Mexico Fellaheen: el mexicano como sabio vagabundo

Jack Kerouac encontró de nuestro lado de la frontera un territorio para ser, sin muchas condiciones.

[…] pero en el instante en que se atraviesa la puerta estrecha de alambre tejido y se está en México, uno se siente como si hubiera logrado escabullirse de la escuela a las dos de la tarde después de decirle a la maestra que estaba enfermo. Uno siente como si volviera de la iglesia un domingo a la mañana, se sacara el traje y se pusiera la ropa vieja de siempre, suave y gastada, para jugar.

Jack Kerouac, Mexico Fellaheen.

Kerouac relató México en múltiples ocasiones. A su generación literaria –los beat– este territorio provocaba una singular devoción. Frente al panorama que se estaba consolidando en el Estados Unidos de los 50 –después de la Segunda Guerra; en fría tensión con Rusia, y buscando a toda costa la estabilidad económica que define “El sueño americano”– el caótico y espléndidamente diverso México se abría, constantemente, a la posibilidad.

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Y aunque, por supuesto, los problemas sociales en nuestro lado de la frontera nunca se agotan, la incertidumbre mexicana parece mucho más reflexiva que la búsqueda de certezas en otras partes del mundo. Así, Kerouac encontró en sí mismo, una forma de ver y ser que florecían en México con más potencia.

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Ciudad de México, 1950

Este peculiar ir y venir y la deliciosa corrupción de los protocolos occidentales que se pueden practicar aquí, son narrados con precisión en “El viajero solitario”. En esta colección de cuentos cortos, Kerouac nos cuenta, con su prosa espontánea, algunos de los icónicos viajes que realizó por Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Marruecos y, por supuesto, México.

Uno de los relatos sobresale por su curioso título. En español “Campesino mexicano” y en inglés “Mexico Fellaheen”, un concepto repetido en diversos textos de Kerouac y que, al traducirse, pierde y gana profundidad en distintos niveles. Al definirlo como “campesino” nos recuerda que el fellaheen tiene un vínculo imperturbable con la tierra y la “vida natural” o “indígena” (recordemos en este momento que indígena quiere decir “originario de”). Por otro lado, se nos escapa que un fellaheen es un nómada del campo, que se adapta y, como su núcleo es la tierra, pasa entre civilizaciones sin generar vínculo cultural alguno con ellas. Como dice Kerouac “un sentimiento ‘fellaheen’ sobre la vida, esa alegría atemporal de personas que no están involucradas en grandes cuestiones culturales y de civilización.”

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Fotografìa: Juan Rulfo

Kerouac imagina estas vidas campesinas en México como esferas de suspensión en el tiempo. Como una vida inocente, en el sentido de su desnudez, de su completud y de una falta de intención específica. Y aunque la figura es una hipóstasis de la vida rural, se nos presenta como propuesta para ser y no como verdad. Esta propuesta es casi un método: la vida rural demanda una atención especial al presente; nos sugiere la repetición constante de los mismos actos (como cotidianidad y también como ritual sagrado), y siempre está ligada al cuerpo, al trabajo con el propio cuerpo.

México, este espacio antinómico al Estados Unidos del establecimiento –que, extrañamente, aún existe– podría aún (y a pesar de todo) ser terreno fértil para esta vida “cercana a la naturaleza” (pensando que esta naturaleza no es otra cosa que el mundo que nos rodea). Y uno puede llevarse ese México consigo siempre; porque se es un fellaheen en cualquier lado.

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Fotografía: Juan Rulfo

Pero (tal vez) lo que llamaba a los beats a este país y lo que, probablemente, les hizo pensar que aquí se es “más libre”, era que la conexión con el la tierra es muy evidente, especialmente a través de nuestras manifestaciones de misticismo. Y a pesar de que estos rituales, costumbres, tradiciones, se exaltan como fragmentos de una identidad bien anclada, tal vez sea ese permiso que nos damos de tener una fé tan vasta y exaltada por la tierra, sus componentes y fenómenos, lo que en México nos quiebra.

