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El Tlacuache o el Dios ladino que robó el fuego para los antiguos mexicanos

Nuestra resistencia está en los mitos que conjuramos: este es el mito del Tlacuache, el Dios de la regeneración.

“La historia de la humanidad ha sido escrita por los vencedores”. Lo anterior lo escribió Brasillash antes de morir frente al patíbulo, acusado de colaborar con el nazismo. Sin embargo, no siempre se olvida aquello que los vencedores quisieron borrar, como tampoco se niega ese secreto aprendido en silencio y que modelan ­­–más que un itinerario de lucha para los pueblos frente a sus invasores– una filosofía para resistir.

Si los santos católicos ofrecieron un abanico de personalidades, y estas sirvieron como sustitutos para el antiguo panteón de dioses prehispánicos, estos modelos de probidad no pudieron allanar en su totalidad las diversas formas en la que los dioses de la antigüedad prehispánica se manifestaban.

Aquellos dioses desaparecieron poco a poco, pero el tlacuache, adorado como una deidad a la altura en que se tenía al jaguar, el conejo o el águila, pervivió. El tlacuache fue un animal divino para muchas culturas mesoamericanas. Parece que su fama se extendió por las propiedades curativas de su cola, con la que se asegura, robó el fuego privilegio de los dioses y lo metió en su marsupio para entregárselo a nuestros ancestros. Luego de la conquista también se dijo que el tlacuache había cometido aquella proeza porque el hijo de la virgen María, una noche fría necesitaba calor, fue entonces delante de la Vieja Avariciosa y le pidió calentarse en su fogata; en un descuido este robó la lumbre para entregársela al salvador.

Si la versión occidental hizo referencia a esta hazaña en la leyenda de Prometeo, donde un titán furibundo (aunque lleno de heroísmo y amor por los hombres) les regaló el fuego a estos últimos luego de robárselo a su padre Zeus, el Tlacuache lo hizo un día de parranda; se convirtió sin proponérselo en un Fénix de poca monta que no pudo ser exterminado gracias a su abundante reproducción:

Cuenta una antigua leyenda que un día el tlacuache invitó a comer a su compadre, cuando éste llegó se dio cuenta –siempre loco, olvidadizo y dicharachero– de que no tenía nada que ofrecerle de comer. Entonces el tlacuache se fue al río y le pidió a su esposa que lo matara y cocinara su carne. La esposa del tlacuache tuvo cuidado al hacerlo y dejó sus nervios pegados al hueso para que se regenerara pronto. Cuando la carne estuvo cocida y servida, el tlacuache regresó con su compadre y también comió de su propia carne como si nada hubiera pasado.

Las características del tlacuache

Este marsupial carga a sus hijos en una bolsa con un músculo que se contrae y distiende, esto le permite liberarlos a voluntad por si hubiese algún predador al asecho. Caza gallinas y roba el maíz. Su cola tiene propiedades maravillosas como ya dijimos, que van desde quitar el estreñimiento hasta acelerar el parto para las mujeres embarazadas y regresarles la regla si ésta les faltara. También su cola es útil para curar las vías urinarias, solo basta embarrar un ungüento, derivado de moler la cola, para hacer sanar cualquier miembro del cuerpo afectado.

tlacuache

No solo son sus propiedades una fuente de sanación, el carácter del tlacuache está bien definido en la siguiente anécdota:

Se dice que en el principio de los tiempos acudieron a este personaje para preguntarle si los ríos debían ser rectos o tener ondulaciones. El tlacuache que estaba ebrio dijo que debían ser curvos, porque eso detendría el cauce que vertiginoso correría si los ríos fueran rectos. Nadie podría pescar y a él le gustaban muchos los peces como para dejarlos pasar.

Este Dios representó el sabotaje de lo aparentemente perfecto, sus mayores laureles los obtuvo mintiendo, pero su engaño tuvo un motivo, y su mendicidad recuerda al viejo Diógenes el Perro.

El Dios Tlacuache y los múltiples mitos que se tejieron alrededor de él, recuerdan la característica ladina con la que luego fueron asociados los indígenas por permanecer fieles a sus antiguas creencias. A la vez, este prejuicio provocó que el mito cayera en desuso para las siguientes generaciones. Pero no todo se perdió, el tlacuache y su leyenda pudieron filtrarse en la “economía de guerra” con la que el indígena sobrevivió –se calcula que un aproximado 25 millones de indígenas perecieron durante la conquista–: engañar en esa tierra ahora de conquistadores fue su forma de sobrevivir como lo fue para el tlacuache.

