Distintas etnias indígenas comparten su información en este portal: Voces Étnicas

Leyendas, cuentos, narraciones, fábulas, mitos, epopeyas, poemas: la ancestralidad indígena en un proyecto multimedia: Voces étnicas.

Generalmente los proyectos de difusión cultural de costumbres indígenas recaban información de investigadores o desde las propias comunidades, aunque en rara ocasión son estas últimas las que comparten contenido. Por lo anterior la asociación cultural Voces Étnicas está recuperando y difundiendo usos y costumbres indígenas a partir de la información que las mismas etnias desean compartir. Lo anterior, con vehículos como las redes sociales, canales de video y un sitio.

Voces Étnicas es definido como un medio cultural y  busca:

Rescatar y difundir, mediante la aplicación de diversas técnicas de investigación las tradiciones y costumbres de las comunidades indígenas de México, a través de una visión humanística y perceptiva, con el fin de informar y sensibilizar a la sociedad sobre estos temas de arraigo nacional.

A través de su página se tiene acceso a una multiplicidad de leyendas, cuentos, narraciones, fábulas, mitos, epopeyas, poemas y códices indígenas que muestran parte de la cosmovisión de los diferentes grupos étnicos que habitan la República Mexicana.

Su difusión es impulsada principalmente por las redes sociales, donde proporcionan datos curiosos, fotografías, libros y documentos digitales descargables con información significativa relacionada con y para los pueblos y comunidades indígenas de la región.

Voces Étnicas lo que busca, sin fines de lucro, es dar voz a las y los miembros de las diferentes comunidades indígenas, permitiéndoles producir y reproducir información de su interés, la cual, al hacerla accesible al público en general, propicia intercambios culturales constructivos y benéficos de las culturas indígenas.

 

Sigue su trabajo en:

Facebook

Vimeo

YouTube

Twitter

 

19S: el día que “glitcheó” mi subjetividad (CRÓNICA)

Si México fuera “uno solo” no aguantaríamos nada. Son nuestros quiebres los que nos hacen resilientes.

Con cariño para las chicas de LCD y Sandra, Marén, Yolanda, Andrea, Ian y Javier

Por comprenderme.

Glitch: un quiebre y/o una disrupción en el flujo esperado de un sistema.

Nick Briz

“Únicamente quien supiera contemplar su propio pasado como un producto de la coacción y la necesidad, sería capaz de sacarle para sí el mayor provecho en cualquier situación presente. Pues lo que uno ha vivido es, en el mejor de los casos, comparable a una bella estatua que hubiera perdido todos sus miembros al ser transportada y ya sólo ofreciera ahora el valioso bloque en el que uno mismo habrá de cincelar la imagen de su propio futuro”.

Walter Benjamin, Dirección única, 1928


La muerte nos va a agarrar parejo. Por eso en secreto la llamaré “la democrática”, la horizontal, la incluyente. Lo que plantea su materialidad  no discrimina, como invariablemente hacemos nosotros, los sujetos.

El 19 de septiembre de 2017 llegué tarde a la oficina en la Condesa, CDMX. Estaba decidiendome entre escribir una nota sobre Alberto Kalach y una sobre maíz transgénico, cuando de pronto, a pesar del simulacro, de la efeméride y de todo pronóstico sobre lo poco poéticas que son nuestras vidas, empezó a temblar. Lo sentí inmediatamente, como un jalón que, específicamente se enganchó a mi corazón. Este, haciendo lo posible por no frenarse, dio un vuelco y luego otro. Mi mirada buscó la de la chica que estaba escribiendo junto a mí: corre. Una confirmación extraña y después los gritos, anunciando a todos, que paradójicamente, había que abandonar la casa: estaba temblando.

No era como otras veces. La intensidad, la tierra haciendo resonar sus benditas entrañas lacustres, nunca había conocido esa sensación. Pero fue en ese instante, cuando miré hacia arriba y los cables en el cielo dejaron de formar patrones cuadrados y se transformaron en ondas intensas, imparables —como olas de la costa de Oaxaca—  que comprendí que algo en mí estaba quebrándose para siempre.

