Escaramuza: elegante danza charra para reconectar con las raíces (VIDEO)

Para estas chicanas la charrería es la mejor manera de volver a conectar con México.

Asumirse mexicano siempre es un acto de valentía. Hay que decirlo: nadie sabe exactamente lo que significa ser de aquí. De alguna manera siempre está cambiando, siempre se está contradiciendo; pero, al mismo tiempo, es una sensación contundente, de colores concretos y sabores claros.

Así, decirse mexicano en Estados Unidos, sobre todo en estos tiempos, es especialmente complejo (y admirable). Pero para estas mexico-americanas es vital hacerlo y, gracias a su herencia cultural, han encontrado la manera perfecta.

Se trata de la escaramuza, un deporte ligado a la charrería practicado exclusivamente por mujeres que consiste en danzar a caballo de forma perfectamente sincronizada. En este evento muy particular, muy mexicano y definitivamente precioso, la parafernalia es esencial. Por regla las mujeres deben usar vestidos típicos, con sombreros y las espumosas faldas.

La escaramuza también es competitiva y grupos de mujeres montan espectaculares números que son calificados considerando su precisión e ingenio. Así, no cualquiera puede participar, es un asunto de práctica constante y mucha dedicación. Es en ese sentido que se vuelve un refugio para la identidad de muchas chicas mexicanas o binacionales viviendo del otro lado de la frontera norte.

En sus palabras y las de sus entrenadoras, la práctica les permite celebrar su mexicanidad y también sentirse empoderadas. Estar sobre el caballo —como asumirse mexicano— no es fácil y es peligroso. Pero aventarse a hacerlo es lidiar con el miedo, así, la seguridad que se vive a flor de piel se transfiere a un lugar menos evidente. No por nada los trajes utilizados honran a las valientes adelitas revolucionarias.

Además, las competencias de escaramuza se realizan en México, lo que les da a estas chicas una buena excusa para cruzar la frontera de vuelta a su otra casa, ver a la familia y volverse a encontrar.

 

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La fantástica historia de la familia migrante que encontró a Jesús en una tortilla

El “mito urbano” del Cristo que se apareció en una tortilla es el acontecimiento real —divino o no— que marcó para siempre la historia de una familia mexicana al otro lado de la frontera.

Las tortillas tienen una dimensión sagrada. Aunque casi nunca las tratamos desde ese lugar, porque nos parecen perfectamente cotidianas. Pero, pensemos que, tal vez, este sencillo alimento es la única cosa que tenemos en común todos los mexicanos. Eso debe ser una cualidad mística.

Aunque una tortilla, entre todas las del mundo, ha sido, desde que salió del comal, motivo de adoración, polémica, misterio y otras pasiones. Se trata de la tortilla en la que se apareció el rostro de Jesús. Y no, no estamos hablando de un “mito urbano”, sino de un acontecimiento —divino o no— que marcó para siempre la historia de una familia mexicana al otro lado de la frontera.

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Angélica, su mamá y la tortilla.

La historia es muy peculiar y siempre es contada con asombro o entre risas; pero, recientemente, la revista Eater publicó la versión de Angélica Rubio, hija de la mujer que puso al comal la tortilla más famosa del mundo.

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Cristo en el Comal

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La tortilla…

“Mi madre fue la primera persona en descubrir la cara de Jesús en una tortilla  —haya sido o no una señal de Dios, esto cambió nuestras vidas.” Fue en octubre de 1977 cuando María Morales Rubio —mujer que había migrado junto a su esposo desde Ojinaga, Chihuahua hasta Lake Arthur, New Mexico en 1950— estaba haciendo el desayuno (burritos de tortilla de harina, frijoles, huevos y chile verde) cuando descubrió en una de sus tortillas una mancha muy particular.

Era “pequeña, pero inconfundible”, describe Angélica, y la devoción católica de María lo confirmó inmediatamente: la quemada en la tortilla tenía la forma exacta del rostro de Cristo. “Hasta este día, mi mamá no puede describir exactamente lo que sintió —escalofríos y una combinación de ‘extraña, alegre y con miedo’— pero, más que nada ella experimentó un llamado profundo a quedarse con la tortilla.”

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La tortilla sagrada.

