Guerreros cósmicos: Nezahualcóyotl y la épica poesía del tiempo

Hubo quienes afirmaron, a través de elogios poéticos y crónicas, que Nezahualcóyotl era un inmanente conocedor de las “cosas ocultas” y que su existencia misma era una profecía.

Hablar de poesía náhuatl siempre nos remitirá a Nezahualcóyotl, tal vez el poeta más popular de la era prehispánica. Un guerrero que también fue un símbolo; de la temporalidad, de la muerte, del destino, del enigma y también de las realidades divinas. Nezahualcóyotl no era un dios, pero si un artista sensible cuya poesía y canto contenía proverbial sabiduría. Hubo quienes afirmaron, a través de elogios poéticos y crónicas, que Nezahualcóyotl era un inmanente conocedor de las “cosas ocultas” y que su existencia misma era una profecía.

El príncipe tezcocano (proveniente de lo que hoy es la zona de Texcoco, muy cerca a Teotihuacán) poseía una notable influencia de la cultura tolteca, misma que le permitió adquirir el interés por la escritura, que le fue enseñada por su abuelo Huitzilihuitzin, filósofo y “señor” de Tenochtitlán. 

nezahualcoyotlGran parte de la influencia de los desaparecidos teotihuacanos marcó el desarrollo de una nueva era, incluso para los aztecas, que vivieron un sincretismo cultural y religioso a partir de los mitos sobre la misteriosa ciudad de los dioses. Esto nos remite en alguna medida a la obra de José Vasconcelos, La raza cósmica, que describe un interesante análisis sobre la importancia del sincretismo racial, el mestizaje, y nos proyecta un futuro en el que la síntesis de etnias dará lugar a una selección natural más exigente, que depure al espíritu y lo vuelva superior. Y Nezahualcóyotl es tal vez un ejemplo de este linaje ideológico/cósmico, que se sincretizó a través de mitos y creencia, y que sucedió mucho antes de la llegada de los españoles y del mestizaje como tal. 

Traductores advierten que sus poemas bien podrían compararse con obras de poesía filosófica de gran valor universal. Entre sus temas más recalcados están la muerte y la región donde habitan los descarnados; lo inevitable, el destino; la posibilidad de vislumbrar el conocimiento de un “Dador” universal y más importante aún el tiempo; el tiempo que vislumbraba como un salto transitorio; su fugacidad cuando existe y su eternidad cuando muere. Las colecciones de cantares prehispánicos acogen alrededor de 30 poemas de Nezahualcóyotl. 

A continuación algunos ejemplos de la obra de este fascinante personaje, extraídos del libro Nezahualcoyotl, poesía y pensamiento (1979), de Miguel León-Portilla:

Yo lo pregunto

Yo, Nezahualcóyotl, lo pregunto:

¿A caso de veras se vive con raíz en la tierra?

No para siempre en la tierra:

sólo un poco aquí.

Aunque sea de jade se quiebra,

aunque sea de oro se rompe,

aunque sea de plumaje de quetzal se desgarra.

No para siempre en la tierra:

sólo un poco aquí.

 

¿A dónde iremos?

¿A dónde iremos

donde la muerte no existe?

Mas, ¿por esto viviré llorando?

Que tu corazón se enderece:

Aquí nadie vivirá por siempre.

Aun los príncipes a morir vinieron,

Los bultos funerarios se queman.

Que tu corazón se enderece:

Aquí nadie vivirá para siempre.

 

3

¿Eres Tú Verdadero?

¿Eres tú verdadero (tienes raíz)? 

Sólo quien todas las cosas domina, 

El Dador de la vida.

¿Es esto verdad?

¿Acaso no lo es, como dicen? 

¡Que nuestros corazones

no teman tormento!

Todo lo que es verdadero, 

(lo que tiene raíz), 

dicen que no es verdadero 

(que no tiene raíz). 

El Dador de la vida 

Sólo se muestra arbitrario.

¡Que nuestros corazones 

no tengan tormento! 

 

4

Donde se extiende el agua de jade, aquí en México.

Tú, con sauces preciosos, 

Verdes como jade, 

Engalanas la ciudad,

La niebla sobre nosotros se extiende, 

¡que broten flores preciosas!

