Enseñar y no educar, el secreto de esta etnia indígena para sobrevivir los nuevos tiempos

Para los totonacas el aprendizaje no se trata de educar; se trata de enseñar, dialogar, comunicar, intercambiar y construirse a uno mismo...

Dice un pedagogo totonaca que el camino de la enseñanza se recorre poco a poco. Se transita despacio, sin buscar finalizarlo; se camina a través del diálogo constante y uno ha de detenerse para admirar la belleza de la trayectoria. Esta concepción hace un contraste evidente con la forma tradicional de entender ese proceso social que hemos llamado “educación”.

Pero es que la pedagogía de los totonacas (indígenas que habitan diversas regiones de Veracruz, Puebla e Hidalgo) no tiene como principio educar; pues esta acción coloniza la mente, traza parámetros y no panoramas, y, posiblemente lo más desolador, articula distancias, en lugar de generar relaciones.

Los totonacas y muchas otras sociedades indígenas buscan que los procesos de aprendizaje generen conexiones orgánicas: que se puedan modificar, discutir, reensamblar y que liguen, profundamente, al sujeto y a la naturaleza. Así, la pedagogía de muchos pueblos indígenas se constituye también por prácticas ceremoniales y cada palabras es densamente simbólica.

La pedagogía totonaca no es ecologista, en un sentido ideológico

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La conexión profunda con la naturaleza que sugiere la pedagogía totonaca, podría saber a ecologista; sin embargo no se trata de eso. Para esta cultura (como para muchas tradiciones indígenas) la naturaleza y el sujeto están unidos por el constante resonar de uno en el otro. Todos los objetos son naturales, pues emanan de la misma fuente y, entre sí, hacen emanar los mismos significados divinos.

Hablamos, entonces, de una cosmovisión y no de una ideología. Hablamos de una forma de asumirse a uno mismo en el mundo, en la vida y no de un discurso político. Hacer del bosque o la orilla del río un “salón de clases” no es una simple metáfora; es la respuesta a la necesidad de aprender de la Tierra misma; de dejarla hablar y escucharla con comprometida atención.

El don del conocimiento totonaca

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Cuenta la periodista Jay Griffiths que según los mitos totonacas, las “abuelas del cielo”, lanzan estrellas a los niños pequeños y las que se prenden a ellos, son sus dones o virtudes. El saber técnico y conceptual por igual sobre un fenómeno del mundo es entonces un regalo y también una posibilidad subjetiva.

Pero cualquier saber, cualquier don nos solicita un compromiso. La palabra totonaca, como explica Griffiths, significa “tres corazones” y, según la tradición un corazón es para pedir que se te revelen tus dones; el segundo corazón es para recibirlo, y el tercer corazón es para poder compartir tu don con el mundo.

Saber, entonces, es tanto el ejercicio de recorrer el camino como la puesta en práctica de las virtudes adquiridas. Será por eso que los totonacas no evalúan a sus alumnos a través de los infames exámenes. La práctica está en lugar de la examinación, pues el conocimiento sirve al sujeto, no el sujeto al conocimiento. El sujeto no debe probarse a través del conocimiento frente a los demás, sino practicarlo a través de la construcción de un mundo colectivo; en donde lo que se sabe, se discute, se transforma, se enriquece. También por ello, adquiren mucho valor en esta pedagogía las disciplinas ligadas al arte y a la manifestación de la subjetividad.

En la pedagogía totonaca, uno se encuentra consigo mismo en el exterior

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Para los totonacas todo tiene un significado que se liga con su cosmogonía. La educación tradicional a diferencia de estas enseñanzas es terriblemente impositiva e imponer es, sin duda, colonizar. Así, no podemos imponer el significado: hay que construirlo en comunión. El “arte de ser humano”, debería ser un proceso abierto. El conocimiento totonaca es un camino de poesía. Se trata de escucharse a uno mismo en el misterio y metáfora del afuera; de hacer sagrado el vínculo indisoluble que hay entre el sujeto y su exterioridad: el mundo y naturaleza. Dice Jay Griffiths:

Si la belleza está en el ojo del espectador, el significado está en la mente del otorgante, llenando el mundo con misterio y metáfora.

