La belleza mexicana: la hermosa prueba de que reinventar estereotipos es posible (FOTOS)

Mirar al mundo desde esa otra belleza, la natural, debería ser un ejercicio para comenzar a practicarse de inmediato: ¿y si México comienza hoy a reivindicar estereotipos?

“La belleza habla como un oráculo, y el hombre, desde siempre, le ha rendido culto”, dijo alguna vez Luis Barragán, a propósito del tema. Para entender lo anterior desde una perspectiva, quizá más mágica, habría que conectar con todos esos pensadores que, en favor del universo, acordaron que la verdadera belleza se encuentra en la naturaleza de las cosas. Que este culto del que habla Barragán, no es sino una fascinación del hombre por lo que es real.

Mirar al mundo desde esta otra belleza, la natural, debería ser un ejercicio para comenzar a practicarse de inmediato. Para no perder lo que culturalmente y por genética se tiene. Para quebrantar prejuicios escondidos y saltarnos muros mentales. Para admirar nuestra belleza mexicana y la de otros.

Tal vez porque muchos de nosotros no prestamos atención a dicha belleza, sea que, a lo largo de la historia, hemos creado estereotipos. Meros hologramas que han venido desvirtuando su esencia y los modos de entrelazarnos con otras bellezas de cultura.

Hoy en día es difícil no asimilar belleza con los arquetipos consagrados por los medios de comunicación. Sobre todo en México, paradójicamente se está acostumbrado a dar mayor valor a los rasgos que no son tan usuales en nuestro país. Que vemos en las portadas de revista mexicanas, y cuyas minorías representan un cúmulo de rasgos más criollos que mestizos. 

Pero, lo cierto es que la belleza mexicana es una suerte de espíritu. Un “algo” que no se limita a un cuerpo, o a decir del fotógrafo Dorian Ulises López: uno de los rasgos más sorprendentes del mestizaje.  Recientemente el diario The Huffington Post publicó un reportaje que homenajea la labor de Ulises López, sobre rescatar esa apreciación de la belleza nacional.

 

 

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A través de su cuenta de instagram, mexicanomx, Ulises López comparte una serie de tomas que logran captar los rasgos más sugerentes de los mexicanos, desde un enfoque tan innovador como altamente sofisticado. Se lee en muchas de sus fotografías la profundidad en la mirada de los mexicanos –distintivo por excelencia– y una serie de contrastes culturales y genéticos –casi indómitos– que se van desdoblando según la región donde fue tomada la imagen. La colección Mexicano de Ulises López se encuentra exhibida en la bienal del museo Whitney, en Nueva York. 

Esperamos que esta serie fotográfica te ayude a reconsiderar tus estereotipos de belleza. La aprobación de un margen de belleza prefabricado, permite que las personas se olviden de las cosas naturales. Incluso confirma que, quienes la aceptamos hemos perdido la conexión con el mundo real.  

Por eso, en esta ocasión te invitamos a jugar con tus criterios, y  a tomarte unos minutos para reenamorarte de lo mexicano desde una nueva arista (que a estas alturas, sin duda, es imprescindible valorar y traer de vuelta al mundo):

 

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*Todas las imágenes pertenecen a la colección de Dorian Ulises López/ @mexicanomx

19S: el día que “glitcheó” mi subjetividad (CRÓNICA)

Si México fuera “uno solo” no aguantaríamos nada. Son nuestros quiebres los que nos hacen resilientes.

Con cariño para las chicas de LCD y Sandra, Marén, Yolanda, Andrea, Ian y Javier

Por comprenderme.

Glitch: un quiebre y/o una disrupción en el flujo esperado de un sistema.

Nick Briz

“Únicamente quien supiera contemplar su propio pasado como un producto de la coacción y la necesidad, sería capaz de sacarle para sí el mayor provecho en cualquier situación presente. Pues lo que uno ha vivido es, en el mejor de los casos, comparable a una bella estatua que hubiera perdido todos sus miembros al ser transportada y ya sólo ofreciera ahora el valioso bloque en el que uno mismo habrá de cincelar la imagen de su propio futuro”.

Walter Benjamin, Dirección única, 1928


La muerte nos va a agarrar parejo. Por eso en secreto la llamaré “la democrática”, la horizontal, la incluyente. Lo que plantea su materialidad  no discrimina, como invariablemente hacemos nosotros, los sujetos.