Y así lo hizo. Rápidamente el chisme se corrió por todo el pueblo y el siguiente día ya había cientos de personas formadas, esperando para ver el milagro, “buscando creer en algo”. La familia terminó por construirle a la tortilla una pequeña capilla, donde reside junto a imágenes de la virgen y otros iconos sagrados que los cientos de visitantes van a depositar junto a ella.

El asunto se transformó en un fenómeno del que probablemente ya habías escuchado. En Estados Unidos, Oprah Winfrey habló de él en un programa suyo, fue referenciado en un capítulo de Los Simpson, y en 2005 se estrenó una película extrañísima que se llama “Tortilla Heaven”, que retrata hiperbólicamente esta historia. Cientos de personas han encontrado a Jesús en sus comidas. ¿Pero habrá un significado superior a la aparición?

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La tortilla es sagrada porque es un punto de anclaje para la identidad

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La pequeña capilla donde está la tortilla.

“La historia, por ridícula que sea, es realmente significativa para mi familia.” En muchos sentidos el proceso de migración había tenido efectos adversos sobre los Rubio, pero la tortilla refrescó mucho las cosas y ayudó a que encontraran su lugar en este terreno indescriptible que es la frontera permanente que habitan los migrantes.

Para Angélica Rubio (hija menor de la familia), la tortilla era, por otro lado, un extraño motivo de vergüenza y enojo. Le molestaba profundamente cómo se explicaba la historia en la cultura popular y que se entendiera a su familia a través de estereotipos nefastos (como los que se aprecian en “Tortilla Heaven”. Pero al final, la tortilla se transformó en un punto de anclaje para su identidad y un recordatorio sobre lo que ella es y quiere construir con esa posibilidad.

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Angélica, su mamá y la tortilla.

Angélica termina su genial texto diciendo: “Hoy me desempeño en la legislatura estatal de New Mexico, que representa a la ciudad fronteriza de Las Cruces en la trinchera de los desafíos que enfrentan nuestras comunidades a lo largo de la frontera entre México y Estados Unidos. Cada vez que tengo la tentación de perder la esperanza, la vuelvo a encontrar pensando en cómo mi madre recuperó la suya a través de una milagrosa quemada en una tortilla a mano recién hecha.”

Lee más textos de Angélica Rubio, la Niña de la Tortilla, aquí.

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Sobre el complejo arquetipo de la madre mexicana

En un contexto particularmente espinoso, los mexicanos hemos logrado cultivar un concepto que desborda amor: el de la madre.

De entre los símbolos que tejen esa identidad que llamamos “mexicana”, la idea de la madre sobresale por ser especialmente compleja. La figura de la maternidad es en nuestra tierra inmensamente venerada y la mitología construida en torno a ella abarca creencias prehispánicas, católicas y hasta ecologistas.

El punto culminante de esta devoción intensísima es sin duda “El Día de las Madres”, una fecha que en México tiene un peso enorme; igual para las madre que para los hijos. Y aunque sobre el origen de esta celebración pocos han comentado, hay sin duda una polémica fuerte sobre la figura que la efeméride refuerza.

¿Por qué celebramos el Día de las Madres?

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Según una investigación publicada en la década de los 80 realizada por Marta Acevedo (y citada aquí), el Día de las Madres es un acto reaccionario contra uno de los primeros movimientos feministas del país. Se cuenta que en 1922, Rafael Alducín, entonces director de Excélsior, promovió la efeméride, apoyado por José Vasconcelos (secretario de educación), la Cruz Roja Mexicana y el Episcopado.

Explica la investigadora que el acto tenía una motivación política y era silenciar las opiniones derivadas del primer congreso feminista (evento que ocurrió en Yucatán en 1916), que planteaban asuntos como el uso de anticonceptivos y la maternidad como una elección, no un destino para las mujeres. Su tesis no ha sido confirmada por la historia oficial, por otro lado, la fiesta sí carga con un lado muy oscuro que refuerza ideas concretas sobre lo que las mujeres son o deben ser.

La madre y la Tierra

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Por otro lado el amor tremendo que se profesa en México por las madres tiene un lado espiritual en el que no está de más enfatizar. En gran medida, está ligado al culto a la virgen de Guadalupe, la figura que encarna nuestro mestizaje en todo su esplendor.

