6 escritores mexicanos que abordan de manera épica a la muerte

A lo largo de su trayectoria en el espacio-tiempo, el escritor mexicano ha logrado entablar una especial conexión con la muerte y su universo escatológico.

Pensar en la muerte como una especie de sueño, o una segunda vida. En todo caso, un letargo singularmente eterno del que nos hemos servido durante milenios para, en el último de los instantes, reafirmar la existencia del espíritu. ¿Qué serían las palabras dedicadas a la muerte, si de ella no emanara el profuso misterio que tanto irradia miedo en las mentes? De aquél discreto enigma sólo nos queda la especulación. La metáfora poco probable de revestir con hechos; la severa reflexión a través de la melancolía, la esperanza y en el caso de México, la posibilidad de reírnos de ella.

Sobre la muerte mucho y poco se sabe. Se sacia con la literatura y el arte, pero se ignora todos los días. Se celebra y también se llora. Se rinde culto, sacrificio y se vuelve una musa. Se cree en su infinitud o no. Pero ella, al igual que los sueños y otros planos, se ha enunciado con particular elegancia en la historia de las plumas mexicanas.

A muy poco de celebrar con alegría el Día de los Muertos, te enunciamos 6 escritores mexicanos y sus obras que, bajo una premisa crítica, inquietante e inevitablemente mistérica, proyectan una épica concepción de lo que significa la muerte para México:

 

José Revueltas

El prolífico Revueltas encuentra en la muerte una posibilidad liberadora; un escape a la caótica historia de México, que en términos generales discurre en el clasismo, la negación del origen, la aceptación de la cultura foránea y la religión católica y la educación bajo un mismo lienzo. Si bien Revueltas sería uno de los máximos promotores del Partido Comunista Mexicano y, sus obras, exposiciones críticas sobre la política nacional y la condición del mexicano después de la conquista, su obra más conocida, El luto humano (1943), expresa con toda voluntad la capacidad de los mexicanos para mirar a la muerte como un único destino. Para Revueltas, la muerte es una compañía cercana en la comsovisión del mexicano. Es un hecho tangible y un factor determinante de lo que acontecerá en la realidad de los otros que aún siguen con vida. Bajo la narrativa de una familia que llora la muerte de su hija, Revueltas evidencia cómo el catolicismo ha logrado deconstruir la visión de la muerte y transformarla en agonía. Una agonía que solo tiene reparo en la oración y que busca el perdón a través de un pecado que se desconoce. Pero Revueltas no se limita a imaginar la posibilidad de que, si hubiésemos pervivido la costumbre del rito y el sacrificio prehispánicos, la muerte de aquella hubiese sido desquitada inmolando un corazón para la divinidad vengativa. 

Cargada de incalculables simbolismos, esta obra presenta la insigne de la bandera nacional –al águila devorando la serpiente sobre un nopal– como un ejemplo tácito de que al México de su época –y probablemente también al de hoy– le persigue la inevitable miasma de la muerte: “una víbora con ojos casi inexpresivos de tan fríos, luchando, sujeta por el águila rabiosa, invencibles ambas en ese combatir eterno y fijo sobre el cacto doloroso del pueblo cubierto de espinas”.

 

Jaime Sabines

Contrario a Revueltas, Jaime Sabines defiende el derecho a sentir dolor por la muerte. Ejemplo de ello es su poema Algo sobre la muerte del mayor Sabines (1986), donde tritura en finas hebras emocionales la aguda añoranza de traer de vuelta a la vida a su padre. Este es uno de sus poemas más extensos, cargado de ritmos tan distintos como sorpresivos y un final astronómicamente místico. Atado a la angustia y la debilidad que le provoca la muerte de su ser más querido –el “árbol frutal” y tronco de la familia–, Sabines recalca la frecuente batalla del hombre contra el miedo a la condición terminal. Niega el hecho de olvidarse de los muertos –por ello es que en otro de sus poemas él escribe: “¡Qué costumbre tan salvaje esta de enterrar a los muertos!, ¡de matarlos, de aniquilarlos, de borrarlos de la tierra!”– aunque, paradójicamente advierte que no regresan más, que “No vuelve nadie, nada. No retorna el polvo de oro de la vida”. Sin embargo, en su texto mantiene la incesante memoria de su padre, siempre firme, por lo que entonces subraya que “Morir es estar en todas partes en secreto”, porque con la muerte se camina; se vive con ella desde que se nace.

