A 209 años: ¿tú ya te independizaste?

¿Qué nos falta para ser “mexicanos libres”?

¡Viva México!

Año con año se siente más complejo el ejercicio de mantener activa la estructura de esa identidad que llamamos mexicana. Se mira no solo en la inminente caída de los mitos patrióticos, de los héroes y sus leyendas. También se aparece de manera sutil en la televisión y otros medios, donde ya asumimos abiertamente que México es diverso y que las diferencias son tantas que no podríamos conciliarlas; pero, al mismo tiempo, este es nuestro auténtico capital o en palabras más conocidas “nuestra riqueza”.

208-independencia-mexico-reflexion-identidad-historia-mexicanosEn ese sentido, a 209 años del grito que inició (de acuerdo a los mitos desgastados) nuestra independencia, nuestro proceso para construir un país ¿qué nos falta para ser “mexicanos libres”? Si ya somos diversos, si ya nos asumimos como una multiplicidad ¿será que hemos entrado a un espacio auténticamente propio, donde podemos crear sin restricciones?

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La evidencia parece señalar lo contrario. Especialmente las noticias sobre altos índices de violencia; las condiciones medioambientales bastante malas; la lucha estudiantil que en 2018 cumple 50 años sigue de alguna forma activa; los afectados por los sismos aún no ven soluciones claras; y tantas otras. Cada una de las posibilidades acalladas sugieren que aún no estamos “libres”, que no podemos hacer nuestro (de cada uno) el espacio habitado.

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Pero ¿qué nos falta? Y, por otro lado ¿dónde estamos parados? Que nuestra diversidad esté siendo capitalizada es, en muchos sentidos, buena noticia. En primer lugar porque cuando cada uno de nosotros se apropie del mito que se nos viene (el de la diversidad, el del genuino mestizaje, ya voceado por marcas de todo tipo) podrá empezar a ser lo que se le antoje, sin dejar de sentirse parte de esta delimitación geográfica.

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Por otro lado, aunque lo mexicano es diverso, no toda diversidad es mexicana. Esto quiere decir que hay una forma de hacer remezcla “muy nuestra”, que aunque no podemos terminar de describir —porque es tan nuestra que nos elude, se esconde en nuestros confines indefinibles— todos parecen reconocer. Pero hay que decirlo, si nos ponemos a buscar obsesivamente qué forma de mezclar es esta, qué forma de hacer es la nuestra, daremos con nuevos mitos; le haremos monumentos y le daremos nombres de calles; la escribiremos en los libros de historia, posiblemente asesinándola en nuestro afán de representarla y fijarla.

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¿Qué forma de remezcla es esta?

Para ser libres, habrá que suponer entonces, que los mexicanos no nos podemos dar por vencidos al encontrar respuestas, no nos podemos entregar a ninguna definición específica. Para ser libres nos toca asumir que siempre estamos siendo cuestionados; asumir que lo que somos se siente pero luego no se siente; se ama y también se odia; que simultáneamente nos posicionamos dentro y fuera, como narradores y personajes, ambos igualmente mexicanos.

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Nuestra identidad y lo que damos por sentado sobre el territorio se “glitchea” o deforma naturalmente entre huracanes, sismos, erupciones volcánicas… Pero aquí andamos.

Lo mexicano es entonces una pregunta abierta, una vida con puntos suspensivos: incompleta, indefinida, imperfecta. Y si eso nos duele, si eso nos cuesta, no nos quedemos quietos: hay mucho espacio por (re)articular en este México. Empecemos, pues, por asumirnos libres; por asumirnos parte de este proyecto abierto, pero recordar que los otros son libres con nosotros. En ese sentido nuestras violencias son innecesarias y nuestros odios son obstaculizantes, nuestra diversidad es una palanca, pero nuestra discriminación nos va a hundir juntos.

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Después de tanta guerra, recordemos que nos podemos liberar de cualquier cosa, excepto tal vez, de la muerte y, curiosamente, tampoco de ser mexicanos, porque la nostalgia que arrastramos, el dolor que evadimos cuando nos queremos desligar del “proyecto”, lo compartimos con otros.