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Ciudad de México, 1950

Al invitarnos a poner atención y forzar la repetición (incluso entrar en trance) esta fé nos desancla del espacio y el tiempo. Al hacer que nos involucremos con las manos, que sudemos, que llevemos el cuerpo a los límites del cansancio, nos recuerda que somos pura materialidad. Sin duda, ser mexicano (aunque uno no sea místico) es doloroso y dulce, tal vez en igual medida. Así, nuestra naturaleza nos ha convertido en sabios vagabundos.

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Fotografía: Juan Rulfo

Dice Kerouac, en otro relato sobre este lugar:

“Todo vuelve a ser perfecto en la calle, el mundo está impregnado de rosas de felicidad todo el tiempo, pero ninguno de nosotros lo sabe. La felicidad consiste en darse cuenta de que todo es un sueño largo y extraño.”

María Fernanda Garduño Mendoza
Autor: María Fernanda Garduño Mendoza
Estudios y gestión de la cultura, UCSJ. Ensayando discursos, constantemente. Articulando rupturas.

Gerardo Romero, geógrafo nahua, nos explicó la lucha vital de la Sierra Norte de Puebla (y cómo apoyarla)

Territorio es la palabra clave en la historia de México. Y, cuando se trata de este territorio, todos somos responsables. Este joven geógrafo nos explica por qué.

Territorio es la palabra clave en la historia de México. Al fin y al cabo, los choques y alianzas entre las distintas culturas, identidades y corrientes de pensamiento que transitan este espacio, se dan en torno al territorio. 

Mientras que algunos buscan poseerlo, otros simplemente quieren habitarlo y entienden que “habitar” es un ejercicio de reciprocidad, pues a su parecer, el territorio solo nos permitirá una vida plena si —a cambio— lo cultivamos, lo atendemos y hacemos el esfuerzo de resonar con él.

Estas formas de comprender y experimentar el espacio, al encontrarse, generan toda clase de conflictos, delineando no solo la historia del país, también las vivencias de cada uno de nosotros —aunque no siempre estamos conscientes de esto. 

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En ese sentido, se vuelven esenciales investigaciones como la de Gerardo Romero Bartolo. El licenciado en geografía por la UNAM recibió recientemente el Premio Arturo Warman, que se entrega a las mejores investigaciones en el área de ciencias sociales, por su tesis “Megaproyectos, despojo y resistencia: el caso de la Sierra Norte de Puebla como territorio estratégico en disputa” (que puedes leer aquí).

A lo largo de la tesis, Gerardo explica desde diversos ángulos la lucha que ejercen las comunidades locales de la Sierra Norte de Puebla por mantener —no solo la tenencia— la salud y la diversidad del territorio que habitan. Esta lucha es vital y en más de un sentido, nos concierne a todos. 

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Un poco sobre Gerardo Romero

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Originario de San Salvador El Seco (antes Cuayehualulco que significa “lugar rodeado de arboledas”) Gerardo Romero es parte de la comunidad macehual (nahua) de la zona. Su familia es campesina y artesana. Además de trabajar en la milpa y en la siembra de amaranto y haba se dedican al trabajo de artesanías de piedra (como los molcajetes).

En muchos sentidos su conexión con el territorio —con la tierra— es directa y constante. La geografía es para él una herramienta, una extensión que le sugiere la posibilidad de analizar simultáneamente naturaleza y sociedad. 

Y esta herramienta se volvió urgente, pues necesitaba investigar a fondo las “posibles afectaciones que generan los proyectos extractivos”, especialmente, el desarrollo interno de los conflictos socioculturales que provocan.

Entre relatos de amigos, familiares y vivencias propias, mientras crecía, Gerardo comenzó a entender que su relación personal con la tierra no era solamente una particularidad cultural, también era un acto de resistencia frente a una lógica de territorialización que —paradójicamente— se desenvuelve para alimentar un espacio abstracto muy lejano a la materialidad del espacio (de la tierra): el capital económico.