Otra de las cosmovisiones mortuorias de Sabines que resulta interesante, es el puente de conexión que erige entre la muerte y la política. Frente a una modernidad desacralizada, Sabines demanda el simbolismo de la muerte, que ha ido perdiendo significado al utilizarse como una estratagema política y de manipulación, y que la reduce a un hecho insignificante y  a la única de las soluciones a todo tipo de crisis. De esta manera llama a retomar el hecho de la muerte como una reflexión metafísica de todos los días, y no como un arma que prolifere el miedo. 

 

 

 

Juan Rulfo

Una de las concepciones literarias más populares de la letra hispánica, es la que nos describe Rulfo en Pedro Páramo (1955). Su obra está cargada de todo simbolismo relativo al mundo de los muertos; a Comala, a ese no-lugar que conserva las almas en pena y murmullos a ratos sobre el universo escatológico del inconsciente mexicano. Más allá de las muertes que se hallan en su narrativa mágica, su intención se centra especialmente en exaltar un escenario donde apenas se alcanza a discernir en dónde acaba la vida y comienza la muerte. Una especie de limbo al que sucumben quienes esperanzados en las argucias de la vida, se olvidan de los esenciales actos, y una y otra vez las memorias les atormentan. Al mismo tiempo advierte la posibilidad de no existir eternamente, en ese lúgubre estado de no-ser donde se lamentan los muertos y recuerdan constantemente su último suspiro: “¿Por qué ese recordar intenso de tantas cosas? ¿Por qué no simplemente la muerte y no esa música tierna del pasado?”.

Rulfo nos tiene preparado otras fantásticas alusiones mortuorias en sus cuentos del Llano en llamas (1953),  por ejemplo en “El Hombre” y “Diles que no me maten”. “Los muertos pesan más que los vivos; lo aplastan a uno”, nos dice en el primero de estos. La muerte que asecha, la muerte como un fin necesario, la muerte temible, la muerte con su venganza y su justicia; la ternura de la muerte, la bella muerte, la desconocida; la esperanza a ella. Esa parábola que resulta su narrativa, desafía al lector a entenderse con su propia metáfora de la muerte.

 

Carlos Fuentes

Para Carlos Fuentes, la muerte se fusiona con la vida en la medida en que exista quién pueda albergar su memoria. Renuente a otros autores, Fuentes opta por pensar en la muerte y solo así creer en la posibilidad de su permanencia.  La muerte de Artemio Cruz (1962) y En esto creo (2002) son dos de sus obras que ejemplifican este estado. En esta última confiere una posibilidad de vencer a la muerte, en este caso, mediante la palabra: “El pensamiento no muere. Sólo mide su tiempo […] No hay palabra que no esté cargada de olvidos y memorias, teñida de ilusiones y fracasos. Y sin embargo, no hay palabra que no venza a la muerte porque no hay palabra que no sea portadora de una inminente renovación”. Así pues, las generaciones pasan y la memoria olvida las muertes de los que amamos. 

Sin embargo, después de la muerte no hay eventualidad de vivir, a no ser que se intente vivir hacía atrás. He aquí una premisa fascinante que Fuentes ejemplifica en La muerte de Artemio Cruz: la posibilidad de deconstruir el tiempo, de situar el pasado –las memorias– en el futuro –la inevitable muerte–: “…somos espectro de otra época pasada y el anuncio de una época por venir. No nos desprendamos de estas promesas de la muerte.”

 

Octavio Paz

octavio paz

Imprescindible para todo mexicano conocerse a través de El Laberinto de la Soledad (1950) de Paz, una proyección moral, ritual y psicológica que dedica, también, un capítulo al inexorable pensar de la muerte. Su crítica hacia la procesión de Día de muertos –y en general a la festividad mexicana–, señala la falta de profundidad de esos “nuevos” ritos en comparación con el auténtico hito prehispánico. Recalca Paz que, para los aztecas, no existía la angustia a la muerte, ya que este acto natural destacaba por su calidad numinosa para fecundar, paradójicamente, a la vida. Era a través de la muerte –de la sangre– que se alimentaba al cosmos y aseguraba la fertilidad de la futura creación.

