Estos niños mayas intercambiaron sus uniformes escolares por preciosas prendas tradicionales

Abriendo la reflexión sobre cómo el sistema educativo no es responsivo con su contexto, en esta escuela, los uniformes se han vuelto signo de identidad.

Si lo más bello de México es que las identidades son diversas, uniformar se vuelve contraproducente. En la Escuela Primaria Estatal “Ignacio Allende” de Yucatán, los niños mayas manifiestan su identidad y hacen una declaración cultural, a través de su forma de vestir.

Así, ellos están dejando de usar los clásicos uniformes y empezaron a intercambiarlos por preciosos huipiles floreados y camisas y pantalones blancos de algodón. La iniciativa propone que las multiplicidad de identidades que se entretejen en México, no debería ser invisibilizada. Al contrario: debería celebrarse. Y los uniformes, un concepto abrumador y un poco extraño, borran la diversidad.

Este ejercicio, propuesto por la directora de la primaria, María Candelaria May, está abriendo la reflexión sobre cómo cada práctica social debería poder responder a su contexto. La escuela es un sistema  que, como ella dice “no tiene pertinencia cultural o lingüística“ y “uno se quiere desdibujar para ser aceptado”.

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Si nos damos un momento para reflexionar, uniformar significa, literalmente, dar una sola forma a un conjunto de cosas. Mientras que “la uniformidad” implica integración y podría sugerir comunidad, también responde a una lógica de igualdad, que no admitiría que las identidades de cada sujeto son distintas de las otras.

Al usar la ropa que representa su identidad, estos chicos defienden su derecho a la diversidad cultural. Además el huipil no es sólo una prenda: su iconografía es signo de la conexión que, según los mayas y otros pueblos, existe entre el sujeto y la naturaleza. El huipil es un resonar con el entorno. El material de las prendas, también se corresponde con el espacio, pues es fresco y ligero; ideal para el calor Yucateco.

La escuela —lugar cotidiano y espacio que genera comunidad— debería resonar con quienes la habitan, hablar su lengua, vestirse de sus colores. Y, aunque no se puede “correr en huipil”, como reconoce una de las estudiantes, se vale aceptar primero esta identidad cultural, mucho más general para abrir otras preguntas.

Tal vez, eventualmente, los uniformes irán desapareciendo y nos permitiremos manifestar lo que sea necesario a través de nuestras formas de vestir. La delicia ser diversos recae en que siempre hay algo en nosotros que está por ser descubierto. Y eso no necesita ser conquistado o fijado: puede seguir cambiando siempre.

 

La fiebre de la copa menstrual está llegando a las comunidades indígenas (y es muy buena noticia)

La genial alternativa no solo es ecológica y más barata, también es una invitación sutil a que las mujeres interactúen de cerca con su cuerpo.

¿Qué tienen en común la menstruación, la basura y la pobreza? Que son temas de los que preferimos hablar solo superficialmente. De la menstruación por pena; de la basura para no tomar responsabilidad sobre el asunto y de la pobreza por una curiosa combinación entre las dos razones anteriores. Pero aunque no lo creas, estos tres temas están muy conectados y sí: urge hablar de ellos a profundidad.

Empecemos por acá…

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La menstruación produce basura, mucha más de la que imaginamos. Y es una basura muy particular, difícil de manejar, casi imposible de reciclar y que afecta muchísimo el equilibrio ambiental. ¿Y por qué produce tanta basura? Porque la menstruación, como muchos otros fenómenos del cuerpo es un asunto con el que preferimos lidiar de lejos, que ocultamos y que nos incomoda inmensamente.

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Pero esa lejanía con un proceso por el que aproximadamente la mitad de la población tiene que pasar mensualmente nos está costando muy cara y en distintos sentidos. En primer lugar porque económicamente es una inversión grande comprar toallas femeninas y tampones a lo largo de la vida. Por otro lado, porque el medio ambiente ya no puede más con nuestros desechos (al grado en que los humanos ya nos estamos comiendo, sin saberlo, el plástico que tiramos a la basura) y finalmente porque nos estamos de la experiencia del propio cuerpo al no lidiar directamente con él y lo que produce.

La copa menstrual es una solución increíble

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Por suerte, llegó a nuestras vidas la copa menstrual, un dispositivo reutilizable hecho de plástico quirúrgico (por lo que es muy seguro usarla), que se inserta al interior de la vagina y recoge el flujo menstrual. Cuando se llena, la vacías cuidadosamente. Si la cuidas bien, la esterilizas después de cada periodo, la lavas con frecuencia y la guardas en su bolsita de tela en un lugar fresco y seco puede durar hasta 10 años.

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El mismo invento toma en cuenta los tres asuntos que nos preocupan: si la usas, de alguna manera hace que te involucres y que conozcas a profundidad tu cuerpo. Además, evita una gran cantidad de basura. Y, como no estás comprando constantemente las alternativas desechables, te ahorras una considerable cantidad de dinero.

Estas mujeres indígenas prefieren la copa…

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En ese sentido, la copa menstrual se ha transformado en una alternativa muy viable y deseable para las mujeres de comunidades con bajos recursos económicos y que, además, están preocupadas por su entorno, como las chicas que habitan en algunos pueblos indígenas de México. Sin embargo, la única copa aprobada por la COFEPRIS tiene un precio relativamente elevado (de poco más de $600 pesos), que parece mucho, sobre todo cuando hay alternativas desechables bastante baratas.

Para responder a este asunto, nació el programa Ixchel Aradia, una iniciativa muy inteligente, cortesía de una joven mexicana y su amiga española. Juntas han logrado llevar la copa menstrual a comunidades en seis estados de México y, contrario a lo que uno se podría imaginar, el dispositivo de higiene femenina que aún entre muchas y muchos levanta sospechas ha sido un éxito entre las mujeres indígenas.

