El Quinto Sol azteca y el fin del mundo según la cosmogonía mexica

En la cultura azteca figura con especial relevancia el mito sobre la creación de nuestro mundo actual –El Quinto Sol– y otros más que han sido producto de la lucha intrínseca de Quetzalcoatl y Tezcatlipoca a lo largo de los tiempos.

 No hay cosa que no esté como perdida entre infatigables espejos.

Nada puede ocurrir una sola vez, nada es preciosamente precario”

Jorge Luis Borges

 

Para muchos, la expresión del fin del mundo puede parecer una idea estridente. El temor, en particular, agobia cada vez que nos sentimos más cerca de un fin, en este caso, de la muerte. Pero quienes confían en la alta fidelidad de las culturas prehispánicas frente al cosmos, entenderán que el fin de los mundos –de cada universo y su Sol– está destinado, inevitablemente, desde que se abre su primer página y se comienza a escribir.

En las mitologías ancestrales de los aztecas, se lee una compleja y sin embargo embelesa manera de concebir el fin de los tiempos a través de hermosas metáforas sobre divinidades que luchan entre sí por la creación y destrucción de la vida. Esto, si se maneja desde una perspectiva ontológica, ha ayudado a entender el devenir de la naturaleza sobre el mundo durante milenios. Porque el símbolo que es Quetzalcoatl, Tezcatlipoca y otros dioses, significa una de muchas fuerzas conjugadas en cada estrella del universo que fecunda la vida. 

Pero la naturaleza reclama su espacio sin excepción. Nadie en el eco del universo se exime de la voluntad de la vida pero tampoco de la que pervive en la muerte.

Innumerables filosofías a lo largo del planeta, entre ellas las profesadas por Hermes Trimegisto, nos han mostrado que existen ciertas leyes, inasibles en la naturaleza, que todavía no han figurado en el inventario de las teorías oficiales avaladas por la ciencia –todo lo que el hombre no puede entender no tiene traducción en la existencia–, más sin embargo, sus consecuencias en el cosmos pueden ser claramente ejemplificadas. Y he aquí el tal significado que implica no perder la tradición de creer en el mito, la figura más antigua de entendimiento (y observación) creada por el hombre. 

 

Mito Azteca de los 5 Soles

En la cultura azteca figura con especial relevancia el mito sobre la creación de nuestro mundo actual y otros más que han sido producto de la lucha intrínseca de Quetzalcoatl y Tezcatlipoca a lo largo de los tiempos. En dicha narración se encuentra especificado cómo es que las eras del planeta han concluido y cuáles han sido las necesidades de extinción. 

El mito de los 5 Soles cosmogónicos se conoce desde tiempos toltecas, aunque en aquellos tiempos se contaban solo cuatro. Existen interpretaciones varias acerca de este mito, la mayoría difieren en el orden de los Soles por lo que se debe ser cuidadosos con su interpretación. Algunas de las fuentes más importantes que encuentras son:

 

La Piedra del Sol

Historia de los mexicanos por sus pinturas, de Andrés Olmos

Hystorie du Mexique, un ejemplar único traducido del español al francés que se perdió y cuyo autor se desconoce

Leyenda de los Soles, un manuscrito de 1558 escrito por Fray Bernardino de Sahagún

Códice Chimalpopoca, de Francisco del Paso y Troncoso

Y más reciente el análisis de Miguel León-Portilla.

Tezcatlipoca
Tezcatlipoca / Códice Borgia

Para los mexicas, el universo se repite constantemente en Soles. Cada una de las eras extintas fueron uno. Los tiempos, según la versión más aceptada, comenzaron con la figura del Sol de tierra (o Nahui-Océlotl que es cuatro-ocelote o jaguar), época habitada por gigantes donde los jaguares o entes de la sabiduría –que al mismo tiempo son Tezcatlipoca–, acabaron con sus habitantes; le siguió el Sol de viento (Nahui-Ehécatl), creado por Quetzalcoatl quien también fue Ehécatl para los aztecas. Siguiendo el mito, fue una época culminada por huracanes y fuertes vientos que lo desintegraron todo.  

El tercer sol fue un Sol de lluvia de fuego (Nahui-Quiahuitl). Se dice que la destrucción fue emprendida por Quetzalcoatl arremetiendo contra Tezcatlipoca. En esta era los habitantes fueron corrompidos por la perversión y entonces destinados a consumirse en el fuego. Quienes fueron acreedores de su salvación se convirtieron en pájaros y entonces apareció Tláloc –de ojos grandes y largos dientes– para convertir el mundo en agua.

tlaloc

El cuarto, por consiguiente, fue el Sol de agua (Nahui-Atl), levantado por Quetzalcoatl por medio de la dualidad de Tláloc: Chalchiuhtlicue. Este mundo poseía un cielo de agua. Se dice que era un reino con inmanentes conocimientos tecnológicos que habrían de darse bajo las facetas de oro, plata, bronce y hierro. Tezcatlipoca hace caer el cielo provocando un tormentoso diluvio que duró años, convirtiendo a todos los hijos de esta época en peces. En una versión, dos humanos, un hombre y una mujer debajo de un ahuehuete, sobrevivieron para poder engendrar vida en el siguiente Sol. Otras versiones refieren a que Quetzalcoatl visitó el Mictlán para sacar los huesos de los hombres.

