Herzog y Rulfo: el encanto en lo marginado

Uno de los mejores cineastas del mundo, Werner Herzog, encontró su inspiración entre las letras del escritor Juan Rulfo

Hay una algo en común entre Juan Rulfo y Werner Herzog: la precariedad económica de su juventud y la necesidad que tuvieron de combinar el trabajo liberador del arte con cansadas jornadas laborales.

Herzog, ahora de 74 años, tuvo que trabajar en fábricas como soldador para poder realizar sus películas. Rulfo, de quien se festeja este año el centenario de su natalicio, tuvo que trabajar en Goodrich-Euzkadi de 1946 a 1952 como agente viajero, años en los que habría escrito sus obras El llano en llamas y Pedro Páramo.

No es casual entonces que el gran cineasta alemán sienta la profunda admiración que ha expresado por el entrañable escritor Juan Rulfo, pues en el origen precario de ambos genios radica su sensibilidad hacia el mundo de los marginados y los olvidados. Dice Juan Preciado, hablando con quien pudo ser su madre:

Ahora, desventuradamente, los tiempos han cambiado, pues desde que esto está empobrecido ya nadie se comunica con nosotros.

Y sin embargo en esos mundos llenos de olvido y dificultades también hay personajes felices, como el enano que ríe permanentemente en la primera película de Herzog, También los enanos empezaron pequeños:

Me hace gracia la idea de que haya un personaje que se ríe durante toda la película. Sólo se ríe.

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Escena de “También los enanos empezaron pequeños”

Otra cosa en común es que ambos volcaron dicha sensibilidad a la posibilidad de expresarla vía el séptimo arte. En ello Herzog fue mucho más prolífico que Rulfo (quien no fue en realidad muy fecundo ni siquiera en la literatura, pero es un misterio si fue por voluntad o por falta de inspiración, aunque esto último no es muy probable). Y Herzog, además, inauguró toda una nueva forma de hacer cine, en la cual ficción y documental se mezclan de manera insólita para realzar el mensaje implícito en cada uno de sus trabajos, mismos que están impregnados de una preocupación constante por aquellos que no tienen voz en el mundo hegemonizado del arte, como los aborígenes australianos de Donde sueñan las hormigas verdes.

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“Anciana sentada en ele umbral de la casa de un pueblo”, fotografía de Juan Rulfo

A Juan Rulfo seguramente le habría parecido una gran simbiosis aquella entre ficción y documental realizada por el alemán, pues los relatos de Rulfo son algo similar en tanto que reflejan las entrañas de un México desconocido sin ser, no obstante, basados en historia real alguna. En este caso, las fotografías del jalisciense son la parte documental que viene a complementar sus novelas y cuentos, que pese a su realismo son, ultimadamente, mundos creados por él en los cuales, incluso, dotó a sus personajes de una forma de hablar única donde se combina el lenguaje popular más coloquial con una suerte de recreación artística del mismo. Con este regionalismo tan paradójicamente universal, Rulfo impregnó la mexicanidad de un aura donde es difícil discernir dónde acaba la realidad y dónde empieza la ficción.

Había estrellas fugaces. Caían como si el cielo estuviera lloviznando lumbre.
—Miren nomás —dijo Terencio— el borlote que se traen allá arriba.

No es raro, en ese sentido, que Herzog hable de Pedro Páramo como de la mejor obra literaria de América Latina, y del propio Rulfo como quien “viajó por todo México vendiendo llantas y era un gran poeta”. Herzog aseguró también, durante su visita a México en 2011, que se sabe de memoria los pasajes de Pedro Páramo; no es casual porque Herzog, aquel hombre de inteligencia callejera, al igual que Rulfo (y probablemente inspirado por él), ha sabido recoger lo feo, lo vulgar y todo lo más polvoso, pero dotándolo de su propia concepción del arte y la estética, lo que le concede a sus mundos un aura de dignidad y una belleza de aquellas que rompen parámetros.

Juan Rulfo tiene una visión única, los personajes que narra son poderosos. Hay que leerlo para saber cómo desarrollar personajes, lo leo antes de calentar motores para escribir.