Contrario al individualismo que, piensa, profesa el Cristianismo –y con ello todos los hechos que por delante de la conquista transformaron la cosmovisión mexicana–, el verdadero rito a la muerte se encuentra en la regeneración a través del sacrificio, una acción que hoy en día bien podría traducirse de muchas maneras, siendo la metáfora que cada uno logra conjeturar en su interior, la más viable de las inmolaciones.

“Dime cómo mueres y te diré quién eres”, concreta paz, ya que la muerte en su imaginario se revela como el espejo de la vida misma, el boceto de lo que en vida fecundamos.

 

 Nezahualcóyotl

Nezahualcoyotl poemas

Inmanente guerrero cósmico, símbolo de la voluta texcocana y gran pensador de los tiempos prehispánicos. Nezahualcóyotl retrataría a la muerte en hermosos poemas que resumen a verso la calidad fugaz de la vida y su dualidad inevitable: Aunque sea de jade se quiebra / aunque sea de oro se rompe / aunque sea de plumaje de quetzal se desgarra, enunció. Y agrega: No para siempre en la tierra / sólo un poco aquí.

 

 

*Imagen:1)Julio Ruelas

Jaen Madrid
Autor: Jaen Madrid
Licenciada en Derecho por la UNAM. Editora por profesión. Música por convicción.

Instrucciones para vivir en México de Jorge Ibargüengoitia

Desde no levantarte temprano hasta de cómo debes comportarte en el camión, Jorge Ibargüengoitia te dirá qué hacer para (sobre)vivir durante tu vida diaria.

¿Por qué leer Instrucciones para vivir en México de Jorge Ibargüengoitia? Cuando se habla de México, muchas veces sale a relucir el misticismo y surrealismo que sus parajes y gente provocaban a los extranjeros. Sobre esto, puede verse a Kerouac, quien veía en los caminos de esta tierra, una oportunidad para inspirarse y realizar su obra literaria.

No obstante, muchos historiadores y artistas, olvidan que esta sensación “surreal” también invade a los propios mexicanos. Y es que, ver a México como un país en el que la maravilla sólo vive en los turistas resulta erróneo. De allí que el escritor Jorge Ibargüengoitia realizó este libro -con su peculiar humor-, para que cuando se tratara del ritmo agitado o situaciones inverosímiles en la Ciudad de México u otras partes del país, cada mexicano supiera cómo actuar y hasta cómo sobrevivir. A continuación, te presentamos algunas de sus instrucciones. 

¡No te levantes temprano!

Una de las primeras instrucciones de Ibargüengoitia para sobrevivir a México es no madrugar. Sobre todo porque terminarás por dormirte en el hombro de un completo extraño o desayunando en la esquina del lugar donde trabajas unos:

“tamales, o bien dos huevos crudos metidos en jugo de naranja —que es una mezcla que produce cáncer en el intestino delgado— ”

¡Aguas cuando cruzas la calle!

Aquí en México hay una ley no escrita sobre dar el derecho de paso. Lamentablemente, muy pocos la usan. Ya que, ¿cómo hacerlo cuando hay “chimuelos que circulan a ochenta kilómetros por hora en cochecitos que están al borde de la descompostura?”. Así que, más vale que mejor tú cedas el paso a los coches.  No vaya ser que termines atropellado. 

El respeto al derecho ajeno (en el camión) es la paz

Y es que, si subes al camión y por infortunio te toca al lado de alguien que pone su radio a todo volumen—ya en nuestra épocas modernas el celular— cuenta hasta diez y respira. Si bien, lo más probable es que el susodicho que escucha sus canciones se quede dormido al poco rato, no puedes reclamarle. Pues, no existe un argumento tan fuerte que pueda contra “el derecho que el pobre tiene para divertirse”.

