Los mestizos en la Nueva España

Los primeros mestizos en la Nueva España se enfrentaron a un rechazo sistémico; curiosamente, de ahí venimos la mayoría de los mexicanos.

 

 

Vivamos como hermanos y congregados en un solo cuerpo. Cuidemos de la protección y conservación de los españoles, criollos, mestizos, zambos e indios, por ser todos compatriotas, como nacidos en estas tierras y de un mismo origen.

Tupac Amaru, último inca rebelde de Vilcabamba.

Quiénes fueron los mestizos.

Durante la época colonial se llamaba mestizos a las personas nacidas de un español y un indígena, o al revés, lo cual no era muy frecuente. A veces se les tomaba como españoles y otras como indígenas, dependiendo de su físico predominante; sin embargo, nunca fueron realmente aceptados ni por los españoles ni por los indígenas. No tenían cabida en ningún grupo. Muchas veces los mestizos y las mestizas recibieron una educación como si fuesen españoles, pues se consideraba que un hijo de español no debía ser educado como indio. Los padres de los mestizos muchas veces pagaban a la administración para que sus hijos apareciesen en las actas de nacimiento como “españoles”. Pero a pesar de todo, siempre fueron considerados como “gente vil”, sin derecho para ocupar puestos reales o eclesiásticos, tampoco podían ser funcionarios públicos ni gozar de repartimiento, por orden expresa de Carlos V en el año de 1549.

Constituían un grupo inestable por excelencia, que convivieron con otras castas igualmente no privilegiadas, a pesar de ser muy numeroso, y sometido al capricho de los españoles y los criollos; es decir, de aquellos hijos de españoles que habían nacido en la Nueva España. Ambos grupos, criollos y españoles, ejercían una tremenda discriminación sobre los mestizos y otras castas. La minoría de españoles ricos e influyentes recibía el nombre de “gachupines”. La palabra gachupin en el Diccionario de Autoridades de 1729, se describía como El Español que pasa y mora en las Indias, que en el Perú llaman Chapetón. Es voz traída de aquellos países y muy usada en Andalucía y entre los comerciantes en la carrera de Indias

Los descendientes de los mestizos.

Obviamente los mestizos se aparejaron con otras de las múltiples castas que convivían en la Nueva España, y que recibían su nombre propio en atención a su mezcla sanguínea y a su color de piel. Así pues, si un mestizo se relacionaba con un español, los hijos se llamaban “castizos”; si la mezcla era con un indio, el resultado era un “cholo” o “coyote”; si con un mulato, “apiñonado”; pero si la mezcla tenía lugar con un castizo, entonces surgía un “harnizo”.

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Las madres de los mestizos.

Como es de suponer las mujeres indígenas contribuyeron mayormente al mestizaje por los hijos que tuvieron con los españoles, a los que se vieron sometidas sexualmente más por fuerza que por gusto. La violación a las mujeres indígenas no comenzó con la conquista de México, sino que fue iniciada por los hombres de Cristóbal Colón, como lo prueba el testimonio de Michel de Cúneo que escribió cínicamente: Mientras estaba en la barca, hice cautiva a una hermosísima mujer caribe, que el susodicho Almirante me regaló, y después que la hube llevado a mi camarote, y estando ella desnuda según es su costumbre, sentí deseos de holgar con ella. Quise cumplir mi deseo pero ella no lo consintió y me dio tal trato con sus uñas que hubiera preferido no haber empezado nunca. Pero al ver esto (y para contártelo todo hasta el final), tomé una cuerda y le di de azotes, después de los cuales echó grandes gritos, tales que no hubieras podido creer tus oídos. Finalmente llegamos a estar tan de acuerdo que puedo decirte que parecía haber sido criada en una escuela de rameras.