Por eso, tanto él como Rulfo son dos titanes del arte, pues supieron reconocer, como expresara la poeta Alejandra Pizarnik, que una mirada a la alcantarilla puede ser una visión del mundo. Y nosotros añadiríamos que no sólo puede ser, sino que es la visión del mundo por excelencia; la visión verdaderamente humana ante la cual el arte se desdobla en su cualidad liberadora, y rompe las fronteras que buscan constreñirla a ser una práctica de unos cuantos para poder pasar, en cambio, a ser el lenguaje universal que realmente es.

Sandra Vanina Celis
Autor: Sandra Vanina Celis
Hija de tiempos posmodernos, pero aún así terca en la necesidad de construir el socialismo. Colaboradora del proyecto político Colectivo Ratio.

100 años de Rulfo: el momento perfecto para desmentir una leyenda en torno a “Pedro Páramo”

¿Es cierto que Juan Rulfo recibió ayuda para lograr el orden genial, único en la literatura mexicana, de su obra maestra?

Muchos de nosotros conocemos Pedro Páramo o, cuando menos, es un título que nos es familiar. Sea porque lo leímos en la escuela o porque de continuo lo encontramos enlistado entre las obras capitales de la literatura mexicana (esos clásicos que, como decía Mark Twain, muchos alaban pero pocos leen), la novela de Rulfo tiene una gran estima en la conciencia nacional.

Los elogios, por supuesto, no son gratuitos, y cabe incluso la posibilidad de que ni siquiera sean suficientes. En el panteón de nuestra literatura, el poeta nacional por antonomasia es Octavio Paz, quien hizo todo lo necesario –literaria, cultural y políticamente– para ganarse ese puesto, y poco después de él figuran algunos otros como Carlos Fuentes, Alfonso Reyes, José Emilio Pacheco o Carlos Monsiváis, quizá Sor Juana Inés de la Cruz (aunque por razones muy distintas), pero pocos más que ellos. Rulfo, en este catálogo, figura un tanto arrinconado, a la sombra, como si pagara el precio de no haber publicado más que un par de libros, de no haber figurado en la televisión nacional ni haber querido convertirse en el intelectual público a quien se podía acudir en busca de respuesta y clarificación.

La figura de Rulfo es engañosamente humilde, apocada. Acostumbrados como estamos a la monumentalidad y el barroquismo, resulta difícil convencernos de que un escritor con apenas dos títulos archiconocidos (El llano en llamas, 1953; Pedro Páramo, 1955) y uno que tiene aroma a póstumo a pesar de haber sido publicado en vida (El gallo de oro, 1980), sea también un gran escritor.

Con todo, lo es. En un artículo publicado hace algunos años en la revista La Tempestad, el escritor tijuanense Heriberto Yépez sostuvo que Pedro Páramo era el mejor poema de la literatura mexicana, por encima de Piedra de sol o de Muerte sin fin, y esto sin que, a primera vista, Pedro Páramo sea poesía.

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La afirmación de Yépez puede considerarse hiperbólica, un atrevimiento retórico tan propio de su actitud ante la literatura y su forma de expresarla, pero contiene un germen de verdad o de juicio literario válido. Pedro Páramo puede considerarse un poema (con cierta lasitud en el uso del término), porque Rulfo despliega ahí un manejo estético del lenguaje portentoso, autónomo como obra de arte. Es posible tomar cualquier fragmento al azar y, al azar mismo, encontrarse con una perla literaria cuidadosamente labrada, una conjunción de palabras elegidas con conocimiento cabal de su capacidad expresiva y, por último, con un poder admirable de evocación para el lector (en especial el mexicano, aunque no exclusivamente).

En breve, eso basta para hacer de Pedro Páramo una gran obra de la literatura mexicana, para ponerla al lado (o por encima) de El laberinto de la soledad o de La región más transparente, sin embargo, no ocurre así, y peor aún, en torno a su hechura corre una leyenda engañosa e incluso un tanto malintencionada (una que, por otro lado, nadie se atrevería a lanzar a propósito de una obra de Paz o de Fuentes).

Quien haya leído artículos, notas o libros sobre Pedro Páramo quizá se haya encontrado con la historia de que Juan Rulfo recibió ayuda para ordenar los parágrafos de su novela. Los autores de tan samaritano gesto varían según la versión del rumor, pero casi siempre se reducen a tres personajes: Alí Chumacero, Antonio Alatorre y Juan José Arreola, quienes tienen en común haber trabajado en el Fondo de Cultura Económica más o menos en la misma época en que Rulfo escribió Pedro Páramo y entregó el manuscrito a esta editorial del Estado mexicano para su publicación. Arreola y Alatorre eran además paisanos de Rulfo, y Arreola pasaba por ser uno de sus amigos más cercanos, circunstancias que afianzan su papel supuestamente decisivo en la confección de la novela de Rulfo.

