A 208 años: ¿tú ya te independizaste?

¿Qué nos falta para ser “mexicanos libres”?

¡Viva México!

Año con año se siente más complejo el ejercicio de mantener activa la estructura de esa identidad que llamamos mexicana. Se mira no solo en la inminente caída de los mitos patrióticos, de los héroes y sus leyendas. También se aparece de manera sutil en la televisión y otros medios, donde ya asumimos abiertamente que México es diverso y que las diferencias son tantas que no podríamos conciliarlas; pero, al mismo tiempo, este es nuestro auténtico capital o en palabras más conocidas “nuestra riqueza”.

208-independencia-mexico-reflexion-identidad-historia-mexicanosEn ese sentido, a 208 años del grito que inició (de acuerdo a los mitos desgastados) nuestra independencia, nuestro proceso para construir un país ¿qué nos falta para ser “mexicanos libres”? Si ya somos diversos, si ya nos asumimos como una multiplicidad ¿será que hemos entrado a un espacio auténticamente propio, donde podemos crear sin restricciones?

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La evidencia parece señalar lo contrario. Especialmente las noticias sobre altos índices de violencia; las condiciones medioambientales bastante malas; la lucha estudiantil que en 2018 cumple 50 años sigue de alguna forma activa; los afectados por los sismos aún no ven soluciones claras; y tantas otras. Cada una de las posibilidades acalladas sugieren que aún no estamos “libres”, que no podemos hacer nuestro (de cada uno) el espacio habitado.

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También en Más de México: Ser humano es mexicano: la conclusión de un filósofo que exploró nuestra identidad

Pero ¿qué nos falta? Y, por otro lado ¿dónde estamos parados? Que nuestra diversidad esté siendo capitalizada es, en muchos sentidos, buena noticia. En primer lugar porque cuando cada uno de nosotros se apropie del mito que se nos viene (el de la diversidad, el del genuino mestizaje, ya voceado por marcas de todo tipo) podrá empezar a ser lo que se le antoje, sin dejar de sentirse parte de esta delimitación geográfica.

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Por otro lado, aunque lo mexicano es diverso, no toda diversidad es mexicana. Esto quiere decir que hay una forma de hacer remezcla “muy nuestra”, que aunque no podemos terminar de describir —porque es tan nuestra que nos elude, se esconde en nuestros confines indefinibles— todos parecen reconocer. Pero hay que decirlo, si nos ponemos a buscar obsesivamente qué forma de mezclar es esta, qué forma de hacer es la nuestra, daremos con nuevos mitos; le haremos monumentos y le daremos nombres de calles; la escribiremos en los libros de historia, posiblemente asesinándola en nuestro afán de representarla y fijarla.

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¿Qué forma de remezcla es esta?

Para ser libres, habrá que suponer entonces, que los mexicanos no nos podemos dar por vencidos al encontrar respuestas, no nos podemos entregar a ninguna definición específica. Para ser libres nos toca asumir que siempre estamos siendo cuestionados; asumir que lo que somos se siente pero luego no se siente; se ama y también se odia; que simultáneamente nos posicionamos dentro y fuera, como narradores y personajes, ambos igualmente mexicanos.

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Nuestra identidad y lo que damos por sentado sobre el territorio se “glitchea” o deforma naturalmente entre huracanes, sismos, erupciones volcánicas… Pero aquí andamos.

Lo mexicano es entonces una pregunta abierta, una vida con puntos suspensivos: incompleta, indefinida, imperfecta. Y si eso nos duele, si eso nos cuesta, no nos quedemos quietos: hay mucho espacio por (re)articular en este México. Empecemos, pues, por asumirnos libres; por asumirnos parte de este proyecto abierto, pero recordar que los otros son libres con nosotros. En ese sentido nuestras violencias son innecesarias y nuestros odios son obstaculizantes, nuestra diversidad es una palanca, pero nuestra discriminación nos va a hundir juntos.