Come más tacos sudados porque son el Volkswagen de los tacos

Para Ibargüengoitia, los tacos sudados constituyen la cumbre para la tecnología mexicana. Además, son el Volkswagen de los tacos: algo práctico, bueno y económico. Por lo que, si en algún momento te encuentras hambriento y con pocos fondos, ¿qué esperas para hincarle el diente a esta delicia gastronómica? No sólo te quitarías el hambre, también contribuirías a evitar su extinción. Debido a que Ibagüengoitia piensa que están en peligro por la idea “neurótica, pero en boga de que todo alimento que no se elabora en presencia del cliente es venenoso”.

Usa el “su casa” bajo tu propio riesgo

Entre los mexicanos se puede llegar a ser muy hospitalario. De allí el origen de la frase “su casa”, la cual alude a la intención de hacer pensar al otro que nuestra casa es suya, para que se sienta más bienvenido. El problema es que, cuando se trata de usar esta frase, uno tiene que usarla con gran maestría para evitar malentendidos. Póngase atención en el siguiente ejemplo de Ibargüengoitia para no repetirlo:

“—¿Qué le parece si esta noche cenamos en su humilde casa?

Aquí se corre el riesgo de que la persona a quien estamos invitando tan amablemente, nos conteste:

—¿En mi casa? ¡Ni hablar!

O bien: “Mire, señor, mi casa es humilde pero no tanto como la de usted.”

Esto, para Ibargüengoitia, ya sería el colmo porque “no sabemos si el que nos dice eso está insultándonos, o siendo ultracortas”.

¡Vecino, bájale al escándalo!

Los mexicanos somos famosos por muchas cosas, entre éstas nuestra contrariedad. No sólo amamos hacer (y a ser) ruido, sino que detestamos aguantarlo si es de otro. De allí que Ibargüengoitia apela al mexicano que le encanta el desma#@! y le pide un “poquito” de más consideración. Sobre todo, y como dice Jorge, porque:

“Nuestra sociedad estaba destinada, desde tiempo inmemorial, a producir semejante joya del sentido común. No porque seamos un pueblo especialmente respetuoso del derecho ajeno, sino porque somos extraordinariamente conscientes del propio.”

No uses el claxon como manera de comunicación

¡No y no! Si eres de esos que “cree que a fuerza de tocar el claxon va a lograr poner en marcha el automóvil descompuesto que está parado frente al suyo”, ¡para! No sólo porque no lograrás nada, sino porque y en palabras de Jorge, muestras la hediondez más profunda de tu alma detestable (y además estresas a todos los que están a tu alrededor).

Ahora que sabes algunas de las instrucciones de Ibargüengoitia para vivir en este país. ¿Estás de acuerdo? ¿Cuáles agregarías? México es un país donde la racionalidad puede ser un reto, por eso la necesidad de querer un manual para atravesar su territorio. Aunque, a pesar de sus desafíos, este lugar es bello por sus contradicciones, las cuales son una muestra de nuestra idiosincracia que, como Ibargüengoitia, nos hace ver las cosas difíciles con humor

Si quieres consultar el libro de Jorge Ibargüengoitia puedes hacerlo en este link

*Referencia de imágenes: 1) LeaNoticias, 2) RevistaMira, 3) YoInfluyo, 4) Máspormás .

“Nomás un puño de tierra”: 3 canciones populares mexicanas sobre la muerte

La muerte: una presencia con la que la cultura mexicana convive cotidianamente.

La relación entre la cultura mexicana y la muerte es un tema del cual nunca terminaremos de hablar. Usualmente se dice que en México la muerte se mira de una manera muy singular, casi única en comparación con otras culturas, y en buena medida dicha extrañeza surge cuando se descubre la presencia continua de la muerte en algunas de nuestras prácticas culturales cotidianas. A diferencia de sociedades en las que la muerte suele estar reservada a determinados espacios, códigos o fechas, y que por ello mismo puede convertirse en un tabú cultural, en México existe un grado notable de convivencia y en algunos casos incluso cierto “compañerismo” con la muerte. 