El 19 de septiembre de 2017 llegué tarde a la oficina en la Condesa, CDMX. Estaba decidiendome entre escribir una nota sobre Alberto Kalach y una sobre maíz transgénico, cuando de pronto, a pesar del simulacro, de la efeméride y de todo pronóstico sobre lo poco poéticas que son nuestras vidas, empezó a temblar. Lo sentí inmediatamente, como un jalón que, específicamente se enganchó a mi corazón. Este, haciendo lo posible por no frenarse, dio un vuelco y luego otro. Mi mirada buscó la de la chica que estaba escribiendo junto a mí: corre. Una confirmación extraña y después los gritos, anunciando a todos, que paradójicamente, había que abandonar la casa: estaba temblando.

No era como otras veces. La intensidad, la tierra haciendo resonar sus benditas entrañas lacustres, nunca había conocido esa sensación. Pero fue en ese instante, cuando miré hacia arriba y los cables en el cielo dejaron de formar patrones cuadrados y se transformaron en ondas intensas, imparables —como olas de la costa de Oaxaca—  que comprendí que algo en mí estaba quebrándose para siempre.

 
 
 
 
 
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Mi cuerpo quería desparramarse, fracturarse. El enfrentamiento con La Democrática, que siempre había esperado —como supongo que hace casi cualquier mexicano, desde que empezó la guerra contra el narco— no se anunció, no me alertó y en ese aparecer espontáneo me hizo hincarme. “Párate, no puedes estar en el piso”, que, por cierto, estaba rompiéndose, también, como yo. El abrazo de la otra redactora me contuvo y su rostro, implorando mi calma que, francamente, nunca llegó. Pero me levanté, a tiempo para ver caer pedazos enteros del edificio de enfrente, sobre todo ese grande que cayó sobre un perrito o gatito negro, cuyo torso terminó aplastado y funcionó, para mí, como evidencia suficiente de que el mundo que conocía había terminado.

“Mi hermana”, murmuré y luego grité múltiples veces, desnudando mi propia estructura y anunciando que, en efecto, solo quería confirmación de que mi hermana estaba bien. Los momentos que siguen son confusos, el gas inundó las calles y un par de ventanas estallaron. Corre. De nuevo. Corre. Cientos de sujetos corriendo sin rumbo, solo para encontrarse con otros cientos. El control: lo perdí. Fue inmediato. Perdí el control. Pasaba de la ansiedad, de la risa, a los gritos, al llanto incontenible. Perdí el control: mi estructura se evidenció de tal manera, con tanta transparencia, que desaparecí.

Confirmé rápidamente el bienestar de mi hermana y de tantos otros queridos. Por el momento, las cosas estaban estables. Ironía. La calle era un caos y la noticia repentina de que el epicentro había sido en Morelos me cayó terrible, soy de allá y mi casa allá está, con mi mamá y otra hermana. Y mis amigos de antes. Y los cerros. Y las cosas que conozco.

Mi papá me compartió un mensaje que dejó más en claro el panorama: la lista de edificios que, hasta el momento, habían sido registrados como colapsados. Escuelas, primarias, multifamiliares completos. Muchos cerca de mi casa.

Una buena amiga me recogió y realizamos una travesía inmensa desde la Condesa, hasta la Alberca Olímpica.

Algunos episodios notables:

  1. Insurgentes, abarrotada de seres humanos, anticipando que los próximos días, las calles iban a pertenecer a los peatones y no a los coches.
  2. La farmacia, donde compré sueros a 30 pesos (“Lucrando con el temblor”, le dije cínicamente a la tendera) y un par de cajas de ketorolaco, estaba prácticamente vacía; delatando a mi ser paranoico que probablemente habría escasez, pero estaba equivocada, en los días que siguieron, no faltó nada.
  3. Una mujer vendiendo plátanos, hizo eco en lo que restaba de humanidad en mí y compré un par de kilos que cargué psicoticamente hasta la casa y terminé regalando a brigadistas.
  4. Una señora de 90 años en silla de ruedas, y su cuidadora de más de 60, que me llevé conmigo y mi amiga, y los plátanos, en una escena que me recuerda (y no sé bien por qué) a El Viaje de Chihiro.
  5. Los de la marina corriendo formados, cargando picos y la visión lejana del primer edificio colapsado que presencie en la vida.