 
 
 
 
 
Ver esta publicación en Instagram
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Una publicación compartida de @fer_gardunom el

Mi cuerpo quería desparramarse, fracturarse. El enfrentamiento con La Democrática, que siempre había esperado —como supongo que hace casi cualquier mexicano, desde que empezó la guerra contra el narco— no se anunció, no me alertó y en ese aparecer espontáneo me hizo hincarme. “Párate, no puedes estar en el piso”, que, por cierto, estaba rompiéndose, también, como yo. El abrazo de la otra redactora me contuvo y su rostro, implorando mi calma que, francamente, nunca llegó. Pero me levanté, a tiempo para ver caer pedazos enteros del edificio de enfrente, sobre todo ese grande que cayó sobre un perrito o gatito negro, cuyo torso terminó aplastado y funcionó, para mí, como evidencia suficiente de que el mundo que conocía había terminado.

“Mi hermana”, murmuré y luego grité múltiples veces, desnudando mi propia estructura y anunciando que, en efecto, solo quería confirmación de que mi hermana estaba bien. Los momentos que siguen son confusos, el gas inundó las calles y un par de ventanas estallaron. Corre. De nuevo. Corre. Cientos de sujetos corriendo sin rumbo, solo para encontrarse con otros cientos. El control: lo perdí. Fue inmediato. Perdí el control. Pasaba de la ansiedad, de la risa, a los gritos, al llanto incontenible. Perdí el control: mi estructura se evidenció de tal manera, con tanta transparencia, que desaparecí.

Confirmé rápidamente el bienestar de mi hermana y de tantos otros queridos. Por el momento, las cosas estaban estables. Ironía. La calle era un caos y la noticia repentina de que el epicentro había sido en Morelos me cayó terrible, soy de allá y mi casa allá está, con mi mamá y otra hermana. Y mis amigos de antes. Y los cerros. Y las cosas que conozco.

Mi papá me compartió un mensaje que dejó más en claro el panorama: la lista de edificios que, hasta el momento, habían sido registrados como colapsados. Escuelas, primarias, multifamiliares completos. Muchos cerca de mi casa.

Una buena amiga me recogió y realizamos una travesía inmensa desde la Condesa, hasta la Alberca Olímpica.

Algunos episodios notables:

  1. Insurgentes, abarrotada de seres humanos, anticipando que los próximos días, las calles iban a pertenecer a los peatones y no a los coches.
  2. La farmacia, donde compré sueros a 30 pesos (“Lucrando con el temblor”, le dije cínicamente a la tendera) y un par de cajas de ketorolaco, estaba prácticamente vacía; delatando a mi ser paranoico que probablemente habría escasez, pero estaba equivocada, en los días que siguieron, no faltó nada.
  3. Una mujer vendiendo plátanos, hizo eco en lo que restaba de humanidad en mí y compré un par de kilos que cargué psicoticamente hasta la casa y terminé regalando a brigadistas.
  4. Una señora de 90 años en silla de ruedas, y su cuidadora de más de 60, que me llevé conmigo y mi amiga, y los plátanos, en una escena que me recuerda (y no sé bien por qué) a El Viaje de Chihiro.
  5. Los de la marina corriendo formados, cargando picos y la visión lejana del primer edificio colapsado que presencie en la vida.

Llegar al departamento no fue agradable. Mi pésima reacción había marcado una distancia seria entre mi subjetividad y las de los demás. Yo era un peligro, dadas las circunstancias. De ahí en adelante se hizo mucho: además de ayudar a controlar el tráfico en una ciudad sin semáforos, no dormir por 6 días, ayudar en los acopios, cargar, perseguir derrumbes, el momento más importante fue la breve participación que tuve en las brigadas.

No quisiera repetir lo que posiblemente todos han pensado. Sí, la solidaridad fue inmensa. Escuché por ahí la frase: “tranquilos, todos tienen derecho a ayudar”, mientras nos formaban y vestían con cascos y guantes para acercarnos más o menos protegidos a los derrumbes a cargar piedra. Éramos tantos. Pero lo increíble, lo que realmente me marcó fue que “no éramos uno”, México no “fue uno” ese día, para nada. La Democrática no agarró parejo. No ese día. Éramos un chingo, eso sí, y éramos absurdamente distintos y era obvio que no veníamos ni del mismo lado, ni estábamos cortados con la misma tijera; pero estábamos juntos.

El glitch, la falla espontánea en el sistema, la acumulación de tensiones que culminó en caos, me partió en miles, me hizo perder el control y cuando me encontré con mis cimientos, no había nada (en serio, nada, carajo, es carne), pero entre esas grietas, lo que vi, lo que sentí, fue a un chingo de personas. Unas me dieron comida, otras café, unas me abrazaron, me protegieron, me llamaron, me buscaron. Me subí al coche de un hombre desconocido: ¿en qué clase de circunstancia haría tal estupidez?  El señor nos llevó a varias chicas apretujadas a un derrumbe. Feliz de hacer algo, de poner en marcha el coche, de funcionar como un puente entre la geografía y la materialidad-peatón y no ser un vehículo predominante en el diseño de lo urbano.

