Qué elemento de la ofrenda eres, según tu relación con el más allá (TEST)

Desde los elementos más místicos hasta los objetos que no pueden faltar en un altar, descubre qué elemento de la ofrenda te representa.

La ofrenda mexicana, al día de hoy, se conforma de una valerosa remezcla de símbolos que van desde el tradicional copal, hasta una variedad de objetos contemporáneos pertenecientes al difunto que se celebra. Aunque aún guarda elementos clave que siguen albergando significados ancestrales, el precioso acto de ofrendar a los muertos, se reinventa todo el tiempo, permitiendo a cada familia construir un altar auténtico. 

Por supuesto, guarda una magia especial colocar los elementos místicos que han perdurado desde tiempos prehispánicos (como la flor de cempasúchil, el copal y el agua), mismos que  advierten un vínculo especial entre la vida y la muerte. Pero, a fin de cuentas, lo que une a toda ofrenda mexicana es que simboliza el vínculo familiar y colectivo que se tiene en este país con la muerte: una suerte de acuerdo con el otro mundo, a través de nuestros difuntos queridos. 

No importa cuál sea tu relación con ese terreno —simbólico, pero bien presente— que llamamos el “más allá”: la muerte no discrimina, y tiene cara y nombre para todos. Por eso hoy te compartimos un test —que, como la muerte mexicana, no carece de buen humor— para que descubras cuál es el elemento de la ofrenda que te representa, según tus tratos con La flaca justiciera:

 

¿Por qué celebrar el Día de muertos podría ayudarte a vivir mejor?

Los mexicanos sabemos lo vital que es cultivar todos los días una preciosa relación con la muerte…

Pocas razones tan potentes para querer sentirse mexicano (o estar inmerso en la cultura mexicana) como la relación que este ser-identidad puede presumir con la muerte. Es algo que sin duda todos deberíamos aprender y cultivar. Y es que a través del culto, la burla y el ritual, en este país hemos encontrado preciosas maneras de redimensionar el fenómeno más conmovedor de la existencia humana: su fin. 

En un artículo para Los Angeles Times, la periodista Melinda Welsh explora lo que ella encontró en la posibilidad de reinterpretar la muerte, a través de la fiesta mexicana del Día de muertos. En pocas palabras, la autora argumenta que en Estados Unidos es necesario un día de muertos para conectar con la finitud de sus propias vidas, pero desde un lugar positivo, de cariño, de nostalgia constructiva, de aceptación del hecho.

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Dice: “Qué maravilloso sería que la gente que está muriendo (toda la gente, en otras palabras) salieran de la vida sabiendo que cada año la conexión entre vida y muerte será glorificada en lugar de lamentada o temida. Un Día de los Muertos en Estados Unidos podría alentarnos a detener la negación, considerar el final de nuestros días y reconocer plenamente la cantidad imperfecta de tiempo que nos conecta a todos.”

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Las diferencias, por ejemplo, entre los imaginarios que rodean a la muerte en México y en Estados Unidos son muy claras. La muerte aquí es un sujeto complejo, que se multiplica en los difuntos a los que honramos. El personaje es temible, pero también ingenioso y divertido. Del otro lado de la frontera, la muerte es un evento que, como manifestación cultural explota sus cualidades más grotescas para asustar.

Aunque hay que decirlo, a diferencia de lo que Melinda Welsh supone, el día de muertos no es nada más lo que se muestra en Coco (y todos los mexicanos lo saben). A pesar de que sí, definitivamente se trata de una fiesta y un momento para compartir con los que ya no están, también es un ejercicio para la extrema catarsis.

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Si no has pasado el Día de muertos en un panteón, debemos decirte que es una experiencia para vivir antes de morir. No hay como sentarse entre las tumbas, con el olor del cempasúchil y el humo del copal, mirando a las familias decorar las tumbas y llamando a los tríos para que toquen un par de corridos frente a las tumbas, mientras en silencio se llora y se bebe cerveza o tequila o aguardiente.