Llegar al departamento no fue agradable. Mi pésima reacción había marcado una distancia seria entre mi subjetividad y las de los demás. Yo era un peligro, dadas las circunstancias. De ahí en adelante se hizo mucho: además de ayudar a controlar el tráfico en una ciudad sin semáforos, no dormir por 6 días, ayudar en los acopios, cargar, perseguir derrumbes, el momento más importante fue la breve participación que tuve en las brigadas.

No quisiera repetir lo que posiblemente todos han pensado. Sí, la solidaridad fue inmensa. Escuché por ahí la frase: “tranquilos, todos tienen derecho a ayudar”, mientras nos formaban y vestían con cascos y guantes para acercarnos más o menos protegidos a los derrumbes a cargar piedra. Éramos tantos. Pero lo increíble, lo que realmente me marcó fue que “no éramos uno”, México no “fue uno” ese día, para nada. La Democrática no agarró parejo. No ese día. Éramos un chingo, eso sí, y éramos absurdamente distintos y era obvio que no veníamos ni del mismo lado, ni estábamos cortados con la misma tijera; pero estábamos juntos.

El glitch, la falla espontánea en el sistema, la acumulación de tensiones que culminó en caos, me partió en miles, me hizo perder el control y cuando me encontré con mis cimientos, no había nada (en serio, nada, carajo, es carne), pero entre esas grietas, lo que vi, lo que sentí, fue a un chingo de personas. Unas me dieron comida, otras café, unas me abrazaron, me protegieron, me llamaron, me buscaron. Me subí al coche de un hombre desconocido: ¿en qué clase de circunstancia haría tal estupidez?  El señor nos llevó a varias chicas apretujadas a un derrumbe. Feliz de hacer algo, de poner en marcha el coche, de funcionar como un puente entre la geografía y la materialidad-peatón y no ser un vehículo predominante en el diseño de lo urbano.

Una anécdota divertida, que resume para mí el estar-juntos:

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Todos dieron lo que tenían. Por suerte lo que ellos tenían eran tacos al pastor…

El 20 de septiembre de 2017, llevábamos horas formados intentando pasar al derrumbe en Petén (lugar que nunca voy a olvidar), acababan de sacar a alguien, pero sin vida: los ánimos bajaron. Estaba lloviendo. Hacía frío. Estaban al borde de sacar a otra persona más, con vida. “¡Mazos! ¡Mazos!” comenzaron a gritar todos. Necesitaban mazos. Así, todos gritabamos, el mensaje se corría y alguien en algún momento llegaría con un mazo; un pinche mazo, era la distancia entre el afuera y el adentro para alguien. No llegaba, gritábamos como idiotas y no llegaba. Llegó. Silencio. Puño en alto. A la espera. Tal vez sale. Tal vez sale y bien. En eso, de la nada, un tipo llega corriendo a la zona con una cantidad absurda de vasos, desbordando vasos. “¡Aquí están, aquí están los vasos!” gritó emocionado, convencido de su utilidad. “Mazos, pendejo” le dijo alguien. Todos nos empezamos a reír, también el de los vasos, risas y llanto, claro. Risas a lo cabrón. Unos minutos después se alzaron los puños. Los mazos (y los vasos) cumplieron su cometido. Alguien salió con vida. ¿Quién? Pues qué chingados importa. Estaba vivo.

No tengo nada contra La Democrática. En cualquier caso, nos va a agarrar parejo. Ese día aprendí eso. Pero así como ella, también entendí que nuestra identidad, la narración de estas subjetividades trabajando en conjunto, también puede ser como la muerte, agarra parejo. Yo lo viví, no se me olvida. Cada vez que aparecen los gandallas, que matan a alguien o lo desaparecen, me acuerdo de que ustedes también pueden agarrar parejo. De que si hoy tiembla (bendita poesía), van a venir por mí. Y yo voy a ir por ustedes. Hoy, solo hoy, no importa lo que significa ser mexicano.

Cortesía de Juan Villoro, para quienes no saben quiénes son: son el lugar donde habitan; son el espacio que administran. ¿Y de dónde son? Son del lugar donde recogen la basura. Y yo también. Ahí te espero.

