En este hospital de Chiapas los pacientes pueden pagar con café y maíz

Un proyecto verdaderamente resiliente, hecho para ayudar a una comunidad igual de aguantadora…

En México decir que las condiciones de vida son “adversas” es simplificar el asunto. Tendría más sentido decir que son inestables y que eso, sobre otras cualidades del “vivir aquí” problematiza la existencia de los habitantes. Por otro lado, además de la falta de estabilidad hay inmensos desequilibrios. Mientras que hay sitios donde la infraestructura desborda (y se cae por su propio peso), como la CDMX, hay lugares donde simplemente no hay escuelas, ni hospitales.

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Estas carencias se concentran principalmente en algunos estados del país, como Chiapas. Afortunadamente, hay sujetos que hacen todo lo que pueden para cubrir algunos de los huecos; utilizando los recursos que tienen a la mano y aprovechando la bondad y el cariño de los que se suman a sus causas. Así nació el Hospital San Carlos en Altamirano, Chiapas un proyecto fantástico que desde 1969 ha acallado los “no se puede” que lo rodeaban.

En San Carlos trabajan con lo que tienen (y funciona)

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70 camillas, un médico cirujano, un anestesista y múltiples voluntarios atienden alrededor de 100 personas al día. La mayoría de los pacientes son indígenas de los pueblos Tzeltal, Tzotzil y Ch’ol; algunos caminan más de 8 horas por la selva para ser atendidos en San Carlos. Y el hospital, consciente de las condiciones económicas de las comunidades, acepta “pagos” de café, maíz y naranja, cultivados por los pacientes. Esta ofrenda podría ser considerada un pago simbólico, pero francamente estos bienes son el capital de las comunidades rurales de la selva chiapaneca.

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Desafortunadamente, las medicinas que los enfermos necesitan no se valúan en café y maíz, lo que complica mucho la labor de San Carlos. Las enfermedades que más atienden son crónicas, como cáncer y diabetes. Por otro lado, la desnutrición a la que se enfrentan las comunidades provoca epidemias poco comunes, como la tuberculosis. En ese sentido, su hacer es limitado, pero los que trabajan en el hospital no se rinden.

Un proyecto resiliente y resonante

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Tal vez eso sea lo más increíble del proyecto: como buena entidad resiliente, se adaptan en todos los sentidos a sus contexto. No sólo aceptan estos trueques, también admiten a los pacientes aunque estos no cuenten con documentos oficiales: el nombre y el lugar de residencia bastan. Por otro lado, han procurado integrar a sus métodos medicina alternativa, como la tradicional, fundamentada en la cosmovisión indígena de la salud. Además, casi todo el personal es de origen indígena, vive en la localidad y habla las lenguas de las comunidades; en ese sentido la comunicación se mantiene abierta y no es unilateral. Por otro lado, constantemente buscan la ayuda de los curanderos y parteras rurales. Ningún saber útil se queda fuera del proyecto.  

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El edificio mismo es prueba de esto: Kees Grootenboer, el arquitecto que lo diseñó explicó a la revista Forbes que la estructura utiliza formas curvas para “repartir la presión de choques sísmicos”, ampliando sus posibilidades de resistir temblores. Chiapas es una de las zonas más sísmicas del país y este tipo de detalles son vitales.

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Sin duda lo más emocionante es que, aunque el hospital tenga deficiencias y necesidades, es un proyecto que se levanta de forma comunitaria, que se hace con la labor constante de los locales y que se integra en serio como un componente social abierto, flexible y fundado en gran medida por la buena voluntad. Ese tipo de servicio no se paga con dinero.

Otro proyecto comunitario que te va a dejar sorprendido: Estas monjas quieren salvar al achoque, curioso primo del ajolote

*Imágenes: Destacada: Tamas Coyo; Hospital San Carlos, excepto no. 4 atribuida a Jessica Martínez. 

Este increíble proyecto cambiará tu visión sobre México para siempre

Tienes que conocer Albora, una plataforma que mapea los proyectos comunitarios e iniciativas sociales más esperanzadores del país...

El panorama sociocultural en México no pinta precisamente bien, sobre todo si nuestra ventana al mundo son los medios noticiosos. Además, la desconfianza va en aumento, se nota en el alza de los índices de percepción de corrupción e inseguridad. Así, aunque las cosas estén efectivamente complicadas, el imaginario colectivo no está colaborando y las alternativas y buenas noticias, se pierden en el mar de información negativa.