Como lugar común se repite que el mexicano se burla de la muerte, pero quizá sería más preciso decir que, en ciertos momentos, prefiere tenerla como una igual, como una amiga, y entonces darle el mismo trato que se le da a los amigos: ponerle apodos, burlarse de sus características físicas, reírse de ella o con ella, etc.

Esa persistencia de la muerte en nuestra cultura y, sobre todo, esa singularidad, es resultado expreso tanto de nuestro pasado indígena como del efecto de la conquista española en dichas culturas. Aunque se trata de tradiciones diametralmente opuestas, una coincidencia azarosa determinó que tanto las culturas indígenas como la cultura española de los siglo XVI y XVII tuvieran una elevada conciencia sobre la muerte y, por lo mismo, ésta estuviera sumamente presente en sus expresiones culturales. 

Con cierta licencia argumentativa podríamos pensar que el nihilismo en la poesía de Nezahualcóyotl tiene un parangón inesperado con aquel que encontramos en ciertos poemas de Quevedo o de Góngora, por ejemplo, o en las célebres Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique. A nivel de la cultura popular, parece factible también que un aparato ideológico tan poderoso como la religión haya encontrado una comunicación parecida entre las creencias religiosas de los indígenas con respecto a la muerte y, por otro lado, la ortodoxia católica que la corona española defendió en la época de la Contarreforma, cuyos efectos también se dejaron sentir en el periodo colonial de nuestra historia. 

Esa es sólo una manera de intentar entender la peculiar relación de la cultura mexicana con la muerte y por qué para nosotros parece tan “normal” o tan “natural” comer pan de muerto y calaveras de azúcar o, como en el caso del tema que nos ocupa ahora, cantar canciones que nos la recuerdan abiertamente y hacerlo además en un contexto festivo.

Las canciones que se enlistan a continuación son sólo tres de las varias que podrían encontrarse sobre el tema en las distintas expresiones de la cultura popular. Sirvan las tres como testimonio de la relación que en México –en los muchos Méxicos que es este país– se tiene con la muerte.

 

“El huerfanito”

Este es un son tradicional de la Huasteca y, como tal, su compositor original no es conocido y su letra posee distintas variantes. Se le puede escuchar lo mismo en San Luis Potosí que en Veracruz o Hidalgo. De las canciones compartidas, esta es la más reflexiva y la que se entrega con más solemnidad a la muerte, acaso porque no se habla de ésta en abstracto o en general, sino de una muerte específica: la de la madre o el padre del compositor, o de la de ambos (según la interpretación que se escuche). En este sentido, vale la pena citar esta copla, que condensa dicho sentimiento respetuoso frente a la muerte:

Se lleva en el corazón
al ser que más se ha querido,

que se encuentra en el panteón
pero nunca en el olvido.

Puede ocurrir, sin embargo, que el son tome un ánimo festivo y se entonen coplas como esta (referida por Aurelio González en La copla en México):

Triste lloraba una madre:
“¿Dónde andará mi inocente?”
Y le contesta el padre:
“Mujer, no seas ocurrente,
a tu hijo le gusta el baile
y también el aguardiente.

O esta otra, que se puede escuchar en esta interpretación:

Cuando mi padre murió,
me dejó bien heredado.
De recuerdo me dejó
que no fuera enamorado,
pero a mí se me olvidó.

 

“Un puño de tierra”

Compositor: Carlos González García (a) “Carlos Coral”

Año: 1968

Intérpretes: Antonio Aguilar, Ramón Ayala

Vagando paso la vida,
nomás recorriendo el mundo.
Si quieren que se los diga,
yo soy un alma sin dueño
A mí no me falta nada:

pa’ mí la vida es un sueño.

Yo tomo cuando yo quiero.
No miento soy muy sincero. 

Y soy como las gaviotas 

que vuelan de puerto en puerto.

Yo sé que la vida es corta:

al fin que también la debo.

El día que yo me muera 

no voy a llevarme nada:

hay que darle gusto al gusto,

la vida pronto se acaba.

Lo que pasó en este mundo 

nomás el recuerdo queda:

ya muerto voy a llevarme

nomás un puño de tierra.

El día que yo me muera 

no voy a llevarme nada:

hay que darle gusto al gusto,

la vida pronto se acaba.