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¿Qué pasa en la Sierra Norte de Puebla y por qué es un territorio estratégico?

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Fotografía: Ana Karen de la Torre.

Gerardo Romero explica que llama a la Sierra Norte de Puebla un “territorio estratégico” por distintas razones. Por un lado, porque en esta región abundan una serie de recursos clave para el desarrollo industrial y, así, se comprende como capital de distintos intereses empresariales. 

La Sierra Norte de Puebla está marcada por el yacimiento de hidrocarburos no convencionales (son los que se extraen por medio de un proceso conocido como “fracking”); además, es una zona esencial para la industria minera (financiada por capitales extranjeros, especialmente canadienses) y donde se tienen contemplados múltiples proyectos de hidroeléctricas.

Por otro lado, es estratégico en un sentido muy particular: la Sierra Norte de Puebla es un sitio con una amplia tradición de lucha social. De hecho, relata Gerardo Romero, fue en el poblado de Zacapoaxtla donde se libró la batalla del 5 de mayo, suceso que las comunidades poblanas aún tienen muy presente, de ahí la frase contemporánea citada por Gerardo: “Si pudimos con los franceses cómo no vamos a poder con los canadienses.”

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Imagen: Red de Afectados por la Minería

La sensibilidad aguerrida que guía a las comunidades de la zona no es gratuita. Hay una justa mezcla étnica en la región, entre nahuas, totonacas, tepehuas y otomíes que tienen como herencia cultural una historia de luchas no solo por el territorio, sino por la supervivencia de su estilo de vida. 

Pero el panorama que tienen frente a ellos es ultra complejo. Como explica Gerardo Romero, los proyectos extractivos (también conocidos como “megaproyectos” y “proyectos de muerte”) han establecido “relaciones metabólicas” entre sí. 

Su aparición en el territorio responde a un esquema mucho más amplio. Las hidroeléctricas y los gasoductos que atraviesan la Sierra Norte de Puebla sirven para abastecer industrias de maquila en otras zonas, por ejemplo. El trazo de esas relaciones es un eje central en la investigación de Gerardo. 

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Fotografía: Ana Karen de la Torre.

Por eso sugerimos —un poco antes— que los principios a los que responde la idea de “habitar” más capitalista, poco tiene que ver con la tierra. Así, explota aquí para usar los recursos allá, sin hacerse responsable de los lugares que atraviesa. En su caso, es el “estatus económico” y la abstracción llamada mercado quienes dictan cómo se construye y cómo se destruye. 

En un espectro completamente distinto, las comunidades regionales explotan el espacio que habitan, para aprovechar los recursos que necesitan y después se hacen cargo de mantener el equilibro y, encima, de defender al territorio de eso que llaman “megaproyectos de muerte”. 

Por eso, Gerardo Romero llama a la visión de las comunidades “megaproyectos de vida”, para denotar el enorme contraste entre una dimensión del habitar y la otra. Particularmente porque la “de muerte” no está atendiendo su huella y representa en muchos sentidos una catástrofe ambiental que produce contaminación en mantos acuíferos, subsuelo, aire y está lastimando a la vegetación, a los animales y causando distintas enfermedades en los seres humanos.

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Estamos viviendo una fuerte desconexión entre nosotros y el concepto de territorio

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Está claro que la lucha de las comunidades en la Sierra Norte de Puebla es vital, pero ¿cómo va a apoyarla o simplemente entenderla alguien externo? Es importante considerar que muchos de nosotros no solo no poseemos “tierra”, tampoco la reconocemos nuestra y mucho menos la hemos trabajado.

Que Gerardo Romero tenga una conexión tan evidente con el territorio que habita y que sea profundamente sensible a las vivencias que sus amigos y la comunidad que lo rodea no es un afortunado accidente: es su mejor recurso como investigador. Y por eso le preguntamos: 

Aunque territorio es la palabra clave en la historia de México, pocos podemos ligar nuestras experiencias cotidianas al territorio en sí. ¿Cómo volvernos a conectar?

