100 maneras de nombrar la muerte en México

El amor nihilista de México hacia la muerte, la mortuoria picardía, se refleja en la cantidad de nombres que se utilizan para referirse a ella.

En México la relación con la muerte se proyecta en un cúmulo de tradiciones, ritos, conductas y estados de ánimo. Se le teme pero se le quiere, se le respeta pero con humor, se convive con ella a diario –no importa si es por medio de chistes, plegarias, refranes, ofrendas o creaciones literarias–.

Respecto al Día de Muertos, fecha epicéntrica de la convivencia mexicana con la muerte, Octavio Paz describe, con el atino que usualmente le caracterizaba, parte de la esencia de esta relación:

[…] nuestras representaciones populares son siempre burla de la vida, afirmación de la nadería e insignificancia de la humana existencia. Adornamos nuestras casas con cráneos, comemos el día de los Difuntos panes que fingen huesos y nos divierten canciones y chascarrillos en los que ríe la muerte pelona, pero toda esa fanfarrona familiaridad no nos dispensa de la pregunta que todos nos hacemos: ¿qué es la muerte? No hemos inventado una nueva respuesta. Y cada vez que nos la preguntamos, nos encogemos de hombros: ¿qué me importa la muerte, si no me importa la vida?

Como parte de este nihilismo mortuorio que sostenemos con el fin de la vida, y que lo tributamos con las más vivas tradiciones, el ingrediente semántico, es decir la forma en la que nos referimos a la muerte, es un aspecto fundamental. Así que a continuación les compartimos una compilación con cien nombres que se utilizan popularmente, algunos con más frecuencia que otros, para llamar la muerte en México

  1. Doña dientona
  2. Doña flaca
  3. Doña huesos
  4. Doña osamenta
  5. La afanadora
  6. La amada inmóvil
  7. La apestosa
  8. La bien amada
  9. La blanca
  10. La cabezona
  11. La calaca
  12. La calavera
  13. La calva
  14. La canaca
  15. La canica
  16. La cargona
  17. La catrina
  18. La chicharrona
  19. La chifosca
  20. La china hilaria
  21. La chingada
  22. La chinita
  23. La chiripa
  24. La chirrifusca
  25. La chupona
  26. La cierta
  27. La coatlicue
  28. La comadre
  29. La copetona
  30. La cruel
  31. La cuatacha
  32. La curamada
  33. La dama de la guadaña
  34. La dama del velo
  35. La democrática
  36. La descarnada
  37. La desdentada
  38. La dientona
  39. La elegante
  40. La enlutada
  41. La espirituosa
  42. La estirona
  43. La flaca
  44. La fregada
  45. La fría
  46. La grulla
  47. La güera
  48. La hilacha
  49. La hora de la hora
  50. La hora de la verdad
  51. La hora suprema
  52. La hueca
  53. La huesos
  54. La huesuda
  55. La igualadora
  56. La impía
  57. La indeseada
  58. La jala parejo
  59. La jedionda
  60. La jodida
  61. La jujurría
  62. La justiciera
  63. La liberadora
  64. La madre matiana
  65. La malquerida
  66. La más pareja
  67. La matadora
  68. La mocha
  69. La mostra
  70. La niña blanca
  71. La pálida
  72. La parca 
  73. La patas de catre
  74. La patas de hule
  75. La patrona
  76. La pelada
  77. La pelleja
  78. La pepenadora
  79. La peveada 
  80. La polveada
  81. La que no pregunta
  82. La rasera
  83. La raya
  84. La seria
  85. La siriquiasca
  86. La tembeleque
  87. La tía de las muchachas
  88. La tía quitería
  89. La tiesa
  90. La tilinga
  91. La tiznada
  92. La tostada
  93. La trompada
  94. La veleidosa
  95. La zapatona
  96. Las patas de hilo
  97. María Guadaña
  98. Patas de catre
  99. Patas de ixtle
  100. Patas de popote

 

 

nombres mexicanos para la muerte

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*Imágenes; Lotería de los Cincuenta Nombres/ loteria.elsewhere.org

¿Por qué celebrar el Día de muertos podría ayudarte a vivir mejor?

