53 sabios refranes mexicanos sobre la muerte

La filosofía del mexicano respecto a la muerte se manifiesta en su cotidianidad desde sus frases y refranes.

No para siempre en la tierra… sólo un poco aquí

Nezahualcóyotl

La muerte es un lugar al que todos nos dirigimos, ese destino inexorablemente compartido. Como sabemos, en México la relación con la muerte es especial, en buena medida por la herencia de la cosmovisión prehispánica. Los antiguos mexicanos rendían culto a la muerte, convivían con ella de forma ritual y cotidiana, invocaban a sus muertos en distintos momentos y les les ofrecían alimentos que habían sido de su gusto en vida.

Hoy esta costumbre se conserva con el Día de Muertos. Pero más allá de esta celebración, muestra infalible de la relación del mexicano con la muerte, está también la sabiduría, y la picardía nihilista, condensada en frases y refranes sobre la muerte. En México a la muerte se le “normaliza”, y en ocasiones se encubre con algo de humor, acaso porque es tan normal como la vida misma.

La muerte es vida, al menos cuando se trata de refranes sobre la muerte que viven cotidianamente entre nosotros: 

¿Por qué temer la muerte? Si mientras existimos, ella no existe y cuando existe la muerte, entonces, no existimos nosotros.

Los muertos al cajón y los vivos al fiestón

Entre flores nos reciben y entre ellas nos despiden

Antes muerta que sencilla.

La muerte está tan segura de alcanzarnos que nos da toda una vida de ventaja

Cuando te toca, aunque te quites… y cuando no, aunque te pongas

El muerto al pozo y el vivo al gozo

De gordos y glotones están llenos los panteones

Buen amor y buena muerte, no hay mejor suerte

Cuando vivía el infeliz ¡Ya que se muera! Y hoy que está en el veliz ¡Ay, qué bueno era!

Si me han de matar mañana, que me maten de una vez

Mejor que digan que aquí corrio, que aquí murió

No andaba muerto, andaba de parranda

Matrimonio y mortaja, del cielo bajan.

El matrimonio es la vida o la muerte; no hay término medio

El que por su gusto muere hasta la muerte le sabe

Mujeres juntas solo difuntas

Poco veneno no mata

Vale más un cobarde en casa, que un valiente en el cementerio

Al vivo todo le falta y al muerto todo le sobra

De pendejo me muero este año

Se lo llevó la huesuda

El asno sólo en la muerte halla descanso: anónimo

Lo que mata no es la muerte, sino la mala suerte: anónimo

Ya se lo llevó la flaca

Ya colgó los tenis

Ya chupó faros

Ya estiró la pata

El que a hierro mata, a hierro muere

Uno propone, dios dispone, llega la muerte y todo lo descompone

A mí que ni me cuelguen ese muertito

El muerto y el arrimado a los tres días apestan

El miedo no anda en burro

Muerto el perro, se acabó la rabia

En este mundo matraca de morir nadie se escapa

Muerto el ahijado, se acabó el compadrazgo

Cayendo el muerto y soltando el llanto

El pez por la boca muere

Como dijo el payaso en su lecho de muerte… me voy, ¡no los entretengo más!

Los cobardes mueren muchas veces los valientes solo una

Caite cadaver

Al muerto y al consorte, a los tres días no hay quien los soporte

Todo hombre muere, no todo hombre vive

Más vale un minuto tarde que un minuto de silencio

Lo que no mata, te fortalece.

No puedo ser el muerto y echarme la tierra encima

Donde se queja el muerto, es que ahí está el oro

Nadie sale vivo de esta vida

*Si conoces más refranes o frases, compártelas con nosotros y los lectores en los comentarios. 

*Imagen: Grabado de José Guadalupe Posada 

¿Por qué celebrar el Día de muertos podría ayudarte a vivir mejor?

Los mexicanos sabemos lo vital que es cultivar todos los días una preciosa relación con la muerte…

Pocas razones tan potentes para querer sentirse mexicano (o estar inmerso en la cultura mexicana) como la relación que este ser-identidad puede presumir con la muerte. Es algo que sin duda todos deberíamos aprender y cultivar. Y es que a través del culto, la burla y el ritual, en este país hemos encontrado preciosas maneras de redimensionar el fenómeno más conmovedor de la existencia humana: su fin. 

En un artículo para Los Angeles Times, la periodista Melinda Welsh explora lo que ella encontró en la posibilidad de reinterpretar la muerte, a través de la fiesta mexicana del Día de muertos. En pocas palabras, la autora argumenta que en Estados Unidos es necesario un día de muertos para conectar con la finitud de sus propias vidas, pero desde un lugar positivo, de cariño, de nostalgia constructiva, de aceptación del hecho.

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Dice: “Qué maravilloso sería que la gente que está muriendo (toda la gente, en otras palabras) salieran de la vida sabiendo que cada año la conexión entre vida y muerte será glorificada en lugar de lamentada o temida. Un Día de los Muertos en Estados Unidos podría alentarnos a detener la negación, considerar el final de nuestros días y reconocer plenamente la cantidad imperfecta de tiempo que nos conecta a todos.”

