Artista mexicano transforma mantas de sarape en hermosos entramados geométricos

Con esta obra el artista Adrián Esparza hace un homenaje a sus raíces y a la increíble técnica del hilado del sarape.

Felizmente atrapado entre dos culturas, después de haber sido criado como un mexicano-americano, el artista Adrián Esparza, radicado en Texas, crea coloridas instalaciones de hilo y geometría a partir de sarapes tradicionales deconstruidos. El sarape es un largo chal o manta-cobija de colores brillantes y flecos en los extremos, usado típicamente (y casi exclusivamente) por los hombres en México.

Esparza deshebra los entramados en estas mantas y luego los reacomoda para crear instalaciones hipnotizantes que no sólo rinden homenaje a su crianza y su herencia Mexicana, también buscan que un objeto tradicional tenga nueva oportunidad de vida.

La delicadeza con la que los hilos de los sarapes son tejidos les dan una cualidad extraordinaria, como protección contra el frío y la lluvia. De esta manera el sarape fue durante siglos una prenda favorita tanto entre personas humildes como pudientes hacendados. Por ello separar los hilos de esta funcional indumentaria para así crear estructuras trimidimencionales de arte cuasicinético, es una manera de homenajear el sarape, que más que una prenda es la materialización de magistral técnica artesanal.

*Imágenes: thecitylovesyou

 

Las aterradoras esculturas de Emil Melmoth muestran nuestro caótico y sombrío interior

Asociar muerte y belleza, descomposición y vitalidad es un ejercicio complejo, pero este artista mexicano lo hace con aterradora elegancia.

Asociar muerte y belleza, descomposición y vitalidad, dolor y placer, es un ejercicio realmente complejo. Pero en México lo hacemos constantemente. Tal vez las portadas de los periódicos amarillistas son un ejemplo preciso — aunque también, vulgar y evidente.

Y por otro lado, también se manifiesta esta peculiar capacidad nuestra en la forma en que celebramos y comprendemos a la muerte; en los aspectos que mantenemos vivos de los complejos dioses prehispánicos (que malavarean muy bien estas dicotomías) y en algunos de nuestros rituales contemporáneos.

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Es claro que la obra de Emil Melmoth —joven escultor mexicano— emerge de esta rica cualidad. Aunque, en su caso, lo hace con un estilo muy personal, que integra con aterradora elegancia una clara influencia del barroco europeo, referencias a la tradición judeo-cristiana y un naturalismo descarado.

Es eso, su descaro, lo que las hace a sus piezas —a sus personajes— inevitables, deliciosamente atractivos y a la vez, completamente repulsivos y de muy difícil aproximación. La suya es la materia de las más seductoras pesadillas. Pero pesadillas que son necesarias, esas que se atreven a develar nuestro caótico y sombrío interior.

Pocos gustan o encuentran placer al pensar de manera plástica en el interior del cuerpo, con sus vísceras que, según la esquemática ciencia, tienen un orden y un lugar; pero que tornadas hacia fuera vibran sin pulso fijo y se desparraman viscosas. Menos aún pensamos en lo “deforme”; a veces hacemos el esfuerzo por “dignificarlo”, pero nunca —o, por lo menos, casi nunca— lo usamos como contrapunto para poner en cuestión la forma que consideramos natural.

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El cuerpo es bellísimo, claro, por ser la superficie donde acontecen todos nuestros anhelos y lugar al que penetran todos los placeres posibles para nosotros. Pero también, por más sano que esté, por más cuidado y cercano a la norma estética que aprobamos, no deja de ser absolutamente desagradable, cuando se transgrede su superficie. Aunque eso sí, siempre resulta fascinante. Y las piezas de este mexicano nos ayudan a imaginar cómo sería experimentar con él, pasar de sus límites y desgarrar sus contornos.

Tequiografías: preciosas monografías colaborativas sobre asuntos vitales

El artista Daniel Godínez trabajó junto a la Asamblea de Migrantes Indígenas para hacer estas geniales monografías sobre música, salud, educación y esquemas de gobierno alternativos.

Si los saberes sobre nuestro mundo se construyeran siempre de forma colectiva, probablemente, nuestra sensibilidad sería infinitamente más grande.