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Después de tanta guerra, recordemos que nos podemos liberar de cualquier cosa, excepto tal vez, de la muerte y, curiosamente, tampoco de ser mexicanos, porque la nostalgia que arrastramos, el dolor que evadimos cuando nos queremos desligar del “proyecto”, lo compartimos con otros.

Ante todo México es una comunidad abierta; independiente, en un sentido estricto; libre de ser cualquier cosa, excepto de ser. Y así, México es pregunta eterna. Para decirse “mexicano independiente” habría que asumirse en esa duda.

¿Tú ya te independizaste?

*Imágenes: 1) Lorrata/Tumblr; 2) Encuesta Mundial de Valores; 3) veeseeare/Tumblr; 4 y 8) Atlas Subjetivo de México; 5) Crédito no especificado; 6) Oliver Terrones; 7)Félix Márquez/Premio Nacional Fotoperiodismo 2010.

María Fernanda Garduño Mendoza
Autor: María Fernanda Garduño Mendoza
Estudios y gestión de la cultura, UCSJ. Ensayando discursos, constantemente. Articulando rupturas.

“… Algo de fierro viejo que vendan”: la voz detrás del icónico sonido mexicano

La voz de esta chica inunda las calles de la CDMX. Tienes que conocer su historia.

La voz es un elemento tan sagrado que en la época prehispánica se consideraba una auténtica manifestación divina y, a pesar de que esta creencia ya no tiene la potencia de antaño, el encanto que la voz produce continúa.

Y es que, ya sea por un tono característico o por un verso particular, hay algunas voces que se vuelven una letanía, el himno de una colonia o un recuerdo muy íntimo. Este es el caso de la voz con la que se anuncian los coches que llevan fierro viejo en la CDMX, y la cual se caracteriza por tener el timbre muy agudo de una niña.

Pero, ¿a quién pertenece tan misteriosa voz? La historia se remite hasta la colonia Neza, a una casa que a primera vista se parece a cualquier otra. Sin embargo, detrás de sus muros está la niña de hierro, María del Mar Terrón, una joven que, sin deberla ni temerla, se ha vuelto parte de la cultura nacional, por la manera tan particular con la que anuncia la compra de fierro viejo.

Una melodía rutinaria…

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Desde muy joven, María se ha dedicado al negocio de comprar objetos que las personas ya no usan. La labor no es nada fácil. Cada día, ella y su padre tienen que levantarse muy temprano y recorrer las calles en un coche al que ya se le han caído fragmentos de pintura. El andar del vehículo es lento, especialmente porque la lógica del negocio lo demanda, pues necesitan hacer varias pausas en su camino.

Debido a las dificultades de transporte que enfrentan, la familia opta por empezar las “vueltas” por las calles que están cerca a dónde viven, provocando que la rutina comience de una manera familiar, casi como un paseo, en el que María habla a través de un megáfono y repite las palabras que ya todos conocen y de alguna manera olvidan, hasta que ella las vuelve a pronunciarlas:

Se compran colchones, tambores, refrigeradores, microondas, estufas, lavadoras o algo de fierro viejo que vendan…

El ritmo con el que María nombra a cada objeto es lento, cadencioso, parece seguir un compás que nadie conoce y, aún así logra captar la atención de todos, especialmente la de los perros, quienes al percibirla, empiezan a aullar y ladrar en reacción al canto de la joven, como una bienvenida o un lamento. Aunque, los Terrón no desisten y continúan su paso por las calles, hasta encontrar a alguien que está buscando deshacerse de alguna televisión o un electrodoméstico.

Con el curioso tono se han realizado toda clase de experimentos…

En cuanto llega el primer objeto al auto, María y su padre tienen una costumbre: se persignan. Para ellos, esto es una manera de demostrar su gratitud, ya sea al destino o la bienaventuranza, especialmente porque el negocio ha menguado y ya rara vez sacan ganancias.

