Lecciones desde los Altos de Chiapas: los indígenas y el buen vivir (Lekil Kuxlejal) 

Las lenguas tsotsil y tseltal develan un mundo de solidaridad y sabiduría que hoy más que nunca debemos conocer.

Las etnias tseltal y tsotsil de Chiapas son las dos más grandes culturas indígenas que habitan dicho territorio. Son herederos de una cultura prehispánica latente, y actualmente ocupan los mismos parajes montañosos y las mismas frondosas selvas que sus ancestros.  

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Las comunidades que se distribuyen por los Altos de Chiapas tienen cada una sus propias fiestas, atuendos y formas de gobierno, pero en todas se reproduce por igual la más bella y sabia palabra: Lekil Kuxlejal, misma que sólo puede traducirse llevándola a la práctica, pero que a grandes rasgos se entiende como el buen vivir. La fecunda cosmovisión que encierran así, estas palabras, es compartida no sólo por los habitantes de la montaña chiapaneca, sino por muchísimos pueblos originarios de toda América.

En el Lekil Kuxlejal recae la idea de una buena vida, pero no sólo en lo material, sino entendida ésta como una relación sagrada con la tierra y de respeto hacia todo aquello que guarde energía, es decir, vida. Así, el Lekil Kuxlejal es una visión cosmogónica de la existencia, que comprende la vida en sus múltiples contradicciones y se asume como una práctica congruente ante ellas. En palabras del profesor Antonio Paoli, de la Universidad Autónoma Metropolitana: 

El Lekil Kuxlejal es una realidad trascendente, es la vida en este mundo y después de él. Es mucho más que una utopía. Es la vida real, hoy degradada, que debiera restaurarse. Y sólo puede restaurarse desde el kochelin jbahtik, que significa, si buscamos una traducción literal, “interioridad e intersubjetividad comunitaria”, que equivaldría a autogestión. 

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Así, el Lekil Kuxlejal se entreteje, junto con otras palabras de la lengua tsotsil y tseltal, en una práctica infinita en sus posibilidades. Y aunque pertenezca a un mundo tan diferente al nuestro, es posible traducir este buen vivir e introducirlo a nuestra gramática cotidiana, es decir: a nuestra praxis.

Aquí recopilamos cuatro reflexiones del Lekil Kuxlejal que invitamos a poner en práctica.

Trabajar la milpa es educarse 

Para las comunidades de los Altos de Chiapas la milpa es sagrada, pues es su primigenia fuente de alimento, de esa energía que hace posible el Lekil Kuxlejal. El maestro tseltal Silvestre Hernández Clara cuenta que “a los niños se les lleva a la milpa para educarlos”, para que “entren en contacto con sus Madres-Padres naturales”. Por ello, en el trabajo de la milpa hay cariño, juego y respeto de por medio, para que los niños crezcan y se conviertan en lekil winik (hombres de bien). 

Todos somos un solo corazón (jun naz ko’tantik) 

En las comunidades de la montaña, el día a día no podría comprenderse sin el trabajo colectivo. Para los tsotsiles y tseltales la cotidianidad discurre entre asambleas y reuniones donde deciden el futuro de sus pueblos, y consideran que es de vital importancia llegar a acuerdos que beneficien a todos, a consensos que los hagan ser un solo corazón. 

La vida es caminar hacia el horizonte 

Para los tseltales y tsoltsiles la vida es como un transitar hacia el horizonte. Todos caminamos hacia un cielo que se dibuja a lo lejos y al que jamás llegaremos, pero finalmente es ese cielo el que nos hace caminar. Los ancianos de la comunidad, además, son portadores de sabiduría por ser quienes más camino han transitado, razón por la cual acuden a ellos los más jóvenes en busca de consejo. 

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Guardar la memoria es preservar nuestras raíces 

Si algo ha mantenido vivo el Lekil Kuxlejal es la memoria. Para las comunidades de los Altos de Chiapas, no hay nada más importante que preservar la historia de su devenir como pueblo, pues ello equivale a mantener sus raíces. De ahí proviene la dignidad que los caracteriza, y que hoy los hace defender con entereza sus usos y costumbres ante influencias extranjeras. 

*Bibliografía: Lekil Kuxlejal como horizonte de lucha
Autonomía, socialización y comunidad tseltal

*Imágenes:  1)  La Jornada UNAM; 2) Flickr Daniel Mennerich; 3) Plumerio Pipichas – flickr; 4) ilustración de Beatriz Aurora Castedo 

Sandra Vanina Celis
Autor: Sandra Vanina Celis
Hija de tiempos posmodernos, pero aún así terca en la necesidad de construir el socialismo. Colaboradora del proyecto político Colectivo Ratio.

Este colectivo indígena produjo su propia conexión a internet

“Palabra al viento” es el servicio de internet diseñado y administrado por un colectivo indígena en Chiapas.