Collages de Miranda Guerrero

En estas escuelas de Yucatán las matemáticas no se aprenden, se viven (VIDEO)

Estos niños yucatecos están aprendiendo a vivir las matemáticas a través del sistema maya (y es precioso).

Desde lecciones para construir mejores formas de gobierno, hasta tips para llevar una vida más ecológica, de los pueblos indígenas y su saber sobre las culturas prehispánicas podemos aprender muchas cosas. No pueden faltar en ese sentido las matemáticas mayas.

El antiguo sistema numérico de los mayas es conocido en todo el mundo porque fue uno de los primeros en existir y porque estaba extremadamente desarrollado, a pesar de su elegante y sencilla forma de traducirlo a símbolos concretos (incluyendo el famoso símbolo maya que abstrae el 0).   

Actualmente ha perdido vigencia entre muchos, pero para el investigador Luis Fernando Magaña, las matemáticas mayas son la forma perfecta de hacer que los niños mexicanos se relacionen con una materia tan delicada, compleja y necesaria.

Pero “si quieres rescatar tu herencia, tienes que hacerla útil” dijo Luis Fernando Magaña al Financial Times. Y así lo hizo: el profesor diseñó una traducción del sistema numérico maya con base 20 a nuestro sistema decimal y ha procurado que en las escuelas indígenas de Yucatán se utilice para enseñar matemáticas a los niños.

Por sus cualidades, los números mayas permiten comprender profundamente la forma en que se establecen relaciones materiales entre distintos conjuntos de objetos. El sistema es muy sencillo: un punto (representado materialmente por un frijol) es una unidad. 5 puntos hacen una raya (representada por un palito). La concha representa el cero.

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Esta traducción de “número abstracto” a cantidad física, que, además, se puede observar en el pizarrón, hace toda la diferencia. Al fin y al cabo, en la vida cotidiana, las matemáticas sirven para eso: para resolver la forma en que las cosas se distribuyen y se suman, restan, dividen o multiplican cuando se relacionan con otras cosas.

El resultado es precioso: por un lado, los alumnos yucatecos están reconectando con la cultura que, de alguna manera, han heredado. Además, están aprendiendo la función real de las matemáticas a través de experiencias y vivencias, no ensayos abstractos.

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Sin duda, como menciona el sociólogo Manual Gil Antón para el Financial Times, esta forma de aprender empodera. Especialmente porque muchos de los niños en las escuelas indígenas tienen la percepción (bien fundamentada) de que su lengua y sus tradiciones ya no son valiosas. Pero lo son, no solo para quien tiene herencia maya, sino para todos.

Además (y tal vez lo mejor de todo) es que, en realidad, hay una cosmogonía entera que está detrás de esta forma de aprender. Un entendimiento del mundo que apuesta siempre por resonar con él. En ese sentido, es mucho más útil y satisfactorio hacer matemáticas con las manos, con todo el cuerpo, que solo en la cabeza.

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*Referencias:

“The Maya maths revolution”, Jude Webber para el Financial Times

“El poder de las matemáticas mayas”, Verenise Sánchez para Prensa Conacyt

*Imágenes: Financial Times.

La escuela que huicholes de Jalisco crearon con su propio esquema educativo

En 1993, en la comunidad de San Miguel Huaixtita, en Mezquitic, Jalisco, una iniciativa wixárika (huichola) inició con un cambio de paradigma sobre la visión en los sistemas educativos.

Se trata de una premisa prácticamente aceptada: “la educación es clave para mejorar la calidad de vida de una sociedad”. Sin embargo, en educación, suele aludirse casi inconscientemente al sistema escolar de occidente; en el cual se separa a los estudiantes por edad, desde una enseñanza dividida de las ciencias (especialización), y una visión que incita a un modelo de competición, bajo la visión del crecimiento económico.