Ante todo México es una comunidad abierta; independiente, en un sentido estricto; libre de ser cualquier cosa, excepto de ser. Y así, México es pregunta eterna. Para decirse “mexicano independiente” habría que asumirse en esa duda.

¿Tú ya te independizaste?

*Imágenes: 1) Lorrata/Tumblr; 2) Encuesta Mundial de Valores; 3) veeseeare/Tumblr; 4 y 8) Atlas Subjetivo de México; 5) Crédito no especificado; 6) Oliver Terrones; 7)Félix Márquez/Premio Nacional Fotoperiodismo 2010.

María Fernanda Garduño Mendoza
Autor: María Fernanda Garduño Mendoza
Estudios y gestión de la cultura, UCSJ. Ensayando discursos, constantemente. Articulando rupturas.

7 formas alternativas de celebrar a México (y ayudarlo a ser cada vez más independiente)

No todo es pasearse por los sitios icónicos del país y fiestear en grande. También podemos celebrar a México haciendo cosas para ayudar.

Libertad es tal vez uno de los conceptos más elusivos forjados por la humanidad. Sin embargo es también una fuerza o condición clave; una por la que luchamos incesantemente y que ponemos por encima de todas nuestras convicciones. 

Tiene sentido: somos primordialmente móviles y queremos poder llevar esta cualidad —nuestra máxima posibilidad técnica— hasta sus últimas consecuencias. 

Esta es una de las cosas que celebramos los 15 y 16 de septiembre. La idea de libertad, la idea de autonomía y, sobre todo, la posibilidad de auto-definirnos. Con el fin del “Virreinato” y el surgimiento —por lo menos metafórico— de una nación soberana, nació la posibilidad de decir quiénes somos “los mexicanos”. 

Para bien y para mal, sobre esa definición aún nadie tiene la última palabra. Pero cada vez que llegan las fiestas patrias, un orgullo —igualmente elusivo y multiforme— nos llama a celebrar. Pero no todo es pasearse por los sitios icónicos del país y fiestear en grande. También podemos celebrar a México haciendo cosas para ayudarlo a ser cada vez más independiente. Te compartimos algunas.

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1: Compra local

Para de verdad ayudar a México es urgente que cambies tus hábitos de consumo. Tenemos que empezar a consumir local ya. El campo mexicano, por lo menos para el imaginario contemporáneo y mediatizado, es sinónimo de pobreza (igual material y simbólica). Nada más equivocado. 

Todo lo contrario: el campo mexicano es la clave para sobrevivir a los embates del cambio climático, se va a transformar en nuestra máxima herramienta de resiliencia en los tiempos que se vienen y es nuestra primera fuente de autonomía económica (y claro, de soberanía alimentaria).

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Imagen: Animal Gourmet

2: Enamórate del medio ambiente y protégelo

Los bosques, los mantos acuíferos, los animales, las plantas y miles de especies endémicas dependen de que nos empecemos a hacer cargo cuanto antes de nuestro entorno. Urge dejar de producir tantos desechos (empezando por la basura). Urge hacerse responsable de lo que vamos botando detrás de nosotros y hacer todo lo posible porque nuestra huella en el mundo sea un camino de flores, no una serie de estragos.

3: Experimenta el turismo rural

Viaja por México. Es importante hacerlo; tal vez hoy más que nunca. El país necesita que volvamos a sus calles, que pasemos por sus rincones ocultos, que nos re-apropiemos del espacio público. 

Pero si vamos a viajar, hagámoslo con respeto: tratemos con cariño a nuestros anfitriones, no dañemos el medio ambiente o el patrimonio cultural. Es urgente que todos los mexicanos entiendan que vivimos en una nación hecha por cientos de pequeñas naciones y nos urge, sobre todo, empezar a re-conocernos.

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Imagen: Quadrantín

4: Vuélvete un guardián de la tortilla

“Sin maíz no hay país”, se ha dicho ya por más de una de década. Y la premisa es cada vez más urgente. El maíz nativo está en peligro y sin él nos quedamos sin tortilla: el ombligo de nuestra alimentación e identidad. Tú puedes convertirte en un guardián de la tortilla mexicana. Aquí te decimos algunas formas en las que puedes involucrarte en esta lucha. 