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De cuando el canto se inmortaliza

Pero la escasez del dinero no solo ha causado dificultades en la familia Terrón, también ha causado que esta familia mexicana —como muchas—saque su lado más creativo. Fue así que al padre de María se le ocurrió que su hija grabara en un cassette su voz, con las palabras que ya todos conocemos o al menos así lo narra su padre:

“Ese cassete se grabó de las doce de la noche a a cuatro de la mañana…”

La frase, que en sí era una enumeración de los objetos que podían entregar al coche de chatarra, tenía un único cometido: aumentar las ganancias del negocio, el cual iba a la baja. De acuerdo al padre de María, la grabación tardó cuatro horas. El procedimiento fue tardado, sobre todo porque había algunas palabras que María arrastraba más que otras, como si se estuviera tardando en encontrar el ritmo de cada letra. Sin embargo, cuando uno le pregunta a la joven el por qué había elegido ese tono tan particular, María responde que salió de manera automática, obedeciendo a su hablar natural:

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“¿Cómo se me ocurrió grabarla? Pues así… mi papá me dijo: tienes que leer este párrafo, aquí hay dibujitos y sigue todo así como va” —dice la niña de hierro, quien hoy en día continúa la labor del fierro viejo en su colonia y cuyo cassette ha cruzado toda clase de fronteras, pues hasta en otros estados se le escucha.

El fenómeno que María y su padre desataron fue casual, producto de fuerzas que nadie conoce. Por otro lado, que este sonido ahora se haya vuelto parte de la identidad de su país, nos recuerda algo: la voz continúa teniendo su encanto, porque además de ser un instrumento musical, tiene una propiedad divina que, constantemente, nos convoca.

También en Más de México: Book of sounds: una guía ecoacustica para entender los sonidos de México y el mundo

*Imágenes: 1 y 4) Crédito no especificado; 2 y 3) El País. 

Miranda Guerrero
Autor: Miranda Guerrero
Estudió la carrera de Letras Hispánicas en la UAM Iztapalapa. Su carrera artística involucra tanto narrativa, poesía y elaboración de collages.

Conoce Little L.A. el barrio que están armando los “dreamers” deportados

En pleno centro de la CDMX está naciendo una curiosa e increíble comunidad binacional que tenemos que apoyar.

La identidad mexicana es un auténtico laberinto y la migración lo hace aún más complicado. Al mismo tiempo, esta complejidad da lugar a entrañables fenómenos culturales que sin duda nos hacen sentir orgullosos de formar parte de esta intensa remezcla. Así, nos encanta pensar que, en pleno centro de la Ciudad de México (específicamente en la colonia Tabacalera), se está armando una comunidad binacional, apodada “Little L.A.”

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Cerca del monumento a la Revolución, un grupo de migrantes deportados de Estados Unidos, está abriendo un espacio donde pueden encontrarse y re-identificarse. El fenómeno surgió casi de manera espontánea, pero las condiciones estaban bien puestas. En esa zona de la CDMX hay muchoscall centers(centros de atención telefónica) que, frecuentemente, buscan empleados bilingües. Además, la zona ofrece rentas relativamente baratas.

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Llegando a México…

Así fue como varios de ellos se fueron encontrando en la zona y comenzaron a ensamblar comunidad. Su “estatus” nacional y también cultural es muy peculiar. Aunque muchos de ellos nacieron en México, sus papás se los llevaron a vivir a Estados Unidos desde niños y, francamente, de este país no conocen nada. Acá no se sienten precisamente en casa y, aunque reconocen en nuestras tradiciones, costumbres e incluso en la misma gente, algo que comparten o que también les pertenece, sospechan, además, una incómoda distancia.