Los mexicanos sabemos lo vital que es cultivar todos los días una preciosa relación con la muerte…

Pocas razones tan potentes para querer sentirse mexicano (o estar inmerso en la cultura mexicana) como la relación que este ser-identidad puede presumir con la muerte. Es algo que sin duda todos deberíamos aprender y cultivar. Y es que a través del culto, la burla y el ritual, en este país hemos encontrado preciosas maneras de redimensionar el fenómeno más conmovedor de la existencia humana: su fin. 

En un artículo para Los Angeles Times, la periodista Melinda Welsh explora lo que ella encontró en la posibilidad de reinterpretar la muerte, a través de la fiesta mexicana del Día de muertos. En pocas palabras, la autora argumenta que en Estados Unidos es necesario un día de muertos para conectar con la finitud de sus propias vidas, pero desde un lugar positivo, de cariño, de nostalgia constructiva, de aceptación del hecho.

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Dice: “Qué maravilloso sería que la gente que está muriendo (toda la gente, en otras palabras) salieran de la vida sabiendo que cada año la conexión entre vida y muerte será glorificada en lugar de lamentada o temida. Un Día de los Muertos en Estados Unidos podría alentarnos a detener la negación, considerar el final de nuestros días y reconocer plenamente la cantidad imperfecta de tiempo que nos conecta a todos.”

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Las diferencias, por ejemplo, entre los imaginarios que rodean a la muerte en México y en Estados Unidos son muy claras. La muerte aquí es un sujeto complejo, que se multiplica en los difuntos a los que honramos. El personaje es temible, pero también ingenioso y divertido. Del otro lado de la frontera, la muerte es un evento que, como manifestación cultural explota sus cualidades más grotescas para asustar.

Aunque hay que decirlo, a diferencia de lo que Melinda Welsh supone, el día de muertos no es nada más lo que se muestra en Coco (y todos los mexicanos lo saben). A pesar de que sí, definitivamente se trata de una fiesta y un momento para compartir con los que ya no están, también es un ejercicio para la extrema catarsis.

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Si no has pasado el Día de muertos en un panteón, debemos decirte que es una experiencia para vivir antes de morir. No hay como sentarse entre las tumbas, con el olor del cempasúchil y el humo del copal, mirando a las familias decorar las tumbas y llamando a los tríos para que toquen un par de corridos frente a las tumbas, mientras en silencio se llora y se bebe cerveza o tequila o aguardiente.

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Al caer la noche, con las manos secas por el frío de otoño y la cara empapada y enrojecida por las lágrimas, las lluvias esporádicas y el alcohol, las velas alumbran débilmente los caminos en el camposanto y a la milésima interpretación del precioso corrido “Nomás un puño de tierra” quienes celebraban por la mañana, comienzan a desgastarse en la tremenda tristeza, incluso a dejarse llevar por la furia, hasta que sus familiares más serenos, los sacan del panteón,

Es una escena pesada, tal vez, pero, al mismo tiempo, hermosa, necesaria y relativamente esperada, pues año con año, los mexicanos se permiten cultivar su sensibilidad en niveles dolorosos y profundos.

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Otro argumento interesante de Melinda Welsh es que el miedo a la muerte nos hace violentos, porque seríamos capaces de muchas cosas para evadir la propia posibilidad de morir. Este miedo nos hace intolerantes a algunas personas (en Estados Unidos es muy evidente cuando se trata de la situación migrante), o nos hace alejarnos de forma cortante o agresiva de múltiples situaciones.

Al mismo tiempo, hay quienes argumentan (como los teóricos que propusieron la llamada “Teoría del Manejo del Terror”) que el miedo a la muerte es también la fuerza que nos impulsa a construir fantásticas manifestaciones culturales y sistemas simbólicos que le dan valor a nuestra existencia y nos hacen perdurar. 