Aunque a la primaria conquista de México habían llegado algunas mujeres españolas, están eran aún pocas, lo que propició el rapto y la violación de las mujeres indias, o en algunos casos el amancebamiento, pues los matrimonios de un español con una nativa fueron sumamente escasos y a veces eran sustituidos por la barraganía; es decir, cuando un español tomaba a una india por concubina para vivir con él, como en el sonado caso de Hernán Cortés con la Malinche quienes tuvieron por hijo al mestizo Martín Cortés. Obviamente, la mujer no tenía ningún derecho civil. Costumbre hispana muy usada en la desde la Edad Media. El español solía hacerse cargo de los mestizos habidos. Solamente muy de vez en vez tenía lugar el matrimonio de una nativa con un español. Jesús Bustamante, el historiador, añade al respecto: Las relaciones «libres», estables o temporales, de blancos con mujeres indígenas, se siguieron manteniendo como norma aceptada incluso cuando, a finales del siglo XVI, se equilibró el porcentaje de mujeres de origen europeo dentro del grupo dominante. Ello afectó a la estructura familiar, ya que junto al núcleo «legítimo» pervivieron otro u otros núcleos no legitimados, pero relativamente estables. La situación se complicó por la práctica del «reconocimiento »de los hijos naturales, ampliamente desarrollada desde los primeros años de la conquista.

El mestizaje en la Nueva España se realizó mucho más entre un español y una india que entre una española y un indio. Pues las mujeres hispanas consideraban una absoluta deshonra el acostarse voluntariamente con un nativo, y era muy extraño el caso de que las mujeres blancas aceptaran tener relaciones sexuales. Cuando esto se producía por voluntad o por violación, las mujeres preferían ya no regresar con sus compatriotas y seguir en amancebamiento con el indígena.

Situación social de los mestizos.

En la sociedad de castas que se había formado en la Nueva España, el ser mestizo era una tragedia, pues los españoles consideraban a las culturas indígenas como inferiores y a los nacidos de uniones tan desiguales unos seres sin ninguna valía social ni racial. Los mestizos fueron explotados terriblemente por los blancos, quienes se aprovechaban de su condición marginada e ilegítima. Los mestizos podían casarse legítimamente con otras castas, pero nunca con una española o una criolla. Podían hacerlo con indias y mulatas, pero nunca con mujeres blancas.

Los mestizos estuvieron sometidos a muchas prohibiciones: no podían portar armas, ser escribanos, caciques, corregidores, alcaldes mayores ni protectores de los indios. Tampoco podían ser soldados, estudiar en las universidades o pertenecer a ningún cargo religioso. Solamente se les aceptaba cuando podían comprobar que eran hijos legítimos. Así pues, los trabajos que les eran permitidos a los mestizos eran muy pocos; podían ser: artesanos, carpinteros, albañiles, o peones. Todo ello se mantenía a pesar de que el número de mestizos fue aumentando considerablemente en el transcurso de la Colonia.

Gonzalo Guerrero, el padre de los primeros mestizos

El primer mestizo de la Nueva España no fue el primer hijo de Cortés habido con doña Marina, sino los hijos engendrados por Gonzalo Guerrero y una mujer maya. Este soldado después de participar en luchas de poder entre Nicuesa y Alonso de Ojeda, navegante y gobernador, participó en la expedición de Pedro de Valdivia con rumbo a la isla de Santo Domingo. El barco en que navegaban naufragó, y solamente lograron salvarse ocho marineros que llegaron a las costas de Yucatán, entre ellos se encontraba Gonzalo y Valdivia. Después de luchar contra los indios cocomes, fueron apresados. Cuatro españoles sirvieron de alimento a los indios, y los restantes fueron encerrados en jaulas de ramas, pero lograron escapar. Llegaron con los tutul xiúes, a la cuidad de Maní, donde el cacique Taxmar, los entregó como esclavos a su sacerdote Teohom. Debido a los duros trabajos a los que fueron sometidos, sólo sobrevivieron Gonzalo y su compañero Gerónimo de Aguilar. Taxmar donó al sacerdote Na Chan Can a Gonzalo, quien a su vez lo cedió a Nacom Balam, un jefe guerrero.