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Al caer la noche, con las manos secas por el frío de otoño y la cara empapada y enrojecida por las lágrimas, las lluvias esporádicas y el alcohol, las velas alumbran débilmente los caminos en el camposanto y a la milésima interpretación del precioso corrido “Nomás un puño de tierra” quienes celebraban por la mañana, comienzan a desgastarse en la tremenda tristeza, incluso a dejarse llevar por la furia, hasta que sus familiares más serenos, los sacan del panteón,

Es una escena pesada, tal vez, pero, al mismo tiempo, hermosa, necesaria y relativamente esperada, pues año con año, los mexicanos se permiten cultivar su sensibilidad en niveles dolorosos y profundos.

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Otro argumento interesante de Melinda Welsh es que el miedo a la muerte nos hace violentos, porque seríamos capaces de muchas cosas para evadir la propia posibilidad de morir. Este miedo nos hace intolerantes a algunas personas (en Estados Unidos es muy evidente cuando se trata de la situación migrante), o nos hace alejarnos de forma cortante o agresiva de múltiples situaciones.

Al mismo tiempo, hay quienes argumentan (como los teóricos que propusieron la llamada “Teoría del Manejo del Terror”) que el miedo a la muerte es también la fuerza que nos impulsa a construir fantásticas manifestaciones culturales y sistemas simbólicos que le dan valor a nuestra existencia y nos hacen perdurar. 

Y la cosa es que en México sí le tenemos miedo a la muerte, pero sabemos lo vital que es cultivar con ella una relación dedicada y profunda. Así, es definitivo que celebrar el Día de muertos podría ayudarte a reconciliar con el fenómeno inevitable, con esta aparente falta de tiempo, con un dolor que es rico sufrir, pero, que al fin y al cabo solo significa precisamente que estás vivo.

“Nomás un puño de tierra”: 3 canciones populares mexicanas sobre la muerte

La muerte: una presencia con la que la cultura mexicana convive cotidianamente.

La relación entre la cultura mexicana y la muerte es un tema del cual nunca terminaremos de hablar. Usualmente se dice que en México la muerte se mira de una manera muy singular, casi única en comparación con otras culturas, y en buena medida dicha extrañeza surge cuando se descubre la presencia continua de la muerte en algunas de nuestras prácticas culturales cotidianas. A diferencia de sociedades en las que la muerte suele estar reservada a determinados espacios, códigos o fechas, y que por ello mismo puede convertirse en un tabú cultural, en México existe un grado notable de convivencia y en algunos casos incluso cierto “compañerismo” con la muerte. 

Como lugar común se repite que el mexicano se burla de la muerte, pero quizá sería más preciso decir que, en ciertos momentos, prefiere tenerla como una igual, como una amiga, y entonces darle el mismo trato que se le da a los amigos: ponerle apodos, burlarse de sus características físicas, reírse de ella o con ella, etc.

Esa persistencia de la muerte en nuestra cultura y, sobre todo, esa singularidad, es resultado expreso tanto de nuestro pasado indígena como del efecto de la conquista española en dichas culturas. Aunque se trata de tradiciones diametralmente opuestas, una coincidencia azarosa determinó que tanto las culturas indígenas como la cultura española de los siglo XVI y XVII tuvieran una elevada conciencia sobre la muerte y, por lo mismo, ésta estuviera sumamente presente en sus expresiones culturales. 

Con cierta licencia argumentativa podríamos pensar que el nihilismo en la poesía de Nezahualcóyotl tiene un parangón inesperado con aquel que encontramos en ciertos poemas de Quevedo o de Góngora, por ejemplo, o en las célebres Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique. A nivel de la cultura popular, parece factible también que un aparato ideológico tan poderoso como la religión haya encontrado una comunicación parecida entre las creencias religiosas de los indígenas con respecto a la muerte y, por otro lado, la ortodoxia católica que la corona española defendió en la época de la Contarreforma, cuyos efectos también se dejaron sentir en el periodo colonial de nuestra historia. 