“El territorio es vida”, respondió Gerardo Romero, haciendo referencia a otra frase común entre las comunidades de la Sierra, “dependemos absolutamente del territorio,” continúa: “Los pueblos indígenas sólo siguen vivos por su tierra.” La tierra les da alimento y también les da propósito, sentido, identidad. Si los pueblos indígenas sobreviven es porque comulgan con el territorio, saben cuidarlo, lo escuchan y han aprendido por siglos su lenguaje.

“Por otro lado,” nos advierte Gerardo “si cuando pensamos en territorio sólo pensamos en el bosque, en el campo, el desierto, estamos equivocados. El territorio es todo, es la base del movimiento subjetivo. El territorio es incluso tu cuerpo [que también está en disputa, cortesía de toda clase de intereses, especialmente el capitalismo].” 

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Así, para re-concectar con la idea de territorio hay que conectar con el territorio en sí: los sitios que habitamos, los espacios que, para nosotros, guardan significado, “el espacio en el que sobrevivimos: la calle, el barrio, la colonia, el espacio público”. Todo esto es territorio y, como nos dice Gerardo, también tiene recursos que están en disputa, que son capitalizados: agua, aire, espacio. Si dependemos de él, simplemente para estar, es territorio y de él somos responsables.

Es así que, “entendemos la lucha de estas comunidades como una lucha de todos,” pues la diferencia [fundamental] entre un megaproyecto de vida y uno de muerte es que el “megaproyecto” pretende absorbernos a todos en la proyección de un futuro concreto en donde posiblemente nos articulemos solo como recurso explotable [como trabajadores]. El proyecto de vida nos considera como energía activa, como subjetividad, como parte de la infraestructura orgánica.

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Así, además de empatizar con la lucha vital en la Sierra Norte de Puebla, hay que relfexionar sobre la forma en que cada uno de nosotros existe. El habitar siempre es territorial, de esta forma hay que preguntarnos ¿cómo nos apropiamos del territorio en el que vivimos? ¿Cómo lo tratamos? ¿Cómo lo cuidamos? ¿Cómo lo explotamos? ¿Cómo le retribuimos?

“Cuando vamos resistiendo desde lo local, nos damos cuenta de que nuestra lucha tiene en común con la del otro y podemos ir transitando a procesos de resistencia que no son solo locales. Nos damos cuenta de que dependemos mutuamente unos de otros.”

¿Cómo ayudar?

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Imagen: Gerardo Romero Bartolo

Empecemos por nosotros mismos. Hay que informarnos y generar conciencia social en un sentido amplio. Hablemos de tu calle: ¿Sabes qué pasa ahí? ¿Qué procesos de resistencia existen? ¿Quién administra los recursos? ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Quién se beneficia y quién no? Cuando tú tengas la respuesta, difunde la información.

Para Gerardo, los investigadores son vitales en este sentido pues “pueden generar conexiones y entender consecuencias. Analizar es dar cuenta de las relaciones.” Después, podemos “ubicar rasgos en común entre nuestra lucha y la de otros” y, también “aprendemos a preocuparnos por otros”, a ser solidarios. En su momento, podremos “articularnos, tejer estrategias de resistencia y procesos de lucha.”

Un precioso relato de lucha

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“La resistencia en la Sierra Norte de Puebla es una resistencia barroca” nos dijo Gerardo Romero, porque resiste desde muchos lugares: “es lucha política, espiritual, cósmica, territorial, ecológica”, se trata de mantener el equilibrio desde muchos frentes. Así, nos contó para finalizar la entrevista, una entrañable anécdota que figura en su tesis:

“En el mes de diciembre de 2016 la organización Atlepe Tajpianij instaló un campamento en el lugar donde CFE pretende construir la subestación eléctrica de la línea de alta tensión. Más de mil personas realizaron una acción de fuerza simbólica que existe para el pueblo maseual: sembrar maíz. Desde ese momento protegerían la tierra […] hace más de 200 años el pueblo masehual hizo lo mismo para defender las tierras que un latifundista les quería arrebatar.”