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Todos hablan un inglés impecable, pero el español termina siendo casi spanglish; son jóvenes (no pasan de los 40) y les late un estilo que aquí es etiquetado como “chicano”, con tatuajes, ropa de marcas extranjeras y hasta cortes de pelo con un acabado muy “americano”. De alguna forma, se hace evidente que no son de acá ni de allá y eso, tristemente, les gana discriminación desde muchos frentes.

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Aunque casi todos trabajan en estos centros de atención telefónica, algunos de ellos se lanzaron a poner negocios en la calle Ponciano Arriaga: algunos de comida y uno muy famoso es la peluquería “La Alameda”.

A través de estas apuestas, están introduciendo casi sin quererlo un giro cultural a la vida diaria de la Tabacalera, donde los clásicos tacos al pastor se sirven ahora junto a hamburguesas, burritos y otras delicias Tex-Mex. Estos negocios, además sirven como punto de encuentro para la comunidad y también espacios de apoyo. Entre burritos y cortes de pelo, estos repatriados se reúnen a “desahogarse y darse consejos”.

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Esto es super importante, para los ex-dreamers, la vuelta a México no sólo significa adentrarse a un territorio propio, pero extraño; también implica haber dejado atrás una vida entera: trabajos, escuela, amigos, incluso familia, pareja e hijos. Pero con todo y todo, la están armando, están unidos y haciendo ruido. En ese sentido, han surgido algunas iniciativas para apoyarlos, porque muchos de ellos llegan sin garantía alguna.

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Israel Concha, un joven que fue deportado, creó la organización “New comienzos” que se dedica a apoyar y acompañar a estos migrantes binacionales, en sus búsquedas de casa, trabajo y también de comunidad. Por supuesto las oficinas de esta iniciativa están en Little L.A. y puedes apoyarlos donando dinero, tiempo y saberes a su causa. Además, puedes visitar los negocios de la comunidad, echarte un burrito, hacerte un tatuaje y platicar con estos paisanos para recordarles que ni aquí ni en China estarán solos.

1, 2, 3 y 4) New York Times; 5, 6, 7) El Heraldo

Identidad sí, nacionalismo no

La resaca de la globalización se manifiesta por dos vías: recolección con tu identidad cultural o exclusión nacionalista.

Lo que mueve a los mundos es la interacción de las diferencias, sus atracciones y rechazos.

La vida es pluralidad. La muerte es uniformidad. 

Al reprimir diferencias y peculiaridades, al eliminar diferentes culturas

y civilizaciones el progreso debilita la vida y fortalece la muerte, nos empobrece y mutila.

Cada visión del mundo que se extingue, cada cultura que desaparece, disminuye la posibilidad de vida.

Octavio Paz, 1950
, El Laberinto de la Soledad 

Hace un par de décadas la globalización tomó control del escenario y la vida de millones cambió. Seguimos apenas digiriendo las repercusiones sociales y culturales de esto. Pero en su momento era la única ruta posible al desarrollo y progreso, o al menos así lo promovieron quienes impusieron a toda costa esta vía. Incluso se acuñó un término, mediatizado y utilizado por sus promotores para desestimar cualquier postura en contra de esta inercia: globalifobia, y toda manifestación globalifóbica era asociada con un afán “antievolutivo”.

Si bien la globalización es un proceso que ha tenido distintos episodios a lo largo de la historia, su aceleración respondió a la necesidad de una agenda económica –que requería de un mercado globalizado para implementarse–. Sin embargo, durante esta aceleración dictada por un criterio comercial, se ignoraron las repercusiones culturales y sociales que un proceso así detonaría. Y probablemente hoy estemos enfrentando la resaca de esta omisión.