Epílogo

 
 
 
 
 
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La muerte natural no existe: cualquier muerte es un asesinato. Y si no se protesta, se consiente. Yo desconfiaría aún con el dedo en Su llaga.

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El 23 de septiembre de 2017 volvió a temblar. Una cosa llevó a la otra y terminé con un ataque de ansiedad imparable y terrible. Como nunca antes sentí la distancia entre mi subjetividad y la de otros. Yo era un peligro, dadas las circunstancias. Perdí mucho ese día. Además del control, la confianza de mis amigos.

Estaba tan quebrada que tuve que delegar mi propia vida a otras personas. Tuve que pedir cuidados y protección, explícitamente. Me dio coraje, hoy todavía me da coraje, tenerle tanto miedo a la muerte. Me da coraje no hablar de eso. Me da coraje que tú o tus amigos, o tu familia, hayan vivido una desgracia. Una “pérdida irreparable”. La pérdida de la vida es reprochable, porque siempre implica una pérdida de la posibilidad. Y hace parecer que los cuidados en vida son inútiles. Pero no creo que lo sean.

A todos los que están sufriendo, por esta y otras catástrofes hago una promesa solemne: prometo cuidar la vida, prometo luchar por la posibilidad dentro de la posibilidad. Prometo mantener la calma, hasta donde me sea posible. Claro que también prometo permitir mis quiebres, porque a ellos les debo estas lecciones vitales. Estas vivencias.

Sigo en la CDMX, todavía no estoy lista para despedirme.

Con el puño en alto.

También en Más de México: Reflexiones de grandes escritores mexicanos sobre el sismo de 1985 que hoy valiera releer

*Imágenes: Destacada: AFP; Cuartoscuro.

María Fernanda Garduño Mendoza
Autor: María Fernanda Garduño Mendoza
Estudios y gestión de la cultura, UCSJ. Ensayando discursos, constantemente. Articulando rupturas.

En este hospital de Chiapas los pacientes pueden pagar con café y maíz

Un proyecto verdaderamente resiliente, hecho para ayudar a una comunidad igual de aguantadora…

En México decir que las condiciones de vida son “adversas” es simplificar el asunto. Tendría más sentido decir que son inestables y que eso, sobre otras cualidades del “vivir aquí” problematiza la existencia de los habitantes. Por otro lado, además de la falta de estabilidad hay inmensos desequilibrios. Mientras que hay sitios donde la infraestructura desborda (y se cae por su propio peso), como la CDMX, hay lugares donde simplemente no hay escuelas, ni hospitales.

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Estas carencias se concentran principalmente en algunos estados del país, como Chiapas. Afortunadamente, hay sujetos que hacen todo lo que pueden para cubrir algunos de los huecos; utilizando los recursos que tienen a la mano y aprovechando la bondad y el cariño de los que se suman a sus causas. Así nació el Hospital San Carlos en Altamirano, Chiapas un proyecto fantástico que desde 1969 ha acallado los “no se puede” que lo rodeaban.

En San Carlos trabajan con lo que tienen (y funciona)

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70 camillas, un médico cirujano, un anestesista y múltiples voluntarios atienden alrededor de 100 personas al día. La mayoría de los pacientes son indígenas de los pueblos Tzeltal, Tzotzil y Ch’ol; algunos caminan más de 8 horas por la selva para ser atendidos en San Carlos. Y el hospital, consciente de las condiciones económicas de las comunidades, acepta “pagos” de café, maíz y naranja, cultivados por los pacientes. Esta ofrenda podría ser considerada un pago simbólico, pero francamente estos bienes son el capital de las comunidades rurales de la selva chiapaneca.

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Desafortunadamente, las medicinas que los enfermos necesitan no se valúan en café y maíz, lo que complica mucho la labor de San Carlos. Las enfermedades que más atienden son crónicas, como cáncer y diabetes. Por otro lado, la desnutrición a la que se enfrentan las comunidades provoca epidemias poco comunes, como la tuberculosis. En ese sentido, su hacer es limitado, pero los que trabajan en el hospital no se rinden.