Esa es sólo una manera de intentar entender la peculiar relación de la cultura mexicana con la muerte y por qué para nosotros parece tan “normal” o tan “natural” comer pan de muerto y calaveras de azúcar o, como en el caso del tema que nos ocupa ahora, cantar canciones que nos la recuerdan abiertamente y hacerlo además en un contexto festivo.

Las canciones que se enlistan a continuación son sólo tres de las varias que podrían encontrarse sobre el tema en las distintas expresiones de la cultura popular. Sirvan las tres como testimonio de la relación que en México –en los muchos Méxicos que es este país– se tiene con la muerte.

 

“El huerfanito”

Este es un son tradicional de la Huasteca y, como tal, su compositor original no es conocido y su letra posee distintas variantes. Se le puede escuchar lo mismo en San Luis Potosí que en Veracruz o Hidalgo. De las canciones compartidas, esta es la más reflexiva y la que se entrega con más solemnidad a la muerte, acaso porque no se habla de ésta en abstracto o en general, sino de una muerte específica: la de la madre o el padre del compositor, o de la de ambos (según la interpretación que se escuche). En este sentido, vale la pena citar esta copla, que condensa dicho sentimiento respetuoso frente a la muerte:

Se lleva en el corazón
al ser que más se ha querido,

que se encuentra en el panteón
pero nunca en el olvido.

Puede ocurrir, sin embargo, que el son tome un ánimo festivo y se entonen coplas como esta (referida por Aurelio González en La copla en México):

Triste lloraba una madre:
“¿Dónde andará mi inocente?”
Y le contesta el padre:
“Mujer, no seas ocurrente,
a tu hijo le gusta el baile
y también el aguardiente.

O esta otra, que se puede escuchar en esta interpretación:

Cuando mi padre murió,
me dejó bien heredado.
De recuerdo me dejó
que no fuera enamorado,
pero a mí se me olvidó.

 

“Un puño de tierra”

Compositor: Carlos González García (a) “Carlos Coral”

Año: 1968

Intérpretes: Antonio Aguilar, Ramón Ayala

Vagando paso la vida,
nomás recorriendo el mundo.
Si quieren que se los diga,
yo soy un alma sin dueño
A mí no me falta nada:

pa’ mí la vida es un sueño.

Yo tomo cuando yo quiero.
No miento soy muy sincero. 

Y soy como las gaviotas 

que vuelan de puerto en puerto.

Yo sé que la vida es corta:

al fin que también la debo.

El día que yo me muera 

no voy a llevarme nada:

hay que darle gusto al gusto,

la vida pronto se acaba.

Lo que pasó en este mundo 

nomás el recuerdo queda:

ya muerto voy a llevarme

nomás un puño de tierra.

El día que yo me muera 

no voy a llevarme nada:

hay que darle gusto al gusto,

la vida pronto se acaba.

Lo que pasó en este mundo 

nomás el recuerdo queda:

ya muerto voy a llevarme

nomás un puño de tierra.

Sin duda una de las canciones populares sobre la muerte más conocidas e interpretadas en México, cantada lo mismo en cantinas que en panteones, acaso los dos mejores lugares para escucharla y entender el mensaje que nos entrega: ante la fatalidad de la vida, lo mejor que podemos hacer como seres humanos y finitos es, necesariamente, reafirmar la vida. Vivir la vida vitalmente, podría decirse, aunque suene redundante. En cierta forma, “Un puño de tierra” es nuestro carpe diem: el recordatorio de aprovechar la vida siempre, en cada uno de sus instantes. 

Se trata de un corrido de los que se identifican con ciertas regiones del norte de México.