Las cuatro formas en las que se manifestó la vida en estos soles, corresponde a los cuatro puntos cardinales del plano terrenal o destinos del planeta, que fueron ejemplificados por los aztecas en un hermoso árbol cósmico.

 

El Quinto Sol y el final de nuestro tiempo

piedra del sol

El Quinto Sol figura actualmente como el Sol de movimiento: Nahui-Ollin (cuatro-movimiento). Es la unión de las cuatro eras anteriores (o los cuatro dioses-elementos), cuya posición se encuentra en el centro, como un quinto punto cardinal. Siguiendo la leyenda los hijos del Quinto Sol perecerán por el movimiento de la tierra –los terremotos– pero también por la hambruna y de ésta la violencia.

Teotihuacán, la ciudad donde los hombres se convierten en dioses, fue el lugar donde advierte el mito que se concibió nuestro Sol actual. Se hizo a través del sacrificio de la sangre (de los dioses) para darle movimiento al Sol muerto. De esta manera es como se concibe a una era en la que el Sol, que mantiene girando al mundo, necesita saciarse con el sacrificio más preciado que tiene el hombre: su sangre. Se trata de una hermosa alegoría que nos recuerda, porqué es tan importante darle vida a estos relatos sagrados que, si bien es cierto, conforman una verdadera ley universal que todavía, los hijos del Quinto Sol, no somos capaces de entender en su totalidad.

Pero hay quienes afirman que el Quinto Sol es una dualidad que puede llegar a perdurar para siempre.

El mismo símbolo que es Ollin –cuya raíz ol significa bola o pelota– representa movimiento bajo distintas versiones de su cosmovisión: lo encontramos en el movimiento del Sol, en la sucesión de las eras que es cíclica, en el destino del Ser –lo central– y sus periodos de eterna evolución. En síntesis se trata de la Dualidad del Devenir, del constante nacer y renacer que provoca transmutaciones.

Resulta increíble observar cómo es que el Ollin se parece tanto al uróboros, signo milenario encontrado principalmente en Egipto, cuya silueta es justamente un círculo y representa la eternidad de un ciclo, o inclusive el yin yang taoísta y la dualidad de las cosas. La veracidad de mitos como el del Quinto Sol, se ve reflejada en muchas otras culturas que han forjado sus propias leyendas bajo una misma cosmovisión universal: un renacer.

 

*Imágenes: 1) wanderlustaddiction.com; 2, 3) Creative Commons; 4) latinamericanstudies.org

Jaen Madrid
Autor: Jaen Madrid
Editora de tiempo completo, música y ser humano. Ha escrito numerosos artículos en este medio, dando vida principalmente a los rubros de Arte, Cultura, Misticismo y Surrealismo. Escribe y edita Ecoosfera. Su tiempo libre lo dedica a leer literatura griega, tarot y ocultismo, además de crear música con sintetizadores.

Lo que realmente significaba el equinoccio de primavera para nuestros antepasados

Algunos mitos y realidades sobre la curiosa práctica de subirse a las pirámides cada 21 de marzo.

Sin duda los fenómenos astronómicos siempre han tenido cierta influencia en nuestra cosmogonía. No solamente porque nuestros mitos hacen esfuerzos por explicarlos, también porque a muchos de ellos atribuimos explicaciones sobre nuestras vidas (incluso sobre nuestras actitudes y personalidades).

Por otro lado, los mitos contemporáneos tienen la muy natural costumbre de remezclar entre distintos tipos de tradiciones y creencias y eso a veces se manifiesta en rituales relativamente superficiales que ya no se pueden ni justificar a sí mismos, ni dar cuenta de su origen.

Un ritual “New Age” que busca ligarse con el pasado prehispánico…

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Eso pasa, en muchos sentidos, con los equinoccios, el momento en donde hay un cambio de estación (entran la primavera o el otoño, según el caso) y el día y la noche duran lo mismo. Particularmente es sonado el equinoccio de primavera, pues desde hace varias décadas se generó la costumbre de ir a “cargarse de energía” a los antiguos centros ceremoniales durante este acontecimiento natural (que se da el 20 o 21 de marzo).