Un proyecto resiliente y resonante

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Tal vez eso sea lo más increíble del proyecto: como buena entidad resiliente, se adaptan en todos los sentidos a sus contexto. No sólo aceptan estos trueques, también admiten a los pacientes aunque estos no cuenten con documentos oficiales: el nombre y el lugar de residencia bastan. Por otro lado, han procurado integrar a sus métodos medicina alternativa, como la tradicional, fundamentada en la cosmovisión indígena de la salud. Además, casi todo el personal es de origen indígena, vive en la localidad y habla las lenguas de las comunidades; en ese sentido la comunicación se mantiene abierta y no es unilateral. Por otro lado, constantemente buscan la ayuda de los curanderos y parteras rurales. Ningún saber útil se queda fuera del proyecto.  

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El edificio mismo es prueba de esto: Kees Grootenboer, el arquitecto que lo diseñó explicó a la revista Forbes que la estructura utiliza formas curvas para “repartir la presión de choques sísmicos”, ampliando sus posibilidades de resistir temblores. Chiapas es una de las zonas más sísmicas del país y este tipo de detalles son vitales.

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Sin duda lo más emocionante es que, aunque el hospital tenga deficiencias y necesidades, es un proyecto que se levanta de forma comunitaria, que se hace con la labor constante de los locales y que se integra en serio como un componente social abierto, flexible y fundado en gran medida por la buena voluntad. Ese tipo de servicio no se paga con dinero.

Otro proyecto comunitario que te va a dejar sorprendido: Estas monjas quieren salvar al achoque, curioso primo del ajolote

*Imágenes: Destacada: Tamas Coyo; Hospital San Carlos, excepto no. 4 atribuida a Jessica Martínez. 

Guía práctica para que todo mexicano apoye verdaderamente a su país

Con acciones muy concretas podemos modificar el panorama de México, estas son algunas opciones para comenzar a hacerlo.

Más allá de vincular la identidad mexicana con el folclore, hay que entender lo que significa asumir que, como mexicanos, estamos habitando el mismo espacio. Un territorio que nos comparte, gracias a su peculiar textura y clima, una diversidad de pensamientos para crear una cultura con fortaleza. 

Pero, además de esta diversidad, México es increíblemente grande y siempre está en movimiento. Y los que decidimos en qué sentido van a desplazarse las cosas —especialmente las formas en que se van a ir construyendo—, somos sin duda los mexicanos: todos aquellos que asumimos nuestra identidad cultural y la hacemos valer en la vida cotidiana.

Está guía práctica pretende ser un recordatorio para todos los que desean hacer verdaderos cambios en México desde su lugar y perspectiva. Se trata de sencillas acciones que pueden contribuir, más allá de involucrar un nacionalismo obsoleto, a mejorar el país:

 

1. Reconoce la diversidad como base de nuestra identidad cultural. Si algo compartimos los mexicanos es una atmósfera fascinante por su diversidad. La discriminación a los demás por sus orígenes étnicos, sus preferencias sexuales, su clase social, etcétera solo relega esta gran virtud. 

2. Practica valores como la solidaridad y la empatía. México es rico en cultura, y dentro de ésta existe un universo de valores heredados a través de los tiempos. La solidaridad y empatía ante necesidades de urgencia (por ejemplo, un desastre natural), ayudan a reforzar lazos entre la colectividad. 

3. Involúcrate tanto como puedas en la micropolítica de tu entorno. No se trata sólo de ser buen vecino, se trata de participar; asistir a las juntas de tu localidad, ser parte de las consultas ciudadanas y organizarte con los demás para tomar decisiones que van a afectarte a ti y a las futuras generaciones. 

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4. En México hay buenas leyes, y muchas otras más se pueden mejoran.  Tú puedes exigir a los representantes de gobierno que se cumplan. Si hay algún fenómeno social que te preocupa, infórmate sobre las leyes que existen al respecto y sobre las personas que se están movilizando para hacer un cambio.

5. Recoge y separa la basura porque ésta es un problema que resulta catastrófico no solo para el cambio climático, también para la movilidad de las ciudades y el flujo del agua cuando hay lluvias.

6. Practica el consumo local y Hecho en México. Comprar local elimina intermediarios comerciales y reduce impactos ambientales, además de que contribuyes a impulsar cadenas de valor mexicanas. Es más sustentable y apoyas la economía de los mexicanos. Consume productos que promuevan equidad social y precios justos.

7. No desperdicies agua y recicla las aguas jabonosas para limpiar patios o lavar tu coche. México es rico en este recurso natural pero lamentablemente existen muchas regiones del país que carecen de ella, principalmente porque el agua de sus ríos es trasladada a las grandes ciudades. 

