El mejor poema mexicano sobre la muerte conlleva una valiosa lección de vida

En “Muerte sin fin”, José Gorostiza nos legó una lección sobre la muerte poco usual para el imaginario mexicano.

Muerte sin fin de José Gorostiza es uno de los poemas capitales de las literatura mexicana y, en general, de la poesía en lengua española. Desde una perspectiva formal, pertenece a la tradición del llamado “poema de largo aliento”, es decir, una composición poética extensa en torno a un solo tema (como el Polifemo de Góngora, el Primero Sueño de Sor Juana o Altazor de Huidobro). Por su tono, podríamos considerarlo un poema “metafísico” e incluso filosófico, pues en su mayor parte es una exploración abstracta e imaginativa por nociones como el génesis, la existencia, la conciencia, la oposición entre vida y muerte y algunas otras.

En cuanto al tema que tiene en el título, la muerte, el poema de Gorostiza no posee la aproximación que, hasta cierto punto, podría esperarse del imaginario mexicano. La muerte aquí no tiene un tinte folclórico e incluso ni siquiera trágico, no está ligada al dolor, tampoco a su ocurrencia en la realidad del Yo lírico (como sucede, por poner dos ejemplos asequibles, en la muerte del padre de Octavio Paz en Pasado en claro, o en la conocida “tía Chofi” de Jaime Sabines).

En Muerte sin fin, la muerte es una noción más compleja pero también, conforme se desarrolla el poema, mucho más asequible incluso para nuestra propia existencia, nuestra vida diaria, en el marco de la cual podríamos adoptar dicho acercamiento para entenderla de otra manera. ¿De qué manera?

La posible complejidad de esta exploración poética de la muerte está en la manera en que Gorostiza llega a nombrarla. Después de plantear el escenario de una Creación, no la Creación según la conocemos por el relato bíblico, pero sí una que se le parece, al menos en la forma en que es contada, pero también una en la que algo parece no cuadrar del todo, en la que se advierte cierta parálisis, como la que se experimenta en ciertos sueños que a pesar de la vitalidad con que se experimenta, en el fondo persiste la certeza de que se trata de una ensoñación inerte. La estrofa donde aparece el fragmento de verso que da título al poema comienza así:

Mas nada ocurre, no, sólo este sueño
desorbitado
que se mira a sí mismo en plena marcha

La conciencia, en ciertas circunstancias, también es incapacidad de movimiento, goce estéril que se regodea en la autopercepción. Y la Creación elevada a Conciencia llega también a ese extremo en cual la misma parálisis tiene al menos una consecuencia: la disolución de los opuestos en la indiferencia de lo absoluto. En el “Ensayo de autocrítica” que ahora abre las ediciones canónicas de El nacimiento de la tragedia, Nietzsche parece anticipar esta posición del Génesis según se construye en Muerte sin fin. Escribe Nietzsche, a propósito de su idea de artista:

Un dios-artista completamente amoral y desprovisto de escrúpulos, que tanto en el construir como en el destruir, en el bien como en el mal, lo que quiere es darse cuenta de su placer y su soberanía idénticos, un dios-artista que, creando mundos, se desembaraza de la necesidad implicada en la plenitud y la sobreplenitud, del sufrimiento de las antítesis en Él acumuladas.

El goce es el único motor del artista, ese dios creador que tiene una enorme semejanza con la entidad que en el poema de Gorostiza no cesa de extraer “largas cintas de cintas de sorpresas”, “distribuye los mundos en el caos” y “los echa a andar acordes como autómatas”.

¿Qué sentido tiene, en este contexto, la muerte? Dicho con brevedad: ninguno más o menos especial que cualquiera de los otros elementos que intervienen en la danza de la creación. En Muerte sin fin, Gorostiza plantea una idea de la muerte que no es comprensible sin la vida, que, de hecho, late a cada momento al interior de todos los seres, cíclica, conservada tan esmeradamente como la partícula más preciosa de existencia.

[…] vida y muerte inconciliables,
siguiéndose una a otra
como el día y la noche,
una y otra acampadas en la célula
como en un tardo tiempo de crepúsculo,
ay, una nada más, estéril, agria,
con Él, conmigo, con nosotros tres;
como el vaso y el agua, sólo una
que reconcentra su silencio blanco
en la orilla letal de la palabra
y en la inminencia misma de la sangre.
                                 ¡ALELUYA, ALELUYA!