¡que permanezcan en vuestras manos! 

Son vuestro canto, vuestra palabra. 

Haces vibrar tu abanico de plumas finas, 

lo contempla la garza

lo contempla el quetzal.

¡Son amigos los príncipes!

La niebla sobre nosotros se extiende, 

¡que broten flores preciosas! 

¡Que permanezcan en vuestras manos! 

Son vuestro canto, vuestra palabra. 

Flores luminosas abren sus corolas, 

donde se extiende el musgo acuático, aquí en México.

Sin violencia permanece y prospera en medio de sus libros y pinturas, 

existe la ciudad de Tenochtitlan.

El la extiende y la hace florecer,

él tiene aquí fijos sus ojos,

los tiene fijos en medio del lago.

Se han levantado columnas de jade,

de en medio del lago se yerguen las columnas, 

es el Dios que sustenta la tierra

y lleva sobre sí al Anáhuac

sobre el agua celeste.

Flores preciosas hay en vuestras manos, 

con verdes sauces habéis matizado a la ciudad, 

a todo aquello que las aguas rodean,

y en la plenitud del día.

Habéis hecho una pintura del agua celeste, 

la tierra del Anáhuac habéis matizado,

¡Oh vosotros señores!

A ti, Nezahualcóyotl,

a ti, Motecuhzoma,

el dador de la vida os ha inventado,

os ha forjado,

nuestro padre, el Dios,

en el interior mismo del agua.

Es preciso observar también los poemas en náhuatl para admirar la estructura y armonía de sus versos.

poesia nahuatl

Los libros pictoglíficos de la época prehispánica, contienen imágenes folclóricas en las que se relatan las fiestas, danzas y ritos de los antiguos. Un especie de códices que contienen el conocimiento empírico más importante de las culturas indígenas. En algunos de estos libros -redactados por frailes, cronistas españoles y nativos evangelizados que entremezclaban su lengua con el latín-, podemos observar escenas en las que aparecen personajes con curiosos grabados saliendo de sus labios, algunas veces pintados como volutas, otras como flores. Estos signos representan el canto o la “palabra florida”,  el símbolo de la poesía en la antigüedad.  

*Imagen: 1) Tomás Filsinger

Jaen Madrid
Autor: Jaen Madrid
Editora, música y ser humano. Le gustan los volcanes, los caballos y los sintetizadores.

México de noche: los nocturnos de Xavier Villaurrutia

Una de las voces más poderosas de nuestra poesía le cantó a la noche, a la ciudad, al deseo y a la soledad en piezas que llamó “nocturnos”. Aquí una breve selección…

Pocos fenómenos han inspirado tan incontables obras de arte como la noche y la paradójica luz que vierte sobre algunas cosas. 

Derivado de piezas musicales que en sus inicios se escribían para ser interpretadas de noche, el género poético conocido como nocturno fue cultivado por la poesía romántica y fue, también, uno de los favoritos de grandes poetas hispanoparlantes del siglo XX como Federico García Lorca y Salvador Novo. 

Pero es quizá la colección de nocturnos de Xavier Villaurrutia, reunidos en su poemario “Nostalgia de la muerte” (1938), una de las más deslumbrantes.

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Por insistencia de su padre comenzó a estudiar leyes, pero pronto huyó hacia el mundo de las letras y empezó a publicar sus poemas. Fue parte del grupo literario conocido como Los contemporáneos, al lado de Salvador Novo, Jaime Torres Bodet, Gilberto Owen, José Gorostiza y Jorge Cuesta —algunos de ellos fueron sus compañeros en la Escuela Nacional Preparatoria. 

Además, Villaurrutia participó en diversas revistas literarias, muchas veces al lado de los grandes de su tiempo como Octavio Paz, y estudió dramaturgia al lado del gran Rodolfo Usigli en la Universidad de Yale. 

Algo que pocos saben es que, el también guionista cinematográfico, escribió con Fernando de Fuentes —uno de los cineastas más importante del periodo previo a la Época de Oro— Vámonos con Pancho Villa” (1935), obra maestra de nuestra cinematografía.

