Botas tribaleras: símbolo de creatividad, contracultura y de una fiesta interminable

Más allá de un par de kilométricas puntas, las botas tribales enuncian un movimiento transgresor en el norte del país.

Nuestro país destaca por su infinita creatividad. Alrededor de ella orbitan cientos de personas que buscan, a partir de rasgos culturales particulares, pertenecer a un grupo que despliegue de alguna manera dicha creatividad.

Eso son, como ejemplo actual, los regios que se reúnen en torno a la música tribal y a las famosas y excéntricas botas puntiagudas, mismas cuyos diseños estallan en creatividad, que va desde una amplia gama de colores y texturas hasta los motivos festivos como el día de muertos. Estas botas nacieron en la ciudad de Matehuala, en San Luis Potosí, inspiradas por la música tribal que se puso de moda allá por el 2010, siendo ahora usadas en varios estados del norte de México como Monterrey.

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“No somos guapos pero estamos de moda”, reza una playera

Y es que este es un movimiento de moda, donde verse bien es importante. Lo fascinante reside en que en torno a la música tribal haya surgido una moda tan curiosa y transgresora, que parece adoptar ese rasgo del estilo punk, así como el “hazlo tú mismo”, pues muchos de los jóvenes que utilizan estas coloridas botas también las fabrican.

Incluso existen concursos, donde pueden verse botas cuya punta llega a más de los dos metros, así como otros modelos alucinantes, como las botas que portan luces LED:

Todo esto se enmarca en un festejo generalizado por la vida, que incluye a niños, jóvenes y adultos, tanto hombres como mujeres que, con esta excusa, pueden divertirse y alejarse de la violencia que en ocasiones ha azotado al norte de nuestro país. Por ello hay mucho que reivindicar de movimientos así, cuyos antecedentes indirectos son otros como el de los pachucos, en los cuales prima el baile como momento catártico.

Sin botas no hay baile

También están los concursos de baile, donde compiten grupos que arman sus propios atuendos y coreografías, mismas que implican complejos movimientos de saltos y movimientos de cadera propios de los ritmos norteños. El más grande se realiza en Matehuala, y resulta ser un evento masivo. Así resalta que esta moda es punto de encuentro creativo, pero también que, no obstante su indudable originalidad, rescata mucho de la cultura del norte de México, lo cual mantiene viva nuestra identidad. La música tribal recoge a su vez ritmos africanos y colombianos, convirtiéndose así en todo un mix de ricas y diversas tradiciones que se fusionan con la norteña.

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Por eso, mexicanos en Estados Unidos, desde Texas hasta Mississippi, han exportado este movimiento para evitar sentirse tan desarraigados en tierras ajenas, lo cual es ya una forma de resistencia ante la dura realidad que muchos migrantes afrontan. Por eso, en torno a la danza tribal y las botas puntiagudas ya se han conformado vendedores de botas en este país (que llegan a costar hasta 300 dólares), así como DJ’s, bailarines y asiduos de esta música que se reúnen en los diversos bares que se han instalado en ciudades como Houston o Dallas.

Los fotógrafos Alex Troesch y Aline Paley en su viaje a Matehuala supieron captar esta esencia en sus fotografías (mismas que usamos para ilustrar esta nota), y sin duda revelan, más que lo “chusco” de este movimiento, su lado fuerte, tenaz y retador, así como el momento de baile y diversión que motiva.

 

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*Referencias: Mexican pointy boots

Todo lo que tienes que saber sobre los 10 nuevos Pueblos Mágicos

Estos destinos mexicanos se acaban de volver imperdibles…

No hay punto en negarlo: todos los rincones de México tienen algo mágico. La razón detrás de esto posiblemente es que lo genuinamente maravilloso de este país es su gente y las increíbles e infinitas manifestaciones culturales que nos regalan. Además, tenemos la fortuna de habitar una tierra que desborda en su biodiversidad. En este país es difícil escapar de la belleza.

Sin embargo, el título de Pueblo Mágico que se han llevado 121 municipios mexicanos pretender reconocer algo muy particular: la forma en que los pobladores y las administraciones contribuyen al cuidado de las historias, las costumbres y el entorno de su localidad. Cuando estas se pulen y presentan como preciosas joyas que todos deberíamos conocer, el valor se vuelve explosivo.

Claro que hay muchos sitios así, donde la gente que los habita hace todo lo que puede por cuidar los pequeños rincones y las ricas tradiciones con las que crecieron. Por eso celebramos que se otorguen reconocimientos a estos esfuerzos.

Recientemente fueron nombrados “Pueblos Mágicos” 10 municipios de distintos estados. En cada uno hay cosas imperdibles y por eso te compartimos todo lo que tienes que saber.

Nombre de Dios, Durango

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Este sitio se guarda 2 grandes atractivos: sus hermosos recintos naturales y su increíble arquitectura virreinal. De la última hay, como muestras, 5 iglesias y una ex hacienda (la de Juana Guerra). Pero si prefieres estar al aire libre, las cascadas de 20 metros de “El Saltito” y el hermoso ojo de agua que se alimenta de el río Tunal, te dejarán fascinado. Este lindo pueblo también es conocido por las conservas y licores de fruta y dulces cristalizados hechos con lo que se cosecha en la hiper fértil tierra de este oasis.