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El proyecto de Steph Ferrera y Laia Cerqueda comenzó hace cuatro años y la idea era producir una copa menstrual perfectamente funcional (la Wey-Cup), pero de bajo costo (aproximadamente $280 pesos). Además, ellas se dedican a dar cursos y talleres en las comunidades relacionados con salud sexual y femenina. La información, evidentemente, a nadie le cae mal y la posibilidad de adquirir la copa menstrual, tampoco. Por otro lado, las comunidades también ganan dinero de todo esto, pues las bolsas de tela donde se guarda la copa menstrual las producen las mujeres indígenas ligadas al proyecto.

¿Cómo ayudar?

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Basta de eufemismos… ¡la menstruación, las experiencias que produce y la basura que desecha deberían ser habladas!

El asunto ha sido complicado, porque para poder comercializar su copa necesitan el permiso de COFEPRIS, hacerle una serie de exámenes de biocompatibilidad y toxicidad a su producto, lo que es también muy costoso. Pero esperan poder seguir produciendo cuanto antes. Afortunadamente, ya han beneficiado a más de 200 mujeres en el EDOMEX, Hidalgo, Puebla, Chiapas, Quintana Roo y la CDMX.

El proyecto Ixchel Aradia ha realizado fondeos en línea y también ha puesto a la venta sus copas. Hay que mantenerse atento para apoyarlas y cooperarles con donaciones. Además, una forma muy importante de ayudar es cambiándote a la copa o si no eres parte de la población que la necesita usar, invita a otras personas a que lo hagan.

Urge no solo hablar de medio ambiente, sino buscar alternativas para producir menos basura. Urge admitir que hay comunidades de bajos recursos, y también que si te alcanza para compartir, te toca hacerlo. Y, finalmente, urge que le dejes de tener miedo al cuerpo (al tuyo y al de otras personas); de miedo es alejarnos tanto de la propia materialidad.  

También en Más de México: Tradiciones ancestrales que son 100% ecológicas (y hay que recuperar)

*Imágenes: 1) Henn Kim, modificada por Más de MX; 2, 3 y 8) Crédito no especificado; 4) lacopamenstrual.es; 5) Laura Pastor; 6 y 7) Ixchel Aradia. 

Este es el huipil atribuido a la Malinche (FOTOS)

Su bordado es increíble, con un águila bicéfala, guajolotes, flores, rombos, grecas; conoce el huipil que se le atribuyó a la Malinche.

El huipil es uno de las vestimentas más usadas en las antiguas tierras mesoamericanas. Y aún hoy, prácticamente todos los estados del centro del país tienen su huipil tradicional. En náhuatl su nombre viene de huipilli, que significa blusa adornada .

Es una de las piezas más “democráticas”. Antes de la conquista, era usada tanto por las mujeres del pueblo como por las mujeres nobles. Es también una de las vestimentas más sencillas; se trata de una tela rectangular doblada por la mitad, con un orificio para la cabeza y los brazos, cosida por ambos lados.

Existe un huipil que históricamente se la ha atribuido a la Malinche por la semejanza con el que usaba en las ilustraciones El Lienzo de Tlaxcala, en el que aprece junto a Hernán Cortés.

Aún se conserva esta pieza en físico, aunque según datos del INAH, más bien se trata de una prenda indígena del siglo XVIII. Hoy forma parte del Fondo Reservado del Acervo de Etnografía del Museo Nacional de Historia. Su bordado lleva una hermosa águila bicéfala al frente, y en la parte inferior, complejos bordados de guajolotes, guías, rombos. 

 

 

El huipil triqui significa la metamorfosis de la mariposa, mira (VIDEO)

El hermoso vestido rojo es en realidad una analogía al proceso de renacimiento de la mariposa.

Desde Puebla a Querétaro, la Huasteca y Yucatán, los huipiles son usados, tanto por comunidades indígenas diversas que adecuan sus diseños a sus propias creencias, hasta por muchos mestizos.

El huipil (del náhuatl huipilli que significa blusa o vestido adornado) es generalmente un vestido blanco (o blusa) que tiene la misma dimensión de arriba a abajo con dos aberturas en los brazos; la forma de donde sale la cabeza es rectangular. Es de los más sencillos y hermosos ajuares, y según el tipo de material con que se haga, puede ser o muy fresco o muy caliente.

En Oaxaca, la comuniad triqui, asentada hasta en 4 municipios del estado, es una de las más emblemáticas etnias de México. Sus huipiles de color rojo son de los más hermosos del país y la vida en la sierra con estos es mucho más sencilla para paliar el frío.

En el siguiente video Yesica Merino Mendoza, una niña triqui de San Andrés Chicahuaxtla, explica cómo los hermosos huipiles de esta etnia significan la metamorfosis de la mariposa. De la cabeza sale el sol; el color rojo simboliza a la oruga y las líneas de colores son la mariposa. Cuando se llega al final surge el blanco, que significa la muerte, pero luego llega de nuevo el rojo, la vida de la mariposa que vuelve a iniciar.

Así, el huipil triqui (aunque cada uno tiene sus particularidades según la tejedora) lleva una preciosa significación sobre el proceso del renacimiento de la vida.

Ana Paula de la Torre Diaz
Autor: Ana Paula de la Torre Diaz
Politóloga de carrera, colabora para diversas publicaciones digitales como Pijama Surf. Creadora del proyecto ciudadano yanostoca.com. Y pintora ocasional ( http://bit.ly/2jkE8lD )