8. Respeta los espacios ajenos especialmente cuando viajes, respeta a la gente local y a sus costumbres. Aprende, disfruta e intercambia, pero es mejor procurar no ser invasivo de las cotidianidades de los demás.

9. Cede el paso y el asiento en el transporte público. Se trata de generar cultura cívica, y poner el ejemplo, para que otros observen. 

10. Apoya la gastronomía mexicana porque es una buena forma de conectar con las tradiciones más íntimas. Además, México ofrece un patrimonio gastronómico inmenso, consumir platillos mexicanos es una gran forma de perpetuarlos.

11. Entérate de la situación actual de los pueblos indígenas que, desde la colonia han estado luchando por poder aprovechar las tierras que legítimamente son suyas y por sus derechos humanos básicos. Los pueblos indígenas no son del pasado, están muy vivos. 

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12. Intercambia saberes, es una buena forma de hacer comunidad y perdurar la cultura. Si sabes un idioma, cocinar, hacer huertos urbanos, enséñale a otros y que ellos compartan lo que saben.

13. Atiende los problemas sociales en lo cotidiano, sin clavarte demasiado en tu forma de ver el mundo. Si retomas ideologías, adecuadas a tu contexto local y/o nacioal (hay mucha gente que ya está viviendo así).

14. Apoya la autosuficiencia alimentaria y la vuelta a la milpa porque México puede alimentar a su propia gente, pero estamos abandonando el campo. La milpa es nutritiva y no necesitas volverte a una dieta muy estricta para ser sustentable, sólo consumir lo que tienes a la mano.

15. Apoya iniciativas sustentables, especialmente si viajas porque el turismo tradicional es contaminante y desplaza a las comunidades de los procesos económicos. Apoya el ecoturismo comunitario.

pueblos mancomunados Oaxaca

16. Reduce tu huella ambiental, camina más, muévete en bicicleta, utiliza el transporte público. También, recicla bienes personales y basura. Come más verduras. Trata de evitar productos industrializados y deja de comprar botellas de plástico. El plástico, por ser un desecho tan común, ya está en todos lados, hasta en lo que comemos.

17. La vejez en México también es un sector marginal y eso es terrible, porque los viejos tienen una vida entera que enseñarnos, además siguen vivos y no por ser mayores tienen que dejar de disfrutar. Cuidemos a los ancianos y no dejemos de incluirlos en lo social y valorarlos como los grandes libros de conocimiento que son. 

18. Recupera las microhistorias y compártelas, sobre todo si piensas que la historia oficial tiene muchos huecos. Investiga las pequeñas historias de las tradiciones que compartes y de las comunidades que te rodean. Cuando negamos la historia de los otros negamos su presencia.

19. Cuida tu salud, porque si tú te sientes muy bien, es más fácil hacer sentir bien a los que te rodean. Como mexicano –saudable–, y haz ejercicio, te aseguramos que te va a cambiar la vida.

20. Apoya al arte emergente y otras iniciativas creativas independientes. Siempre están ofreciendo discursos y planteamientos inesperados, vale la pena escucharlos y entender a qué contexto están respondiendo.

21. No dejes de consumir lo que ofrecen instituciones académicas y científicas. La oferta es muy amplia y lo que no sabes es que, detrás de cada exposición, obra de teatro, película, proyecto  o invención, se encuentra un equipo de gente trabajando muy duro por forjar el futuro de México.

22. Práctica el agradecimiento cada que puedas. Dar gracias es una manera de recordarnos todos los días la fortuna que tenemos de vivir en un país como México. 

23. Asume tu ciudadanía. No fomentes actos de corrupción (aún si eres víctima de ello), respeta a tus conciudadanos y toma muy en serio el hecho de que vives en un espacio compartido y, por ende, el de alado tiene los mismos derechos a habitar que tú. 

En México hay muchísima gente increíble, no demerites la posibilidad de cambio. Hay que construir juntos, constantemente.

 

*Imágenes: 1) Volcán Popocatepetl visto desde Puebla / Worldwide Elevation Finder; 3) Baja California, islas de Loreto / Kirt Edblom – flickr, CC; 4) Erwin Morales – flickr / CC; 5) Pueblos Mancomunados, Oaxaca / Expediciones Sierra Norte