Para muchos, este ritual contemporáneo ligado a las creencias “New Age” tiene origen en las costumbres de los pueblos prehispánicos, especialmente del centro del país. Así, desde la madrugada antes del equinoccio, cientos de personas se dirigen vestidas de blanco a zonas arqueológicas como Teotihuacán y Chichen Itzá a danzar, celebrar el “Fuego Nuevo”, hacerse limpias, rezar, cantar y, si pueden, subirse a las pirámides.

En muchos sentidos los circuitos de turismo (tanto privados, como públicos) fomentan estas prácticas y aprovechan esta creencia para procurar que los viajeros se acerquen a los sitios arqueológicos. Sin embargo, como explica Rosalba Delgadillo en su artículo “El equinoccio de primavera: mitos y realidades”, esta tradición daña más a los monumentos de lo que se piensa y, en realidad poco se relaciona con los rituales y creencias de nuestros antepasados.

Mitos y realidades

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Sí: el equinoccio, igual que otros fenómenos naturales ha tenido importancia para diferentes culturas a lo largo de la historia; pero en realidad, mientras que a nuestros antepasados sí les interesaban mucho las estaciones y los movimientos del sol y la luna, el asunto tenía menos que ver con “recargar energía” y mucho más que ver con los periodos agrícolas y con la necesidad de determinar con precisión la temporada de lluvias.

Como afirma Rosario Delgadillo, en los antiguos recintos que sirvieron como observatorios (como el de Chichén Itzá en Yucatán y Monte Albán en Oaxaca) lo que se recaudaba era información que permitía generar calendarios muy exactos y estos servían para saber cuándo sembrar y cuándo cosechar.

De hecho, según el recuento de esta investigadora, los equinoccios no figuran realmente entre las fechas más relevantes para las culturas prehispánicas y la manera en que los entendemos hoy en día es francamente “desproporcionada”:

“Por ejemplo, el fenómeno que tiene lugar en el castillo de Chichén-Itzá, en el que se puede apreciar el desplazamiento de una serpiente a través de una escalinata debido al juego de luces y sombras, ocurre durante varios día, antes y después de los equinoccios. [no en la fecha exacta, lo que hace pensar a algunos investigadores que no necesariamente se trata de celebrar la posición del Sol]”

Por otro lado, marzo sí era un mes muy relevante. Se llamaba Tlacaxipehualixtli para las culturas del centro y la palabra significa “renovación de la tierra”, haciendo sí referencia al cambio de estación. Pero los rituales que se practicaban para rendir culto a los dioses no tenían nada que ver con la “Cumbre Tajín” de nuestros días.

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La naturaleza renacía y comenzaba el ciclo agrícola, así, era vital ofrecer algo a los dioses a cambio de la protección de las cosechas (particularmente frente a los desastres naturales). ¿Y qué se les ofrecía? pues probablemente dependía de cada dios, pero a Xipe-Topec (Nuesto Señor el Desollado) durante la fiesta principal que duraba 20 días, se le entregaban corazones extraídos directamente de los guerreros que habían sido capturados en batalla.

¿Y con las sobras? Pues se hacía pozole (potzollli). A quienes habían atendido a la ceremonia se les lanzaban trozos de carne humana para que los cocinaran en un caldo con maíz. Lejos estamos de recargar así las energías y no sabemos si nuestros antepasados practicaban la antropofagía con ese fin específico.

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Y claro que en distintas comunidades indígenas aún hay reminiscencias de estos rituales, aunque se expresen de formas muy distintas. Pero, si tú visitas las zonas arqueológicas para acercarte a esas tradiciones, el camino elegido probablemente no sea el adecuado. Además, hay que decirlo: las visitas masivas a las zonas arqueológicas son una manera de ponerlas en riesgo, especialmente si cientos de personas se suben a los edificios de manera simultánea.

Y aunque está increíble conectar con las culturas antiguas y contemporáneas y querer acercarse a estos sitios que no son ruinas, sino patrimonio relevante para distintos grupos, vale la pena repensar un poco la forma en la que lo estamos haciendo. Incluso sugiere Rosario Delgadillo que busquemos maneras alternativas de “recargar energía”, tal vez comiendo chocolate, una delicia con orígenes comprobables en el México del pasado.

También en Más de México: 6 dioses prehispánicos a los que no estaría de más prenderles una velita

*Imágenes: 1) Creative Commons; 2 y 5) Crédito no especificado; 3) Mike Fiechtner; 4) Gaby Rocha.

**Fuente: “El equinoccio de primavera: mitos y realidades” de Rosalba Delgadillo Torres, pueblicada en Revista Casa del Tiempo de la Universidad Autónoma Metropolitana.