La poesía de Villaurrutia fue tocada de forma íntima por el surrealismo y por una influencia de la ya clásica voz de López Velarde. Sus obsesiones rondaron la muerte, la soledad y la ciudad. 

En los nocturnos esto es implacable: son el epítome de su sensibilidad; una tan particular como universal, tan suya como nuestra. La noche, ahí, se convierte en la irrealidad al ritmo de su música perfecta; es el espacio donde conviven el deseo y la soledad, la angustia y la iluminación, lo humano y el artificio.

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Por su parte, en lo nocturnos, el poeta canta solo, alejado del mundo exterior. Es una voz llena de desazón que casi nunca habla de ningún otro ser vivo o posible compañero; sólo de sus escenarios casi teatrales. Villaurrutia se distingue así de cualquier otra persona, mientras manifiesta un aislamiento guiado por la razón, la conciencia —una soledad voluntaria. 

A continuación una breve y caprichosa selección de estas piezas de Villaurrutia, joyas que aún hoy brillan en medio de la noche.

Nocturno

Todo lo que la noche
dibuja con su mano
de sombra:
el placer que revela,
el vicio que desnuda.

Todo lo que la sombra
hace oír con el duro
golpe de su silencio:
las voces imprevistas
que a intervalos enciende,
el grito de la sangre,
el rumor de unos pasos
perdidos.

Todo lo que el silencio
hace huir de las cosas:
el vaho del deseo,
el sudor de la tierra,
la fragancia sin nombre
de la piel.

Todo lo que el deseo
unta en mis labios:
la dulzura soñada
de un contacto,
el sabido sabor
de la saliva.

Y todo lo que el sueño
hace palpable:
la boca de una herida,
la forma de una entraña,
la fiebre de una mano
que se atreve.

¡Todo!
circula en cada rama
del árbol de mis venas,
acaricia mis muslos,
inunda mis oídos,
vive en mis ojos muertos,
muere en mis labios duros.

Nocturno de la estatua

a Agustín Lazo 

Soñar, soñar la noche, la calle, la escalera
y el grito de la estatua desdoblando la esquina. 

Correr hacia la estatua y encontrar sólo el grito,
querer tocar el grito y sólo hallar el eco, 
querer asir el eco y encontrar sólo el muro
y correr hacia el muro y tocar un espejo. 
Hallar en el espejo la estatua asesinada,
sacarla de la sangre de su sombra, 
vestirla en un cerrar de ojos,
acariciarla como a una hermana imprevista 
y jugar con las fichas de sus dedos
y contar a su oreja cien veces cien cien veces 
hasta oírla decir: “estoy muerta de sueño”.

Nocturno en que nada se oye

En medio de un silencio desierto como la calle
    antes  del crimen 
sin respirar siquiera para que nada turbe mi  muerte 
en esta soledad sin paredes 
al tiempo que huyeron los ángulos 
en la tumba del lecho dejo mi estatua sin sangre
para salir en un momento tan lento 
en un interminable descenso 
sin brazos que tender 
sin dedos para alcanzar la escala que cae de un
    piano invisible 
sin más que una mirada y una voz 
que no recuerdan haber salido de ojos y labios 
¿qué son labios? ¿qué son miradas que son labios?
y mi voz ya no es mía
dentro del agua que no moja 
dentro del aire de vidrio
dentro del fuego lívido que corta como el grito 
Y en el juego angustioso de un espejo frente a otro 
cae mi voz 
y mi voz que madura 
y mi voz quemadura 
y mi bosque madura 
y mi voz quema dura 
como el hielo de vidrio
como el grito de hielo 
aquí en el caracol de la oreja 
el latido de un mar en el que no sé nada 
en el que no se nada
porque he dejado pies y brazos en la orilla 
siento caer fuera de mí la red de mis nervios 
mas huye todo como el pez que se da cuenta
hasta ciento en el pulso de mis sienes 
muda telegrafía a la que nadie responde 
porque el sueño y la muerte nada tienen ya que 

    decirse.

