Esta iglesia guarda un mural antiguo sobre la mitología Otomí

Leer una iglesia no es fácil. Cada trazo, imagen u objeto que se encuentra en la misma nos remite a una simbología cuyo significado proyecta una alegoría más allá del sentido doctrinal. Esta clase de santuarios han sido los principales nodos de los que se ha podido obtener información sobre la evangelización de las antiguas ciudades prehispánicas.

Como bien se sabe, el catolicismo ejerció una persuasión trascendental a su llegada a tierras mexicanas, intentando desaparecer toda huella de las prácticas ritualistas indígenas. Y a pesar de que muchos nativos siguieron practicando sus ceremonias paganas de manera oculta, las costumbres endémicas “divinas” se desvirtuaron de manera considerable.

El sincretismo religioso entre ambas culturas encontradas en la Nueva España nunca existió, no al menos oficialmente. Sin embargo, sí existieron extrañas excepciones que nos han dejado entrever cómo hubiese sido la realidad mexicana si los misioneros, en lugar de evangelizar, hubiesen permitido la unión de dos doctrinas totalmente distintas. La iglesia de Ixmiquilpan (antes el convento de San Miguel Arcángel) en Hidalgo, es uno de los más admirables ejemplos. Erigida en 1550, a primera vista pareciera una iglesia común de diseño colonial con reminiscencias al estilo gótico. Pero en su interior algo parece desafiar las leyes católicas. Se trata de un mural prehispánico diseñado por un grupo de tlacuilos (artistas pictóricos) de la época. 

En este mural se aprecia una cosmovisión única en el mundo, ya que se conjugan desde guerreros náhuas del México prehispánico (con pieles de animal y cascos emplumados) hasta seres sobrenaturales pertenecientes a las leyendas europeas, tales como el centauro y el dragón. La pintura refleja en sí un combate entre lo que parecen ser hombres y monstruos; hombres armados con filos de obsidiana, cuya vestimenta personifica animales como el águila, el jaguar o el coyote, luchando contra bestias mitológicas y otros hombres con arcos que personifican los chichimecas.

La historia sobre esta iglesia es muy amplia pero basta acentuar que tanto el mural como el santuario mismo fueron producto de los evangelistas agustinos para “satanizar” a los chichimecas (cultura que se ha destacado por su notable rebeldía a la imposición foránea) en la mítica guerra que lleva su nombre. De hecho, es altamente probable que la realización de este idílico mural –que como ningún otro, ejemplifica lo que hubiese podido ser un híbrido perfecto entre ambas culturas– haya sido con únicos fines evangelistas.

 

*Imágenes: 1, 2) vivedeviaje.com; 4) Atlas Obscura; 5) hidalgo.travel

Ana Paula de la Torre Diaz

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