5: No te quedes en la superficie

Sin duda lo mexicano está de moda. La cocina de Enrique Olvera y el éxito indudable de “Roma” (2018, Alfonso Cuarón) son solo algunas muestras. Pero México es mucho, muchísimo más. No te quedes en la superficie. 

Cuando comienzas a rascarle, debajo de cada manifestación cultural hay miles de influencias, historias, variantes. Consume arte, cine, comida, literatura, música, fiestas mexicanas, pero adéntrate cada vez más. México es realmente increíble y sus joyas están esperando ser descubiertas por ti.

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Imagen: Maximilian Virgil

6: Defiende la diversidad (especialmente la lingüística)

: México es ultradiverso y por donde lo mires. Pero si no defendemos esta diversidad (biológica, geográfica, cultural) podríamos perderla. Una causa muy importante es la diversidad lingüística, porque, como explica la lingüista Yasnaya Elena, ningún idioma indígena ha muerto en paz. Su pérdida es la de un pueblo, la de una comunidad humana. ¿Qué pasó con ellos? ¿Por qué desaparecieron? Hay que cuestionarse y al dar con las respuestas, hagamos una promesa de que no dejaremos que siga ocurriendo. 

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Imagen: Titixe (Documental, Tania Hernández, 2018)

7: Apuesta por la paz y vuélvete más empático

México no podrá “pacificarse” hasta que cada uno haga un compromiso con la empatía. Para algunos ceder esta “supremacía” sobre los demás será difícil. Para otros, los hábitos para relacionarse de forma violenta son salidas claras y útiles y es muy difícil abandonarlos. Pero no queda más que hacer la promesa con uno mismo: seré empático con los que me rodean, seré comprensivo y haré lo que pueda por apostarle a la paz. México no será libre hasta que esté en paz. Esa lucha sigue. 

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Señorita Libertad: la peculiar tradición patria de una comunidad veracruzana

En esta comunidad de Veracruz la libertad de México se celebra como en ningún otro sitio. Un fotógrafo local retrató íntimamente los preparativos para esta fiesta.

Nuestro complejo país es espectacular, precisamente porque no se agota en una sola cara. México es distinto desde donde lo mires. Por otro lado hay algunas cosas —platillos, ingredientes, tradiciones, símbolos— que se repiten por todos lados y se vuelven una suerte de “hilo conductor” que nos reune a pesar de nuestra inmensa diversidad.

Las fiestas patrias —el grito, el desfile del 16 de septiembre, la comida, las banderas que decoran las calles— son sin duda uno de esos hilos que tejen cada año un espacio para la identidad compartida. Tal vez por eso hemos olvidado indagar en lo profundo y se nos han pasado de largo las formas particulares en las que cada región celebra la idea de independencia y la existencia de un México que —en potencia— se auto-define. 

Pero hay un sitio donde la fiesta patria muestra una cara muy peculiar. Se trata de Santiago Tuxtla, en Veracruz. En esta comunidad la libertad de México se celebra como en ningún otro sitio, en torno a una alegoría muy interesante: la Señorita Libertad.

Señorita Libertad

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También llamada “Diosa Libertad”, esta personaje es encarnada por una joven del pueblo. Cada año se la elige con aval del presidente municipal y junto a ella se organiza la máxima fiesta patria de Santiago Tuxtla. La chica, ricamente ataviada, representa a la “mujer mexicana” (ligada evidentemente con el rostro femenino de nuestra tierra, su abundancia, su fertilidad, su bondad). Llena de joyas y con un atuendo blanco, rojo y dorado, será paseada por el pueblo en una carreta adornada con flores. 

“… con la mano derecha toma un óleo de Miguel Hidalgo, mientras que con la izquierda hace lo propio con la bandera de México. Los toros que jalan la carreta son pintados con aerosol de color dorado. 

Al final del recorrido del desfile por todas las calles de la ciudad, en la casa de la señorita libertad se ofrece una fiesta, abierta a todo el pueblo, donde se consumen más de 300 kilos de carne y demás.” Así lo relata Felipe Oliveros, fotógrafo y escritor local.