*Imagen: hastalosjuegos.es

Juan Pablo Carrillo Hernández
Autor: Juan Pablo Carrillo Hernández
Escritor y lector. Colaborador en los sitios web Pijama Surf, Petite Mort y otros.

El enternecedor ritual de la “muerte niña” (GALERÍA)

De entre los rituales mexicanos en torno a la muerte este podría ser uno de los más extraños (pero también preciosos).

De entre las prácticas mexicanas en torno a la muerte, el enternecedor ritual de la “muerte niña” podría ser uno de los más extraños y preciosos. La costumbre de retratar a los difuntos se popularizó en México a mediados del siglo XIX, pero se volvió especialmente importante para las familias católicas que perdían a un niño o niña. 

Si fallecían los más jóvenes de la familia, se acostumbraba vertirlos de “angelitos” y tomarles un retrato en un acto que servía para despedirlos, pero, sobre todo, celebrar su entrada inmediata al cielo. Es común la creencia de que, cuando un niño muere, está libre de pecado; en gran medida porque su “partida prematura” no le da tiempo de corromperse en el terreno mundano. 

La costumbre aún resulta sorprendente para muchos y cada vez es menos practicada, pero desde que llegó a nuestro país y hasta finales del siglo XX era absolutamente común. De hecho, hay fotógrafos cuyos nombres se hicieron grandes en torno a estos retratos mortuorios: Juan de Dios Machain de Jalisco, José Antonio Bustamante Martínez de Zacatecas; Romualdo García de Guanajuato y hasta los hermanos Casasola (que también fotografiaron a Zapata), en el Distrito Federal.

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Juan de Dios Machain. Finales del s. XIX y principios del XX. Plata sobre gelatina. Colección particular.

Además, por más extraña que parezca, no deja de ser de carácter sagrado: desde la elección de la vestimenta, la escenificación en torno al cuerpo y la toma de la fotografía; cada detalle del ritual se ejecuta con cariño, cuidado y la firme creencia de que al niño perdido no lo lamentamos, le celebramos su condición de pureza.

Sin duda, todos los rituales guardan una cualidad consoladora: al practicarlos le otorgamos propósito y explicación a fenómenos que se se escapan de nuestras manos. Nos reconfortan las mitologías que los envuelven, pero también la sensación de que a través de ellos mantenemos activas energías divinas o que, simplemente, están en un plano cuyo lenguaje desconocemos. 

Es muy posible que mantener una cercanía tan intensa con la muerte y entenderla como una posibilidad palpable, una realidad ineludible, nos ayude a navegar mejor la existencia. Los mexicanos no solo “apreciamos más la vida”, sino que sabemos también darle su lugar al evento máximo: la muerte; evento que, aunque no podremos —paradójicamente— experimentar en carne propia, sí nos toca vivir por lo menos un par de veces. 

Así, aunque puede ser desgarrador admirar estos retratos de “muerte niña”, también es inmensamente reconfortante adivinar el cariño de las familias que los ensamblaron.

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¿Por qué celebrar el Día de muertos podría ayudarte a vivir mejor?

Los mexicanos sabemos lo vital que es cultivar todos los días una preciosa relación con la muerte…

Pocas razones tan potentes para querer sentirse mexicano (o estar inmerso en la cultura mexicana) como la relación que este ser-identidad puede presumir con la muerte. Es algo que sin duda todos deberíamos aprender y cultivar. Y es que a través del culto, la burla y el ritual, en este país hemos encontrado preciosas maneras de redimensionar el fenómeno más conmovedor de la existencia humana: su fin. 

En un artículo para Los Angeles Times, la periodista Melinda Welsh explora lo que ella encontró en la posibilidad de reinterpretar la muerte, a través de la fiesta mexicana del Día de muertos. En pocas palabras, la autora argumenta que en Estados Unidos es necesario un día de muertos para conectar con la finitud de sus propias vidas, pero desde un lugar positivo, de cariño, de nostalgia constructiva, de aceptación del hecho.