Aunque hay momentos donde demostramos ser increíblemente solidarios y se nos olvidan las distancias que nos hacen desconfiar, estos parecen aparecer solo frente a ciertas coyunturas (como los desastres naturales), pero cuando la efervescencia parece terminar, aunque las cosas nunca terminan de acomodarse, dejamos de movernos y tendemos a dejarnos llevar por el flujo cotidiano.

¿Qué nos falta? ¿Por qué nos cuesta tanto colaborar, organizarnos, reunirnos, ser constantemente críticos (y no solo en Twitter) y activarnos? En muchos sentidos, lo que necesitamos es estar inspirados, ver ejemplos de que las cosas sí salen bien o materializaciones de comunidades mexicanas que se han levantado para construir espacios que nos beneficien (aunque a veces sea discretamente) a todos.

También en Más de México: ¿Qué se necesita para construir la paz en México?

En estos tiempos, donde es crítico cambiar la visión sobre México para cada uno de los sujetos que queremos formar parte de este país, nace Albora, un proyecto que se plantea “recuperar la esperanza como fuerza social”. ¿Cómo planean hacerlo? Su objetivo es consolidarse como una plataforma digital donde cualquiera pueda conocer y celebrar iniciativas sociales locales dignas de reconocimiento. A través de estas historias multimedia Albora quiere “tender puentes entre colectivos organizaciones y ciudadanos involucrados en el cambio social o dispuestos a hacerlo” e invitar a los que aún no se conectan a sumarse.

¡Apoya hoy la campaña de Kickstarter para consolidar los esfuerzos de Albora!

Para entender mejor sus intenciones, nos comunicamos con Étienne von Bertrab, fundador y director de Albora, que además ha trabajado como profesor e investigador en México y Reino Unido en temas de desarrollo sustentable y ha es activista de temas ambientales. Te compartimos fragmentos de esta interesante entrevista:


+DMX: En el contexto sociocultural en el que se inscribe Albora ¿qué significa “esperanza”?

EvB: Partimos de la reflexión de que en el estado en que se encuentra México no sólo abunda (y entendiblemente) el pesimismo, [también] el optimismo, que muchas y muchos ofrecen, y que ninguna de estas posiciones o estados ayudan a salir, como sociedad, de lo que muchos consideramos el momento más oscuro de nuestra vida contemporánea.

Rebecca Solnit habla de que el pesimismo y el optimismo son dos caras de la misma moneda. Se parecen en que con ambas actitudes nos excusamos de actuar, ya sea porque ‘no hace sentido’ o porque ‘todo va a estar bien’.

Gustavo Esteva, fundador de la Unitierra en Oaxaca, ha sido fundamental para nosotros en entender la esperanza no como un estado de ánimo (y por supuesto no en un sentido religioso o que sugiera igual, ‘esperar’), sino como una convicción profunda, que es necesario cultivar y abrigar. Con ella no es que se tengan certezas, sino todo lo contrario. Se reconoce el peligro que nos acecha y sobre todo la incertidumbre, pero existe la convicción de que algo podemos hacer frente a la realidad, aunque no sepamos bien a bien cómo y cuándo surtirá nuestra acción, algún efecto.

Esteva habla de la esperanza como fuerza social, y apunta a que es eminentemente colectiva […]

+DMX: Albora pretende compartir ejemplos que inspiran, pero, en tu experiencia ¿cómo construir relaciones de este tipo en el día a día? ¿Cómo inspirarnos confianza (en todos los sentidos) los unos a los otros?

EvB: Mientras que instituciones como los partidos políticos, la justicia, los militares y policías, la iglesia, se han ganado a pulso nuestra desconfianza, lo lamentable es que desconfiamos también uno del otro. Somos de los países de América Latina donde la desconfianza es más amplia y más profunda.

Desde mi punto de vista y a partir de mi experiencia como activista en México […] llevamos también la desconfianza a la acción colectiva, a las organizaciones y a las redes de acción y solidaridad. Es demasiado común restar legitimidad al otro, por la razón que fuera – por quién es, por dónde o cómo vive, por estar relacionado con algún partido o gobierno, o haberlo hecho en el pasado, por haber recibido dinero público, y así. Por lo que sea. Eso hace que logremos muy poco, y que quienes se benefician del estado de cosas sigan intocados.

Vivimos una ciudadanía de baja intensidad, y profundizarla requerirá un montón de esfuerzos colectivos y comunitarios, y para ello será fundamental restablecer la confianza, reconocer el valor del otro y de lo que hace, aunque no estemos de acuerdo en todo.