Y la cosa es que en México sí le tenemos miedo a la muerte, pero sabemos lo vital que es cultivar con ella una relación dedicada y profunda. Así, es definitivo que celebrar el Día de muertos podría ayudarte a reconciliar con el fenómeno inevitable, con esta aparente falta de tiempo, con un dolor que es rico sufrir, pero, que al fin y al cabo solo significa precisamente que estás vivo.

El terrible y bello ritual de la muerte, la mirada fotográfica de Enrique Metinides (FOTOS)

Enrique Metinides, uno de los mejores fotógrafos de México y su visión única al retratar la muerte: un rito del que todos somos parte.

Vivimos la muerte como respiramos la vida. Las fotografías de Enrique Metinides son la prueba. Metinides es conocido por ser el primer fotógrafo mexicano de la nota roja, pero su legado va más allá. A través de su lente precoz se encuentra la mortandad en los momentos más cotidianos e inocentes. El capturar la vida y el deceso es un ritual que realiza con precisión quirúrgica y religiosa. A la vez que retrata cabezas cercenadas o  cadáveres de suicidas, produce un hallazgo inesperado: el valor sagrado de la vida aún cuando está ausente.

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La veneración de la vitalidad, gracias a la muerte, es un rasgo mexicano que Metinides supo manejar y mostró que, la idiosincracia de nuestros antepasados, está muy presente. Sus personajes son una reinterpretación de los huesos de pan y las calaveras de azúcar. Sólo que en sus fotografías,  los cráneos y  huesos sí son humanos. Representan la fragilidad a la que el mexicano se enfrenta cada día.

Desde fotografías sobre accidentes automovilísticos, la mutilación infantil, hasta la caída de una mujer de un rascacielos. Ninguna tragedia escapa a este fotógrafo de ojos curiosos, quien considera como una de sus principales influencias el cine estadounidense. Sobre todo, las películas de gángsters, la precisión en la que colocan un muerto en escena y su violencia. Su afición por las secuencias de brutalidad y muerte  lo acompañaron desde infante, pero con su cámara fue más allá. Aún así, el agradecimiento al séptimo arte de Hollywood siempre fue explícito. 

“La calle donde yo vivía, San Juan de Letrán, tenía muchos cines y me gustaba ir yo solo, y ver las películas de Edward G. Robinson y Humphrey Bogart. Pienso que el cine y la luz de esas películas fueron lo que más me impactó”.

 

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El “niño”, como solían decirle, empezó su incursión en la fotografía mortuoria desde muy pequeño. Su padre, un humilde vendedor, se encargaba de comerciar con rollos fotográficos. El día en que le obsequió a Enrique su primera cámara, ya fuera por embrujo o fortuna, había sellado su destino. Su primera fotografía capturó un accidente de coche. Después de ello, las calles de la Ciudad de México comenzaron a ser retratadas con su mirada infantil. Empezaron a publicar sus fotografías a los once años y fue el reportero gráfico de nota roja más joven de la historia. Ningún detalle pasaba desapercibido a este pequeño artista, sobre todo la muerte. Aquel tema que muy pocas veces los mexicanos se atreven a encarar, a no ser que sea en el Día de Muertos. 

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La técnica con la que Enrique retrata la muerte recuerda el ritual con el que los mexicanos la honran. A diferencia de los europeos o estadounidenses, quienes la tratan con el desagrado hacia lo desconocido, el mexicano se abraza a ella, la celebra y hasta se mofa de su tragedia. La familiaridad con la muerte parece llevarse en la sangre. Aunque, como en toda relación, hay una paradoja. Inclusive en la cercanía más profunda, hay un atisbo de desapego. El burlarse de la muerte, y la desgracia que acarrea, también es una manera de distanciarse del dolor que provoca. El mexicano, al incordiar la muerte, no sólo la ridiculiza. La observa de una manera desencarnada, y el miedo a su presencia, hace imposible apartar la vista de sus eventos violentos. Las aglomeraciones de gente alrededor de accidentes lo demuestras y Metinides lo sabe:

“He visto tiroteos, ahogamientos y apuñalamientos. Una persona moría y su familia se quedaba sin ingreso, o un hombre terminaba en prisión y su familia sufría por eso.  He visto fuegos y explosiones y todo tipo de desastres, pero lo que siempre me fascinaba era la gente que venía a ver. Los Metiches, mirones, curiosos, chismosos” 

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El marcar una distancia entre la muerte y el que la festeja, también fue indispensable en el estilo de Enrique. Su visión como espectador siempre estuvo clara. Es una mirada, como muchos dicen, a la tragedia de los eventos. Pero, más que nada, es una alabanza y apología a la fugacidad de la vida y el instante eterno de la muerte.