(extraído de “Megaproyectos, despojo y resistencia: el caso de la Sierra Norte de Puebla como territorio estratégico en disputa”, p. 242-243)

Sembrar maíz, un acto muy particular, especialmente porque con esta planta guardamos una relación tan estrecha que se podría decir que nuestros destinos están permanentemente entrelazados. Sembrar maíz, como anuciándole a la tierra: aquí estamos, vamos a cultivarte, significarte, quererte, habitarte.

Mira aquí un documental hecho por Gerardo Romero con más información sobre lo que está pasando en la Sierra Norte de Puebla:

María Fernanda Garduño Mendoza
Autor: María Fernanda Garduño Mendoza
Estudios y gestión de la cultura, UCSJ. Ensayando discursos, constantemente. Articulando rupturas.

Este video reinventa ingeniosamente los clichés de la identidad nacional

Con esta nostálgica (pero muy contemporánea) pieza, un músico chicano recompuso los arquetipos de la mexicanidad.

La cotidianidad es salvaje. Sus ritmos ultra acelerados y ocupados han encontrado la manera de exiliarnos del mundo. Estamos cada día más desconectados. Paradójicamente, si tuviéramos la capacidad de distanciarnos, tal vez veríamos a nuestra cotidianidad distinto.

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Esta es, en gran medida, la magia de las interpretaciones y reinvenciones que hacen algunos artistas chicanos con los clichés de la identidad nacional. Desde su muy particular “lejanía” y buscando conectar, han sabido descubrir la belleza oculta en lo mundano.

Micro escenas, sonidos, colores, sabores que para nosotros son el típico día a día, para quienes se identifican con la cultura local, pero la pueden admirar desde otro lado, se vuelven detalles muy especiales. 

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Este es, en muchos sentidos, el hermoso ejercicio que realiza Cuco —cantautor de ascendencia mexicana pero nacido en California— ayudado por la brillante Jazmín García (creadora audiovisual) en el video musical de “Hydrocodone”.

Su canción es una oda nostálgica al desamor, simple, pero ciertamente potente, que te inunda con la baja frecuencia y deliciosa lentitud que ofrece el dream pop. El video es absolutamente precioso pues encuentra la manera de probar lo maravillosos que son los detalles de la cotidianidad mexicana.

La pieza fue filmada en la Ciudad de México y se inspira bastante en un fuerte accidente de coche que el músico sufrió poco antes de escribir “Hydrocodone”. 

A través de la surreal narrativa se desarrollan intensas metáforas que dan cuenta de la forma en que vivimos y comprendemos en México el desamor, el despecho, la muerte, la enfermedad, el accidente. Para sostener al personaje en su viaje fragmentado, hay múltiples símbolos y tradiciones que parecen contener su existencia. 

El video los pinta con mucho cuidado y nunca cae en la folklorización de nuestros símbolos; al contrario: nos recuerda lo naturalmente especiales que son. Tomemos como ejemplo una escena absolutamente entrañable: el cuerpo herido de un joven que acaba de ser atropellado por una ruta es cubierto por flores de jacaranda que caen de un árbol cercano. Cuando lo levantan, deja en medio de las jacarandas el rastro de su silueta, señalando la “escena del crimen”.

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Solo una justa distancia nos permite reimaginar lo que ya se nos pasa desapercibido, pero que siempre ha estado frente a nosotros. El ejercicio es vital porque tenemos que agarrarnos —y muy fuerte— de estos “clichés” para volver a encontrarnos en el espacio cultural que habitamos. 

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6 estados de México vistos a través de los beats

En diferentes puntos de la geografía mexicana, el hueste de escritores beatniks se asentaron para procrear los más escandalosos versos de su obra contracultural. Aquí su ruta.

Sólo en México, en la dulzura y la inocencia,  el nacimiento y la muerte parecen tener sentido.