Poco a poco, Gonzalo se adaptó a la cultura maya, la hizo suya, se hizo tatuajes rituales, mutilaciones dentarias, y ostentaba bezote de oro en el belfo inferior. Cuando llegó Hernán Cortés en 1519, Aguilar, su compañero, se unió a los conquistadores, mientras que Gonzalo decidió quedarse con los indios, pues se había casado con la hija del cacique de Chetumal llamada Zazil Ha, hija de Na Chan Can, con la que había procreado tres hijos a los que permitió se les hiciese la deformación craneana. Tanta era su aculturación que permitió que su primera hija fuese sacrificada en el cenote sagrado de Chichén Itzá. Así dio inicio nuestro mestizaje.

Por lo tanto, cada uno de nosotros, los mexicanos, llevamos en las venas sangre india, lo cual debería ser suficiente para alejarnos de cualquier tipo de discriminación hacia nuestros conciudadanos indígenas, nuestros hermanos, o de cualquier persona de piel morena.

 

Conoce más sobre el trabajo de Sonia Iglesias visitando su blog en Komoni 

Sonia Iglesias
Autor: Sonia Iglesias
La antropóloga y periodista Sonia Iglesias y Cabrera nació en la Ciudad de México. Por más de treinta años se dedicó a la investigación de las tradiciones y el folklore de México en la Dirección General de Culturas Populares. Actualmente sigue investigando y publica artículos en diferentes sitios web.

A constelar el desarrollo mexicano (para reconciliarnos con nuestra propia sangre)

Ser mexicano y discriminar a otros es absurdo, porque implica atentar contra uno mismo… Aquí una pista sobre la práctica contraria.

En México no hemos logrado sostener el desarrollo debido a que no nos podemos reconciliar con nuestra propia sangre. En la lógica de la psicología transpersonal, esto resulta mortal. Lo que algún día se intuyó, hoy se puede comprobar con una gota de saliva: se calcula que más del 95% de la población mexicana tenemos sangre indígena. Esto incluye a la alta aristocracia mexicana, de la cual muchos se sienten procreados por los mismísimos reyes de España. La gran paradoja de la discriminación contra lo conquistado o contra lo conquistador es que ambas razas recorren el ADN de nuestras células. En otras palabras: vivimos discriminándonos a nosotros mismos.

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La historia mexicana se ha encargado de encubrir a los millones de indígenas asesinados durante la conquista. La realidad es que el desplome demográfico de la población autóctona no sólo se debió a las epidemias, hubieron violaciones, vejaciones y asesinatos. Al mismo tiempo, prevalece un odio muy arraigado contra los conquistadores y su prototipo actual. Personalmente conozco españoles refugiados del franquismo a quien les tocó en las fiestas del grito en el Zócalo la arenga, que duró mucho más de un siglo, de: “mueran los gachupines”. Sin duda, sangre gachupina recorría las venas de la mayoría que agredía con esas frases ofensivas.  

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Y la necesidad de la palabra reconciliación casi no se encuentra en los libros de texto. Quien haya intentado aprender náhuatl, como yo, habrá descubierto que es de las lenguas más difíciles para un hispanoparlante, más difícil que el ruso o el chino. Miguel León Portilla, primo hermano de mi abuela, Ángeles Gamio León, después de dedicar toda su vida al estudio del náhuatl, reconoce que todavía lo habla con deficiencias. Y las lenguas no son otra cosa que el reflejo de la forma de pensar de un pueblo. La cosmovisión del pueblo mexica y la del ibérico no tenían nada que ver cuando se encontraron. Cuando resolvamos ese dilema, habremos verdaderamente encontrado el camino para forjar nuestra nación.

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En la lógica de un profundo mestizaje en donde el 95% de la población podría tener sangre indígena, cualquier tipo de sentimiento o actitud discriminatoria hacia lo indígena o hacia lo ibérico, se convierte en un auto-ataque. Es algo similar a las enfermedades autoinmunes, en las que el mismo organismo de una persona se destruye a sí mismo. Esto podría estar teniendo repercusiones terribles para el desarrollo personal de cada mexicano en lo monetario, en lo laboral, en lo físico, en lo familiar, en lo sexual.

