Runsy, una artista chicana que reivindica el mestizaje (FOTOS)

En su trabajo creativo, los estereotipos se transforman en una reapropiación de las raíces mexicanas.

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Ser mujer en este mundo es un reto. Ser mujer y mexicana al otro lado de la frontera lo es más. Pero ser mujer mexicana, extranjera chicana y además artista es asumirse sin temor en este mundo.

Eso es lo que define a Esperanza Rosas, conocida como Runsy. Ella es una artista chicana de 23 años que asume su condición y que no pretende deshacerse de estereotipos, sino al contrario: reivindicarlos. Así lo deja ver su arte de tonos pastel, que ostenta predilección por el rosa, así como por elementos de la cultura mexicana que van desde las calaveras a las botas y, por supuesto, que pasan por retratar a la comunidad mexicana en Estados Unidos.

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Así como para la mayoría de los chicanos y chicanas, la vida de Runsy es un combate constante contra la discriminación y el racismo, y por reivindicar el orgullo por su color de piel, sus raíces y su género, algo que se mezcla con otras corrientes que, además de ser vanguardias artísticas, constituyen esencialmente trincheras de combate, como es el caso del arte chicano queer.

Eso es Runsy: una artista que es mujer y que es chicana, que es mestiza, que le gusta el rosa y el rock y que, como compartió en entrevista para Bianca Betancourt, busca que su arte signifique algo positivo para ella y para su comunidad: “Si no puedo explicar lo que mi arte significa, no estoy hacienda nada positivo”, afirma.

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“Mujer en una galería”

Por eso ella reclama desde su Instagram, en sus fanzines y en sus instalaciones no ser objetivizada: “Soy tan talentosa como cualquier hombre, tan talentosa como cualquiera. Soy una persona”. Y sin embargo tampoco teme posar ante la cámara ni rehúye banalmente a adoptar las modas que ya hoy no son sino parte de la hibridación que caracteriza al siglo XXI.

En la campaña realizada por Red Bull Music para el evento 30 Days in Chicago Runsy habla acerca de su trayectoria en el medio artístico: “Cuando hago arte soy un libro abierto. Hago obvio que soy una mujer y que soy una mexicana“, dice. “Eso en sí mismo ya es político. Y creo que mi historia familiar y mis ideas ya cuentan una historia por sí mismas, lo cual está presente en todo lo que hago”.

Te compartimos algo de su trabajo creativo:

 

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*Imagen de portada: Anthony Treviño; todas las ilustraciones de Runsy

Botas tribaleras: símbolo de creatividad, contracultura y de una fiesta interminable

Más allá de un par de kilométricas puntas, las botas tribales enuncian un movimiento transgresor en el norte del país.

Nuestro país destaca por su infinita creatividad. Alrededor de ella orbitan cientos de personas que buscan, a partir de rasgos culturales particulares, pertenecer a un grupo que despliegue de alguna manera dicha creatividad.

Eso son, como ejemplo actual, los regios que se reúnen en torno a la música tribal y a las famosas y excéntricas botas puntiagudas, mismas cuyos diseños estallan en creatividad, que va desde una amplia gama de colores y texturas hasta los motivos festivos como el día de muertos. Estas botas nacieron en la ciudad de Matehuala, en San Luis Potosí, inspiradas por la música tribal que se puso de moda allá por el 2010, siendo ahora usadas en varios estados del norte de México como Monterrey.

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“No somos guapos pero estamos de moda”, reza una playera

Y es que este es un movimiento de moda, donde verse bien es importante. Lo fascinante reside en que en torno a la música tribal haya surgido una moda tan curiosa y transgresora, que parece adoptar ese rasgo del estilo punk, así como el “hazlo tú mismo”, pues muchos de los jóvenes que utilizan estas coloridas botas también las fabrican.

Incluso existen concursos, donde pueden verse botas cuya punta llega a más de los dos metros, así como otros modelos alucinantes, como las botas que portan luces LED:

Todo esto se enmarca en un festejo generalizado por la vida, que incluye a niños, jóvenes y adultos, tanto hombres como mujeres que, con esta excusa, pueden divertirse y alejarse de la violencia que en ocasiones ha azotado al norte de nuestro país. Por ello hay mucho que reivindicar de movimientos así, cuyos antecedentes indirectos son otros como el de los pachucos, en los cuales prima el baile como momento catártico.