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Dice: “Qué maravilloso sería que la gente que está muriendo (toda la gente, en otras palabras) salieran de la vida sabiendo que cada año la conexión entre vida y muerte será glorificada en lugar de lamentada o temida. Un Día de los Muertos en Estados Unidos podría alentarnos a detener la negación, considerar el final de nuestros días y reconocer plenamente la cantidad imperfecta de tiempo que nos conecta a todos.”

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Las diferencias, por ejemplo, entre los imaginarios que rodean a la muerte en México y en Estados Unidos son muy claras. La muerte aquí es un sujeto complejo, que se multiplica en los difuntos a los que honramos. El personaje es temible, pero también ingenioso y divertido. Del otro lado de la frontera, la muerte es un evento que, como manifestación cultural explota sus cualidades más grotescas para asustar.

Aunque hay que decirlo, a diferencia de lo que Melinda Welsh supone, el día de muertos no es nada más lo que se muestra en Coco (y todos los mexicanos lo saben). A pesar de que sí, definitivamente se trata de una fiesta y un momento para compartir con los que ya no están, también es un ejercicio para la extrema catarsis.

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Si no has pasado el Día de muertos en un panteón, debemos decirte que es una experiencia para vivir antes de morir. No hay como sentarse entre las tumbas, con el olor del cempasúchil y el humo del copal, mirando a las familias decorar las tumbas y llamando a los tríos para que toquen un par de corridos frente a las tumbas, mientras en silencio se llora y se bebe cerveza o tequila o aguardiente.

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Al caer la noche, con las manos secas por el frío de otoño y la cara empapada y enrojecida por las lágrimas, las lluvias esporádicas y el alcohol, las velas alumbran débilmente los caminos en el camposanto y a la milésima interpretación del precioso corrido “Nomás un puño de tierra” quienes celebraban por la mañana, comienzan a desgastarse en la tremenda tristeza, incluso a dejarse llevar por la furia, hasta que sus familiares más serenos, los sacan del panteón,

Es una escena pesada, tal vez, pero, al mismo tiempo, hermosa, necesaria y relativamente esperada, pues año con año, los mexicanos se permiten cultivar su sensibilidad en niveles dolorosos y profundos.

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Otro argumento interesante de Melinda Welsh es que el miedo a la muerte nos hace violentos, porque seríamos capaces de muchas cosas para evadir la propia posibilidad de morir. Este miedo nos hace intolerantes a algunas personas (en Estados Unidos es muy evidente cuando se trata de la situación migrante), o nos hace alejarnos de forma cortante o agresiva de múltiples situaciones.

Al mismo tiempo, hay quienes argumentan (como los teóricos que propusieron la llamada “Teoría del Manejo del Terror”) que el miedo a la muerte es también la fuerza que nos impulsa a construir fantásticas manifestaciones culturales y sistemas simbólicos que le dan valor a nuestra existencia y nos hacen perdurar. 

Y la cosa es que en México sí le tenemos miedo a la muerte, pero sabemos lo vital que es cultivar con ella una relación dedicada y profunda. Así, es definitivo que celebrar el Día de muertos podría ayudarte a reconciliar con el fenómeno inevitable, con esta aparente falta de tiempo, con un dolor que es rico sufrir, pero, que al fin y al cabo solo significa precisamente que estás vivo.

 

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El terrible y bello ritual de la muerte, la mirada fotográfica de Enrique Metinides (FOTOS)

Enrique Metinides, uno de los mejores fotógrafos de México y su visión única al retratar la muerte: un rito del que todos somos parte.

Vivimos la muerte como respiramos la vida. Las fotografías de Enrique Metinides son la prueba. Metinides es conocido por ser el primer fotógrafo mexicano de la nota roja, pero su legado va más allá. A través de su lente precoz se encuentra la mortandad en los momentos más cotidianos e inocentes. El capturar la vida y el deceso es un ritual que realiza con precisión quirúrgica y religiosa. A la vez que retrata cabezas cercenadas o  cadáveres de suicidas, produce un hallazgo inesperado: el valor sagrado de la vida aún cuando está ausente.

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La veneración de la vitalidad, gracias a la muerte, es un rasgo mexicano que Metinides supo manejar y mostró que, la idiosincracia de nuestros antepasados, está muy presente. Sus personajes son una reinterpretación de los huesos de pan y las calaveras de azúcar. Sólo que en sus fotografías,  los cráneos y  huesos sí son humanos. Representan la fragilidad a la que el mexicano se enfrenta cada día.