La psicología transpersonal cada vez adquiere mayor relevancia científica dentro de las universidades más prestigiadas del mundo. Uno de los fundamentos de la psicología transpersonal son las interconexiones energéticas que existen entre los seres humanos, en particular con quienes se comparte material genético.

Quien haya participado en una “constelación sistémica”, que es una metodología de la psicología transpersonal, no podrá negar que hay fuerzas que conectan a las personas con sus ascendientes por consanguineidad. Eventos dramáticos que le ocurrieron a padres, abuelos, bisabuelos, incluso un siglo atrás, podrían estar incidiendo hoy en nuestras vidas. Debido a que las “constelaciones familiares” es un metodología reciente, aún en desarrollo, hay que tener cuidado, en particular con practicantes sin certificaciones universitarias serias.

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En esta lógica, el hecho de que nuestros ancestros hayan violado, vejado y matado a nuestros propios ancestros tiene repercusiones, ya no simbólicas, sino reales, en nosotros, en el ámbito físico y emocional. Así es prácticamente imposible lograr un desarrollo nacional. La única solución que tenemos para lograr un desarrollo sostenido, tanto en lo individual como en lo nacional, es llegar a una verdadera reconciliación: no devaluar la parte indígena, ni menospreciar nuestro linaje europeo, sino aceptar quienes hemos sido y quienes somos hoy.

*Imágenes: 1) Inés Longevial; 2) Michael Schmelling; 3) Heather Thornton; 4) Francisco Leonardo, modificada.

Jorge del Villar
Autor: Jorge del Villar
Economista y escritor. Ha sido columnista de El Universal, conductor de “Caras de la Ciudad” en MVS Radio, y conductor televisivo en el Canal Judicial, Capital 21 y Canal Once, donde actualmente conduce “A Favor y en Contra”.

Más allá de Grecia, arqueólogos descubren que en Mesoamérica hubo una especie de democracia

Sin que fuera exactamente a la actual, o a la griega, en Tlaxcala se desarrolló un sistema de gobierno que contó con una especie de senado, entre otras cualidades.

En la cultura general, al gobierno y forma de organización política en Mesoamérica los asociamos con la monarquía. Reyes que fueron parte de un linaje, y que siempre estuvieron ligados al consenso divino.

Pero el trabajo de un grupo de arqueólogos desde hace décadas está generando resultados sorprendentes en torno a una cultura en específico donde se desarrolló una forma de gobierno, que, de hecho, se parece mucho más a la de una democracia que a la monarquía.

El  sistema monárquico genera una división de clases muy marcada, donde es muy poco probable ascender de nivel socioeconómico. De esta manera, las divisiones del trabajo están simplemente relacionadas con el nicho social donde se nace. Una sociedad más igualitaria, sin embargo, requiere de mayor movilidad social. Es decir, cuando se cuenta con méritos propios es posible ascender, o bien, situarse en otro sector socieconómico diferente al que se ha nacido.

En el México prehispánico existió una sociedad que compartía las decisiones con una especie de senado, donde hasta 50 personas tomaban las decisiones de Estado, pero además, los mejores guerreros (aunque nacieran como parte del pueblo en general) podían acceder a este nicho de toma de decisiones. De esta manera, el poder era repartido y no lo ejercía llanamente en una persona.

Hablamos de los Tlaxcaltecas, los mismos que se unieron a los españoles para derrotar a Tenochtitlán. Podría decirse que este grupo fue el único capaz de librarse de la conquista mexica en sus alrededores, y por ello los tenían medianamente sometidos por medio de la famosa Guerra Florida. Este señorío fundó hasta 21 pequeñas ciudades-estado, a su altépetl más importante (una especie de grupo cultural asentado), se le conocía como Tlaxcallan.

¿Democracia temprana en Tlaxcallan?

Arqueólogos como Richard Blanton de la Universidad de Purdue, Indiana, o Lane Fargher, del instituto Cinvestav en Mérida, afirman que la tlaxcalteca fue una de las sociedades al rededor del mundo cuya organización fue más comunitaria, y cuyo poder estuvo más distribuido.

Los arqueólogos no le llaman en sí una democracia, pero afirman que se le parecía en cuanto a la distribución del poder.