Refresca tu visión de la historia mexicana con estas espectaculares fotos restauradas (GALERÍA)

Un joven mexicano le dio color a algunas emblemáticas fotografías históricas y el resultado es increíble.

La historia es elusiva. De ella no nos quedan más que recuerdos inconexos, testimonios personales, algunas evidencias medibles a través de la ciencia y, por supuesto, piezas y documentos. De estos últimos, tal vez los más atractivos son las fotografías, pues parecen ser el dispositivo más fidedigno. Así, nos encantan las imágenes históricas. Las consideramos igualmente curiosas y reveladoras.

Por otro lado, más que fidedignas, las fotografías (sin importar su temporalidad), son elocuentes. Nos dicen mucho, aunque no necesariamente la verdad. Los ángulos y las composiciones de estas imágenes hablan; pero, sobre todo, encuadran. Casi igual que un texto, las fotografías ensamblan un discurso, una narración que dice más sobre el fotógrafo y sobre uno mismo que sobre la escena retratada.

Y dicen cosas de uno mismo, porque lo que vemos es en gran medida reflejo de lo que somos y sabemos. Así, es muy valioso el ejercicio de traer al presente (de manera explícita) eso que es antiguo. Es una forma de refrescar la mirada sobre el pasado, buscar nuevos puntos de identificación. Y eso es lo que hizo un adolescente mexicano cuando restauró fotografías históricas de México y sus personajes.

Por gusto o por alarde de técnica, quién sabe porque las fotos quedaron impecables, el increíble Marco Zozaya de 14 años decidió darle color primero a algunas emblemáticas imágenes de la Revolución Mexicana para “intentar ver la guerra desde los ojos de sus combatientes y no únicamente de una cámara de hace más de 100 años.” El resultado se viralizó bastante y el experimento se repitió, ahora con icónicos retratos de mexicanos ilustres.

Te los presentamos a continuación. Sin duda la suya es una propuesta que te reconectará con la historia mexicana desde un lugar bien iluminado.

Si el nombre de este chico te suena, tal vez sea porque has visto sus videos de divulgación científica. Conoce más sobre Marco en su página de Facebook.

La mítica navidad en la que Quetzalcóatl reemplazó a Santa en México

Una ocurrencia presidencial buscó que los mexicanos sustituyéramos el santa por la deidad prehispánica como el máximo símbolo de la navidad.

El 27 de noviembre de 1930 fue anunciada en México la decisión presidencial más extraña que quizá haya sucedido en el país: y conste que algo así no es sencillo en el mundo de la política mexicana.

Ese día, el entonces Secretario de Educación Carlos Trejo y Lerdo de Tejada, anunció que un día antes el presidente de la República, Pascual Ortiz Rubio, había decidido que en México, ahora oficialmente, la figura alusiva a la navidad sería Quetzalcóatl, desplazando a Santa Clós, un ícono que según la decisión presidencial, no correspondía a la cosmología mexicana.

Hay que recordar que a inicios del siglo pasado comenzó la época de mayor globalización como nunca en comparación con centenares de años antes. En esa época era ya común asociar a ciertas marcas con algunos países y costumbres, como Coca-Cola y su popular Santa Clós rojo (de hecho fue la que convertiría a este ser de la navidad a este color, anteriormente solía aparecer de verde).

Lo anterior es un ejemplo de cómo México fue apropiándose de costumbres extranjeras como ha sucedido en decenas de países, producto de la globalización, en mancuerna con los medios de comunicación y la publicidad.

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Para otorgar oficialmente la alusión primordial navideña a la figura de Quetzalcóatl, un evento de lo más curioso se hizo en el antiguo Estadio Nacional (que se encontraba en la Colonia Roma). Una pirámide fue montada, que simulaba la de Quetzalcóatl, luego el presidente y una comitiva entonaron el himno nacional; el dios serpiente subió por las escaleras y desde ahí repartió dulces y regalos a unos 15 niños.

Al día siguiente los diarios de mayor circulación nacional publicaron el chusco hecho, e incluso en un tiempo en el que una decisión presidencial era como un precepto, estos y muchísimas personas hicieron mofa de este suceso. Resultaba ciertamente arbitrario modificar un ícono internacional de la navidad a esas alturas en el imaginario colectivo.

Por su parte Quetzalcóatl es quizá el dios más icónico de las culturas mesoamericanas, retomado por los toltecas, mayas, aztecas y muchas otras culturas de habla náhuatl. Este resulta esencial en la cosmovisión de nuestros antepasados. Y si bien el gesto de  Ortiz Rubio para cultivar nuevamente una expresión cultural ancestral fue algo interesante, también lo fue ingenuo de alguna manera, en una navidad permeada por la globalización ya inminente en aquellos años.

Imágen: 1)Derek Vinyard