Lo que pasó en este mundo 

nomás el recuerdo queda:

ya muerto voy a llevarme

nomás un puño de tierra.

Sin duda una de las canciones populares sobre la muerte más conocidas e interpretadas en México, cantada lo mismo en cantinas que en panteones, acaso los dos mejores lugares para escucharla y entender el mensaje que nos entrega: ante la fatalidad de la vida, lo mejor que podemos hacer como seres humanos y finitos es, necesariamente, reafirmar la vida. Vivir la vida vitalmente, podría decirse, aunque suene redundante. En cierta forma, “Un puño de tierra” es nuestro carpe diem: el recordatorio de aprovechar la vida siempre, en cada uno de sus instantes. 

Se trata de un corrido de los que se identifican con ciertas regiones del norte de México.

 

“Una cruz de madera” o “Cruz de madera”

Compositor: Luis Méndez Almengor

Año: 1999

Intérpretes: Miguel y Miguel, Los Cadetes de Linares

Una cruz de madera
de la más corriente, 

eso es lo que pido
cuando yo me muera. 

Yo no quiero lujos
que valgan millones; 

lo único que quiero
es que canten canciones. 

Que sea una gran fiesta
la muerte de un pobre 

Yo no quiero llantos,
yo no quiero penas, 

no quiero tristezas..
yo no quiero nada.. 

Lo único que quiero,
allá en mi velorio 

una serenata
por la madrugada.. 

Cuando ya mi cuerpo
esté junto a la tumba 

lo único que pido
como despedida 

que en las cuatro esquinas
de mi sepultura 

como agua bendita
que rieguen tequila. 

Yo no quiero llantos,
yo no quiero penas, 

no quiero tristezas…
Yo no quiero nada.. 

Lo único que quiero,
allá en mi velorio, 

una serenata
por la madrugada. 

La canción “Una cruz de madera” comparte esa ambigüedad entre nihilista y festiva que se presume con orgullo en “Un puño de tierra”. Aquí la muerte también se mira con desdén porque, parece decirnos la canción, en primera y última instancia lo único que importa es la vida, siempre. 

En la versión de sus primeros intérpretes –el dueto “Miguel y Miguel” originario de Angostura, Sinaloa–, se nota la variante del corrido norteño en donde no se cuenta con el acordeón que suele asociarse a este género y, a cambio, se tiene sólo el sonido de las cuerdas.

ADDENDA

La música popular es una de las expresiones más relevantes de nuestra cultura que, sin embargo, como ocurre con tantas otras cosas en nuestro país, no siempre se valora tanto como merece. Las canciones que cantamos, aquellas que nos recuerdan la casa donde crecimos o la región del país donde pasamos una temporada, las canciones que cantaban nuestros abuelos y que ahora sólo recordamos vagamente, la canción que escuchamos mientras estábamos de paso o de vacaciones en algún lugar: todo ello merece conservarse en nuestra memoria colectiva porque es parte de nuestra cultura, ese medio en el cual nos formamos y que a su vez nosotros mismos, con nuestras acciones cotidianas, damos forma.

Del mismo autor en MásdeMX: El mejor poema mexicano sobre la muerte conlleva una valiosa lección de vida

Juan Pablo Carrillo Hernández
Autor: Juan Pablo Carrillo Hernández
Escritor y lector. Colaborador en los sitios web Pijama Surf, Petite Mort y otros.

Herzog y Rulfo: el encanto en lo marginado

Uno de los mejores cineastas del mundo, Werner Herzog, encontró su inspiración entre las letras del escritor Juan Rulfo

Hay una algo en común entre Juan Rulfo y Werner Herzog: la precariedad económica de su juventud y la necesidad que tuvieron de combinar el trabajo liberador del arte con cansadas jornadas laborales.

Herzog, ahora de 74 años, tuvo que trabajar en fábricas como soldador para poder realizar sus películas. Rulfo, de quien se festeja este año el centenario de su natalicio, tuvo que trabajar en Goodrich-Euzkadi de 1946 a 1952 como agente viajero, años en los que habría escrito sus obras El llano en llamas y Pedro Páramo.