Es un verdadero festín que se ha celebrado desde hace 128 años. Los tuxtlas se toman en serio la noción de Independencia y, al mismo tiempo, no temen jugar con la idea de sincretismo. Aún anclados profundamente a su cosmogonía prehispánica gozan tremendamente esta tradición fundada por elementos bastante lejanos.

Cuenta Oliveros que la fiesta nació cuando el alcalde Francisco Ortiz Castellanos viajó a Francia y se enamoró de la conmemoración de la toma de la Bastilla. Fuegos artificiales, carros alegóricos y una mujer que encarna una figura que recuerda inmediatamente a “La Libertad guiando al pueblo del pintor” Eugène Delacroix.

Y el pueblo sigue a La Libertad

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Para las chicas que representan el papel, el asunto es una ceremonia y un honor particular. Cada año, explica Felipe, se trata de una joven distinta que tiene alrededor de 15 años. El mismo presidente municipal va a su casa a pedir permiso para que participe. La preparación de la Señorita es un ritual en sí mismo y el fotógrafo veracruzano ha logrado retratarlo con una intimidad absolutamente conmovedora.

Y no es para menos: el papel es muy importante. Como relató el cronista local Eneas Rivas Castellanos: 

Nos referimos a la Diosa Libertad emblema y símbolo de la Libertad Mexicana con que contamos todos los habitantes de esta nación. […] La alegoría ha sido hasta hoy en la misma forma: La Diosa Libertad representa a su vez a la típica mujer mexicana la cual va vestida con una túnica blanca ceñida en la cintura y adornada por muchas prendas de oro y pedrería. En su cabeza el gorro frigio, emblema de la libertad, ceñido por detrás con dos ramos de ciprés y un listón tricolor, prende de la espalda un manto bordado con estrellas. El manto representa el territorio nacional y las estrellas equivalen al número de estados en que está dividida políticamente la Nación. […]. Cubren el resto del carro, hojas de tepejilote. 

“La libertad con que contamos todos los habitantes de esta nación”; es una frase que resuena y que sin duda habría que poner en cuestión. La libertad, tal vez una fuerza que solo se articula como potencia, pero por la que todos debemos estar luchando, no solo para nosotros mismos; también para los demás. 

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La libertad; tal vez el signo más noble de entre todos los que pueblan el repertorio de las fiestas patrias, pero que, al parecer solo en Santiago Tuxtla se manifiesta con tanta fuerza y cariño.

*Imágenes e investigación: Felipe Oliveros.

Identidad sí, nacionalismo no

La resaca de la globalización se manifiesta por dos vías: recolección con tu identidad cultural o exclusión nacionalista.

Lo que mueve a los mundos es la interacción de las diferencias, sus atracciones y rechazos.

La vida es pluralidad. La muerte es uniformidad. 

Al reprimir diferencias y peculiaridades, al eliminar diferentes culturas

y civilizaciones el progreso debilita la vida y fortalece la muerte, nos empobrece y mutila.

Cada visión del mundo que se extingue, cada cultura que desaparece, disminuye la posibilidad de vida.

Octavio Paz, 1950
, El Laberinto de la Soledad 

Hace un par de décadas la globalización tomó control del escenario y la vida de millones cambió. Seguimos apenas digiriendo las repercusiones sociales y culturales de esto. Pero en su momento era la única ruta posible al desarrollo y progreso, o al menos así lo promovieron quienes impusieron a toda costa esta vía. Incluso se acuñó un término, mediatizado y utilizado por sus promotores para desestimar cualquier postura en contra de esta inercia: globalifobia, y toda manifestación globalifóbica era asociada con un afán “antievolutivo”.

Si bien la globalización es un proceso que ha tenido distintos episodios a lo largo de la historia, su aceleración respondió a la necesidad de una agenda económica –que requería de un mercado globalizado para implementarse–. Sin embargo, durante esta aceleración dictada por un criterio comercial, se ignoraron las repercusiones culturales y sociales que un proceso así detonaría. Y probablemente hoy estemos enfrentando la resaca de esta omisión.

