Una valiosa lección zapoteca sobre las apariencias: el mito del Cocijo

En los mitos de los pueblos las leyendas son como una voz que delimita el futuro y a la vez protege el espíritu de su pasado.

De Oaxaca hemos oído hablar –entre otras muchos otros motivos– por Benito Juárez, el indígena zapoteca que inesperadamente llegara a ser Presidente de la República. El origen de este hombre, huérfano y pastor humilde, es muestra del talante de un pueblo cuya grandeza es también perceptible en la leyenda de Cocijo –la cual, curiosamente, nos recuerda a la del mismo Juárez–.

El Cocijo es un pequeño Dios del panteón zapoteca del que nadie esperaba nada pero que terminó convirtiéndose en el Dios del relámpago.

Acá su leyenda:

Pitao, el Padre de los Dioses, sopló sobre el caos y creó el universo. Luego reunió a los demás dioses inferiores para entregarles potestades sobre los elementos, los llamó como él para que participaran por medio de su nombre en la esencia de la creación de cuanto existe: Pitao Xoo fue el Dios de la tierra y los terremotos; Pitao Cociyo el de lluvias; Pitao Bée el del viento; Pitao Cozzana el de la caza y pesca: Pitao Cocobi el de la cosecha; Pitao Paesí, el interprete del oráculo; Pitao Pezelao el señor de las almas de los muertos y a Pitao Benechaaba lo hizo genio del mal y amo de las tinieblas. Esa fue la repartición de labores del gran Pitao, que al ver al más pequeño de los dioses –al que posteriormente llamaría Cocijo–, no dio ninguna responsabilidad por juzgarlo como demasiado pequeño.

Orondo y satisfecho por cuanto había creado para que su pueblo zapoteca habitara el Didjazáa y se expandiera por la Tierra, Pitao pospuso la invención del fuego, elemento que reservó para quien lo conquistase en una acto sacramental para su corte celestial; sería el elemento que con un arduo trabajo los hombres habrían de domesticar.

Aquellos hombres de los primeros tiempos padecieron durante la noche la lejanía del calor del sol y la oscuridad de las sombras, comieron sus alimentos crudos y anduvieron por los senderos casi a tientas, escondiéndose como ratoncillos de las fieras. La oscuridad los volvía miedosos y recelosos unos de los otros, por eso decidieron edificar un túmulo alto para llevar lo más cercano posible sus rezos al gran Pitao y que este les brindara el fuego.

cocijo figura zapoteca

Figura zapoteca de Cocijo

Así, los hombres edificaron el montículo sobre el cuál edificaron una pirámide y esperaron la decisión del gran Pitao. Éste, aún no satisfecho con el trabajo de los hombres pero lleno de compasión por ellos, licitó entre los dioses menores un lugar preponderante para aquél que pudiera tomar el fuego: juntó dos maderos y los frotó hasta que apareció el tan preciado elemento que iluminó la basta y fría noche.

Invitó a los Dioses a probar suerte para tomar este don de los cielos lanzándose a la hornaza que había alimentado con madera, pero todos fallaron, tuvieron miedo. El último de la lista, Cocijo, pidió hacer la prueba. Pitao aceptó, entonces Cocijo pidió a su hermano Cociyo (la lluvia) que lo empapara con sus aguas y a Beé (el viento) que levantará con su mano las lenguas ardientes que lo amilanaban: de un salto se echó en la hoguera.

De aquella pira subió un humo espeso que se arremolinó en el centro del cielo y en la punta del túmulo que los hombres consternados veían en la parte baja del monumento. Una estría fulgurante en un estruendo horrísono hizo su aparición y dejó perplejos a los dioses y a los hombres. Había nacido el trueno, fuego del cielo regalo para la humanidad.

Los hombres llamaron a aquel túmulo Cerro del Fuego o Daniguí celebrando la creación del preciado elemento y construyeron Danibán (Monte Alaban) o Cerro Sagrado porque creyeron que los restos de Cocijo habían quedado sepultados en aquella montaña sagrada.

*Imágenes: 1) Lorena Cassady, 2) Creative Commons