Tlaquepaque, Jalisco

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El pueblo de Jalisco tiene bien merecido el reconocimiento por ser una efervescente capital mexicana de la tradición artesanal, especialmente de la cerámica y la alfarería. Hay distintos puntos del municipio que tienes que visitar, entre ellos: el Jardín Hidalgo; El Parián, donde puedes comer delicioso y echarte un auténtico tequila; el Museo Pantaleón Panduro de cerámica y el Regional de Cerámica y el de Alfarería. Si eres amante de la arquitectura, no te puedes perder el Santuario de Nuestra Señora de la Soledad y la Parroquia de San Pedro.

Zimapán, Hidalgo

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Este flamante Pueblo Mágico combina riqueza natural y fantástica arquitectura colonial, como la de la preciosa Parroquia de San Juan Bautista, el ex convento Misión Tolimán y la Ex Hacienda La Estancia.  

Si de naturaleza se trata, tienes que visitar el Cañón del Infiernillo, un hermoso cuerpo de agua artificial; la Villa de la Encarnación, una preciosa villa donde se cultivan manzanas, piñones y frutos del bosque y truchas; el Parque Nacional de los Mármoles; la presa del Infiernillo; el cañón de San Cristóbal; el Caracol del Carrizal que es una serie de extravagantes formaciones rocosas.

Comonfort, Guanajuato

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Este sitio desborda cultura y sitios increíbles. Tienes que visitar la parroquia de San Francisco, el Museo Doctor Luis Mora (en donde puedes ver piezas arqueológicas de sitio). Además, podrías experimentar increíbles fiestas tradicionales, que incluyen danzas, palenques, mucha música y comida. La gastronomía es variada, pero la especialidad son las carnitas de puerco.

Amealco, Querétaro

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Hay mucho que visitar en este lindo pueblo llamado Amealco por ser tierra de manantiales. Además, si te gustan las artesanías necesitas visitarlo. Hay una larga tradición de tejedoras que hacen preciosos textiles de lana. La comida también es fantástica: se come una deliciosa barbacoa y dulces como ate de membrillo, manzanas cristalizadas y un fantástico pan.

Melchor Múzquiz, Coahuila

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En este pueblo mágico se mantienen las tradiciones de los indígenas kikapoo, que se rigen por sus propios usos y costumbres y prácticas religiosas. ¿Qué ver? Si quieres naturaleza tienes que visitar el manantial de Nacimiento, La Cascada, el Río Sabina. Si quieres historia: tienes que buscar la Iglesia de Santa Rosa de Lima, el monumento a Don Benito Juárez y el Museo Municipal. La fiesta más importante del pueblo es la celebración anual de “La Primera Luna”, una celebración indígena.

Compostela, Nayarit

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El atractivo central de este pueblo mágico son las playas, por supuesto. Pero también puedes visitar los museos de sitio donde se exhiben piezas arqueológicas de la zona; vivir las fiestas patronales; buscar la perfecta pieza de talabartería (que es tradicional en la zona) o comer un tradicional festín de mariscos o una carne asada.

Aquismón, San Luis Potosí

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Además del lindo templo de San Miguel Arcángel, en este pueblo de la Huasteca, lo que más se disfruta son los espectaculares sitios naturales, entre cuevas, cascadas y sótanos, destacando el extravagante sótano de las golondrinas.

Bustamante, Nuevo León

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La naturaleza es el plato principal: inmensas grutas con curiosas formaciones, el precioso balneario “El molino” y la ruta “El cañón”, que sigue la ribera de un hermoso río. Para el postre: el delicioso pan dulce que se hace solo en seis panaderías tradicionales del municipio, pero se disfruta en todo el estado.

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Guadalupe, Zacatecas

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Entre la catedral, museos y la plaza principal, Guadalupe es el destino ideal para los amantes de la arquitectura. Además, el pueblo es conocido por sus yacimientos de minerales (como plata y cobre) y los bancos de cantera y caliza. Así, las artesanías son realmente fabulosas: esculturas, labrados en cantera, piezas de ónix y cerámica.  Para comer hay birria, carnitas, gorditas, aguamiel, las famosas melcochas, queso de tuna y dulces de leche.

Runsy, una artista chicana que reivindica el mestizaje (FOTOS)

En su trabajo creativo, los estereotipos se transforman en una reapropiación de las raíces mexicanas.

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Ser mujer en este mundo es un reto. Ser mujer y mexicana al otro lado de la frontera lo es más. Pero ser mujer mexicana, extranjera chicana y además artista es asumirse sin temor en este mundo.

Eso es lo que define a Esperanza Rosas, conocida como Runsy. Ella es una artista chicana de 23 años que asume su condición y que no pretende deshacerse de estereotipos, sino al contrario: reivindicarlos. Así lo deja ver su arte de tonos pastel, que ostenta predilección por el rosa, así como por elementos de la cultura mexicana que van desde las calaveras a las botas y, por supuesto, que pasan por retratar a la comunidad mexicana en Estados Unidos.