La conectividad es un asunto vital en nuestro tiempo. Sin embargo, en México el 34% de la población no tiene acceso a internet. 

Mientras que los investigadores que presentaron el más reciente Estudio de Hábitos de Usuarios de Internet en México 2019 (desarrollado por Internet.mx) afirman que este sector “está compuesto por los grupos poblacionales cuya actividad depende en menor medida de la tecnología”, hay otra razón detrás de este hecho.

Como explica Mariano Gómez, maestro de primaria chiapaneco y miembro del colectivo tzeltal Ik’ta k’op (Palabra al viento) de Abasolo, a las comunidades de extrema pobreza se les niega el acceso a Internet porque prestarles el servicio no es remunerable para las empresas que lo proveen.

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Imagen: Colectivo “Palabra al viento”

Pero en muchos sentidos, Internet es una herramienta indispensable, particularmente para las minorías del país. Sin acceso a esta herramienta y a toda la información que se distribuye en ella, su participación social se minimiza. Sin Internet, en muchos casos, estas comunidades se quedan al margen de asuntos de derechos, política y defensa de territorio. 

Además, Internet permite flexibilizar y mejorar la eficiencia de procesos cotidianos: desde la educación, hasta el comercio (eliminando intermediarios), pasando por la simple comunicación entre amigos y familiares. Esto último es muy importante para las familias separadas por la migración a Estados Unidos. 

Con todo esto en mente Mariano Gómez inició en 2016 el colectivo Ik’ta k’op para producir su propia conexión a internet en Abasolo, Chiapas. En este estado solo el 16% de la población tiene acceso a la red. Su propuesta es accesible y solidaria. De hecho, las familias que no pueden pagar por el servicio lo intercambian por trabajo para el colectivo.

Pero no solo se trata de conectarse, sino de hacerlo en sus propios términos. En palabras del colectivo: “Más que un acceso a la comunicación e información, se busca apropiar la tecnología desde la cosmovisión indígena, ejerciendo nuestra libre autodeterminación en la generación de nuestros propios medios decidiendo comunitariamente en qué forma hacerlo.”

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Imagen: Colectivo “Palabra al viento”

Por eso, una de sus labores clave es generar contenido en su propia lengua, el tzeltal, para que los usuarios de su red puedan encontrar un gran acervo de buena información y entretenimiento que realmente les sea útil y resuene con su entorno. 

Además, son muy conscientes de que el “uso excesivo de las redes sociales” implica que sus datos personales sean almacenados, analizados y utilizados por grandes empresas que en muchos sentidos, los han dejado fuera de la ecuación. Por eso están generando alternativas. Sin duda este es un proyecto con el que hay que conectar y en la medida de lo posible, comenzar a replicar.

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*Imagen destacada: Ricardo Gómez Garrido

En este hospital de Chiapas los pacientes pueden pagar con café y maíz

Un proyecto verdaderamente resiliente, hecho para ayudar a una comunidad igual de aguantadora…

En México decir que las condiciones de vida son “adversas” es simplificar el asunto. Tendría más sentido decir que son inestables y que eso, sobre otras cualidades del “vivir aquí” problematiza la existencia de los habitantes. Por otro lado, además de la falta de estabilidad hay inmensos desequilibrios. Mientras que hay sitios donde la infraestructura desborda (y se cae por su propio peso), como la CDMX, hay lugares donde simplemente no hay escuelas, ni hospitales.

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Estas carencias se concentran principalmente en algunos estados del país, como Chiapas. Afortunadamente, hay sujetos que hacen todo lo que pueden para cubrir algunos de los huecos; utilizando los recursos que tienen a la mano y aprovechando la bondad y el cariño de los que se suman a sus causas. Así nació el Hospital San Carlos en Altamirano, Chiapas un proyecto fantástico que desde 1969 ha acallado los “no se puede” que lo rodeaban.

En San Carlos trabajan con lo que tienen (y funciona)

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70 camillas, un médico cirujano, un anestesista y múltiples voluntarios atienden alrededor de 100 personas al día. La mayoría de los pacientes son indígenas de los pueblos Tzeltal, Tzotzil y Ch’ol; algunos caminan más de 8 horas por la selva para ser atendidos en San Carlos. Y el hospital, consciente de las condiciones económicas de las comunidades, acepta “pagos” de café, maíz y naranja, cultivados por los pacientes. Esta ofrenda podría ser considerada un pago simbólico, pero francamente estos bienes son el capital de las comunidades rurales de la selva chiapaneca.

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Desafortunadamente, las medicinas que los enfermos necesitan no se valúan en café y maíz, lo que complica mucho la labor de San Carlos. Las enfermedades que más atienden son crónicas, como cáncer y diabetes. Por otro lado, la desnutrición a la que se enfrentan las comunidades provoca epidemias poco comunes, como la tuberculosis. En ese sentido, su hacer es limitado, pero los que trabajan en el hospital no se rinden.

