Escucha los encantadores sonidos ligados a 10 oficios mexicanos en peligro de extinción

Algunos de los sonidos que inundan nuestra cotidianidad, podrían comenzar a desaparecer. Tal vez por eso su presencia nos produce nostalgia.

Ningún acto de nostalgia —ni el más puro, el más honesto y tampoco el más radical— podría frenar el paso del tiempo. Todo lo que nos rodea está en un constante ciclo de composición y recomposición y hay cosas que, inevitablemente desaparecerán.

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El afilador de cuchillos.

Este hecho —doloroso, pero nunca carente de una veta poética— está alcanzando a algunos de los más preciosos y tradicionales oficios mexicanos. Y si estas prácticas de vida se van, perderemos junto a ellas buena parte de la composición visual y sonora que nos rodea.

Sí: hay flotando en el ambiente una serie de encantadores sonidos que están irremediablemente ligados a los oficios mexicanos en peligro de extinción. Y no se trata de que nos falte el gusto por prácticas como la del zapatero o el afilador de cuchillos. En realidad, lo que está cambiando son nuestras formas de consumir y organizarnos, por eso cada vez necesitamos menos de los personajes que practican estos nobles trabajos.

Además, somos —por distintas razones, algunas legítimas y otras no tanto— cada vez menos usuarios de la calle como espacio público. La calle es un terreno de tránsito, que se despliega sin que le prestemos demasiada atención y cuando lo hacemos es solo porque nos sentimos  —o nos encontramos — en peligro.

Y de la calle son muchos de los oficios que se están esfumando, como los camoteros, los merengueros y los organilleros. Algunos, como el oficio del globero, terminarán por disolverse porque cambian nuestra conciencia y prioridades.

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El camotero.

Pero, así como hay sonidos ligados a los oficios; estos se ligan a nuestras memorias más íntimas y sagradas, probablemente las de la infancia y, sin duda las de habitar México. En ese sentido es muy valioso contar con el registro que ofrece en línea la Fonoteca Nacional, narrando las cualidades y las historias detrás de 10 preciosos sonidos que inundan nuestra cotidianidad, pero que pronto podrían empezar a desaparecer.

Escúchalos todos aquí.

*Imagen destacada: New York Times.

Guardianes culturales: la pareja que preserva uno de los últimos talleres de juguetes hechos a mano en CDMX

En un local que sorprende por su originalidad pervive uno de los oficios más bellos de México.

De la pared sobresale un diablo rojo de cartón que carga con un letrero que dice: –Te estaba esperando-. Estamos en el 129 de la calle Chihuahua de CDMX. El muro es colorido y una frase sobre un espejo pregunta, irreverentemente: –¿Te peinaste?-

En mitad de una de las colonias más gentrificadas de CDMX: la Roma, vive este pequeño taller de juguetería hecha a mano, el último de la ciudad, según sus dueños Álvaro Santillán y Jazmín Juárez. ¿Su nombre? gina: Taller Tlamaxcalli; abrió sus puertas hace 15 años.

Sus dueños son unos rebeldes, de algún modo, ellos retan al tiempo desde dos sentidos: preservando el oficio de la juguetería artesanal y enseñando que el tiempo también tiene distintos ritmos:

La prisa es un problema muy serio con la generación millennial, siempre tienen prisa. Aquí llegan a mi taller y preguntan –¿y en cuánto tiempo aprendo?- Pues en el tiempo necesario, les digo. O quieren hacer un alebrije sin aprender a preparar el engrudo: hay cosas que tienen un tiempo, quieren saltarse los procesos. Se desesperan porque ven que yo no tengo prisa”.

Aquí hay alebrijes, juguetes de madera; diseño de hace más de 100 años. Las curiosísimas Lupitas o mini piñatas de colores eléctricos. 

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Santillán hace cartonería aunque también trabaja madera y es un conocedor del arquetípico juguete. En CDMX, según su experiencia, solo quedan unos 16 cartoneros. Dice que a él no le gusta “intelectualizar”, cuando le pregunto sobre el valor de su oficio: “yo lo hago porque me gusta, así, simplemente. Porque cuando uno hace lo que le gusta nunca tienes trabajo, se vuelve una manera de jugar. Nunca debemos dejar de jugar, ni de adultos”.