Autoconocimiento colectivo VS Globalización acelerada

Lo mismo que diversas tradiciones y corrientes de pensamiento ven en el autoconocimiento individual una herramienta imprescindible para el crecimiento de una persona, esta premisa también aplica, creo, para una sociedad. Es decir, es fundamental que como colectividad nos preocupemos por entender quiénes somos y, consecuentemente, de dónde venimos, para ser capaces de construir, con algo de claridad, un rumbo y poder participar en un intercambio cultural activo sin terminar perdiendo la brújula identitaria

Tras la aceleración de este proceso en las últimas dos o tres décadas, de pronto nos encontramos inmersos en un sentimiento de hastío y confusión que hoy se manifiesta principalmente a través de dos cauces antagonistas: un nacionalismo excluyente, que ve en los flujos migratorios una amenaza y condena la interculturalidad; y un movimiento que apuesta por la necesidad de refrescar nuestros cimientos culturales y contrarrestar la homogeneización de las sociedades contemporáneas de acuerdo con estrategias de mercado y alimentada por la gran maquinaria cultural.  

Nacionalismo anacrónico y excluyente

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En el primero de los casos, el nacionalismo excluyente, podríamos ubicar sucesos como el Brexit, votación mediante la cual el Reino Unido optó por abandonar la Unión Europea; o uno de los grandes recursos retóricos de Donald Trump –que por cierto significó el apoyo de muchos estadounidenses y contribuyó a que fuese elegido– que rechaza la migración y acusa en la interculturalidad una amenaza al bienestar de su pueblo. Además, vertientes nacionalistas en diversos lugares del mundo, por ejemplo Francia con Marine Le Pen, se han fortalecido gracias a este sentimiento colectivo e incluyen premisas racistas, xenófobas o que por lo menos abogan por una cerrazón cultural.

Reconexión con tu cultura

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Del otro lado del espectro, pero también consecuencia de esta resaca psicocultural, existe un creciente interés por reconectarnos con nuestras respectivas raíces y promover una comunión con nuestra identidad cultural. A diferencia del nacionalismo aquí no se condena la globalización, en cambio se enfatiza en el entendimiento de nuestros orígenes y diferenciadores, para luego poder participar en ese intercambio multicultural e incluso enriquecerlo. No es lo mismo asistir a la fiesta global sin saber quién eres que hacerlo teniendo en claro tus orígenes y con la intención de compartir estas particularidades con los demás.

En resonancia con esta segunda tendencia, en años recientes han nacido múltiples proyectos que invitan a las personas, y en particular a los jóvenes, a religarse a ese tesoro que históricamente les pertenecen: por ejemplo sus tradiciones, sus mitos y todos aquellos ingredientes que hacen de la suya una cultura única. En el caso de México, que es el escenario que circunstancialmente me tocó, he visto germinar proyectos como +DeMX , del cual soy partícipe, que apuntan precisamente a eso: refrescar los cimientos identitarios de su población para fomentar el autoconocimiento colectivo y, eventualmente, para aportar algo valioso, distinto, en el intercambio global. Además, vale la pena recordar que el acervo cultural de cada país termina siendo, como lo advierte el título que adjudica la UNESCO, un “patrimonio cultural de la humanidad”, que a fin de cuentas nos pertenece a todos.   

La verdadera fiesta intercultural

Una globalización cultural, lejos de la globalización económica o mercantil, implica un proceso de madurez en todos los involucrados. Esto si partimos de que no se trata de la dilución de diferenciadores y particularidades culturales –y menos a favor de una amalgama de estereotipos y cánones dictados por el marketing trasnacional o la fábrica cultural que hoy encarnan los grandes medios– sino del intercambio vivo y enriquecedor (incluso enloquecedor, vivo y caótico) de estos insumos entre personas alrededor del mundo.

Hoy tus raíces te llaman, y a todos nos conviene que todos atendamos ese llamado. Así, la globalización realmente será esa fiesta incluyente que alguna vez nos vendieron, y no un modelo económico para favorecer agendas poco humanas.

Identidad sí; nacionalismo no. 

* Este texto fue originalmente publicado en 2017, en Pijama Surf.

Javier Barros Del Villar
Autor: Javier Barros Del Villar
Editor digital con aspiraciones carpinteras. Mexicano.