Grosso modo, la historia asegura que alguien (Chumacero y Arreola; Chumacero, Arreola y Alatorre en distintos tiempos; o Arreola solamente) ayudó a Rulfo a ordenar las distintas secciones de Pedro Páramo. Como sabemos, la de Rulfo no es una novela narrativamente “convencional”, es decir, no es una en donde los sucesos se desarrollen linealmente ni en el tiempo ni en el espacio ficticio de la narración. La línea de tiempo, por señalar el rasgo más evidente, va del presente de la novela al pasado y por momentos los planos temporales incluso se superponen; y con éstos, los personajes y las líneas narrativas: aquellos que corresponderían al “presente” conviven con los del pasado y las historias de cada uno se cruzan, en una mezcla inquietante y, sin embargo, adscrita a su propia lógica temporal y narrativa. Como han insistido tantos críticos, ese, en buena medida, es uno de los rasgos geniales de Pedro Páramo.

Esta genialidad, sin embargo, se ve disminuida por ese rumor sostenido durante casi 60 años: todavía en agosto de 2015, El Universal publicó en su suplemento cultural Confabulario una entrevista en la que Emmanuel Carballo insiste en la participación determinante de Arreola y Chumacero en la versión final de Pedro Páramo.

Y no es que recibir ayuda sea demeritorio por sí mismo, pero, como alguna vez señaló José Emilio Pacheco al respecto de esta misma historia, por principio de cuentas, en México nunca ha existido esa figura del editor como se entiende en la tradición libresca anglosajona, el editor que poda, modifica, embellece, tachonea, añade, resta, editores como Maxwell Perkins o Gordon Lish, sin cuya intervención no conoceríamos las obras de Francis Scott Fitzgerald o Raymond Carver tal y como ahora las leemos. En segundo lugar, porque aceptar que Rulfo recibió ese tipo de ayuda es contribuir a que su obra continúe en las márgenes de nuestra tradición literaria y no en el eje mismo, que es adonde pertenece.

A la fecha, el principal investigador que ha aportado testimonios que desmienten la participación de los tres personajes mencionados en el “ordenamiento” de Pedro Páramo es Víctor Jiménez, quien en un libro de reciente publicación, Pedro Páramo en 1954 (UNAM-Fundación Juan Rulfo-Editorial RM) reconstruye la historia no tanto del rumor como del esquema narrativo que el propio Rulfo ideó para el desarrollo de su novela.

En dicho libro, Jiménez se sirve de tres tipos de “evidencia” para probar que el carácter fragmentario de Pedro Páramo estuvo más o menos desde el origen en la cabeza de Rulfo. En primer lugar, los informes que Rulfo rindió al Centro Mexicano de Escritores sobre su actividad como becario, en donde al referirse a la novela que escribió con el apoyo recibido por esta institución, habla de una narración en “fragmentos” y cuyo orden no es “evolutivo” ni “determinado”.

Estas aportaciones pueden tomarse como sólo sugerentes, y no conclusivas, pero para fortalecer su caso, el investigador suma las publicaciones que Rulfo realizó de extractos de Pedro Páramo antes de la publicación canónica de su novela (antes, incluso, de que esta tuviera su forma final). A decir de Jiménez, es un tanto increíble, y no en el mejor sentido del adjetivo, que numerosos críticos, académicos o periodistas hayan pasado por alto el hecho de que Rulfo publicó en tres ocasiones “adelantos” de Pedro Páramo que al parecer nadie se tomó la molestia de buscar, los tres en 1954: en el número 1 de Las Letras Patrias (enero-marzo), en el número 10 del volumen VII de Universidad de México (junio) y, finalmente, en el número 6 de Dintel (septiembre).

Rulfo entregó a las tres revistas partes distintas de una especie de proto-Pedro Páramo, es decir, una versión anterior a la novela que ahora conocemos. En el extracto de Las Letras Patrias, por ejemplo, la emblemática Comala lleva por nombre Tuxcacuexco, con lo cual el inicio de la novela, que también muchos sabemos de memoria, dice así:

Fui a Tuxcacuexco porque me dijeron que allá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo.