Nocturno sueño

a Jules Supervielle

Abría las salas
profundas el sueño 
y voces delgadas
corrientes de aire 
entraban

Del barco del cielo
del papel pautado 
caía la escala
por donde mi cuerpo 
bajaba

El cielo en el suelo
como en un espejo 
la calle azogada
dobló mis palabras

Me robó mi sombra 
la sombra cerrada
Quieto de silencio 
oí que mis pasos
pasaban

El frío de acero 
a mi mano ciega
armó con su daga 
Para darme muerte
la muerte esperaba

Y al doblar la esquina 
un segundo largo
mi mano acerada 
encontró mi espalda

Sin gota de sangre
sin ruido ni peso 
a mis pies clavados
vino a dar mi cuerpo

Lo tomé en los brazos 
lo llevé a mi lecho

Cerraba las alas
profundas el sueño 

 

Nocturna rosa

a José Gorostiza

Yo también hablo de la rosa.
Pero mi rosa no es la rosa fría 
ni la de piel de niño,
ni la rosa que gira 
tan lentamente que su movimiento
es una misteriosa forma de la quietud.

No es la rosa sedienta, 
ni la sangrante llaga,
ni la rosa coronada de espinas, 
ni la rosa de la resurrección.

No es la rosa de pétalos desnudos,
ni la rosa encerada, 
ni la llama de seda,
ni tampoco la rosa llamarada.

No es la rosa veleta, 
ni la úlcera secreta,
ni la rosa puntual que da la hora, 
ni la brújula rosa marinera.

No, no es la rosa rosa
sino la rosa increada, 
la sumergida rosa,
la nocturna, 
la rosa inmaterial,
la rosa hueca.

Es la rosa del tacto en las tinieblas, 
es la rosa que avanza enardecida,
la rosa de rosadas uñas, 
la rosa yema de los dedos ávidos,
la rosa digital, 
la rosa ciega.

Es la rosa moldura del oído,
la rosa oreja, 
la espiral del ruido,
la rosa concha siempre abandonada 
en la más alta espuma de la almohada.

Es la rosa encarnada de la boca,
la rosa que habla despierta 
como si estuviera dormida.
Es la rosa entreabierta 
de la que mana sombra,
la rosa entraña 
que se pliega y expande
evocada, invocada, abocada, 
es la rosa labial,
la rosa herida.

Es la rosa que abre los párpados, 
la rosa vigilante, desvelada,
la rosa del insomnio desojada.

Es la rosa del humo, 
la rosa de ceniza,
la negra rosa de carbón diamante 
que silenciosa horada las tinieblas
y no ocupa lugar en el espacio.

Nocturno de la alcoba

La muerte toma siempre la forma de la alcoba
que nos contiene.

Es cóncava y oscura y tibia y silenciosa,
se pliega en las cortinas en que anida la sombra,
es dura en el espejo y tensa y congelada,
profunda en las almohadas y, en las sábanas, blanca.

Los dos sabemos que la muerte toma
la forma de la alcoba, y que en la alcoba
es el espacio frío que levanta
entre los dos un muro, un cristal, un silencio.

Entonces sólo yo sé que la muerte
es el hueco que dejas en el lecho
cuando de pronto y sin razón alguna
te incorporas o te pones de pie.

Y es el ruido de hojas calcinadas
que hacen tus pies desnudos al hundirse en la alfombra.

Y es el sudor que moja nuestros muslos
que se abrazan y luchan y que, luego, se rinden.

Y es la frase que dejas caer, interrumpida.
Y la pregunta mía que no oyes,
que no comprendes o que no respondes.

Y el silencio que cae y te sepulta
cuando velo tu sueño y lo interrogo.

Y solo, sólo yo sé que la muerte
es tu palabra trunca, tus gemidos ajenos
y tus involuntarios movimientos oscuros
cuando en el sueño luchas con el ángel del sueño.

La muerte es todo esto y más que nos circunda,
y nos une y separa alternativamente,
que nos deja confusos, atónitos, suspensos,
con una herida que no mana sangre.

Entonces, sólo entonces, los dos solos, sabemos
que no el amor sino la oscura muerte
nos precipita a vernos cara a los ojos,
y a unirnos y a estrecharnos, más que solos 

         y náufragos,
todavía más, y cada vez más, todavía.