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Las diferencias, por ejemplo, entre los imaginarios que rodean a la muerte en México y en Estados Unidos son muy claras. La muerte aquí es un sujeto complejo, que se multiplica en los difuntos a los que honramos. El personaje es temible, pero también ingenioso y divertido. Del otro lado de la frontera, la muerte es un evento que, como manifestación cultural explota sus cualidades más grotescas para asustar.

Aunque hay que decirlo, a diferencia de lo que Melinda Welsh supone, el día de muertos no es nada más lo que se muestra en Coco (y todos los mexicanos lo saben). A pesar de que sí, definitivamente se trata de una fiesta y un momento para compartir con los que ya no están, también es un ejercicio para la extrema catarsis.

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Si no has pasado el Día de muertos en un panteón, debemos decirte que es una experiencia para vivir antes de morir. No hay como sentarse entre las tumbas, con el olor del cempasúchil y el humo del copal, mirando a las familias decorar las tumbas y llamando a los tríos para que toquen un par de corridos frente a las tumbas, mientras en silencio se llora y se bebe cerveza o tequila o aguardiente.

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Al caer la noche, con las manos secas por el frío de otoño y la cara empapada y enrojecida por las lágrimas, las lluvias esporádicas y el alcohol, las velas alumbran débilmente los caminos en el camposanto y a la milésima interpretación del precioso corrido “Nomás un puño de tierra” quienes celebraban por la mañana, comienzan a desgastarse en la tremenda tristeza, incluso a dejarse llevar por la furia, hasta que sus familiares más serenos, los sacan del panteón,

Es una escena pesada, tal vez, pero, al mismo tiempo, hermosa, necesaria y relativamente esperada, pues año con año, los mexicanos se permiten cultivar su sensibilidad en niveles dolorosos y profundos.

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Otro argumento interesante de Melinda Welsh es que el miedo a la muerte nos hace violentos, porque seríamos capaces de muchas cosas para evadir la propia posibilidad de morir. Este miedo nos hace intolerantes a algunas personas (en Estados Unidos es muy evidente cuando se trata de la situación migrante), o nos hace alejarnos de forma cortante o agresiva de múltiples situaciones.

Al mismo tiempo, hay quienes argumentan (como los teóricos que propusieron la llamada “Teoría del Manejo del Terror”) que el miedo a la muerte es también la fuerza que nos impulsa a construir fantásticas manifestaciones culturales y sistemas simbólicos que le dan valor a nuestra existencia y nos hacen perdurar. 

Y la cosa es que en México sí le tenemos miedo a la muerte, pero sabemos lo vital que es cultivar con ella una relación dedicada y profunda. Así, es definitivo que celebrar el Día de muertos podría ayudarte a reconciliar con el fenómeno inevitable, con esta aparente falta de tiempo, con un dolor que es rico sufrir, pero, que al fin y al cabo solo significa precisamente que estás vivo.

Un físico describe así la muerte de su abuela (y no olvidarás sus palabras)

Rito y trascedencia, una manera única en la que un físico entiende a la vida, y a la muerte.

Así como en la ciencia, en la muerte, la materia no se destruye, sólo se transforma. Esta es la enseñanza que nos deja un físico mexicano, Ernesto Mata Plata, tras la muerte de su abuela materna. Aquí, lo sacro y etéreo se unen con la ciencia, algo inesperado para muchos, pero tal vez fortuito a la hora de la muerte.

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Acorde a las reflexiones de este hombre de ciencia, cuya voz sólo puede escucharse en el video, la progresión de la vida es un devenir que encuentra su punto álgido en la muerte, cuando todas las partículas del cuerpo implosionan y estallan como una luminiscencia en el cielo o como luces de bengala. Sólo es en este momento en el que la materia da un paso más allá y, en lugar de desaparecer, muta en transcendencia.  

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Pronto, cada visión del fallecido se vuelve una, el principio de la conservación se rige con la vitalidad de quien parece haberse ido, pero no es así. Todos los fotones de cada cuerpo, los cientos de trillones de partículas, se disparan en el cielo y pueden ser recogidos en el detector de partículas que todos tienen: los ojos.

Y ese calor, que tanto se extraña en la ausencia de vida, será un acontecimiento que la Física muestra que no se ha ido; sino que se transmite entre los que sufren la perdida de un ser querido, para después proseguir con el ciclo de la muerte, la vida y su ritual. De esta manera, y con esta reflexión, la Física vuelve a dar razones para la creencia de la trascendencia del alma, como una energía que no se eclipsa, sólo se transforma.

Referencias de imágenes: 1) Irene Neno Díaz  y 2)J@M€S

El terrible y bello ritual de la muerte, la mirada fotográfica de Enrique Metinides (FOTOS)

Enrique Metinides, uno de los mejores fotógrafos de México y su visión única al retratar la muerte: un rito del que todos somos parte.