En la revista Universidad de México, por otro lado, el episodio publicado se presenta como parte de la novela Los murmullos, uno de los varios títulos que Rulfo pensó para su novela (antes, para Las Letras Patrias, dio el de Una Estrella junto a la luna). Se trata del fragmento en que Eduviges recuerda, en presencia de Juan Preciado, a Susana San Juan y a Pedro Páramo; estos dos personajes aparecen ya con esos nombres, al igual que Comala.

En cuanto a la publicación de Dintel, el nombre de la novela de la que se presenta un avance se maneja, indistintamente, como Los murmullos y como Comala, y de esta se da a conocer el monólogo de Pedro Páramo que comienza con “Hace ya tiempo que te fuiste, Susana” y que, más allá de esta particularidad, contiene un par de frases que evocan claramente otros fragmentos de la novela, entonces no conocidos y, en la versión final, distantes entre sí pero coherentes con su propia lógica narrativa.

Por último, Jiménez añade tres secciones del “mecanuscrito” que Rulfo entregó al Centro Mexicano de Escritores como parte de los informes antes señalados, los cuales requerían de justificantes de actividad relacionada con la beca recibida. Los facsímiles reproducidos corresponden a los extractos dados a la publicación por Rulfo durante 1954 en las revistas mencionadas. De esta forma, redondea la presentación de su caso y, con ello, desmonta la leyenda tejida en torno a la confección de Pedro Páramo.

Basta leer tanto el manuscrito presentado como los fragmentos de la novela antes de su publicación final para darse cuenta de que Rulfo tenía una idea hecha del armazón narrativo que daría a Pedro Páramo. Su habitual reserva (que llega hasta nuestros días, a casi 100 años de que nació y más de 30 de su fallecimiento), nos niega también la idea de Rulfo como un gran conocedor de la literatura, de las técnicas narrativas, de las vanguardias artísticas y de los experimentos literarios que se realizaban en otras latitudes de su propio tiempo. Esa misma reserva nos ha heredado un Rulfo criado en la lejanía de la provincia mexicana, formado con nada más que historias que escuchó de boca de sus familiares, sus amigos o sus tutores, que si acaso leyó libros religiosos y de adoctrinamiento, que caminó y habló con sus coetáneos, pero poco más que eso. ¿Cómo podría alguien así elaborar una obra maestra que funde las cadencias del español del Siglo de Oro con los lances narrativos de Faulkner o de Joyce? ¿Cómo podría un escritor provinciano, tímido, callado, confeccionar por sí mismo una obra admirada por lectores disímiles pero igualmente voraces e inteligentes como Jorge Luis Borges o Susan Sontag? ¿Cómo pudo alguien que rehuyó tanto a las mieles públicas del intelectual célebre escribir una de las mejores obras narrativas de la literatura mexicana?

En este sentido, la investigación de Jiménez es sin duda la más sólida que se ha hecho para desmentir, quizá de una vez por todas, la leyenda en torno a Pedro Páramo, y devolver así a Rulfo el lugar que se ganó, con su genio irrebatible, en nuestra tradición literaria.

Adenda

Hay una historia que Víctor Jiménez sí reconstruye en su investigación: la historia de la insistencia de Juan José Arreola. Vale la pena consultar el relato completo porque, además de que Arreola adquiere aquí una dimensión “humana, demasiado humana” de la que usualmente carece cuando se le recuerda, se recrea una escena que a luz de la evidencia aportada resulta risible cuando no ridícula: aquella en la que Arreola visita a Rulfo en su departamento de Río Nazas, en la colonia Cuauhtémoc de la Ciudad de México y, después de darle ánimos para que finalmente entregue el manuscrito de Pedro Páramo para su publicación, salva una parte de éste (Rulfo, supuestamente, había ya quemado varios folios), distribuye las cuartillas restantes sobre una mesa como si se tratara de una baraja y, en un acto de prestidigitación, da a los párrafos de Rulfo el orden con que ahora leemos su libro. Sin duda una conjunción del azar que haría ruborizar a Mallarmé. Además de los testimonios hemerográficos y bibliográficos reunidos, Jiménez ofrece una prueba final, contundente, de la nula participación de Arreola en la confección de Pedro Páramo.

Recomendamos ampliamente la lectura de Pedro Páramo en 1954, editado por la UNAM, la Fundación Juan Rulfo y la Editorial RM en 2014.