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El capturar la muerte  y volverla parte de su estética, es un tema del que Metinides está muy consciente. Para retratarla y apreciar su esencia, es igual de necesario valorar la vida. Cuando se observan sus fotografías, más allá de sentir el alivio de no experimentar en carne propia la desgracia, es una contemplación de lo que podría suceder. Una mirada al futuro, el paso de la vida a la muerte para volverse uno con la eternidad. Es sólo en este instante, cuando al mirar las fotografías de Metinides, se lleva a cabo un ritual. Lo desee uno o no, la muerte es parte de la vida, pero gracias a las fotografías de Enrique Metinides, se tiene la oportunidad de crear una reacción hacia la muerte. Más que padecerla, la estamos viviendo

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Miranda Guerrero
Autor: Miranda Guerrero
Estudió la carrera de Letras Hispánicas en la UAM Iztapalapa. Su carrera artística involucra tanto narrativa, poesía y elaboración de collages.

Bestiario de monstruos: esta es la colección de máscaras más grande del mundo (y está en México)

El sincretismo y la magia mexicana están unidos en rostros de barro, papel maché y misterio.

La máscara es una metáfora, un símbolo de nuestros monstruos internos pesadillas. Al ver una, no observamos al otro, sino lo que elegimos ser tememos. Representan la parte más expresiva del cuerpo: la cara de los obeliscos o nuestros terrores y en esta tierra hay un santuario creado especialmente para ellos: el Museo Coronel en Zacatecas.

Este lugar, localizado en el Ex Convento de San Francisco,  y sus objetos ancestrales, poseen más de 11 mil artesanías. Se trata de la colección de máscaras más grande del mundo. Cada una con su pasado y tal vez embrujo.

La colección inició gracias al pintor Rafael Coronel, artista conocido por sus paisajes surrealistas. La única regla a la hora de atesorarlas fue que cada una de las máscaras hubiera tenido un pasado activo, en el que fue usada al menos una vez en alguna danza o celebración mexicana. 

No sorprende por ello que varias de ellas representarán las danzas regionales, como los viejitos,  los catrinesla judea. Si bien el inmueble cuenta con más de 11 mil piezas, debido a cuestiones de espacio, sólo tiene en presentación dos mil trescientas, pero eso no disminuye su encanto.

Las caretas están realizadas por los materiales más extraños: piel de animal, madera y cola de caballo. Su localización en este antiguo Ex Convento permite mostrar al público un mestizaje profundo de dos culturas provenientes de universos distintos, la indígena y la española. Adicional, en otra de las salas del museo se muestran títeres de más de un siglo de antigüedad, algunas obras de Coronel y otras más de su esposa Ruth Rivera.

El Museo Coronel en Zacatecas es ese sitio improbable que nos muestra, literalmente, las muchas máscaras de México; un universo de emociones y estados que hoy descansan en lo profundo de una artesanía. 

Foto: Gonzalo Hernández Araujo
Foto: Murphy Larronde

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mascaras mexicanas Museo Coronel en Zacatecas
Foto: EsAcademic.com
mascaras mexicanas museo rafael zacatecas
Foto: Panoramio
Foto: El Universal
Museo Coronel en Zacatecas mascaras mexicanas
Foto: araizcorre.com

/ Datos prácticos

*Dirección: S. Francisco S/N, Zacatecas Centro, 98000 Zacatecas, Zac.

*Tel. 01 492 922 8116

*Precio al público $30 / estudiantes con credencial obtienen 50 % de descuento.

*¿Cómo llegar?