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Así como para la mayoría de los chicanos y chicanas, la vida de Runsy es un combate constante contra la discriminación y el racismo, y por reivindicar el orgullo por su color de piel, sus raíces y su género, algo que se mezcla con otras corrientes que, además de ser vanguardias artísticas, constituyen esencialmente trincheras de combate, como es el caso del arte chicano queer.

Eso es Runsy: una artista que es mujer y que es chicana, que es mestiza, que le gusta el rosa y el rock y que, como compartió en entrevista para Bianca Betancourt, busca que su arte signifique algo positivo para ella y para su comunidad: “Si no puedo explicar lo que mi arte significa, no estoy hacienda nada positivo”, afirma.

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“Mujer en una galería”

Por eso ella reclama desde su Instagram, en sus fanzines y en sus instalaciones no ser objetivizada: “Soy tan talentosa como cualquier hombre, tan talentosa como cualquiera. Soy una persona”. Y sin embargo tampoco teme posar ante la cámara ni rehúye banalmente a adoptar las modas que ya hoy no son sino parte de la hibridación que caracteriza al siglo XXI.

En la campaña realizada por Red Bull Music para el evento 30 Days in Chicago Runsy habla acerca de su trayectoria en el medio artístico: “Cuando hago arte soy un libro abierto. Hago obvio que soy una mujer y que soy una mexicana“, dice. “Eso en sí mismo ya es político. Y creo que mi historia familiar y mis ideas ya cuentan una historia por sí mismas, lo cual está presente en todo lo que hago”.

Te compartimos algo de su trabajo creativo:

 

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Runsy artista mexicana chicana ilustraciones

*Imagen de portada: Anthony Treviño; todas las ilustraciones de Runsy

Los pachucos: la seductora comunión entre rebeldía y elegancia

Ser pachuco es bailar la vida a ritmo de danzón, mambo y resistencia (todo, siempre, envuelto en contracultural elegancia).

A la pregunta ¿qué es un pachuco? no existe respuesta correcta o incorrecta. Porque el pachuco no es algo que se defina por un color, por una actitud y ni siquiera por una forma de baile. El pachuco es una gama de colores y una multiplicidad de actitudes y bailes, siendo incluso portadores de un basto caló.

Todo lo que son se forjó al calor de los movimientos migratorios de los años 40 del siglo pasado, y por eso un pachuco es las fronteras que cruzó, los anhelos que dejó y las nostalgias recurrentes de estar en tierra extraña. Y es también la elegancia ante la facha de quienes los discriminaban.

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Ahora el pachuco es como un fantasma: una figura con un halo de misterio que en ocasiones se pasea por las calles de Ciudad Juárez, o que arma bailongos de mambo, danzón y chachachá los sábados en Balderas, removiendo la memoria de los más grandes y retrayendo la historia a los más jóvenes.

Muchas plumas han vertido tinta en busca de la esencia del pachuco (y de las pachucas). ¿Se trata de un movimiento o son sólo unas pandillas cerradas? ¿Es moda banal o identidad permanente? ¿Son agresividad o ternura? Quizás cabría pensar que son todo eso: que hay una dialéctica del pachuco que no puede conocer extremos absolutos, como los que Octavio Paz intentó ubicar en el capítulo El Pachuco y otros extremos en su obra El laberinto de la soledad (1963).

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Pero lo que importa no es lo que otros hayan dicho del pachuco, sino lo que el pachuco hizo para ser lo que fue y lo que es actualmente. Aunque ahí bien cabría recordar a José Agustín cuando define a los pachucos como el primer movimiento contracultural mexicano, y que se trató “de una rebelión instintiva y visceral” que encontró grandes incomprensiones.

En aquellos fantasmas de carne y hueso que pueblan las ciudades puede aún reconocerse al pachuco en esas contradicciones que lo hacen un símbolo perenne, que lidia con las posibilidades del olvido pero que se yergue orgulloso de sus colores extravagantes, sus grandes cadenas y sus más que conocidos sombreros. Por eso su presencia es grandilocuente e inspira respeto como provoca alegría.

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Así, el pachuco baila un danzón permanente con la realidad para mantener la dignidad del ser mexicano y, también, la felicidad de ser mexicano. Una felicidad, por cierto, particularmente pachuca de la cual Tin Tan fue el mayor exponente, y que se ha vuelto un festejo permanente en las actuales comunidades de jóvenes pachucos. Es ahí donde la existencia discurre en un compartir con los otros, creando colectividad en donde quiera que se esté y organizando fiestas de solidaridad, como el Club Pachucos Juárez 656, en Ciudad Juárez, que organiza bailes caritativos y que documentó fabulosamente el sitio Roads and Kingdoms.

Sigamos, pues, cultivando la memoria y el gusto por estas expresiones culturales mexicanas como el pachuco, que son parte de nuestra historia. Y festejemos el ser mexicanos a su manera: bailando pa’ gastarle la suela al cacle.

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* Bibliografía: Paz, Octavio, El laberinto de la soledad, Fondo de Cultura Económica, 1964, México
*Imágenes: 1) y 3) Francesco Giusti; 2) Flickr Angeloux