Quizá no reparamos en que la enseñanza de las ciencias, bien podría hacerse bajo otra visión, donde el objeto de la existencia del hombre sea vivir bajo los preceptos de la naturaleza (u otros más). La filosofía que subyace bajo un modelo educativo, dicta en buena medida nuestro tipo de pensamiento. A continuación enunciamos un “capítulo educativo” donde la filosofía que se promueve es distinta a la imperante.

En San Miguel Huaixtita, hace más de veinte años cinco profesores wixárikas (huicholes) construyeron una escuela, con sus propias manos, luego de que el gobierno les negara los recursos para hacer su centro educativo. Este esfuerzo fue convirtiéndose en uno de los ejemplos de estudio donde la enseñanza se hace a partir de otra “manera de pensar”: la cosmogonía huichola subyace a la enseñanza en este sitio.

En 1993, cuando comenzaron con el trabajo de construcción, académicos del ITESO ayudaron a la comunidad a crear un plan de estudios con el eje de la cosmovisión wixárika. Como era difícil que un wixárika cursara alguna licenciatura, la comunidad consiguió el reconocimiento oficial de la Secretaría de Educación Pública de Jalisco, con el fin de seguir con la preparatoria.

centro educativo tatutsi maxakwaxi-escuelas huicholas creadores

El proceso

En abril de 1995 la Unión de Comunidades Indígenas Huicholas de Jalisco (UCIHJal) aprobó en asamblea la propuesta y dio su apoyo. Las autoridades seleccionaron a los maestros huicholes y comenzó un proceso de formación y capacitación sobre los contenidos de las materias a impartir y la creación conjunta entre maestros huicholes y asesores del plan de estudios de la secundaria. El 29 de septiembre de 1995 se inauguró el Centro Educativo Tatutsi Maxakwaxi. En el 2000 también consiguieron abrir su preparatoria. 

¿Cómo es su modelo educativo?

En palabras de los creadores del proyecto:

Una educación que sitúa el centro en la cultura wixárika y promueve el arraigo de los jóvenes a sus comunidades afirmando la lengua, las costumbres, las formas de organización y las prácticas comunales, y favoreciendo a su vez espacios para recibir aportes de otras culturas. También favorece que el egresado valore su identidad, dignidad y autonomía, que genere situaciones de aprendizaje significativo a partir de las necesidades, relacionándose con el medio de forma armónica y promoviendo que la capacitación, organización y participación sean para la comunidad.

Cabe apuntar que por el empeño de la Secretaría de Educación Pública de Jalisco este centro se convirtió en uno oficial. Sin embargo, en este lugar sigue impartiéndose el valor wixárika de contar con otra mirada para ver el mundo. La educación en su acepción etimológica (ēdūcō ), como guía, desde el aprecio a su propia voz.

 

Conoce más del proyecto, acá. 

 

*Imágenes: 1)Blanca Juárez; 2) Alejandra Leyva

 

 

Difícil no quedar atónito tras leer este cuento: El diluvio totonaco

Este cuento transmite una hilarante y funesta versión del mito del diluvio que forma parte de la tradición oral totonaca.

Maíz, hechicería –propiamente nahualismo–, imaginación salvaje y un final desconcertante, tal vez genial y harto lóbrego, son algunos de los ingredientes que se disfrutan en la versión totonaca del diluvio “universal”.    

Prácticamente todos hemos escuchado sobre este mito que en tiempos remotos embistió al planeta. Lo más probable es que la versión que nos es familiar sea la narrada en el Génesis, con Noé y su arca. Sin embargo, también existen versiones mesopotámica, hinduista, griega, maya y mexica, entre muchas otras, de este mismo acontecimiento.

La totonaca es una cultura que originalmente floreció en el territorio que hoy corresponde a una región de Veracruz y Puebla, y tuvo como ciudades principales Tajín, Papantla y Cempoala. Actualmente es el octavo grupo indígena más grande de México y entre su radiante riqueza cultural se incluye esta versión oral del diluvio, que por fortuna está ya documentada en la preciosa recopilación Cuentos populares mexicanos (2014), reunida por Fabio Morábito.