No es casual entonces que el gran cineasta alemán sienta la profunda admiración que ha expresado por el entrañable escritor Juan Rulfo, pues en el origen precario de ambos genios radica su sensibilidad hacia el mundo de los marginados y los olvidados. Dice Juan Preciado, hablando con quien pudo ser su madre:

Ahora, desventuradamente, los tiempos han cambiado, pues desde que esto está empobrecido ya nadie se comunica con nosotros.

Y sin embargo en esos mundos llenos de olvido y dificultades también hay personajes felices, como el enano que ríe permanentemente en la primera película de Herzog, También los enanos empezaron pequeños:

Me hace gracia la idea de que haya un personaje que se ríe durante toda la película. Sólo se ríe.

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Escena de “También los enanos empezaron pequeños”

Otra cosa en común es que ambos volcaron dicha sensibilidad a la posibilidad de expresarla vía el séptimo arte. En ello Herzog fue mucho más prolífico que Rulfo (quien no fue en realidad muy fecundo ni siquiera en la literatura, pero es un misterio si fue por voluntad o por falta de inspiración, aunque esto último no es muy probable). Y Herzog, además, inauguró toda una nueva forma de hacer cine, en la cual ficción y documental se mezclan de manera insólita para realzar el mensaje implícito en cada uno de sus trabajos, mismos que están impregnados de una preocupación constante por aquellos que no tienen voz en el mundo hegemonizado del arte, como los aborígenes australianos de Donde sueñan las hormigas verdes.

anciana sentada fotografia juan rulfo
“Anciana sentada en ele umbral de la casa de un pueblo”, fotografía de Juan Rulfo

A Juan Rulfo seguramente le habría parecido una gran simbiosis aquella entre ficción y documental realizada por el alemán, pues los relatos de Rulfo son algo similar en tanto que reflejan las entrañas de un México desconocido sin ser, no obstante, basados en historia real alguna. En este caso, las fotografías del jalisciense son la parte documental que viene a complementar sus novelas y cuentos, que pese a su realismo son, ultimadamente, mundos creados por él en los cuales, incluso, dotó a sus personajes de una forma de hablar única donde se combina el lenguaje popular más coloquial con una suerte de recreación artística del mismo. Con este regionalismo tan paradójicamente universal, Rulfo impregnó la mexicanidad de un aura donde es difícil discernir dónde acaba la realidad y dónde empieza la ficción.

Había estrellas fugaces. Caían como si el cielo estuviera lloviznando lumbre.
—Miren nomás —dijo Terencio— el borlote que se traen allá arriba.

No es raro, en ese sentido, que Herzog hable de Pedro Páramo como de la mejor obra literaria de América Latina, y del propio Rulfo como quien “viajó por todo México vendiendo llantas y era un gran poeta”. Herzog aseguró también, durante su visita a México en 2011, que se sabe de memoria los pasajes de Pedro Páramo; no es casual porque Herzog, aquel hombre de inteligencia callejera, al igual que Rulfo (y probablemente inspirado por él), ha sabido recoger lo feo, lo vulgar y todo lo más polvoso, pero dotándolo de su propia concepción del arte y la estética, lo que le concede a sus mundos un aura de dignidad y una belleza de aquellas que rompen parámetros.

Juan Rulfo tiene una visión única, los personajes que narra son poderosos. Hay que leerlo para saber cómo desarrollar personajes, lo leo antes de calentar motores para escribir.

Por eso, tanto él como Rulfo son dos titanes del arte, pues supieron reconocer, como expresara la poeta Alejandra Pizarnik, que una mirada a la alcantarilla puede ser una visión del mundo. Y nosotros añadiríamos que no sólo puede ser, sino que es la visión del mundo por excelencia; la visión verdaderamente humana ante la cual el arte se desdobla en su cualidad liberadora, y rompe las fronteras que buscan constreñirla a ser una práctica de unos cuantos para poder pasar, en cambio, a ser el lenguaje universal que realmente es.

Sandra Vanina Celis
Autor: Sandra Vanina Celis
Hija de tiempos posmodernos, pero aún así terca en la necesidad de construir el socialismo. Colaboradora del proyecto político Colectivo Ratio.