Sin embargo el conocimiento suele articularse en pequeñas esferas “oficiales” y distribuirse de formas limitadas. Así, lo que sabemos, suele estar enmarcado en un solo punto de vista que, muchas veces, es difícil cuestionar.

Las monografías (esos gráficos con extraños dibujos y descripciones sobre un tema concreto que solías comprar en la papelería) son la representación perfecta de lo que te describimos. No solo abordan los temas desde una sola postura; también acostumbran representar el mundo desde abstracciones que poco conectan con la vivencia que cada uno de nosotros tiene del mismo.

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Esto puede tornarse muy injusto, sobre todo si la monografía describe formas de vida. Cuando el artista Daniel Godínez Nivón mostró algunas monografías escolares a los miembros de la Asamblea de Migrantes Indígenas, estas fueron motivo de risa y críticas.

Era de esperarse: la historia, ciencia, medicina, derecho y educación “oficiales” de México están absolutamente desligadas de los saberes y realidades de las comunidades indígenas del país. Con esto en mente, el artista y los integrantes de la Asamblea, decidieron hacer una serie de “tequiografías”.

El proyecto (2010) consistió en construir un producto con saberes útiles y ligados a la vida de todos los participantes. Todo el proceso fue realizado en conjunto; discutido en asamblea; consensuado, y contando con el aporte de todos. El trabajo, por ser tequio, fue no remunerado, colaborativo y obligatorio para quienes se comprometieron con él.

El resultado es precioso y demuestra que es posible coincidir no solo en el sentido de encontrarnos; sino de incidir cada uno, simultáneamente, de forma equilibrada en el mundo que estamos habitando juntos y en las formas que tenemos de comprenderlo.

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Recuperan técnica ancestral de sarape fino de Saltillo (FOTOS)

Este método es de tejidos tan finos como de 22, 24, 26 y hasta 28 hilos por pulgada. Por su complejidad, había dejado de hacerse desde el siglo XIX.

Podría decirse que el sarape es la prenda masculina mexicana por excelencia. Solía usarse desde tiempos prehispánicos como protección para el frío y  la lluvia; elaborado a base de un hilado grueso de algodón y posteriormente de lana.

Luego de la conquista el sarape persistió en su uso (también empleado como tapete o cobija) y a sus diseños fueron añadidos motivos ibéricos mezclados con grecas prehispánicas. Fue la prenda de los pobres, una muy accesible, pero también de hacendados que encontraban en ella una comodidad para la vida de campo.

En Saltillo,existió por siglos una técnica de bordado fino donde las puntadas eran mucho más comprimidas, que requería una trabajo magistral y meticuloso, y que, por su complejidad y costo, fue abandonada en el siglo XIX.

Ahora un proyecto de Fomento Cultural Banamex, A.C.  ha rescatado esta técnica permitiendo que dos de los artesanos más diestros de México estuvieran dedicados cabalmente durante dos años a la elaboración de sarapes a partir de esta técnica de Saltillo. Tanto Modesto Nava de Gualupita,  del Estado de México, y Román Gutiérrez, de Teotitlán del Valle, Oaxaca, son considerados como Grandes Maestros del Arte Popular de México, y participaron en el proyecto. Ambos son expertos tanto en teñido como en tejido de estos prodigiosos sarapes.

El proyecto inició en 2007. En 2013 ambos se reunieron en casa de don Román Gutiérrez, en Teotitlán, e intercambiaron conocimiento sobre la elaboración de esta técnica. Un encuentro con un gran valor histórico. Román Gutiérrez, por ejemplo, es experto en la elaboración de tintes naturales extraídos de vegetales e insectos.

Los sarapes

El del maestro Román Gutiérrez es un sarape de diseño propio de 24 hilos por pulgada con urdimbre de algodón y entramado de lana teñida con tintes naturales. Por su parte el de Modesto Nava es de 30 hilos por pulgada en urdimbre de lana. El entramado es de lana y seda teñidas con tintes naturales, además de hilos de oro y plata.

El tradicional sarape de Saltillo es de tejidos tan finos como los de 22, 24, 26 y hasta 28 hilos por pulgada.

 

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*Imágenes: fomentoculturalbanamex.org