Sus juguetes son una metáfora de su manera de pensar y de su oficio que reta a la época, ahí, en un local inesperado de la calle Chihuahua en la Delegación Cuahutémoc.

 

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Ana Paula de la Torre Diaz
Autor: Ana Paula de la Torre Diaz
Politóloga de carrera, colabora para diversas publicaciones digitales como Pijama Surf. Creadora del proyecto huenasnoticias.com Y pintora con bordadora ocasional ( http://bit.ly/2jkE8lD )

“… Algo de fierro viejo que vendan”: la voz detrás del icónico sonido mexicano

La voz de esta chica inunda las calles de la CDMX. Tienes que conocer su historia.

La voz es un elemento tan sagrado que en la época prehispánica se consideraba una auténtica manifestación divina y, a pesar de que esta creencia ya no tiene la potencia de antaño, el encanto que la voz produce continúa.

Y es que, ya sea por un tono característico o por un verso particular, hay algunas voces que se vuelven una letanía, el himno de una colonia o un recuerdo muy íntimo. Este es el caso de la voz con la que se anuncian los coches que llevan fierro viejo en la CDMX, y la cual se caracteriza por tener el timbre muy agudo de una niña.

Pero, ¿a quién pertenece tan misteriosa voz? La historia se remite hasta la colonia Neza, a una casa que a primera vista se parece a cualquier otra. Sin embargo, detrás de sus muros está la niña de hierro, María del Mar Terrón, una joven que, sin deberla ni temerla, se ha vuelto parte de la cultura nacional, por la manera tan particular con la que anuncia la compra de fierro viejo.

Una melodía rutinaria…

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Desde muy joven, María se ha dedicado al negocio de comprar objetos que las personas ya no usan. La labor no es nada fácil. Cada día, ella y su padre tienen que levantarse muy temprano y recorrer las calles en un coche al que ya se le han caído fragmentos de pintura. El andar del vehículo es lento, especialmente porque la lógica del negocio lo demanda, pues necesitan hacer varias pausas en su camino.

Debido a las dificultades de transporte que enfrentan, la familia opta por empezar las “vueltas” por las calles que están cerca a dónde viven, provocando que la rutina comience de una manera familiar, casi como un paseo, en el que María habla a través de un megáfono y repite las palabras que ya todos conocen y de alguna manera olvidan, hasta que ella las vuelve a pronunciarlas:

Se compran colchones, tambores, refrigeradores, microondas, estufas, lavadoras o algo de fierro viejo que vendan…

El ritmo con el que María nombra a cada objeto es lento, cadencioso, parece seguir un compás que nadie conoce y, aún así logra captar la atención de todos, especialmente la de los perros, quienes al percibirla, empiezan a aullar y ladrar en reacción al canto de la joven, como una bienvenida o un lamento. Aunque, los Terrón no desisten y continúan su paso por las calles, hasta encontrar a alguien que está buscando deshacerse de alguna televisión o un electrodoméstico.

Con el curioso tono se han realizado toda clase de experimentos…

En cuanto llega el primer objeto al auto, María y su padre tienen una costumbre: se persignan. Para ellos, esto es una manera de demostrar su gratitud, ya sea al destino o la bienaventuranza, especialmente porque el negocio ha menguado y ya rara vez sacan ganancias.

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De cuando el canto se inmortaliza

Pero la escasez del dinero no solo ha causado dificultades en la familia Terrón, también ha causado que esta familia mexicana —como muchas—saque su lado más creativo. Fue así que al padre de María se le ocurrió que su hija grabara en un cassette su voz, con las palabras que ya todos conocemos o al menos así lo narra su padre:

“Ese cassete se grabó de las doce de la noche a a cuatro de la mañana…”

