Estos oníricos paisajes ilustrados inauguran nuevos mitos mexicanos (GALERÍA)

Los paisajes de este artista mexicano inundan la cotidianidad con míticos personajes.

Tal vez la función esencial de los mitos mexicanos —y la razón por la que aún continúan siendo tan importantes para nuestro imaginario— es la de conectarnos con la naturaleza; el mundo que nos rodea. Mucho más que explicar lo sagrado como algo externo, los mitos nos ayudan a entender los deslumbrantes fenómenos que tiñen nuestra cotidianidad.

Sin duda, cultivar esta conexión es más importante que nunca. No solo porque el medio ambiente necesita el compromiso de nuestra parte; también porque a nosotros nos hace falta sentirnos envueltos por el territorio y sus maravillas.

Pero necesitamos una puerta de entrada a este mundo que se despliega entre lo divino y lo mundano, como entre sueños y visiones. Los oníricos paisajes de Carlos Marín-Campos podrían ser el perfecto punto de partida. Este artista visual mexicano (CDMX, 1983) se ha dedicado a explorar la identidad nacional y su relación con el entorno y con la urbanidad.

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Un asunto que le interesa enormemente es poder reactivar la importancia de ciertos espacios transitorios de la Ciudad de México (como el metro, las calles, los monumentos públicos), atravesandolos con mágicas criaturas: animales significativos (algunos endémicos) pero a muy gran escala, como re-apropiándose de la ciudad.

En sus palabras:

[…] los crecimientos desmesurados de las ciudades han originado que, para el hombre, el entorno inherente sea el urbano. Para el humano, los paisajes más comunes están llenos de estructuras ideadas por él mismo. En este ambiente es fácil que se desarrolle una desvinculación social de su propio entorno global y crea un individualismo exacerbado que propicia que los espacios, los paisajes, sean ignorados.

Un quetzal enorme brotando del World Trade Center o un ajolotote navegando las vías del metro, como si fueran canales subterráneos, son un potente mensaje que inaugura nuevos y muy necesarios mitos.

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Escucha la leyenda nahua sobre el origen del mundo que inspira un ritual sagrado

El fotógrafo Yael Martínez generó esta hermosa representación visual de una leyenda mexicana sobre el origen del mundo.

“Nosotros comemos la tierra y la tierra nos come a nosotros, porque la tierra es el principio y el fin de todas las cosas.” Así describe nuestra relación más sagrada la hermosa pieza audiovisual del fotógrafo guerrerense Yael Martínez

“La sangre y la lluvia” narra e ilustra la leyenda sobre el origen del mundo que inspira un ritual sagrado típico de Guerrero. De acuerdo a las creencias de las comunidades de la zona, antes de que la Tierra fuera ella misma, antes de que cualquiera pudiera nombrarla, Quetzalcóatl y Tezcatlipoca atraparon el cuerpo de Tlaltecuhtli (“nuestra señora de la tierra que sembramos”) y lo partieron por la mitad, creando el cielo y la tierra.

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De este cuerpo nacieron absolutamente todas las cosas: ríos, cavernas, flores y vegetales. Pero Tlaltecuhtli pedía corazones para alimentarse a cambio de toda esta abundancia. En el ritual contemporáneo, las comunidades hacen sacrificios menos aniquilantes.

Cuando es tiempo de pedir por la lluvia, se hacen distintas ofrendas para alimentar a las cruces pintadas de azul, que están en representación de la Señora de la tierra y de Tláloc. También se hacen rituales en las cavernas y oquedades de los cerros, comúnmente asociadas con el Señor de la lluvia. 

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Pero la sed de sangre de estos seres divinos no ha cesado, por eso se sacrifican guajolotes y los jóvenes de los pueblos se visten como tigres, preparándose para una batalla muy particular. En Zitlala y otras comunidades, se golpean efusivamente, en un apasionado ritual que busca el derramamiento de sangre. Por cada gota del líquido vital caerá una de lluvia: la tierra nos come a nosotros.

Este proceso místico es descrito en “La sangre y la lluvia”, ilustrado con las hermosas fotografías de Martínez, que definitivamente logran capturar la magia de los rituales. Combinadas ingeniosamente con los gráficos de Orlando Velázquez y el poema de Isaac Carrillo Can, evocan las múltiples capas que componen las creencias de las comunidades en Guerrero.

Escucha la leyenda completa:

Descubre más sobre la obra de Yael Martínez aquí.

Si la Luna fuera de pulque: un precioso mito ilustrado

En la versión de este ilustrador mexicano, las disputas entre el conejo y el tlacuache determinan las fases lunares…

Los mitos mexicanos son absolutamente entrañables. Especialmente porque resguardan en su interior una conexión indeleble con la naturaleza y las formas de vida que la conforman; particularmente con los animales y las plantas. Hay muchas leyendas antiguas en donde los animales son los protagonistas y de sus acciones dependen distintos ciclos o posibilidades del mundo.