Sin botas no hay baile

También están los concursos de baile, donde compiten grupos que arman sus propios atuendos y coreografías, mismas que implican complejos movimientos de saltos y movimientos de cadera propios de los ritmos norteños. El más grande se realiza en Matehuala, y resulta ser un evento masivo. Así resalta que esta moda es punto de encuentro creativo, pero también que, no obstante su indudable originalidad, rescata mucho de la cultura del norte de México, lo cual mantiene viva nuestra identidad. La música tribal recoge a su vez ritmos africanos y colombianos, convirtiéndose así en todo un mix de ricas y diversas tradiciones que se fusionan con la norteña.

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Por eso, mexicanos en Estados Unidos, desde Texas hasta Mississippi, han exportado este movimiento para evitar sentirse tan desarraigados en tierras ajenas, lo cual es ya una forma de resistencia ante la dura realidad que muchos migrantes afrontan. Por eso, en torno a la danza tribal y las botas puntiagudas ya se han conformado vendedores de botas en este país (que llegan a costar hasta 300 dólares), así como DJ’s, bailarines y asiduos de esta música que se reúnen en los diversos bares que se han instalado en ciudades como Houston o Dallas.

Los fotógrafos Alex Troesch y Aline Paley en su viaje a Matehuala supieron captar esta esencia en sus fotografías (mismas que usamos para ilustrar esta nota), y sin duda revelan, más que lo “chusco” de este movimiento, su lado fuerte, tenaz y retador, así como el momento de baile y diversión que motiva.

 

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*Referencias: Mexican pointy boots

Los pachucos: la seductora comunión entre rebeldía y elegancia

Ser pachuco es bailar la vida a ritmo de danzón, mambo y resistencia (todo, siempre, envuelto en contracultural elegancia).

A la pregunta ¿qué es un pachuco? no existe respuesta correcta o incorrecta. Porque el pachuco no es algo que se defina por un color, por una actitud y ni siquiera por una forma de baile. El pachuco es una gama de colores y una multiplicidad de actitudes y bailes, siendo incluso portadores de un basto caló.

Todo lo que son se forjó al calor de los movimientos migratorios de los años 40 del siglo pasado, y por eso un pachuco es las fronteras que cruzó, los anhelos que dejó y las nostalgias recurrentes de estar en tierra extraña. Y es también la elegancia ante la facha de quienes los discriminaban.

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Ahora el pachuco es como un fantasma: una figura con un halo de misterio que en ocasiones se pasea por las calles de Ciudad Juárez, o que arma bailongos de mambo, danzón y chachachá los sábados en Balderas, removiendo la memoria de los más grandes y retrayendo la historia a los más jóvenes.

Muchas plumas han vertido tinta en busca de la esencia del pachuco (y de las pachucas). ¿Se trata de un movimiento o son sólo unas pandillas cerradas? ¿Es moda banal o identidad permanente? ¿Son agresividad o ternura? Quizás cabría pensar que son todo eso: que hay una dialéctica del pachuco que no puede conocer extremos absolutos, como los que Octavio Paz intentó ubicar en el capítulo El Pachuco y otros extremos en su obra El laberinto de la soledad (1963).

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Pero lo que importa no es lo que otros hayan dicho del pachuco, sino lo que el pachuco hizo para ser lo que fue y lo que es actualmente. Aunque ahí bien cabría recordar a José Agustín cuando define a los pachucos como el primer movimiento contracultural mexicano, y que se trató “de una rebelión instintiva y visceral” que encontró grandes incomprensiones.

En aquellos fantasmas de carne y hueso que pueblan las ciudades puede aún reconocerse al pachuco en esas contradicciones que lo hacen un símbolo perenne, que lidia con las posibilidades del olvido pero que se yergue orgulloso de sus colores extravagantes, sus grandes cadenas y sus más que conocidos sombreros. Por eso su presencia es grandilocuente e inspira respeto como provoca alegría.

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Así, el pachuco baila un danzón permanente con la realidad para mantener la dignidad del ser mexicano y, también, la felicidad de ser mexicano. Una felicidad, por cierto, particularmente pachuca de la cual Tin Tan fue el mayor exponente, y que se ha vuelto un festejo permanente en las actuales comunidades de jóvenes pachucos. Es ahí donde la existencia discurre en un compartir con los otros, creando colectividad en donde quiera que se esté y organizando fiestas de solidaridad, como el Club Pachucos Juárez 656, en Ciudad Juárez, que organiza bailes caritativos y que documentó fabulosamente el sitio Roads and Kingdoms.