 

Cuando la tarde…

Cuando la tarde cierra sus ventanas remotas,
sus puertas invisibles,
para que el polvo, el humo, la ceniza,
impalpables, oscuros,
lentos como el trabajo de la muerte
en el cuerpo del niño,
vayan creciendo;
cuando la tarde, al fin, ha recogido
el último destello de luz, la última nube,
el reflejo olvidado y el ruido interrumpido,
la noche surge silenciosamente
de ranuras secretas,
de rincones ocultos,
de bocas entreabiertas,
de ojos insomnes.

La noche surge con el humo denso
del cigarrillo y de la chimenea.
La noche surge envuelta en su manto de polvo.
El polvo asciende, lento.
Y de un cielo impasible,
cada vez más cercano y más compacto,
llueve ceniza.

Cuando la noche de humo, de polvo y de ceniza
envuelve la ciudad, los hombres quedan
suspensos un instante,
porque ha nacido en ellos, con la noche, el deseo.

*Referencia: 

EL FONDO ANGUSTIADO DE LOS ‘NOCTURNOS’ DE XAVIER VILLAURRUTIA”, Manuel Martín-Rodríguez, Universidad de California, publicado por la Revista Iberoamericana.

*Imagen destacada: NASA, CDMX desde las alturas.

Una charla con Don Miguel León-Portilla: generosas reflexiones para los mexicanos

Hoy más que nunca debiéramos escuchar palabras sabias para navegar la compleja existencia; Don Miguel León-Portilla extrajo su sabiduría de la filosofía prehispánica y los grupos originarios, para luego compartirla con nosotros.

La riqueza histórica de México es indiscutible. Extrañamente, pocos mexicanos reconocemos que esa riqueza continúa, que late y sonríe, que muta, se alimenta y, sobretodo, que siente. En pocas palabras, que es una historia viva y que nosotros somos parte de ella; la historia está al servicio del presente, y su función es justo nutrir la experiencia viva.

Tal vez por eso, cuando tuvimos oportunidad de conversar con Don Miguel León-Portilla, jamás hizo distinción entre los indios “muertos” —las culturas prehispánicas— y los indios “vivos” —sus descendientes que hoy conforman los pueblos originarios. Él no sólo estudió la historia de unos, también alcanzó una comunión con la filosofía de los otros. Nos demostró así que la sabiduría es empatía, que el conocimiento se experimenta y que no hay una sola mirada al pasado o presente, sino muchas visiones, incluida, y de forma determinante, la de los vencidos.

Más allá de las decenas de libros que escribió y los incontables reconocimientos académicos que recibió, Don Miguel fue, antes que un erudito, un humanista –aquel que se maravilla con la humanidad, y que al hacerlo la honra. Fue, también, un maestro en el más amplio sentido: su legado como historiador e investigador es inmenso, pero su lectura de la vida resulta a la vez ejemplar.

¿Cómo cultivar la identidad local dentro de un mundo global?

Hay que hacer un esfuerzo y ¿por qué es importante? Es importante porque ese esfuerzo me va a permitir moverme en la vida. Si yo no sé quién soy, si yo no sé qué es México, pues no me puedo mover; porque voy como un pasajero sin equipaje, sin boleto, un amnésico. Y, por desgracia, grandes sectores de la población de México tienen esa manera de enfermedad… ¡Es verdad! No les interesa nada. Y yo pienso que la vida es muy interesante: vamos a conocer nuestro país, vamos a conocer regiones de nuestro país, vamos a tratar con la gente de nuestro país.

Que el mexicano que quiera ahondar en sus raíces hurgue no sólo especulativamente en la biblioteca; pero debería igualmente —o más— en la realidad viviente. Un mexicano que de verdad quiera captar la realidad, pues. tiene que salir de su casa hoy día: eso es México.

Pero lo primero es, digamos, desde donde [están] ustedes insistir en conocer el medio en que han nacido; ahondar en él tanto a través de lo que otros han dicho, como a través de tu experiencia.

Lecciones de los grupos indígenas de México y sus culturas originarias

Si definimos qué es un indígena, son pueblos originarios; quiere decir, los que estaban ahí antes de que cualquier otro llegara. Esos son indígenas, los que desarrollaron una cultura primigenia, los que sufrieron los impactos terribles de la conquista.