La “virgencita” es morena, análoga a Tonantzin-Coatlicue (madre de Huitzilopochtli) y símbolo inequívoco de fertilidad (y por lo tanto de la tierra). Por ser una figura construida en el sincretismo, se presta para ser estandarte de todos nosotros, es la “santa patrona” de los mexicanos y, cuida y representa a sus devotos sin importar sus orígenes o estados de vida.

Esta sensación de incondicionalidad, de amor profundo que no depende de tu materialidad, sino de tu forma de estar en el mundo (de tu bondad; de tu compromiso) es en gran medida sustento de la espiritualidad local. La madre y su cariño —que se extiende infinitamente— se manifiestan en su forma más pura en la Tierra. Sin extendernos demasiado: pensemos que la Tierra nunca nos ha negado nada de lo que tienen para dar.

La madre como arquetipo de la vida

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Volviendo brevemente a Coatlicue, Alfredo López Austin la describe como “una de las más vigorosas representaciones de que la muerte es la generadora de la vida.” En muchos sentidos, la madre da su vida para que exista la vida. Y eso no se “celebra” porque, francamente es inevitable; pero sí debe agradecerse y de forma intensa y profunda.

Tal vez es este sentimiento lo que nos provoca una pasión y gratitud tan inmensa hacia las madres, hacia la noción de maternidad (sin duda perfectamente retratada en la canción “Amor eterno” de Juan Gabriel). Y, ese agradecimiento debe practicarse, pero nunca como un acto de coerción o ligado a una idea fija de lo que implica ser mujer. Hay que agradecer la vida todos los días.

Afortunadamente, a pesar del contexto particularmente espinoso que habitamos, los mexicanos hemos logrado cultivar un concepto que desborda amor.

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*Imágenes: Marcela Taboada.

Estas hermosas máscaras michoacanas conjuran el lado oscuro de quien las porta (VIDEO)

Un fino corto documental retrata lo poético, místico y divino de nuestra tradición artesanal.

Si uno pretende infiltrarse hacia lo más profundo de cualquier tradición mexicana buscando comprenderla, debe estar preparado para encontrarse con el más complejo y rico de los tejidos simbólicos.

Y es que no hay —simplemente sería inimaginable— una expresión cultural que se diga mexicana y no esté definida por su polisemia. No podría ser de otra forma, pues México se ha construido en un “estira y afloja” entre múltiples culturas que luchan por territorializar la vida cotidiana y la fe de los sujetos que las encarnamos.

Así, para los españoles la vía más efectiva de conquista fue la apropiación de las tradiciones; y, para las culturas nativas, el acto más espectacular de resistencia es corromper las creencias extranjeras con sus particulares formas de simbolizar el mundo. Y esta deliciosa cualidad —nuestra inevitable interculturalidad—  queda impresa y se hace evidente en las artesanías; piezas que, aunque a veces lo olvidamos, cumplen una función ritual o, por lo menos, en esa clase de acto sagrado encuentran su origen.

Un ejemplo excepcional son las hermosas máscaras michoacanas que se portan durante la “danza con el diablo”. Ejecutada como parte de la pastorela, este baile explosivo conjura el lado oscuro de quien interpreta al personaje. Las máscaras son fabricadas a mano por dedicados hombres y mujeres como Felipe Horta.

La labor de Felipe fue preciosamente retratada en este corto documental del director mexicano Mariano Rentería, como parte de una serie de audiovisuales que celebran a los artesanos del estado de Michoacán y nos invitan a revalorar este tipo de trabajo y entenderlo como parte de una manifestación profunda.

Felipe mantiene su taller en el pueblo de Tócuaro y desde hace décadas se dedica a fabricar las coloridas y aterradoras piezas. Su trabajo es una forma de honrar una herencia cultural y una idea de identidad; pero, además, implica un acto absolutamente místico.

En sus propias palabras, la pieza representa la lucha entre el bien y el mal, por eso los colores utilizados son agresivos. Al usar la máscara, dice Felipe, uno se transforma en el personaje, pues hay una “energía” en ella que invoca a este sujeto que el artesano no conoce —el diablo—, pero que puede traer a la vida con las manos. Así, la artesanía materializa lo poético, místico y divino de la danza.

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