– Jack Kerouac

 

De la Beat Generation en México (y de México en el imaginario de aquél hueste de escritores norteamericanos) se ha pronunciado información en abundancia. Se habla de ellos como si hubiesen sido también mexicanos, o se enuncian sus versos con cierto acto de empatía genética hacía su rebeldía. Los beatniks fueron una suerte de fenómeno social, aunque paradójicamente no marcaron a las mentes de la generación mexicana de entonces, tuvieron que pasar algunas décadas para que así sucediera.

Con una Segunda Guerra Mundial encausando secuelas en la realidad social y, una “amistosa” relación económica y cultural con Estados Unidos, México acogió a William Burroughs, Jack Kerouac, Allen Ginsberg, Neal Cassady, Gregory Corso, Lawrence Ferlinghetti y Peter Orlovsky bajo el manto de su decadencia, una realidad histórica que a ratos se buscaba formas surrealistas de expresarse.

  Poetas beat frente a la Plaza Luis Cabrera, Colonia Roma, Ciudad de México.

De acuerdo a los relatos de Jorge García Robles, gran avezado de la vida bohemia de los beatniks en México, la Generación Beat concretó un lazo íntimo con el México decadente de finales de los 40 y principios de los 50. Y por decadencia se entiende que en aquella época, el escenario mexicano atravesaba por una especie de transformación social. Un salto de lo colonial a lo moderno, y una crisis que se apoyaba en el milagro mexicano, y que desataría inolvidables momentos en la historia nacional, como lo fue la matanza de Tlatelolco, en 1968. 

El México que exploraron los beatniks se debatía entre el surrealismo indígena y la obligada decisión de modernizarse. De construir hacia arriba, de intentar olvidar una lucha interna, liderada por cuestiones clasistas, mientras unos lucían sombreros Tardan y otros más mantenían sus lenguas de origen.

Por su parte los escritores norteamericanos atravesaban un túnel de lucidez de su vida y obra: William Burroughs –el acomodado nieto del creador de la calculadora– escribía desde las cantinas del Centro Histórico de la Ciudad de México, y frecuente se le miraba rondar las farmacias falsificando recetas para obtener morfina. Jack Kerouac –el “lunático zen”– le seguiría los pasos en busca de su verdad, y se instalaría en el mismo apartamento de la Colonia Roma, también en la capital mexicana. Allen Ginsberg y los hermanos Orlovsky venían de visita en busca de Kerouac para hacerle entender que su vida estaba en Nueva York, cada vez más cera de su fama, y Neal Cassady era tan solo un vagabundo y ladrón norteamericano amante de los paisajes poéticos mexicanos.

Y aunque era justamente la rebeldía del país –una suerte de contracultura a la mexicana– la que atraía mentes como la de estos personajes, México no dejó de ser el escenario austero, ideal para hacer germinar sus más notables versos, diría Kerouac, en la búsqueda de la vida dedicada a la contemplación y a las delicias de ella. De hecho, los mencionados escritores de la Generación Beat vivieron durante algunas temporadas en algunos sitios remotos y no tan remotos del territorio mexicano.

Concretamente los siguientes:

 

San Miguel de Allende, Guanajuato

Neal Cassady, quien más tarde se convertiría en el personaje central de algunas de las obras más importantes de los beats, como On the Road, y el conductor del autobús psicodélico de los Merry Pranksters junto a Ken Kesey, vivió durante una temporada en San Miguel de Allende, Guanajuato. Se dice que concurría el bar Berlín, y que en algún momento le acompañaron Kerouac, Ginsberg,  Burroughs y Corso. Cassady también murió aquí, al quedarse dormido en las vías del tren de la región, en 1968.