Combinando humor pagano, ingenio nihilista y un afable sinsentido, la versión totonaca del diluvio, como comprobarás tras leerla, pone en jaque cualquier posible expectativa frente una narrativa mítica y fomenta con épica crudeza una de las formas más siniestras, incluso catárticas, del azoro –así que disfrútalo.

El diluvio totonaco

Cuenta la leyenda que Dios preparaba una limpieza general del mundo y que, antes de lanzar un diluvio de cuarenta días y cuarenta noches, alertó a un hombre que le adoraba de forma consistente. Nuestro protagonista, cuyo nombre ignoramos, se preparó para el histórico evento montando una caja de madera en la cual se introdujo junto con su perra, una paloma y víveres suficientes.

indigena totonaca de mexico trabajando la milpa como en mito del diluvio

Al terminar el diluvio y ya en tierra firme, el hombre fue poco a poco familiarizándose de nuevo con ese mundo recién reseteado. “Añoraba platicar con alguien y tenía mucho miedo. Acompañado siempre de su perra, que nunca se separaba de él. La paloma, en cambio, lo dejaba durante horas, se iba lejos a buscar comida y regresaba antes que anocheciera. Un día no volvió y el hombre sintió una profunda tristeza”.

Tras hallar una casa que increíblemente se había logrado sostener entre las aguas, un día encontró una hilera de hormigas cargando granos de maíz y así dio con un sembradío repleto de mazorcas. “Fue una bendición volver a sentir el sabor del grano”. Eventualmente comenzó a sembrar los granos, los cuales constituían su nuevo alimento luego de terminarse los víveres, aunque extrañaba tener algo con que molerlos y prepararlos.

“Y un día algo extraño ocurrió. Volviendo de su siembra el hombre encontró unas tortillas dentro de su casa. Las agarró, las olió, las probó para saber si no era un sueño, y vio que eran tortillas reales, y sabían bien. Las comió todas, de tanta hambre que tenía, pero ¿quién las había preparado?”

Con extrañeza notó que mientras el sembraba su perra se alejaba, y fue entonces que decidió un día ocultarse cerca de la casa y la vio moliendo el maíz para preparar las tortillas. “Se había quitado su piel y ahora lucía un vestido de mujer. El hombre agarró un puñado de ceniza y lo esparció sobre la piel que se había quitado, la dizque mujer volteó espantada y vio como la piel, su piel, se deshacía al instante. Entonces al no poder volver a cobrar forma de perra quedo para siempre convertida en mujer”.

Así comenzó una nueva vida, acompañado de una mujer, y vivieron juntos y contentos. Un año después concibieron un hermoso niño.

Sin embargo, no le duró mucho tiempo, por que lo mató e hizo tamales con su carne. Lo hizo así por que el hombre, antes de ir a su milpa a sembrar, le había dicho: “Me haces ahora unos tamales de mis tiernos, los comeré cuando llegue”. Pero al decir “tiernos” se refería el hombre a las calabazas tiernas que había traído el día anterior. La mujer lo interpretó de otra manera y por eso mató al niño. Cuando llegó el hombre en la tarde se puso a comer sin saber que los tamales estaban llenos de la carne de su hijo. Lo supo hasta que encontró el puño de un niño dentro de un tamal. Entonces comenzó a gritarle a su mujer, a preguntarle que había hecho, y cuando ella le explicó que lo había matado para obedecer sus ordenes, se sintió invadido por una  profunda tristeza y siguió comiendo aquellos tamales mientras lloraba, a pesar de que estaban hechos de la carne del hijo de ambos.   

 

*Imagen principal: Ilustración del diluvio totonaca, por Ana Paula de la Torre Díaz. 

 

Javier Barros Del Villar
Autor: Javier Barros Del Villar
Editor digital con aspiraciones carpinteras. Mexicano.