Un proyecto resiliente y resonante

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Tal vez eso sea lo más increíble del proyecto: como buena entidad resiliente, se adaptan en todos los sentidos a sus contexto. No sólo aceptan estos trueques, también admiten a los pacientes aunque estos no cuenten con documentos oficiales: el nombre y el lugar de residencia bastan. Por otro lado, han procurado integrar a sus métodos medicina alternativa, como la tradicional, fundamentada en la cosmovisión indígena de la salud. Además, casi todo el personal es de origen indígena, vive en la localidad y habla las lenguas de las comunidades; en ese sentido la comunicación se mantiene abierta y no es unilateral. Por otro lado, constantemente buscan la ayuda de los curanderos y parteras rurales. Ningún saber útil se queda fuera del proyecto.  

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El edificio mismo es prueba de esto: Kees Grootenboer, el arquitecto que lo diseñó explicó a la revista Forbes que la estructura utiliza formas curvas para “repartir la presión de choques sísmicos”, ampliando sus posibilidades de resistir temblores. Chiapas es una de las zonas más sísmicas del país y este tipo de detalles son vitales.

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Sin duda lo más emocionante es que, aunque el hospital tenga deficiencias y necesidades, es un proyecto que se levanta de forma comunitaria, que se hace con la labor constante de los locales y que se integra en serio como un componente social abierto, flexible y fundado en gran medida por la buena voluntad. Ese tipo de servicio no se paga con dinero.

Otro proyecto comunitario que te va a dejar sorprendido: Estas monjas quieren salvar al achoque, curioso primo del ajolote

*Imágenes: Destacada: Tamas Coyo; Hospital San Carlos, excepto no. 4 atribuida a Jessica Martínez. 

Aprender tsotsil: la principal lengua de los artesanos chiapanecos

Al visitar el estado de Chiapas, una parada obligatoria es el mágico San Cristóbal de las Casas.

Quienes han tenido la fortuna de visitar el enigmático pueblo de San Cristóbal de las Casas, no pueden negar el festín visual que ofrece su arquitectura, artesanías, mercados y belleza en la vestimenta artesanal de las mujeres y hombres de diferentes localidades aledañas que se congregan en este paraje turístico.

Pero… ¿alguien ha prestado atención a la comunicación de los indígenas?

En San Cristóbal de las Casas o pueblos cercanos, los habitantes atienden al turismo en español e incluso en inglés, sin embargo, entre ellos siguen conservado la comunicación en su lengua natal, el tsotsil.

San Juan Chamula, San Andrés Larraínzar y Zinacantán, son algunos de los 23 pueblos en los que aún se habla esta lengua de origen maya; el español, si acaso se habla, es un segundo idioma.

A diferencia de muchos pueblos del país donde se está perdiendo la lengua indígena, en esta zona del estado de Chiapas, el primer contacto lingüístico que tienen es con su lengua étnica; hasta que se entra al jardín de niños y primaria es cuando se comienza a aprender español.

libros aprender tsotsil

De acuerdo al INEGI, en el 2010 había 416,375 hablantes de la lengua tsotsil.

Estar en la zona únicamente como turista, no te permite prestar atención a este fenómeno, sin embargo, al convivir en el día a día con familias de estas comunidades, sientes la necesidad de aprender tsotsil.

Comúnmente los idiomas se aprenden en las aulas, pero para aquellos que son autodidactas tienen la oportunidad de aprender la lengua gracias a Mariano Reynaldo Vázquez López quien es originario de Shulvó, localidad perteneciente al municipio de Zinacantán, Chiapas.

Mariano Reynaldo, Licenciado en Pedagogía y Maestro en Educación y Diversidad Cultural, es el autor de “Chano bats´i k´op” (Tsotsil para principiantes), un libro completo que te lleva de la mano en el autoaprendizaje de esta lengua.

Si visitas San Cristóbal de las Casas, puedes adquirir este material en la Librería Chilam Balam ubicada en el precioso centro del pueblo.

Lo importante es mantener la cultura y las lenguas vivas.

*Si quieres irte familiarizando con esta lengua, accede a este PDF donde encontrarás las normas básicas de este idioma.

Imágenes: 1).visitmexico.com
Tan Iduarte
Autor: Tan Iduarte
Mercadóloga de profesión, fiel a lo #HechoEnMéxico por pasión. Escritora, blogger y editora en jefe del sitio web de referencia México a colores (www.mexicoacolores.com). Directora creativa de la marca Telar Estudio y cofundadora de Taller Origen. Fiel creyente de la alta calidad de la mano de obra artesanal y diseño nacional.