La frase, que en sí era una enumeración de los objetos que podían entregar al coche de chatarra, tenía un único cometido: aumentar las ganancias del negocio, el cual iba a la baja. De acuerdo al padre de María, la grabación tardó cuatro horas. El procedimiento fue tardado, sobre todo porque había algunas palabras que María arrastraba más que otras, como si se estuviera tardando en encontrar el ritmo de cada letra. Sin embargo, cuando uno le pregunta a la joven el por qué había elegido ese tono tan particular, María responde que salió de manera automática, obedeciendo a su hablar natural:

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“¿Cómo se me ocurrió grabarla? Pues así… mi papá me dijo: tienes que leer este párrafo, aquí hay dibujitos y sigue todo así como va” —dice la niña de hierro, quien hoy en día continúa la labor del fierro viejo en su colonia y cuyo cassette ha cruzado toda clase de fronteras, pues hasta en otros estados se le escucha.

El fenómeno que María y su padre desataron fue casual, producto de fuerzas que nadie conoce. Por otro lado, que este sonido ahora se haya vuelto parte de la identidad de su país, nos recuerda algo: la voz continúa teniendo su encanto, porque además de ser un instrumento musical, tiene una propiedad divina que, constantemente, nos convoca.

También en Más de México: Book of sounds: una guía ecoacustica para entender los sonidos de México y el mundo

*Imágenes: 1 y 4) Crédito no especificado; 2 y 3) El País. 

Miranda Guerrero
Autor: Miranda Guerrero
Estudió la carrera de Letras Hispánicas en la UAM Iztapalapa. Su carrera artística involucra tanto narrativa, poesía y elaboración de collages.

Poesía callejera y colorida: los mensajes rotulados en México

El entorno está repleto de esta gráfica que hace inconfundible a las urbes mexicanas.

Antes de que estallara en nuestra cara la era digital, con sus infinitas posibilidades para emitir mensajes en formatos insospechados, la única forma para anunciarse o para adornar la fachada de un negocio eran los rótulos.

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La palabra rótulo, del latín rotŭlus, define al título que antecede a un texto y que anuncia su contenido. Pero los rótulos que pueblan las fachadas, lo que anuncian, en cambio, es el contenido de las urbes: sus panaderías, peluquerías, mofles, estéticas, carnicerías, tortillerías y otros locales que se entretejen en el paisaje urbano y que lo constituyen.

Así se va escribiendo una especie de poesía callejera la cual ostenta toda una técnica detrás, misma que es aprendida sólo de generación en generación. Por esta herencia es que la mayoría de los talleres de rótulos llevan por nombre el apellido de la familia, como los Rótulos Huerta que sobreviven en la calle Perú del Centro Histórico.

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Y es que para ser rotulista no hay escuelas. Este noble oficio requiere disciplina y buen pulso. Por eso, Paola Sanabria define al rótulo, en la revista Artes de México, como otra forma de muralismo. Y es que no todo se limita a las características tipografías romanas o góticas, sino que el rotulista (especializado como figurista) se debe valer de otros elementos gráficos para complementar su obra. Personajes famosos, logotipos, rubias mujeres, calaveras, platillos y múltiples efectos, como el degradado y el relieve, pertenecen todos al mundo del otro muralismo

Se pueden encontrar por ello infinidad de estilos, que van desde lo elemental a lo sofisticado. No falta alguna expresión un tanto más pavorosa, grotesca o, incluso, sumamente cómica. Este conjunto es así una expresión que forma un lenguaje (una poesía pictórica)  multiforme y que narra la historia de las ciudades, pero que, además, fija una estética en el imaginario colectivo, donde distintos colores y formas se asocian a diversas ideas.

Por eso, remitirnos al rótulo es remitirnos a las fotografías de Manuel Álvarez Bravo, Edward Weston y, en una medida más casuística, a la de Nacho López, quienes capturaron estos murales en la cotidianidad de la Ciudad de México en los años 30

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Actualmente, los pocos rotulistas que quedan están más bien aferrados a su amor por el trazo, y quizás a la intuición de que en sus manos está una tradición que trasciende lo comercial y se convierte en identidad. A través de su pasión sobrevive esta práctica, la cual  esperamos no se diluya en la vorágine moderna ni se convierta en mera nostalgia.

*Referencias: Desaparecen los artistas de los rotulos