Hay una edición que hemos hecho en tres tomos que se llama “Cantares mexicanos, poesía náhuatl”. Hay un tesoro de sabiduría ahí y esa sabiduría existe hoy, la tienen ellos, existe. […] los indígenas han seguido pegados a la naturaleza, yo creo que ahí tenemos un reservorio de vida; yo sí creo que los indios son una fortuna para los países que tenemos su presencia. Hay una sola cosa que yo sí celebro: que estén los indios, que vivan sus lenguas que han sido tan despreciadas.

Mira, yo tengo aquí cantidad de obras en náhuatl, y en un texto dice: “la ceiba, el ahuehuete, estos árboles nos dan sombra, estos árboles son la vida para nosotros, bajo su sombra podemos vivir.” Ahora piensa en un maderero que lo ve y dice: “¿Cuánto cuesta el  metro cúbico de madera?”. Son dos maneras de acercarse […] la codicia como tal no es acompañante de la cultura indígena. Tampoco son santos, no, pero tienen otro aprovechamiento a la vida. Para mí la literatura náhuatl de veras me ha servido para mi filosofía vital.

Sobre México y la mexicanidad

Yo siempre digo: México es un país joven y viejo a la vez; viejo por sus raíces indígenas, y joven en cuanto a que nació a la vida moderna hace poco. Somos un país rico y pobre, somos un país muy desigual, sumamente desigual.

Voy a ser rapidísimo. Estoy escribiendo mis memorias, y yo me presento como una persona que tiene sus raíces en una familia de clase media tradicional mexicana. En esa familia nadie dijo: “somos de origen español”, a pesar de que sí era verdad; pero no, este tema nunca interesó. Ahí tengo retratos de toda la familia. Entonces, ¿son puros gachupines? ¡Pues no! Entonces, ¿son indios? ¡Tampoco! Sería absurdo decir que soy indio. Somos mexicanos. 

A 500 años de la conquista, en primer lugar, vamos a ver que el tema de la conquista está presente en el ser mexicano, en cuanto que descendemos de conquistadores y de conquistados… ¡todos! ¿Que usted es zapoteca? ¡Sí!, pero usted fue conquistado por los mexicas… Y ¿usted es otomí? Pues los otomíes estaban al servicio de los aztecas. ¡Qué barbaridad! Entonces, partiendo de eso, no vamos a desgarrarnos ya más; al revés: vamos a hacer ocasión de eso; de reflexionar sobre nuestro ser, sobre nuestro destino.

Sobre el asombro como flujo vital

Cuando uno es muy joven y sales al campo todo te fascina; o, por lo menos, a mí me fascinaba. Iba yo caminando en medio de un bosque y las ramas de los árboles estaban con rocío, y yo veía el arcoíris en ese rocío… Y es así, esto es difícil, ya: tener la capacidad de asombrarte. ¡Mira! Yo tengo noventa y tres años casi… ¡Si yo no trabajara aquí diario, ya estaría muerto! ¡Y trabajo porque tengo grande asombro!

Sobre la deuda de México ante sus grupos indígenas

El indio quiere que le hablen en su lengua; pero no solamente en la lengua, sino en la lengua que capta su espíritu, en la lengua que capta su cultura. En México y América Latina tenemos esa enorme riqueza, pero claro, cómo están ellos: siglos de dominación, siglos de abatimiento, siglos de desprecio, ahí está el problema. [Hay que] quitarles ese tipo de obstáculos.

[Debemos] darles su lugar. En el siglo XVI, el gran Sahagún —Fray Bernardino— hizo el colegio de Santa Cruz para indígenas, [donde] los maestros de medicina fueron indígenas, y los maestros que estudiaban los códices fueron indígenas. O sea, participaron con toda la fuerza que habían tenido antes [de la conquista].

Sahagún dice: “hemos destruido su sistema de educación y ahora no saben a dónde ir”. Otro fraile le preguntó a un indio: “tú dices que antes ustedes eran responsables, no se emborrachaban, no robaban, no mentían, yo veo que ahora hacen todo eso”. Y este le dijo: “¿Sabes, padre?, nosotros lo que teníamos, ustedes nos han dicho que no valía nada y nos han enseñado cosas que no hemos entendido nada. ¿Sabes, padre?, nos quedamos nepantla”. ¿Y qué es nepantla? Es ‘en medio’. El ídolo antiguo vino a descartarse por lo nuevo. Eso es lo que les ha pasado a muchos indios, quedaron nepantla.