Estas son algunas de las diferencias de la forma de gobierno de Tlaxcallan que lo sitúan como un gobierno más comunitario, más democrático:

  • Tenían grandes plazas, haciendo énfasis con ello más en el espacio público que en los palacios y edificios ligados al poder.
  • Las decisiones eran tomadas por una especie de consejo (tipo senado) integrado por unas 100 personas, el líder máximo debía generar una especie de consenso, o incluso acatar decisiones de otros.
  • En la cultura tlaxcalteca cualquier hombre podía llegar a convertirse en el líder.
  • Mientras en la mayoría de las ciudades mesoamericanas, la plaza estaba situada en el centro, y rodeada de palacios, para los tlaxcaltecas cada barrio tenía su propia plaza. Incluso, los grandes templos o palacios estaban distribuidos en los barrios, no únicamente al centro de la ciudad.
  • También, mientras en las sociedad maya, por ejemplo, a simple vista eran reconocibles las distintas clases sociales, en Tlaxcallan las personas comunes también tenían pertenencias similares a las de los gobernantes, incluyendo su ornamento y joyas. Es decir, uno no podía decir la clase social de alguien por la pura apariencia, algo que salta, incluso hoy, cuando por la gran desigualdad las democracias modernas no consiguen lo anterior.

 

*Fuente:

Wade, Lizie (2017), Science.

 

*Imagen: Xochitecatl-Tlaxcala

¿Cómo era la pirámide social de los aztecas?

Más allá de la división del trabajo, los mexicas tenían un estricto sentido de las estratificación social y el orden que implicaba.

Los mexicas, luego de su largo peregrinaje desde Aztlán en búsqueda de la Tierra Prometida, fundaron Tenochtilán donde hoy yace la Ciudad de México alrededor del año de 1325.

En solo 200 años consiguieron ser la cultura con mayor influencia en todo mesoamérica. Solo en su ciudad, Tenochtitlán, vivían unos 150 mil habitantes, y en planeación urbana sobrepasaban a cualquier ciudad europea. Su desarrollo, sin embargo, estuvo fuertemente influenciado por los tributos pagados por los pueblos que tenían sometidos, y esté fenómeno influía enormemente en su estructura social.

El mexica fue un imperio de sometimiento; como resultado, los sometidos, sobre todo en las guerras floridas (como esclavos o siervos) eran la clase social más baja; luego se desprendía un gama de estratos sociales que, como sabemos, culminaba con el tlatoani (emperador).

Ciertamente la cultura mexica no pugnaba por la igualdad social, su estructura y división social estaba justificada a partir de una cosmovisión teológica. La sociedad mexica vivía para los dioses  y estos legitimaban el linaje depositado en el tlatoani y de algún modo la distribución social resultante.

En la siguiente imagen se muestra de manera sencilla y con los nombre originarios en náhuatl los distintos estratos sociales de la sociedad mexica. 

piramide-social-azteca

Huey tlatoani: la palabra viene del náhuatl huēy (grande) tlahtoāni (orador) y significa gran gobernante, gran orador. Era el máximo gobernante, con funciones tanto militares como religiosas.

Pipiltin: Era un tipo de nobleza cuya descendencia venía de los toltecas. Poseían tierras y esclavos para trabajarlas. Los sacerdotes de mayor rango y los guerreros de mayor categoría formaban parte de los pipiltin.

Pochtecas: su labor era importantísima pues gracias a ella los mercados (como el de Tlatelolco) proveeían de productos traídos incluso de Guatemala.

Macehualtin: era la gente del pueblo; la gran mayoría. Estaban obligados a hacer servicio militar (eran los guerreros de rango promedio). Trabajaban la tierra o las artesanías y pagaban tributo.

Tlatlacotin: como no existía el ganado de carga, estos eran los esclavos a los cuales se les imponía el trabajo más duro. La mayoría venían de las conquistas, podían llegar a comprar su libertad.

*Fuente:

De Teotihuacán a los aztecas:antología de fuentes e interpretaciones históricas . Miguel León Portilla

*Imagen: 1 y 2)socialhizo.com