Su adoración transmutó como un recurso histriónico, en el que había que actuar la propia muerte, demostrando poco valor pero mucha astucia; luego con esta actitud se representó a los héroes en la pantalla grande. El indio ladino, el chavo de barrio, el trabajador alburero que solía salirse con la suya de la forma más divertida. Su aparente falta de compromiso solo demostraba que su verdadera intención era más grande, pues aún sumido en su propia marginación osaba reírse de su destino.

¿Acaso la forma en la que los mitos se trasmitieron, ocupando una categoría moral no confesada dentro del imaginario nacional, pudieron darle sentido a una ideología secreta para resisitr a nuestro pueblo?

Posiblemente no haya sido solo la influencia del mítico tlacuache sino un cúmulo de circunstancias políticas, sociales, pero el mito en sí logra condensar una personalidad que sigue recorriendo el ser mexicano y que le guste o no a quien la vitupera y señala, permanecerá como una señal de lo que fuimos, quiero decir, somos.

A continuación, una receta de sanación contenida en el libro Los Mitos del Tlacuache del historiador Alfredo López Austin:

 

Medicamentos entre los que se encuentra la cola del tlacuache, según Martín de la Cruz

Huihuitzmallótic. Cohuanenepilli. Hierba para la vejiga, o halicacabo.

Cuando se ha tapado el conducto de la orina, para que se abra, muélanse brotes de las hierbas mamaxtla y cohuanenepelli, el tlatleuhqui amoxtli, la flor muy blanca del yolloxóchitl y la cola del animal llamado tlácuatl, en agua muy amarga, y mézclese semilla de la muy conocida chían. Todo en conjunto ha de macerarse. 

Cuauhaláhuac. Cihuapahtli. Quetzalhuéxotl. Remedio para la parturenta.

Cuando una mujer tiene dificultad para eliminar el feto, o simplemente, para facilitar el parto, beba el medicamento hecho de corteza de árbol cuauhaláhuac y de la hierba tlanextia. Quémense pelos y huesos del mono, un ala de águila, un poco de árbol quetzálhuéxotl, cuero de venado, hiel de gallo, hiel de liebre y cebollas descecadas al sol. Se agrega a todo eso sal, un fruto que llamamos nochtli y octli.

Todo se calienta y se unge al paciente con el jugo.

Coma carne de zorra y cuélguese del hombro una esmeralda verde al igual que una perla, también muy verde.

También puede beber puede un preparado de pulque, de caca molida de halcón y de pato y un poco de cola de tlacahuatzin. El pulque ha de ser dulce.

Báñese la vulva con líquido preparado con tallos de xaltómatl, cola de xaltómatl, cola de tlacutazin y hojas de cihuapahtli, molidas.

También muele en agua la cola de tlacautazin y la hierba cihuapahtli y aplícalo con un clisterio en el vientre para lavarlo y purgarlo.

Debe lavarse el vientre mediante un clisterio en agua caliente de hierbas molidas de ohuaxocoyolin. Y sino se aprovecha esta medicina, hay necesidad de recurrir a la médula de la palama muy tenúe, cubierta con poco de algodón unatada con miel y de la raíz de la hierba huihuitzmallótic, que se introduce con muchisímo cuidado en el meato del miembro viril, pues de este modo se abre la obturación de la orina.”

 

*Imágenes: 1) Ilustración de  Ana Paula de la Torre Díaz; 2) Figura de barro encontrada en Tlapacoya, Estado de México; se cree data del año 1000 A.C.

Rober Diaz
Autor: Rober Diaz
Escritor. Hiperrealista. Trabaja en LCD / Departamento de teorías conspiratorias.

La Rotonda del Mar: monstruos de cobre en el inadvertido paisaje

Figuras surrealistas y mágicas dan un nuevo sentido al turismo en Puerto Vallarta y nos invitan a ejercer el acto de contemplar.

Maravilladas por el movimiento de las olas, las esculturas con cabeza de pulpo o caballo de mar apenas y pueden permanecer así, impávidas y sin que el viento las devore. Ocho piezas componen una colección de esculturas surrealistas en Puerto Vallarta, realizadas en 1996 por Alejandro Colunga. Cada una de ellas conforma la Rotonda del Mar, y están colocadas en de manera que observan el mar, postradas ahí, como si esperaran algo o a alguien.

El malecón de Puerto Vallarta es una de las zonas más turísticas de la región. Aquí no sólo se admira el mar y la luz solar, también se observan estos seres que salvaguardan el camino y al viajero que va de paso.

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La esencia antropomórfica que aún conservan de su realizador puede constatarse en su apariencia fantástica y soñadora. La contorsión de sus bocas es un largo grito al viento y, la pequeñez de sus manos, su incapacidad de zambullirse y desaparecer del malecón. Sin darnos cuenta, estamos parados frente a un montón de seres oníricos que nos invitan a cambiar el significado de nuestro viaje, por uno más contemplativo. 