Autoconocimiento colectivo VS Globalización acelerada

Lo mismo que diversas tradiciones y corrientes de pensamiento ven en el autoconocimiento individual una herramienta imprescindible para el crecimiento de una persona, esta premisa también aplica, creo, para una sociedad. Es decir, es fundamental que como colectividad nos preocupemos por entender quiénes somos y, consecuentemente, de dónde venimos, para ser capaces de construir, con algo de claridad, un rumbo y poder participar en un intercambio cultural activo sin terminar perdiendo la brújula identitaria

Tras la aceleración de este proceso en las últimas dos o tres décadas, de pronto nos encontramos inmersos en un sentimiento de hastío y confusión que hoy se manifiesta principalmente a través de dos cauces antagonistas: un nacionalismo excluyente, que ve en los flujos migratorios una amenaza y condena la interculturalidad; y un movimiento que apuesta por la necesidad de refrescar nuestros cimientos culturales y contrarrestar la homogeneización de las sociedades contemporáneas de acuerdo con estrategias de mercado y alimentada por la gran maquinaria cultural.  

Nacionalismo anacrónico y excluyente

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En el primero de los casos, el nacionalismo excluyente, podríamos ubicar sucesos como el Brexit, votación mediante la cual el Reino Unido optó por abandonar la Unión Europea; o uno de los grandes recursos retóricos de Donald Trump –que por cierto significó el apoyo de muchos estadounidenses y contribuyó a que fuese elegido– que rechaza la migración y acusa en la interculturalidad una amenaza al bienestar de su pueblo. Además, vertientes nacionalistas en diversos lugares del mundo, por ejemplo Francia con Marine Le Pen, se han fortalecido gracias a este sentimiento colectivo e incluyen premisas racistas, xenófobas o que por lo menos abogan por una cerrazón cultural.

Reconexión con tu cultura

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Del otro lado del espectro, pero también consecuencia de esta resaca psicocultural, existe un creciente interés por reconectarnos con nuestras respectivas raíces y promover una comunión con nuestra identidad cultural. A diferencia del nacionalismo aquí no se condena la globalización, en cambio se enfatiza en el entendimiento de nuestros orígenes y diferenciadores, para luego poder participar en ese intercambio multicultural e incluso enriquecerlo. No es lo mismo asistir a la fiesta global sin saber quién eres que hacerlo teniendo en claro tus orígenes y con la intención de compartir estas particularidades con los demás.

En resonancia con esta segunda tendencia, en años recientes han nacido múltiples proyectos que invitan a las personas, y en particular a los jóvenes, a religarse a ese tesoro que históricamente les pertenecen: por ejemplo sus tradiciones, sus mitos y todos aquellos ingredientes que hacen de la suya una cultura única. En el caso de México, que es el escenario que circunstancialmente me tocó, he visto germinar proyectos como +DeMX , del cual soy partícipe, que apuntan precisamente a eso: refrescar los cimientos identitarios de su población para fomentar el autoconocimiento colectivo y, eventualmente, para aportar algo valioso, distinto, en el intercambio global. Además, vale la pena recordar que el acervo cultural de cada país termina siendo, como lo advierte el título que adjudica la UNESCO, un “patrimonio cultural de la humanidad”, que a fin de cuentas nos pertenece a todos.   

La verdadera fiesta intercultural

Una globalización cultural, lejos de la globalización económica o mercantil, implica un proceso de madurez en todos los involucrados. Esto si partimos de que no se trata de la dilución de diferenciadores y particularidades culturales –y menos a favor de una amalgama de estereotipos y cánones dictados por el marketing trasnacional o la fábrica cultural que hoy encarnan los grandes medios– sino del intercambio vivo y enriquecedor (incluso enloquecedor, vivo y caótico) de estos insumos entre personas alrededor del mundo.

Hoy tus raíces te llaman, y a todos nos conviene que todos atendamos ese llamado. Así, la globalización realmente será esa fiesta incluyente que alguna vez nos vendieron, y no un modelo económico para favorecer agendas poco humanas.

Identidad sí; nacionalismo no. 

* Este texto fue originalmente publicado en 2017, en Pijama Surf.

Javier Barros Del Villar
Autor: Javier Barros Del Villar
Editor digital con aspiraciones carpinteras. Mexicano.