 

Juan Pablo Carrillo Hernández
Autor: Juan Pablo Carrillo Hernández
Escritor y lector. Colaborador en los sitios web Pijama Surf, Petite Mort y otros.

Diccionario de cosmovisiones mexicanas, un obsequio de Juan Rulfo

Escarbando en los apuntes inéditos rulfianos, se alcanza a observar esta lista práctica, con algunos de los más lustrosos secretos de cultura mexicana.

Hay en la pluma de Juan Rulfo un incesante recuerdo del pasado mexicano. Memorias prehispánicas que hoy sólo viven en forma de ecos en el universo; silenciosas, pero muy presentes en la reproducción indefinida de una cosmovisión que ha sido siempre sanguínea.

Juan Rulfo fue el hombre que dedicó su vida a interpretar secretos de cultura bajo los territorios de la literatura. Todos ellos, fundidos en la delicia de una ficción atemporal y una acentuada inclinación por la muerte.

Para el mexicano –bien enterado de su cultura primigenia– es fácil imaginarse escenarios como los rulfianos con cierta devoción –por ejemplo a Comala, ese no-lugar que conserva las almas en pena, donde se habita eternamente en el recuerdo–.

Sus cuentos, y sus dos únicas novelas publicadas, han bastado para enterarnos de que su obra escrita no es sino una reproducción del conocimiento indígena, cuya base histórica se encuentra ciertamente en la transmisión del conocimiento de boca en boca. Esto se confirma luego de que el mismo Rulfo advirtiera haber abandonado la escritura tras la muerte de su tío Celerino, nada menos que su acompañante viajero, junto al que fue partícipe de innumerables experiencias de corte esotérico a lo largo y ancho de la República Mexicana. Aquel personaje fue también dador de un sin fin de secretos de cultura e historias de las que Rulfo no dudó en permearse para escribir sus dos célebres obras: Pedro Páramo y El llano en llamas.

De su discreto pero astronómico catálogo de vida se desprenden también obras fotográficas –unas 6 mil imágenes–, y algunos guiones de cine consolidados y borradores diseñados también para llevarse a la pantalla grande. Precisamente algo de este material, entre otros esbozos y anotaciones, se encuentran impresos en el libro Los cuadernos de Juan Rulfo, que salieron a la luz gracias a su esposa Clara Aparicio Reyes.

Fotografía y fragmento de Rulfo.

Dicen muchos avezados del escritor, que la publicación de estos fragmentos –que básicamente son ideas al aire, algunos retazos de sus obras completas, y en general los textos encontrados en la libreta experimental de un escritor– no es de celebrarse, puesto que deja al desnudo los procesos, aún jóvenes, de un gran autor. Y en efecto, a consideración personal, me parece que este es en realidad un catálogo de ideas que le iban ocurriendo a Rulfo, o que en sus días de viaje escuchaba pronunciar por ahí. De manera que en esta publicación no encontrarás una obra inédita, pero sí interesantes percepciones rulfianas que nos ayudan a imaginar –incluso a afirmar– que definitivamente la información de corte “fantástico” en sus obras, proviene de meras realidades indígenas. 

El ejemplo claro es el siguiente fragmento que me he encontrado; una especie de lista o lluvia de ideas que, a vista de ojeada, se puede entender como un breve diccionario de cosmovisiones mexicanas. Creencias del todo mágicas –muchas de ellas estrechamente relacionadas a la cultura rarámuri–, que pudieron o no estar encubiertas en alguno de sus cuentos:

cuadernos de juan rulfo-mas de mx

-La semilla llamada “ojo de venado” libra de una mala mirada.

-Una hojita de ruda libra de la alferecía.

-A los niños hay que colgarles al cuello un colmillo de perro para que les salgan los dientes.

-El talisman sirve para lograr lo que se quiere.

-El amuleto para librar del mal.

-El brujo cobra caro sus exorsismos. Usa gallinas, cambujas y huevos frescos.

-Los sapos cornudos pidieron que mandaran las enfermedades, porque los hombres iban siendo demasiados.

-El olimá, es un pajáro pequeño que hace mucho mal al hombre, no duerme en las noches cuando hay estrellas fugaces.

-(Es peligroso). No es bueno dormir con la boca abierta porque el diablo puede facilmente apoderarse del alma.

-Los nahuales se esconden en los montes y en las sierras.