Desde fotografías sobre accidentes automovilísticos, la mutilación infantil, hasta la caída de una mujer de un rascacielos. Ninguna tragedia escapa a este fotógrafo de ojos curiosos, quien considera como una de sus principales influencias el cine estadounidense. Sobre todo, las películas de gángsters, la precisión en la que colocan un muerto en escena y su violencia. Su afición por las secuencias de brutalidad y muerte  lo acompañaron desde infante, pero con su cámara fue más allá. Aún así, el agradecimiento al séptimo arte de Hollywood siempre fue explícito. 

“La calle donde yo vivía, San Juan de Letrán, tenía muchos cines y me gustaba ir yo solo, y ver las películas de Edward G. Robinson y Humphrey Bogart. Pienso que el cine y la luz de esas películas fueron lo que más me impactó”.

 

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El “niño”, como solían decirle, empezó su incursión en la fotografía mortuoria desde muy pequeño. Su padre, un humilde vendedor, se encargaba de comerciar con rollos fotográficos. El día en que le obsequió a Enrique su primera cámara, ya fuera por embrujo o fortuna, había sellado su destino. Su primera fotografía capturó un accidente de coche. Después de ello, las calles de la Ciudad de México comenzaron a ser retratadas con su mirada infantil. Empezaron a publicar sus fotografías a los once años y fue el reportero gráfico de nota roja más joven de la historia. Ningún detalle pasaba desapercibido a este pequeño artista, sobre todo la muerte. Aquel tema que muy pocas veces los mexicanos se atreven a encarar, a no ser que sea en el Día de Muertos. 

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La técnica con la que Enrique retrata la muerte recuerda el ritual con el que los mexicanos la honran. A diferencia de los europeos o estadounidenses, quienes la tratan con el desagrado hacia lo desconocido, el mexicano se abraza a ella, la celebra y hasta se mofa de su tragedia. La familiaridad con la muerte parece llevarse en la sangre. Aunque, como en toda relación, hay una paradoja. Inclusive en la cercanía más profunda, hay un atisbo de desapego. El burlarse de la muerte, y la desgracia que acarrea, también es una manera de distanciarse del dolor que provoca. El mexicano, al incordiar la muerte, no sólo la ridiculiza. La observa de una manera desencarnada, y el miedo a su presencia, hace imposible apartar la vista de sus eventos violentos. Las aglomeraciones de gente alrededor de accidentes lo demuestras y Metinides lo sabe:

“He visto tiroteos, ahogamientos y apuñalamientos. Una persona moría y su familia se quedaba sin ingreso, o un hombre terminaba en prisión y su familia sufría por eso.  He visto fuegos y explosiones y todo tipo de desastres, pero lo que siempre me fascinaba era la gente que venía a ver. Los Metiches, mirones, curiosos, chismosos” 

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El marcar una distancia entre la muerte y el que la festeja, también fue indispensable en el estilo de Enrique. Su visión como espectador siempre estuvo clara. Es una mirada, como muchos dicen, a la tragedia de los eventos. Pero, más que nada, es una alabanza y apología a la fugacidad de la vida y el instante eterno de la muerte.

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El capturar la muerte  y volverla parte de su estética, es un tema del que Metinides está muy consciente. Para retratarla y apreciar su esencia, es igual de necesario valorar la vida. Cuando se observan sus fotografías, más allá de sentir el alivio de no experimentar en carne propia la desgracia, es una contemplación de lo que podría suceder. Una mirada al futuro, el paso de la vida a la muerte para volverse uno con la eternidad. Es sólo en este instante, cuando al mirar las fotografías de Metinides, se lleva a cabo un ritual. Lo desee uno o no, la muerte es parte de la vida, pero gracias a las fotografías de Enrique Metinides, se tiene la oportunidad de crear una reacción hacia la muerte. Más que padecerla, la estamos viviendo

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Miranda Guerrero
Autor: Miranda Guerrero
Estudió la carrera de Letras Hispánicas en la UAM Iztapalapa. Su carrera artística involucra tanto narrativa, poesía y elaboración de collages.