Entonces, sacarlos de ese ‘nepantla’. Pero sacarlos no para enseñarles inglés; no, eso no: los sacamos para que sean factor de presencia, factor que contribuya a hacer de México. Tener maestros de ellos en diversos campos: la cocina indígena por ejemplo, lo de los turistas; es decir, que el indio se sienta orgulloso, orgulloso de serlo.

Unas palabras para los jóvenes mexicanos

Mira hijo, te ha tocado vivir en una época en que no es fácil abrirse camino; pero piensa que en todas las épocas, la más difícil es en la que uno vive. Entonces, piensa que es una época difícil, pero piensa que si es difícil es un reto, y la vida es un reto. La vida, dice el Libro del Eclesiastés, la sabiduría es como un combate del hombre en la vida, en la tierra… Yo le diría eso. Piensa que te ha tocado un tiempo difícil, como es natural, pero que toda dificultad es un reto y que tenemos, en el caso de México, una mina gigantesca de informaciones, de posibilidades para armarnos y poder caminar mejor.

Ciudad de México, enero 2019.

Javier Barros Del Villar
Autor: Javier Barros Del Villar
Editor digital con aspiraciones carpinteras. Mexicano.

Este delicado haiku escrito por un niño tabasqueño nos recuerda que la belleza reside en las cosas simples

El haiku ilustrado de Luis Gabriel Vázquez te dejará en un precioso estado de reflexión…

Si hay un acto plenamente universal, probablemente sea la contemplación. Esta, si tenemos que definirla, consiste en poner la atención completa en algo; vertirse absolutamente en la experiencia de una cosa. Para algunos (como los japoneses y, también, los rarámuri) contemplar es un ejercicio espiritual. Cuando dejamos que las cosas hablen, lo que nos dicen podría cambiarnos la vida.

Así, son muchas las culturas que nos invitan a la contemplación, a través de diversas prácticas. Una extremadamente delicada es el haiku, la escritura de poemas mínimos, que cumplen con una serie de reglas fijas y que nacen de contemplar el mundo e invitan a quien lo lee a hacer lo mismo. Extraordinario es el ejemplo escrito e ilustrado por Luis Gabriel Vázquez, un niño tabasqueño de 12 años de edad, que con su pequeña y brillante pieza nos recuerda que la belleza reside en las cosas simples.

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La hazaña puede parecer simple, por la breve factura, pero el haiku es un arte mucho más complicado de lo que aparenta. Las reglas son las siguientes: la pieza normalmente está compuesta por 17 sílabas, en tres versos. El primero y tercero son de 5 sílabas y el que está en medio es de 7.

Los versos no riman, pero el verdadero reto es generar una narración que sugiera dos escenas o imágenes distintas yuxtapuestas y que se cierre en sí misma, es decir: que la pieza sea autosuficiente, es decir, que no solicite más contexto que el que puede ofrecer en 17 sílabas.

Conejo Lunar, bosque de tus estrellas, luz de mis sueños.
Luna Anais Campos Ruiz, 13 años

En ese sentido el haiku de Luis Gabriel es impecable, sugiriendo dos momentos: el caer de la lluvia y el momento en que la tierra huele a mojado, olor, por cierto delicioso y cargado de nostalgia. Además, la sugerencia de que la tierra es besada por la lluvia solo podría haber sido propuesta por quien con absoluta sensibilidad se presta a la contemplación del mundo.

Esta hermosa pieza nos ha dejado en un estado de preciosa reflexión, suspendidos en una burbuja que contempla la lluvia que cae y puede oler, a través de las potentes palabras, una escena cotidiana que nunca volverá a pasar desapercibida.

Otros niños mexicanos autores de haikus hacen un pequeño llamado para recordarnos que: entre todas las cosas que parecen oscurecer el panorama, una nueva generación de poetas y contempladores besa delicadamente el contexto, con palabras que son pequeñas y potentes flores.  

El gato duerme, en su cama de lana, y él roncaba.

Ariadna Guadalupe Morales, 9 años

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