Retratos de la efervescente escena de los sonideros mexicanos (GALERÍA)

A pesar de todo, los sonideros resisten. Intensa, electrificante, comunitaria; esta enorme fiesta barrial nacida entre Tepito y la colonia Obrera —en el antiguo Distrito Federal—, sobrevive a pesar del tiempo y las fuertes dinámicas sociales que le sirven de contexto. 

Sin duda se trata de uno de los fenómenos culturales verdaderamente endémicos de la Ciudad. Su historia es relativamente elusiva. Se sabe que comenzó a popularizarse a finales de los cincuenta. Amantes de la salsa, cumbia y otros géneros latinoamericanos, comenzaron a hacerla de “radiodifusoras ambulantes”, en eventos cada vez más concurridos y con equipos cada fiesta más poderosos.

Para la década de los sesenta, el sonidero ya era un oficio hecho y derecho y un auténtico servicio a la comunidad. El sonidero aún representa el máximo medio de entretenimiento y vinculación de las comunidades originarias de las colonias donde nació. 

Pensemos que estas zonas de la Ciudad están marcadas por una dinámica económica particular: se trata de las personas que laboran en algunos de los trabajos más duros y físicamente demandantes, pero no tan bien pagados. 

El sonidero es el lugar perfecto para “liberar tensiones” y una alternativa accesible a los salones de baile y los clubs de música. Aunque el sonidero también llegó a los salones, pero en realidad es un asunto de calle y de barrio

La noche cae en colonias como Peñón de los Baños, la gente está lista para empezar a moverse y ver bailar a los demás. La música nunca va sola: siempre acompañada de los “saludos” que literalmente es un reconocimiento y bienvenida a distintas personas del barrio que ya están puestas para bailar. 

Los saludos son una manera de personalizar las melodías, de animar a los presentes y de hacer propia la situación. Es un motivo que genera orgullo, pertenencia y también una forma de reconocer a los vecinos con cariño.

Todos estos detalles, conmovedores y brillantes, han sido capturados por Tonatiuh Cabello, un fotógrafo mexicano con un estilo muy especial. El originario de Ciudad Neza genera retratos en crudo, que dejan hablar a la situación y personajes por sí mismos. Pero su nitidez no se contrapone con ingeniosas composiciones visuales y una precisión impecable para agarrar la mejor escena. 

No importa quién sea o cómo baile, todos están invitados. Y los que ya se la saben, tienen que practicar un poco de humildad. El espacio es vital para mejorar las relaciones barriales. Aunque también es blanco de actos violentos y por eso cada vez se pone más difícil llevar a cabo un sonidero. Pero siguen sonando.

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Ana Paula de la Torre Diaz

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