Sigamos, pues, cultivando la memoria y el gusto por estas expresiones culturales mexicanas como el pachuco, que son parte de nuestra historia. Y festejemos el ser mexicanos a su manera: bailando pa’ gastarle la suela al cacle.

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* Bibliografía: Paz, Octavio, El laberinto de la soledad, Fondo de Cultura Económica, 1964, México
*Imágenes: 1) y 3) Francesco Giusti; 2) Flickr Angeloux

Este artista reinventa la piñata y la convierte en punto de encuentro entre latinos y EU

Recuperar la identidad latina y pensar en utopías posibles es lo que Justin Favela propone a partir del papel maché

Justin Favela es un artista de origen mexicano, residente en Las Vegas, y a quien no queremos catalogar sólo de “chicano”, “latino” o “folklórico”, pues el mismo quiere ir más allá de eso. De hecho, es un artista que a través de piñatas, apuesta por lo colectivo, por las utopías con raíces pero también por el arte más allá de las fronteras.

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En ese sentido es que ha usado el simbolismo detrás de la piñata, un objeto que se ha mexicanizado en el tiempo y que se ha vuelto referente de nuestra cultura. Pero Favela no le tiene miedo a usar la piñata más allá de su faceta expresiva de festejo y alegría, volviéndola también un símbolo transgresor. Así, bien puede hacer una piñata de un burrito cuya postura corporal expresa una cierta tristeza, o reinventar la magnificencia del Popo y la Iztaccihuatl que pintó Velasco en su versión mural de papel maché.

De esta manera remezcla Favela está vieja y bella técnica manual del hacer piñatas, incluso para crear espacios enteros dotados de una peculiar vida. Pero la piñata no es todo lo que en su obra remite a México; más allá de la resignificación de ésta hay mucho más de nuestro país en su obra. Por ejemplo, ha estado trabajando en una instalación que se presentará en Denver para el próximo mes de octubre, en la cual retomará la figura de Frida Kahlo y recreará el patio de la Casa Azul, así como todos los maravillosos objetos de las diversas culturas precolombinas que Frida alojaba en ella.

Favela se había resistido a la figura hipnotizante de Frida, pues parecía fácil reflejar la mexicanidad a través de ella. Pero descubrió que era un mundo aparte el de la artista: mexicano y a la vez sólo de ella, de Frida. Así que descubrirla era descubrir también su conocimiento de todo lo mexicano y su particular sensibilidad por ese mundo, lo que Favela vio como una forma de hacer emerger en el espectador la fantasía por lo mexicano.

Esto es fundamental porque la pregunta que rodea la obra de este artista es ¿qué es la mexicanidad?; una pregunta que cobra mayor relevancia cuando la identidad está en juego, como la de nuestros paisanos en Estados Unidos. En Favela esa identidad parece algo tropical; una mezcla de biodiversidades a la vez que una simbiosis de religiones y concepciones, que no se repelen sino que conviven y se re-simbolizan y re-significan. Esto coexiste con algo inherentemente pop de la cultura latina, de lo cual la piñata se ha vuelto el símbolo por excelencia.

Pero además de captar la realidad mexicana y latina, y por ende su encuentro con otras culturas —como la propia multidmensionalidad étnica de Favela, quien tiene raíces mexicanas y guatemaltecas—, las instalaciones de este artista buscan imaginar México –como su serie Piñatatopia–. Para Favela, esa utopía mexicana es un mundo donde son representadas las distintas y colectivas visiones de México; es un tipo de utopía muy particular que no sólo busca ir hacia un futuro posible, sino indagar en el pasado para crear nuevos símbolos de la nación. 

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Pero también es una utopía surgida a partir de lo que los espectadores pudieran proponer sobre lo que es México para ellos. Así, las instalaciones de Favela abren un espacio, quizás de nostalgia, quizás de reencuentro, para los paisanos en Estados Unidos, pero también de transformación, y que además no teme a las singularidades culturales de ser latino y vivir en otro país.

Así, y con la piñata como medio, es como Favela se ha propuesto retomar “lo que ha sido tomado de nosotros”, de una forma por demás creativa y fantástica.

*Fuentes de consulta: Artista Justin Favela habla sobre Family Fiesta 

*Imágenes: 1, 2 y 3) Página de Justin Favela; 4) El Universo