-Los orines son buenos para bajarle el coraje a los niños (Darles de beber).

-A los cadáveres se les dice al oído que ya están muertos y que no vengan a dar guerra a los vivos. 

-La mujer, por tener los músculos más débiles, tarda más en llegar al otro mundo.

-Hay que poner ramos de zapote en la vereda y tapar la olla de los frijoles.

-El rayo se pasea cuando viene la lluvia.

-Los rayos salen a pasearse sobre la tierra.

-Los naguales ya se acabaron.

-Marcarle una cruz a la bola para que atines al tiro.

-El coyote es un animal que da mucho que pensar. Atraen con la mirada y el vaho a las gallinas.

-Tienen más fuerza de atracción que la mirada de las víboras.

-Cuando un coyote fija la mirada en el cazador, entonces la bala no sale del cañón, la vista se ofusca, la quijada se le cae, y sólo puede lanzar gritos inarticulados.

-Caldo de venado (produce buen efecto en el alma y cuerpo).

-La vara (el cargo-poder) es lo que respetan los indios, no al portador.

-La enfermedad es un castigo de Dios.

-Cuando alguien enloquece, es porque lo cogió un remolino en el campo que le revolvió el pensamiento. 

-Cuando el hombre enferma, esto proviene de que el alma abandona el cuerpo y vaga fuera de él, asustándose y extraviándose, o siendo devorada por los remolinos. No toda el alma sale del cuerpo; pero lo poco que de ella queda en él es insuficiente (esto significaría la muerte) para defender al cuerpo de las enfermedades.

-Hagan rezos a las cruces de los caminos.

-Piedra bezoar de los venados (está en el “cuaje” tiene fuerza mágica. La llevan en una bolsita y cuidan de remojarla cada tres días).

-La muerte sobreviene cuando el alma abandona el cuerpo, aunque éste todavía esté vivo.

-La enfermedad y el dolor oyen cuando les hablan.

-Tenía por misión que no cayera (que no se caiga) el mundo.

-Veneran la planta jículi (peyote).

juan rulfo

*Imágenes: 1) collage “Rulfo sobre jade”, de Jaen Madrid; 2, 3) “Los cuadernos de Juan Rulfo” / Archivo Más de México

Jaen Madrid
Autor: Jaen Madrid
Licenciada en Derecho por la UNAM. Editora por profesión. Música por convicción.

“Con las estrellas de México podríamos llenar los cielos de Europa”: Fernando del Paso en ‘Noticias del Imperio’

Este fragmento de la novela más conocida de Fernando del Paso nos invita a recordar la generosidad del país en que vivimos.

Aunque a veces lo olvidamos o lo tenemos poco presente, Fernando del Paso es uno de los mejores escritores de nuestro país. Su obra es vasta, rica e impresionante por los límites expresivos a los que ha sido capaz de llegar con su escritura. Más allá de categorías académicas o nociones conceptuales, el talento y la constancia de Del Paso destacan por sí solos, y si a veces dejamos de considerarlo entre los grandes de nuestra literatura, quizá se debe a que a diferencia de otros, él nunca ha estado muy cerca de los reflectores y las entrevistas, quien sabe si porque esto no se lleva muy bien con la elaboración de libros sólidos y deslumbrantes, verdaderas joyas pulidas en la soledad y el silencio del taller.

La novela más conocida y celebrada de Del Paso es Noticias del Imperio, una elaboración ficticia y erudita en torno al Segundo Imperio Mexicano, aquel que resultó de la Intervención Francesa impulsada por Napoleón III (Luis Napoleón) y que estuvo encabezado por el archiduque Maximiliano de Habsburgo y su esposa Carlota de Bélgica. Entre otras cualidades, el libro destaca por la polifonía hábilmente ejecutada, esto es, la incorporación de múltiples voces en múltiples registros de buena parte de los personajes involucrados en dicho periodo. Los monólogos de Carlota, los cotilleos cortesanos, la vida anónima de las calles: todo ello, y mucho más, está retratado ahí con vida auténtica, dentro de los límites de la ficción pero cada cual puesto en su propia naturaleza.