Vivimos la muerte como respiramos la vida. Las fotografías de Enrique Metinides son la prueba. Metinides es conocido por ser el primer fotógrafo mexicano de la nota roja, pero su legado va más allá. A través de su lente precoz se encuentra la mortandad en los momentos más cotidianos e inocentes. El capturar la vida y el deceso es un ritual que realiza con precisión quirúrgica y religiosa. A la vez que retrata cabezas cercenadas o  cadáveres de suicidas, produce un hallazgo inesperado: el valor sagrado de la vida aún cuando está ausente.

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La veneración de la vitalidad, gracias a la muerte, es un rasgo mexicano que Metinides supo manejar y mostró que, la idiosincracia de nuestros antepasados, está muy presente. Sus personajes son una reinterpretación de los huesos de pan y las calaveras de azúcar. Sólo que en sus fotografías,  los cráneos y  huesos sí son humanos. Representan la fragilidad a la que el mexicano se enfrenta cada día.

Desde fotografías sobre accidentes automovilísticos, la mutilación infantil, hasta la caída de una mujer de un rascacielos. Ninguna tragedia escapa a este fotógrafo de ojos curiosos, quien considera como una de sus principales influencias el cine estadounidense. Sobre todo, las películas de gángsters, la precisión en la que colocan un muerto en escena y su violencia. Su afición por las secuencias de brutalidad y muerte  lo acompañaron desde infante, pero con su cámara fue más allá. Aún así, el agradecimiento al séptimo arte de Hollywood siempre fue explícito. 

“La calle donde yo vivía, San Juan de Letrán, tenía muchos cines y me gustaba ir yo solo, y ver las películas de Edward G. Robinson y Humphrey Bogart. Pienso que el cine y la luz de esas películas fueron lo que más me impactó”.

 

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El “niño”, como solían decirle, empezó su incursión en la fotografía mortuoria desde muy pequeño. Su padre, un humilde vendedor, se encargaba de comerciar con rollos fotográficos. El día en que le obsequió a Enrique su primera cámara, ya fuera por embrujo o fortuna, había sellado su destino. Su primera fotografía capturó un accidente de coche. Después de ello, las calles de la Ciudad de México comenzaron a ser retratadas con su mirada infantil. Empezaron a publicar sus fotografías a los once años y fue el reportero gráfico de nota roja más joven de la historia. Ningún detalle pasaba desapercibido a este pequeño artista, sobre todo la muerte. Aquel tema que muy pocas veces los mexicanos se atreven a encarar, a no ser que sea en el Día de Muertos. 

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La técnica con la que Enrique retrata la muerte recuerda el ritual con el que los mexicanos la honran. A diferencia de los europeos o estadounidenses, quienes la tratan con el desagrado hacia lo desconocido, el mexicano se abraza a ella, la celebra y hasta se mofa de su tragedia. La familiaridad con la muerte parece llevarse en la sangre. Aunque, como en toda relación, hay una paradoja. Inclusive en la cercanía más profunda, hay un atisbo de desapego. El burlarse de la muerte, y la desgracia que acarrea, también es una manera de distanciarse del dolor que provoca. El mexicano, al incordiar la muerte, no sólo la ridiculiza. La observa de una manera desencarnada, y el miedo a su presencia, hace imposible apartar la vista de sus eventos violentos. Las aglomeraciones de gente alrededor de accidentes lo demuestras y Metinides lo sabe:

“He visto tiroteos, ahogamientos y apuñalamientos. Una persona moría y su familia se quedaba sin ingreso, o un hombre terminaba en prisión y su familia sufría por eso.  He visto fuegos y explosiones y todo tipo de desastres, pero lo que siempre me fascinaba era la gente que venía a ver. Los Metiches, mirones, curiosos, chismosos” 

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El marcar una distancia entre la muerte y el que la festeja, también fue indispensable en el estilo de Enrique. Su visión como espectador siempre estuvo clara. Es una mirada, como muchos dicen, a la tragedia de los eventos. Pero, más que nada, es una alabanza y apología a la fugacidad de la vida y el instante eterno de la muerte.

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El capturar la muerte  y volverla parte de su estética, es un tema del que Metinides está muy consciente. Para retratarla y apreciar su esencia, es igual de necesario valorar la vida. Cuando se observan sus fotografías, más allá de sentir el alivio de no experimentar en carne propia la desgracia, es una contemplación de lo que podría suceder. Una mirada al futuro, el paso de la vida a la muerte para volverse uno con la eternidad. Es sólo en este instante, cuando al mirar las fotografías de Metinides, se lleva a cabo un ritual. Lo desee uno o no, la muerte es parte de la vida, pero gracias a las fotografías de Enrique Metinides, se tiene la oportunidad de crear una reacción hacia la muerte. Más que padecerla, la estamos viviendo

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Miranda Guerrero
Autor: Miranda Guerrero
Estudió la carrera de Letras Hispánicas en la UAM Iztapalapa. Su carrera artística involucra tanto narrativa, poesía y elaboración de collages.