Algunas de las nostálgicas criaturas, si se les puede llamar así, poseen un esqueleto que emula el respaldo y patas de una silla. Un deleite para los turistas transeúntes que gustan de parar justo ahí, a mirar el paisaje. La similitud de dichas esculturas con un mueble no es fortuita. El autor lo hizo con la intención de que los viajeros les hicieran compañía en un largo viaje hacia la eternidad. 

Vivir no es fácil y menos si es para siempre. Por eso, cada figura tiene los pies en la tierra y, conscientes de su destino, deciden jamás irse. Y, aunque pudieran, sería en vano. Cuando el tiempo es interminable, el escapar se vuelve una ruta circular, en la que cada pieza encuentra su sitio y sólo queda como consolación, ver el mar, el espejo de nosotros mismos. 

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rotonda del mar puerto vallarta

/ ¿Cómo llegar?

 

*Imágenes: 1) On The Road In Mexico2, 3) Ernest McGray Jnr. – flickr / Creative Commons; 4) Wikimedia Commons; 5) J. David Villalpando – flickr / Creative Commons

Conoce por qué la fascinación de los mayas por los tiburones

Los tiburones aparecen en la mitología maya, arte, osamentas; sin embargo la mayoría de sus integrantes nunca conocieron el mar en tiempos prehispánicos.

Aunque los mayas se desarrollaron en gran parte influenciados por el mar Caribe, la mayoría de sus habitantes fueron más bien espectadores de un ecosistema selvático. Desde ahí, sus dioses estuvieron influenciados fuertemente por los espíritus de los animales de este ecosistema, como el jaguar.

Sin embargo, llama la atención que tanto en osamentas funerarias como en importantes ornamentos ceremoniales, jeroglíficos y alusiones arquitectónicas, la constante presencia del tiburón, sobre todo de sus dientes.

La antropóloga Sarah E. Newman de la Universidad James Madison ha publicado un interesante estudio al respecto que muestra cómo es que la cultura sobre los tiburones y su importancia fueron llevados a las profundidades de la cultura maya por algunos motivos: tanto la presencia de tiburones en ciertas zonas de agua dulce, como la práctica de la caza de tiburones en la cultura maya de la costa donde tuvo un papel importante respecto a su significado. También, quizá por la mitología retomada de los antiguos olmecas, en la que un hombre sostiene una batalla mítica con una bestia- tiburón.

 

La presencia de la simbología del tiburón

La alegoría gráfica al tiburón aparece prácticamente a lo largo de toda la extención geográfica maya, desde México hasta Guatemala y Belice; como apuntábamos, incluso en lugares de “tierra profunda” donde sus habitantes nunca vieron el océano.

Los mayas tenían un gráfico específico para el tiburón (zook), el cual aparece en sus jeroglíficos y otras inscripciones gráficas.

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En cerámica; este dibujo es una réplica del diseño de una pieza con este tiburón inscrito.

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Dientes de tiburón presentes en el ornamento del dios del maíz. Este gráfico grabado en una loza de piedra fue encontrado al este de la Gran Plaza de Copán.

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Al interior de la selva, en Lamanai, Belice, fue encontrada esta pieza de cerámica que personifica evidentemente a un tiburón, en un sitio donde los habitantes no tuvieron contacto con este animal.

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En la mitología maya. Se cree que los mayas retomaron de los olmecas parte de la mitología de la creación en la que un hombre pelea con una bestia-tiburón. La siguiente representación ha sido encontrada inscrita en diversas ciudades mayas.

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*Imágenes: arstechnica.com

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El achoque, el primo del ajolote que vive en el lago de Pátzcuaro

Los purépechas honraron al achoque al hacerlo parte fundamental de su mitología y cultura.

El hombre siempre ha buscado algún elíxir que perpetúe la vida, que promueva la juventud, en un intento por rehuir a la muerte, al dolor, al desgaste físico y mental. Quizá por ello el género de salamandra conocido como Ambystoma ha causado gran admiración en los hombres, ya que es capaz de regenerar su cuerpo y hasta sus órganos.

En el mundo hay 659 especies de salamandras; de éstas, “17 se encuentran únicamente en México y 4 pueden conservarse en estado neoténico, es decir, pueden reproducirse en su estado larval debajo del agua y mantenerse así hasta la muerte”. En este grupo es donde entran el ajolote (Ambystoma mexicanum) y el achoque (Ambystoma dumerili)”. Ambas especies son los organismos con la mayor capacidad de regeneración celular entre los vertebrados, según la Agencia Informativa del Consejo Nacional de Ciencia y Tenología (Conacyt).