 

“Una cruz de madera” o “Cruz de madera”

Compositor: Luis Méndez Almengor

Año: 1999

Intérpretes: Miguel y Miguel, Los Cadetes de Linares

Una cruz de madera
de la más corriente, 

eso es lo que pido
cuando yo me muera. 

Yo no quiero lujos
que valgan millones; 

lo único que quiero
es que canten canciones. 

Que sea una gran fiesta
la muerte de un pobre 

Yo no quiero llantos,
yo no quiero penas, 

no quiero tristezas..
yo no quiero nada.. 

Lo único que quiero,
allá en mi velorio 

una serenata
por la madrugada.. 

Cuando ya mi cuerpo
esté junto a la tumba 

lo único que pido
como despedida 

que en las cuatro esquinas
de mi sepultura 

como agua bendita
que rieguen tequila. 

Yo no quiero llantos,
yo no quiero penas, 

no quiero tristezas…
Yo no quiero nada.. 

Lo único que quiero,
allá en mi velorio, 

una serenata
por la madrugada. 

La canción “Una cruz de madera” comparte esa ambigüedad entre nihilista y festiva que se presume con orgullo en “Un puño de tierra”. Aquí la muerte también se mira con desdén porque, parece decirnos la canción, en primera y última instancia lo único que importa es la vida, siempre. 

En la versión de sus primeros intérpretes –el dueto “Miguel y Miguel” originario de Angostura, Sinaloa–, se nota la variante del corrido norteño en donde no se cuenta con el acordeón que suele asociarse a este género y, a cambio, se tiene sólo el sonido de las cuerdas.

ADDENDA

La música popular es una de las expresiones más relevantes de nuestra cultura que, sin embargo, como ocurre con tantas otras cosas en nuestro país, no siempre se valora tanto como merece. Las canciones que cantamos, aquellas que nos recuerdan la casa donde crecimos o la región del país donde pasamos una temporada, las canciones que cantaban nuestros abuelos y que ahora sólo recordamos vagamente, la canción que escuchamos mientras estábamos de paso o de vacaciones en algún lugar: todo ello merece conservarse en nuestra memoria colectiva porque es parte de nuestra cultura, ese medio en el cual nos formamos y que a su vez nosotros mismos, con nuestras acciones cotidianas, damos forma.

Del mismo autor en MásdeMX: El mejor poema mexicano sobre la muerte conlleva una valiosa lección de vida

Juan Pablo Carrillo Hernández
Autor: Juan Pablo Carrillo Hernández
Escritor y lector. Colaborador en los sitios web Pijama Surf, Petite Mort y otros.
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Simbología del ritual de Día de muertos

Durante los Días de muertos, las calles de México se atavían de gran significado, la más elegante es sin duda la ofrenda.

Los misterios siempre habrán de invocar a la explicación. Y cuando no es posible observarlos, se imaginan. Se miran con ese otro ojo de la mente que construye su criterio con recuerdos, con lo que hay. El ritual de la muerte en México, el 1 y 2 de noviembre, es esa clase de misterio que, por un lado, se observa y se ejemplifica con símbolos pero por otro se imagina construyendo canales hacía el pasado. 

La costumbre popular de ofrendar a los muertos en estas fechas es tan antigua como la propia civilización que antecedió la conquista y poco más. Incluso, hubo quienes afirmaron que el mexicano ha vivido y dormido con la muerte desde hace mucho tiempo. Se ríe con ella y se ríe de ella. Lo espera ella sentada en cada esquina; el mexicano lo sabe por eso es tan imprescindible ofrendarle cuando se puede. 

Pero, volviendo a los símbolos, es preciso recordar que las antiguas culturas mexicanas contemplaron y estudiaron la naturaleza para atestar de significado a los que serían sus próximos símbolos de vida –uno de los más fuertes es por su puesto la muerte. Por eso es que no puedes encontrar más verdad sobre México que en sus símbolos, sus verdades cósmicas. No se puede ignorar la costumbre (un mero instrumento que conduce al símbolo) pero sobre todo no hay probabilidad de olvidar lo importante que es respetar estos símbolos para nuestra cultura.