[…] En Albora buscaremos construir confianza mediante un entramado de cosas: quiénes estamos detrás y muy particularmente los asesores temáticos, las iniciativas y esfuerzos que elegimos donde pese su impacto y capacidad de transformación, y la calidad del trabajo de documentación y de comunicación: plumas, fotos, video, audio.

La idea es que una parte creciente de la audiencia considere al menos la posibilidad de valorar lo que hacen las organizaciones y colectivos referidos, y se sume de alguna manera, ya sea como voluntario, prestando un servicio profesional, visitándolos, en lugar de ir a Acapulco o al extranjero una vez más, o donando dinero.

Los mexicanos, a pesar de nuestra amplia generosidad, que se manifiesta por ejemplo frente a cada desastre natural, contribuimos muy poco económicamente a las organizaciones de la sociedad civil.

+DMX: ¿Qué hacer para que este tipo de proyectos sociales no sean “emergencias” y se transformen en “estrategias”?

EvB: Esperemos que Albora esté para quedarse, pues siempre habrá iniciativas a las cuales apoyar ampliando su voz. México no saldrá de esta guerra y de las múltiples violencias (la criminal y la institucional, pero también aquella hacia el pobre, hacia las mujeres, hacia los jóvenes, hacia el territorio) fácilmente, y posiblemente nos tome generaciones.

Albora es un esfuerzo colectivo, una apuesta a aportar a algunos de los desafíos que tenemos como sociedad.

¿Quieres ayudar?

Hay muchas maneras de apoyar a esta fantástica iniciativa. La primera es compartiéndola con tus amigos, familia y conocidos. Hay que estar atentos a sus esfuerzos de Albora y también para el lanzamiento de su plataforma digital (que será a mediados de octubre). Además, puedes convertirte en colaborador: si eres fotógrafo, periodista o investigador puedes poner cámara, pluma y corazón para dar a conocer los proyectos que le están devolviendo la esperanza a esta tierra.

¡Y no te olvides de apoyar su campaña para fondear el proyecto!

Descubre más sobre Albora en su sitio web y Twitter.

Lecciones desde los Altos de Chiapas: los indígenas y el buen vivir (Lekil Kuxlejal) 

Las lenguas tsotsil y tseltal develan un mundo de solidaridad y sabiduría que hoy más que nunca debemos conocer.

Las etnias tseltal y tsotsil de Chiapas son las dos más grandes culturas indígenas que habitan dicho territorio. Son herederos de una cultura prehispánica latente, y actualmente ocupan los mismos parajes montañosos y las mismas frondosas selvas que sus ancestros.  

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Las comunidades que se distribuyen por los Altos de Chiapas tienen cada una sus propias fiestas, atuendos y formas de gobierno, pero en todas se reproduce por igual la más bella y sabia palabra: Lekil Kuxlejal, misma que sólo puede traducirse llevándola a la práctica, pero que a grandes rasgos se entiende como el buen vivir. La fecunda cosmovisión que encierran así, estas palabras, es compartida no sólo por los habitantes de la montaña chiapaneca, sino por muchísimos pueblos originarios de toda América.

En el Lekil Kuxlejal recae la idea de una buena vida, pero no sólo en lo material, sino entendida ésta como una relación sagrada con la tierra y de respeto hacia todo aquello que guarde energía, es decir, vida. Así, el Lekil Kuxlejal es una visión cosmogónica de la existencia, que comprende la vida en sus múltiples contradicciones y se asume como una práctica congruente ante ellas. En palabras del profesor Antonio Paoli, de la Universidad Autónoma Metropolitana: 

El Lekil Kuxlejal es una realidad trascendente, es la vida en este mundo y después de él. Es mucho más que una utopía. Es la vida real, hoy degradada, que debiera restaurarse. Y sólo puede restaurarse desde el kochelin jbahtik, que significa, si buscamos una traducción literal, “interioridad e intersubjetividad comunitaria”, que equivaldría a autogestión. 

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Así, el Lekil Kuxlejal se entreteje, junto con otras palabras de la lengua tsotsil y tseltal, en una práctica infinita en sus posibilidades. Y aunque pertenezca a un mundo tan diferente al nuestro, es posible traducir este buen vivir e introducirlo a nuestra gramática cotidiana, es decir: a nuestra praxis.

Aquí recopilamos cuatro reflexiones del Lekil Kuxlejal que invitamos a poner en práctica.

Trabajar la milpa es educarse 

Para las comunidades de los Altos de Chiapas la milpa es sagrada, pues es su primigenia fuente de alimento, de esa energía que hace posible el Lekil Kuxlejal. El maestro tseltal Silvestre Hernández Clara cuenta que “a los niños se les lleva a la milpa para educarlos”, para que “entren en contacto con sus Madres-Padres naturales”. Por ello, en el trabajo de la milpa hay cariño, juego y respeto de por medio, para que los niños crezcan y se conviertan en lekil winik (hombres de bien). 