En Noticias del Imperio se encuentra también este fragmento transcrito a continuación, extenso quizá pero con una enumeración magistral y emotiva de algunas de las muchas riquezas que se encuentran en nuestro país. Así como a veces olvidamos a las personas que con su trabajo han engrandecido nuestra nación, así también podemos llegar a perder de vista que este es un territorio generoso como pocos, abundante, dueño de esos bienes que al final son los que importan: el sabor de una fruta, una caminata bajo el sol tibio de las montañas, el azul purísimo de ciertos mares. ¿Qué hay más valioso que eso? Apenas unas cuanta cosas, y eso también se encuentra en México.

El párrafo forma parte de uno de los soliloquios de Carlota, aquel que lleva como subtítulo “Castillo de Bouchout, 1927”.

¿Qué no han oído ustedes hablar, le dije al Mariscal Randon y al Conde de Chambord, de las riquezas infinitas de México, de sus metales y de sus piedras preciosas? ¿Quién dijo que tenemos que venderle al rastro tus caballos Orispelo y Anteburro? Maximiliano está nadando en los placeres de oro de la Sierra Madre Oriental, Maximiliano se está dando un baño de pulque en su tina de obsidiana. ¿Qué no saben ustedes, le dije a la Princesa Troubetskoy y a tu tío el Príncipe de Montenuovo y a mi tío el Duque de Montpensier que no hay país en el mundo, como México, sobre el cual la Divina Providencia haya derramado tantos dones? ¿No saben ustedes que México tiene todas las frutas, todos los paisajes, todas las flores? ¿Quién dijo que tengo que correr a todas mis damas de compañía y a la mitad de los cocineros de palacio? ¿Quién que le vamos a vender al Museo Kunsthistorisches de Viena el calendario azteca? Maximiliano está sentado en un trono de rosas que le regaló el General Escobedo. ¿Qué no saben ustedes, le dije al Conde D’Eu y al Duque de Persigny, no sabían la historia del virrey que invitó al Monarca de España a visitar México y le juró que de Veracruz a la capital y a lo largo de cien leguas castellanas sus pies no pisarían, su carruaje no transitaría por otro camino que no fuera de plata pura? ¿Quién dijo que vamos a empeñar nuestro carruaje dorado en el Monte de Piedad? ¿Qué no saben ustedes que cuando fui a Yucatán caminé desde la orilla del muelle y a lo largo de la playa y a través de la selva por un sendero de conchas y caracoles que mis inditos mayas tardaron un mes en hacer y que el camino estaba bordeado de árboles de maderas preciosas de los que colgaban festones de ramos verdes y por dos filas de indias vestidas de blanco que parecían vestales morenas y que me refrescaban con sus grandes abanicos de hojas de palma? ¿Quién dice que vamos a tener que subarrendar el Palacio Nacional? ¿Qué no saben ustedes que con las conchas de México y con sus caracoles podríamos cubrir el lecho de todos los lagos de Europa: el del Lago Como donde mi padre Leopoldo iba a llorar a su Princesa Charlotte de Inglaterra, el del Lago Starnberg donde Luis de Baviera ahogó a todos sus cisnes y sus pavorreales de cristal, el del Lago Constanza donde Luis Napoleón patinaba en invierno y soñaba con ser Rey de Nicaragua? ¿Quién dice que somos pobres y que vamos a tener que rifar el Castillo de Chapultepec? Ah, no, sepan ustedes, le dije a Madame Tascher de la Pagerie, le dije a la Condesa Walewska y le dije al Conde de Cossé- Brissac, sépanlo bien, que Maximiliano está tendido en una hamaca de hilo de plata pura que le tejieron las señoras de Querétaro. ¿Qué no saben ustedes que con la caoba y con el cedro, con el ébano y el palo de Campeche de México podríamos hacer todos los durmientes del expreso de Oriente? ¿Que con su oro podríamos revestir la Estatua de la Libertad, con el carey de sus tortugas cubrir la Catedral de Nuestra Señora de París, con la piel de sus venados forrar las pirámides de Egipto? ¿Qué no sabe todo el mundo, Maximiliano, que con las estrellas de México podríamos llenar los cielos de Europa, con los pétalos de sus orquídeas alfombrar los Campos Elíseos, con las alas de sus mariposas tapizar los Alpes? Ah, no, Maximiliano no está pobre: Maximiliano, en su tina de ónix, se está dando un baño de cochinilla imperial.

 

*Imagen: El País

Juan Pablo Carrillo Hernández
Autor: Juan Pablo Carrillo Hernández
Escritor y lector. Colaborador en los sitios web Pijama Surf, Petite Mort y otros.