Durante los Días de muertos, las calles de México –aún presumiendo su apabullaste globalización– se atavían de gran significado, la más elegante es sin duda la ofrenda.

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La ofrenda mortuoria posa sus raíces en las danzas y los llamados cantos de lamentación que culturas como la azteca llevaban a cabo al respecto de sus muertos. Se oían pronunciar estos “lamentos” armónicos comúnmente cuando los guerreros morían; las viudas y los hijos salían de sus casas al sonido de ellos, y proceder a realizar un pequeño ritual que involucraba las armas del difunto, su vestimenta y sus insignias. Algo como lo que hoy se acostumbra cuando las pertenencias del difunto se colocan sobre una ofrenda

Los guerreros muertos estaban vivos gracias a este ritual, que entre otras cosas celebraba el regreso de los guerreros a la “dimensión telúrica”, el origen. Luego de cuatro días de baile, los cuerpos eran sometidos a un  proceso de amortaje para convertirse en bulto. Aquí iniciaba la ofrenda de alimentos.

Con la ofrenda se da por sentado que existen tantos símbolos como ingredientes folclóricos en ella; un ritual que eleva su importancia a la que se tiene por los difuntos queridos. Desde aquél entonces y hasta hoy en día –a unos 500 años de la colonización y la mezcolanza de culturas–, la ofrenda sigue teniendo por fin elogiar y alimentar a los muertos.

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Algunas de las insignias más populares de la ofrenda y su traducción son:

Comida 

Generalmente la favorita de los difuntos. También pueden agregarse placeres mundanos como los cigarros o el alcohol, si estos eran del agrado del fallecido. La tradición ha permitido mantener platillos típicos mexicanos como el mole con arroz. 

Flores

Especialmente la flor de cempasúchil. Sirve de guía para los muertos de regreso al más allá. 

Copal

Purifica. El copal también sirve de alimento  a los espíritus, de guía a su regreso al más allá y ahuyenta las malas energías.

Veladoras (fuego)

Papel picado

Un puente entre la vida y la muerte.

Calaveras 

Ya sea de azúcar o de chocolate, representan el espíritu de cada difunto de la familia.

Pan de muerto

Sirve de alimento a los espíritus. Antiguamente este alimento no existía, pero en su lugar se contaba con el sacrificio del corazón de una joven que posteriormente era introducido a una olla de amaranto hirviente.

Cruz de cal, semillas o flores

Son los cuatro puntos cardinales que antiguamente se asimilaban a las cuatro deidades de los cuatro elementos.

Imagen del difunto (o de un santo devoto)

La mezcla de culturas ha permitido que la devoción de las antiguas deudas haya cambiado de nombre. Hoy en día muchas ofrendas posan en su cúspide la imagen de un santo a quien se le reza para que interceda por sus difuntos. En otras ocasiones se expone la imagen de los difuntos ofrendados.

Sal

Para purificar las almas de los niños.

Vaso de agua

Para calmar la sed del espíritu.

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Como bien se observa, en cada ofrenda se representan los elementos naturales (agua, tierra, fuego, viento; vaso con agua, semillas y flores, veladoras y papel picado respectivamente), justo como se hacía en épocas antiguas. El símbolo que es la ofrenda, es un reflejo de una ley cósmica que hasta la fecha hemos comprendido imaginando recuerdos, un símbolo que se dice eterno porque ha nacido de una verdad universal: la muerte.

*Imágenes: 1) Roberto Robles – Flickr / Creative Commons; 2) Damián Rondana  – Flickr / Creative Commons; 3) Ivan Hernández – Flickr / Creative Commons; 4) Miguel Arzola – Flickr / Creative Commons