Todos somos un solo corazón (jun naz ko’tantik) 

En las comunidades de la montaña, el día a día no podría comprenderse sin el trabajo colectivo. Para los tsotsiles y tseltales la cotidianidad discurre entre asambleas y reuniones donde deciden el futuro de sus pueblos, y consideran que es de vital importancia llegar a acuerdos que beneficien a todos, a consensos que los hagan ser un solo corazón. 

La vida es caminar hacia el horizonte 

Para los tseltales y tsoltsiles la vida es como un transitar hacia el horizonte. Todos caminamos hacia un cielo que se dibuja a lo lejos y al que jamás llegaremos, pero finalmente es ese cielo el que nos hace caminar. Los ancianos de la comunidad, además, son portadores de sabiduría por ser quienes más camino han transitado, razón por la cual acuden a ellos los más jóvenes en busca de consejo. 

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Guardar la memoria es preservar nuestras raíces 

Si algo ha mantenido vivo el Lekil Kuxlejal es la memoria. Para las comunidades de los Altos de Chiapas, no hay nada más importante que preservar la historia de su devenir como pueblo, pues ello equivale a mantener sus raíces. De ahí proviene la dignidad que los caracteriza, y que hoy los hace defender con entereza sus usos y costumbres ante influencias extranjeras. 

*Bibliografía: Lekil Kuxlejal como horizonte de lucha
Autonomía, socialización y comunidad tseltal

*Imágenes:  1)  La Jornada UNAM; 2) Flickr Daniel Mennerich; 3) Plumerio Pipichas – flickr; 4) ilustración de Beatriz Aurora Castedo 

Sandra Vanina Celis
Autor: Sandra Vanina Celis
Hija de tiempos posmodernos, pero aún así terca en la necesidad de construir el socialismo. Colaboradora del proyecto político Colectivo Ratio.

Alguien está transformando los desperdicios en comida en México (y todos tendríamos que sumarnos)

Esta iniciativa recolecta la comida desperdiciada en eventos masivos y los vincula a personas en vulnerabilidad alimentaria.

Mucho se ha dicho sobre el hecho de que el hambre en el mundo no es un problema de producción, es uno de distribución. Cada día se desperdicia 1/3 de lo que se produce, y solo un 25% del total bastaría para alimentar a las más de mil millones de personas que pasan hambre en el mundo, según cifras de la FAO.

Ahora, México no es la excepción, en este país se desperdicia el 30% de los alimentos, según la misma Institución, y más de 23 millones de personas padecen hambre. Y no se trata de un asunto menor, es un indicador de que el sistema necesita ajustes, como siempre, de redistribución.

Hace tiempo, mientras se encontraba en una boda, Fátima Purón del Río, originaria de la Ciudad de México, observó cómo la mayoría de los platillos eran apenas tocados por los comensales.

Entonces decidió hacer algo para aprovechar la comida que se desperdicia diariamente y fundó el proyecto Robin Food, desde el cual un grupo de personas recaba alimentos desperdiciados y los vincula con instituciones para dárselos a personas que puedan aprovecharlos, o bien, a albergues de animales.

Sobre el proyecto, comentó para el sitio Somos Gama:

Nuestro objetivo más importante es contribuir a disminuir el hambre en México; sin embargo, también queremos concientizar a la sociedad acerca de nuestra responsabilidad en el desperdicio de comida y el impacto que esto tiene en el medio ambiente. Sentimos un gran compromiso por dejar de ignorar la situación actual de nuestro país, en la que miles de personas sufren de hambre todos los días mientras que nosotros nos damos el lujo de tirar comida a la basura.

¿Cómo funciona?

La comida se separa por platillos dependiendo su estado, y una vez elegidos, se deparan para consumo humano o animal. Una vez que la comida está separada en los recipientes se llena un formato con información como los ingredientes, fecha de elaboración, caducidad; los métodos de conservación que deberán aplicarse (si es que pueden congelarse, refrigerarse, etc).

¿Quieres ayudar?

Por ahora el proyecto solo trabaja en la Ciudad de México, y la mejor forma de ayudarlos es contactarlos con información eventos donde puedan recoger los sobrantes. También puedes apuntarte como voluntario enviándoles un correo a robinfoodmx@gmail.com.

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Conoce más de Robin Food en su cuenta de Facebook o en su página.

*Imagen: blog.kiwilimon.com