Estos peculiares “primos” son capaces de regenerar sus miembros, pero incluso órganos internos, cuando estos son deteriorados. Por ello han figurado en el imaginario colectivo desde época prehispánica como figuras de leyendas y admiración.

Son, además, una singularsísima especie de salamandra que ha “quedado a medio camino”, en cierto estado larvario, y por ello tienen la capacidad de vivir en el agua. El ajolote es el más conocido, endémico de Xochimilco, admirado por los aztecas. Por su parte, el achoque, endémico del lago de Pátzcuaro, fue una figura prominente en la mitología purépecha.

 

El achoque

Según datos de Coordinación de la Investigación Científica UMSNH, su antiguedad es de hasta 370 millones de años. En la zona purépecha, y derivado de la lengua de este grupo, se le conoce como achójki (quizá proviene del vocablo ach-o, que significa lodo, cieno o renacuajo), achoque o achoke.

El achoque en la cultura purépecha es muy importante, sobre todo respecto a la tradición medicinal. A este se le ha asociado con fines curativos vinculados al tratamiento de vías respiratorias, curación de empachos y sofocamientos, y hasta con un remedio para facilitar el parto. También, el achoque se utiliza como alimento por tener un alto contenido energético.

achoque lago de patzcuaroDebido a la lamentable contaminación del lago de Pátzcuaro, la sobreexplotación y otros temas relacionados a la influencia del hombre, para el 2011 el achoque se encontraba prácticamente extinto en el lago, pero una congregación de religiosas que los cría en cautiverio para su conservación desde el 2000, prácticamente lo ha salvado. Se trata de un grupo de religiosas de la orden de predicadores del monasterio de María Inmaculada de la Salud, en Pátzcuaro, Michoacán.

Asimismo, en el 2010 fue registrada la Unidad de manejo para la conservación y aprovechamiento sustentable de la vida silvestre (UMA) llamada Dumerilii, “con un plan de manejo estructurado y encaminado a la conservación de la especie y del conocimiento tradicional”.

 

Usos medicinales

El achójki se utiliza como energetizante, revitalizante y reconstituyente del sistema inmune.

“El jarabe hecho con el achoque se usa para tratar afecciones de las vías respiratorias, tos, gripa y neumonía; para dar vitalidad a adultos mayores, niños “éticos” y personas con anemia; o bien, para problemas asociados con la desnutrición; a las mujeres, parturientas o que acaban de parir, se les da caldo de achójki con atole todos los días para que se “alivien”, además de ser reconstituyente para las mujeres en período de lactancia y, finalmente se consume para “curar la tristeza”. Nos dice, la investigadora Tzintia Velarde Mendoza.

 

En la mitología Purépecha

Entre sus creencias antiguas se cuenta:

Hace muchos años, en la antigüedad, había un dios muy malvado, siempre presumía y hacía cosas malas a los hombres y a los dioses. Entonces, los dioses decidieron deshacerse de él de una vez y lo enviarían al inframundo para que de ahí no pudiese salir y jamás volviera a molestarlos. Sin que se dieran cuenta, el dios los escuchó y en la peregrinación de los aztecas a la tierra prometida (Tenochtitlán), el dios iba pasando por el lago de Pátzcuaro y decidió esconderse ahí para que no lo encontraran, entonces fue como surgió el achoque.

De esta manera, al achoque se le considera un animal sagrado, cuyo origen deviene directamente de la divinidad.

 

Otras maneras de nombrarlo

Al achoque se le conoce también como “perro de agua”, ajolote, achoque de agua, ajolote de Pátzcuaro, etc.,

 

Particularidades

 

No existe una diferencia marcada entre ambos sexos

Son totalmente acuáticos, no presentan morfosis sexual y pasan toda su vida en el agua.

Es un animal elusivo, que se esconde.

Vive en el fondo del lago y su piel consigue una combinación de colores que le permiten camuflarse perfectamente con el ambiente, tiene poca motilidad y cambia de forma.

Su capacidad para regenerar partes de su cuerpo en distintas ocasiones a lo largo de su vida.

 

Junto con el ajolote, el achoque es uno de los animales más improbables del mundo. Ambos retan a la naturaleza al conservarse en un tipo de estado larvario, su capacidad de regeneración, además, ha llamado la atención del mundo para estudiar su ADN como una vía que ayude a la regeneración de tejidos en los humanos.  

 

 

*Imágenes: henk.wallays

 

*Fuentes:

Conabio

Importancia ecológica y cultural de una especie endémica de ajolote (Ambystoma dumerili) del Lago de Pátzcuaro, Michoacán./ Tzintia Velarde Mendoza