Es natural en ese sentido, que estas historias continuen permeando el imaginario y sirvan de inspiración para los artistas mexicanos contemporáneos. Entre ellos resalta por su ingenio y simplicidad el trabajo del ilustrador David Álvarez, que en su libro “Noche antigua” hace un cuidadoso pastiche de diversas narraciones y mitos del México antiguo.

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Entre ellos hay una explicación preciosa que da razón a las fases lunares. En su versión, son las disputas entre el conejo y el tlacuache lo que las determina. Ambos animales son vitales en la cosmogonía nahua

El tlacuache, el conejo, el pulque y la Luna

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El tlacuache, por su parte, figura en una linda leyenda que lo describe como un astuto personaje que fue capaz de robarse el fuego para los hombres (algo así como el Prometeo griego). Siempre se le relaciona con el acto de robar, con la picardía, la fiesta y la embriaguez como cuenta Alfredo López Austin en su libro “Los mitos del tlacuache”.  

El pulque es su punto de encuentro con el conejo. El tlacuache gusta beberlo, pero el conejo es una suerte de deidad que lo domina. De hecho, deidades del pulque hay 400, todas representadas por conejos.

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Y entre el conejo y la Luna también hay una relación muy cercana. No solo está estampado el animal en el astro: ambos están asociados a la fertilidad, igual que la blanca bebida embriagante; igual que el maguey de donde es extraída el aguamiel. Otra leyenda cuenta que la Luna es una olla llena de pulque, que se va vaciando para fertilizar la tierra.

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Relata David Álvarez con sus delicadas ilustraciones que el conejo la hace de tlachiquero y extrae el aguamiel para rellenar de pulque la olla de la Luna; pero el tlacuache, ingenioso ladrón, perfora la olla y se bebe el brillante líquido.

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La explicación podría sonarnos infantil, pero, apreciada desde una óptica más sensible puede ser un recordatorio de que hay fuerzas ajenas a nosotros que se encargan de mantener activos esos fenómenos de la naturaleza que nos embelesan. Y tiene sentido tratarlos con la ternura con la que David Álvarez trató a estas leyendas.

Las aterradoras esculturas de Emil Melmoth muestran nuestro caótico y sombrío interior

Asociar muerte y belleza, descomposición y vitalidad es un ejercicio complejo, pero este artista mexicano lo hace con aterradora elegancia.

Asociar muerte y belleza, descomposición y vitalidad, dolor y placer, es un ejercicio realmente complejo. Pero en México lo hacemos constantemente. Tal vez las portadas de los periódicos amarillistas son un ejemplo preciso — aunque también, vulgar y evidente.

Y por otro lado, también se manifiesta esta peculiar capacidad nuestra en la forma en que celebramos y comprendemos a la muerte; en los aspectos que mantenemos vivos de los complejos dioses prehispánicos (que malavarean muy bien estas dicotomías) y en algunos de nuestros rituales contemporáneos.

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Es claro que la obra de Emil Melmoth —joven escultor mexicano— emerge de esta rica cualidad. Aunque, en su caso, lo hace con un estilo muy personal, que integra con aterradora elegancia una clara influencia del barroco europeo, referencias a la tradición judeo-cristiana y un naturalismo descarado.

Es eso, su descaro, lo que las hace a sus piezas —a sus personajes— inevitables, deliciosamente atractivos y a la vez, completamente repulsivos y de muy difícil aproximación. La suya es la materia de las más seductoras pesadillas. Pero pesadillas que son necesarias, esas que se atreven a develar nuestro caótico y sombrío interior.

Pocos gustan o encuentran placer al pensar de manera plástica en el interior del cuerpo, con sus vísceras que, según la esquemática ciencia, tienen un orden y un lugar; pero que tornadas hacia fuera vibran sin pulso fijo y se desparraman viscosas. Menos aún pensamos en lo “deforme”; a veces hacemos el esfuerzo por “dignificarlo”, pero nunca —o, por lo menos, casi nunca— lo usamos como contrapunto para poner en cuestión la forma que consideramos natural.

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El cuerpo es bellísimo, claro, por ser la superficie donde acontecen todos nuestros anhelos y lugar al que penetran todos los placeres posibles para nosotros. Pero también, por más sano que esté, por más cuidado y cercano a la norma estética que aprobamos, no deja de ser absolutamente desagradable, cuando se transgrede su superficie. Aunque eso sí, siempre resulta fascinante. Y las piezas de este mexicano nos ayudan a imaginar cómo sería experimentar con él, pasar de sus límites y desgarrar sus contornos.