Una anécdota divertida, que resume para mí el estar-juntos:

19-septiembre-19s-sismo-temblor-reflexion-cronica
Todos dieron lo que tenían. Por suerte lo que ellos tenían eran tacos al pastor…

El 20 de septiembre de 2017, llevábamos horas formados intentando pasar al derrumbe en Petén (lugar que nunca voy a olvidar), acababan de sacar a alguien, pero sin vida: los ánimos bajaron. Estaba lloviendo. Hacía frío. Estaban al borde de sacar a otra persona más, con vida. “¡Mazos! ¡Mazos!” comenzaron a gritar todos. Necesitaban mazos. Así, todos gritabamos, el mensaje se corría y alguien en algún momento llegaría con un mazo; un pinche mazo, era la distancia entre el afuera y el adentro para alguien. No llegaba, gritábamos como idiotas y no llegaba. Llegó. Silencio. Puño en alto. A la espera. Tal vez sale. Tal vez sale y bien. En eso, de la nada, un tipo llega corriendo a la zona con una cantidad absurda de vasos, desbordando vasos. “¡Aquí están, aquí están los vasos!” gritó emocionado, convencido de su utilidad. “Mazos, pendejo” le dijo alguien. Todos nos empezamos a reír, también el de los vasos, risas y llanto, claro. Risas a lo cabrón. Unos minutos después se alzaron los puños. Los mazos (y los vasos) cumplieron su cometido. Alguien salió con vida. ¿Quién? Pues qué chingados importa. Estaba vivo.

No tengo nada contra La Democrática. En cualquier caso, nos va a agarrar parejo. Ese día aprendí eso. Pero así como ella, también entendí que nuestra identidad, la narración de estas subjetividades trabajando en conjunto, también puede ser como la muerte, agarra parejo. Yo lo viví, no se me olvida. Cada vez que aparecen los gandallas, que matan a alguien o lo desaparecen, me acuerdo de que ustedes también pueden agarrar parejo. De que si hoy tiembla (bendita poesía), van a venir por mí. Y yo voy a ir por ustedes. Hoy, solo hoy, no importa lo que significa ser mexicano.

Cortesía de Juan Villoro, para quienes no saben quiénes son: son el lugar donde habitan; son el espacio que administran. ¿Y de dónde son? Son del lugar donde recogen la basura. Y yo también. Ahí te espero.

Epílogo

 
 
 
 
 
Ver esta publicación en Instagram
 
 
 
 
 
 
 
 
 

La muerte natural no existe: cualquier muerte es un asesinato. Y si no se protesta, se consiente. Yo desconfiaría aún con el dedo en Su llaga.

Una publicación compartida de @ fer_gardunom el

El 23 de septiembre de 2017 volvió a temblar. Una cosa llevó a la otra y terminé con un ataque de ansiedad imparable y terrible. Como nunca antes sentí la distancia entre mi subjetividad y la de otros. Yo era un peligro, dadas las circunstancias. Perdí mucho ese día. Además del control, la confianza de mis amigos.

Estaba tan quebrada que tuve que delegar mi propia vida a otras personas. Tuve que pedir cuidados y protección, explícitamente. Me dio coraje, hoy todavía me da coraje, tenerle tanto miedo a la muerte. Me da coraje no hablar de eso. Me da coraje que tú o tus amigos, o tu familia, hayan vivido una desgracia. Una “pérdida irreparable”. La pérdida de la vida es reprochable, porque siempre implica una pérdida de la posibilidad. Y hace parecer que los cuidados en vida son inútiles. Pero no creo que lo sean.

A todos los que están sufriendo, por esta y otras catástrofes hago una promesa solemne: prometo cuidar la vida, prometo luchar por la posibilidad dentro de la posibilidad. Prometo mantener la calma, hasta donde me sea posible. Claro que también prometo permitir mis quiebres, porque a ellos les debo estas lecciones vitales. Estas vivencias.

Sigo en la CDMX, todavía no estoy lista para despedirme.

Con el puño en alto.

También en Más de México: Reflexiones de grandes escritores mexicanos sobre el sismo de 1985 que hoy valiera releer

*Imágenes: Destacada: AFP; Cuartoscuro.

