedro de Valdivia con rumbo a la isla de Santo Domingo. El barco en que navegaban naufragó, y solamente lograron salvarse ocho marineros que llegaron a las costas de Yucatán, entre ellos se encontraba Gonzalo y Valdivia. Después de luchar contra los indios cocomes, fueron apresados. Cuatro españoles sirvieron de alimento a los indios, y los restantes fueron encerrados en jaulas de ramas, pero lograron escapar. Llegaron con los tutul xiúes, a la cuidad de Maní, donde el cacique Taxmar, los entregó como esclavos a su sacerdote Teohom. Debido a los duros trabajos a los que fueron sometidos, sólo sobrevivieron Gonzalo y su compañero Gerónimo de Aguilar. Taxmar donó al sacerdote Na Chan Can a Gonzalo, quien a su vez lo cedió a Nacom Balam, un jefe guerrero.

Poco a poco, Gonzalo se adaptó a la cultura maya, la hizo suya, se hizo tatuajes rituales, mutilaciones dentarias, y ostentaba bezote de oro en el belfo inferior. Cuando llegó Hernán Cortés en 1519, Aguilar, su compañero, se unió a los conquistadores, mientras que Gonzalo decidió quedarse con los indios, pues se había casado con la hija del cacique de Chetumal llamada Zazil Ha, hija de Na Chan Can, con la que había procreado tres hijos a los que permitió se les hiciese la deformación craneana. Tanta era su aculturación que permitió que su primera hija fuese sacrificada en el cenote sagrado de Chichén Itzá. Así dio inicio nuestro mestizaje.

Por lo tanto, cada uno de nosotros, los mexicanos, llevamos en las venas sangre india, lo cual debería ser suficiente para alejarnos de cualquier tipo de discriminación hacia nuestros conciudadanos indígenas, nuestros hermanos, o de cualquier persona de piel morena.

 

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Sonia Iglesias
Autor: Sonia Iglesias
La antropóloga y periodista Sonia Iglesias y Cabrera nació en la Ciudad de México. Por más de treinta años se dedicó a la investigación de las tradiciones y el folklore de México en la Dirección General de Culturas Populares. Actualmente sigue investigando y publica artículos en diferentes sitios web.