María Fernanda Garduño Mendoza
Autor: María Fernanda Garduño Mendoza
Estudios y gestión de la cultura, UCSJ. Ensayando discursos, constantemente. Articulando rupturas.

Indígenas de Oaxaca consiguen operar su propia telefonía

Telecomunicaciones Indígenas Comunitarias A.C es el primer grupo sin fines de lucro en el mundo que consigue una concesión operada por ellos mismos.

Si las personas, en una sociedad individualista, aprendiésemos a hacer comunidad, quizás muchas situaciones adversas podrían mejorarse. Uno de estos casos es hoy visible como una gran lección y es protagonizado por Talea de Castro, un pueblo oaxaqueño situado a unas cinco horas de la ciudad capital del estado. 

En el 2013, con la ayuda técnica de dos extranjeros, del estadounidense Peter Bloom y de un italiano, los habitantes de Talea de Castro instalaron una antena telefónica financiada por la propia comunidad a través de una cooperativa local.

Se trató de la primera comunidad en México en hacerse de su propio servicio telefónico. En un mundo como el actual, para miles resultaba increíble que una comunidad en Oaxaca estuviese aprovechando sus propios recursos sin una corporación de intermediaria. Lo más curioso es que la comunidad debió hacerse de su propia infraestructura pues las compañías comerciales consideraron demasiado costoso llevar el servicio a solo 2,500 habitantes.

Como afortunadamente ha sucedido en los últimos años con grupos minoritarios, estos hicieron uso de un recurso legal, que ahora, en julio de 2016, les ha resultado en una concesión para administrar su propia telefonía, por primera vez en todo el mundo manejada como un servicio, más que como un negocio. Esta red será administrada por Telecomunicaciones Indígenas Comunitarias A.C por y para indígenas en 16 comunidades; el potencial a cubrir es de 356 localidades. 

Este caso ha sido retomado internacionalmente pues no es uno aislado, representa una semilla de un cambio de paradigma urgente, la necesidad de volver a ver las cosas sin una mirada meramente mercantil, y la poderosa arma en que resulta el hacer comunidad para conseguir fines sociales.

Como apunta The Guardian, “El mes pasado Telecomunicaciones Indígenas Comunitarias ganó una larga batalla con el gobierno para convertirse en el primer grupo sin fines de lucro en conseguir una concesión para telefonía móvil.”

 

Ana Paula de la Torre Diaz
Autor: Ana Paula de la Torre Diaz
Editora en jefe de +DeMx. Politóloga de carrera, colabora para diversas publicaciones digitales como Pijama Surf. Creadora del proyecto ciudadano yanostoca.com. Y pintora ocasional ( http://bit.ly/2jkE8lD )

La radio y TV podrán hacer uso de lenguas indígenas en México

Una reforma a ley permite que cualquier lengua originaria pueda ser usada por cualquier medio de comunicación que haga uso del espacio radioeléctrico.

Como parte de la Reforma de Telecomunicaciones en México aprobada en el 2014 con el fin de abrir el sector a más competidores este último tema acaparó la atención. Sin embargo debajo yace un logro hacia la interculturalidad respecto a los idiomas en el país (aunque las concesiones comunitarias fueron un tema pendiente).

Una de las modificaciones de está Reforma está en la posibilidad de que cualquier canal de radio o televisión podrá hacer uso de cualquier lengua originaria del país. Anteriormente las concesiones que fueran abiertamente indígenas estaban obligadas en algunos casos a que su programación se diese en el idioma oficial del país.

Esta es una gran noticia para la promoción de la multiculturalidad mexicana. Reconocer esta posibilidad equivale a reconocer la gran diversidad; recordemos que aún hoy en México son habladas 68 lenguas que son idiomas cabalmente, no dialectos, como muchas personas las conciben aún. Según el artículo 230 modificado,  con esta enmienda:

En sus transmisiones,las estaciones radiodifusoras de los consesionarios podrán hacer uso de cualquiera de las lenguas nacionales de conformidad con las disposiciones legales aplicables. Las concesiones de uso social indígena podrán hacer uso de la lengua del pueblo originario que les correponda.

Lo anterior ha entrado en vigor recientemente. Según Jorge Fernando Negrete, presidente de la Asociación Mexicana del Derecho a la Información (Amedi) “el tema de la inclusión lingüistíca en las radiodifusoras comunitarias abre el debate para recuperar la radio y la televisión como promotores de la diversidad cultural lingüística.”

*Imagen: AMARC-México