 

Zacatecas, Monterrey, Nuevo Laredo y Sinaloa

Estos lugares se encuentran descritos en varios obras de Jack Kerouac, y en las cartas que enviaba a Burroughs sobre sus viajes. Kerouac fue tal vez el único poeta beat que recorrió innumerables pasajes mexicanos, sin importar en dónde cayera la noche; si era en el desierto, o atinadamente encontraba un cuartucho de azotea para continuar escribiendo: “Centro del opio del Nuevo Mundo, comí tortillas con carne en la selva, en cabañas de palos a la africana, con cerdos frotándose contra mis piernas; bebí pulque puro de un cubo, recién traído del campo, de la planta, sin fermentar, la leche pura de pulque te hace reír, es la mejor bebida del mundo. Comí frutas desconocidas, erenos, mangos, de todas clases. En la parte trasera del autobús, mientras bebíamos mezcal, canté bop para los cantantes mexicanos que sentían curiosidad por saber cómo sonaba; canté Scrapple from the Apple e Israel de Miles Davis”, escribió Kerouac a Burroughs, cuando pasó por Culiacán. 

En On the road, escribe: “Cogimos la carretera de Monterrey. Las grandes montañas coronadas de nieve se alzaban delante de nosotros; avanzamos directamente hacia ellas. Una brecha fue abriéndose poco a poco y se convirtió en un puerto por el que cruzamos. En cuestión de minutos habíamos dejado atrás el desierto de mezquites y subíamos entre un fresco aire por una carretera con un pretil de piedra en la parte del precipicio y nombres de los presidentes escritos con pintura blanca en el farallón del otro lado: ¡ALEMÁN! No encontramos a nadie en esta carretera de montaña. Serpenteaba entre nubes y nos llevó a una gran meseta. En la lejanía, la gran ciudad industrial de Monterrey mandaba humo al cielo azul con las enormes nubes del golfo como vellones de lana”.

 

Guadalajara, Jalisco

Antes de visitar a Kerouac en la Ciudad de México, Allen Ginsberg, Gregory Corso y los hermanos Orlovsky hicieron una parada en Guadalajara para visitar a una poetisa amiga de Ginsberg. El relato, aunque muy fugaz, se encuentra descrito en Desolation Angels de Jack Kerouac.

 

Ciudad de México

La capital mexicana fue el principal laboratorio de creación para los poetas beat que visitaron México. El primero en llegar fue William Burroughs. Huyendo de la justicia americana por líos de droga, se asentó en la Colonia Roma, en un apartamento ubicado en la calle de Orizaba, junto a su esposa y sus dos hijos. Aunque tenía pretensiones de vivir en San Miguel de Allende, o algún sitio de la costa mexicana: “Jack, si severas quisieras ayudar a un pobre viejo, vendrías conmigo a la costa occidental de México, donde vivíamos en una cabaña de paja y fumaríamos el opio de la localidad bajo el sol y criaríamos pollos”, Burroughs se mantuvo una buena temporada en la Ciudad de México. Aquí acudía a cantinas como la de Tío Pepe, en el Centro Histórico, y se sentaba a fumar en las bancas en forma de tronco de la Colonia Condesa, según su novela Junkie. Más tarde mataría a su esposa accidentalmente, con una bala lanzada al estilo Guillermo Tell. Fue sentenciado a Lecumberri y debido al gran peso de su familia liberado.

Siguiéndole los pasos, Jack Kerouac se muda a la azotea del mismo edificio que Bill y dedica algunas de sus mejores obras a la capital. Es aquí donde conoce a Tristessa, una prostituta de la Roma, adicta y fiel a la Virgen y a la Santa muerte, pero también uno de sus más grandes amores. Escribe un poemario hermoso de nombre Mexico City Blues y se autodenomina “el poeta del jazz”. Con la visita de Ginsberg, Orso y los Orlovsky, Kerouac visita las pirámides de Teotihuacán, y la novedosa universidad que entonces presumía un alto rango de criterio filosófico, Ciudad Universitaria. En su Biblioteca Central dedica un par de minutos a leer a Cocteau. 

De la Ciudad de México, existen innumerables referencias beat –en su mayoría descritas por Kerouac–, sobre el estilo de vida de los mexicanos y sus formas de entablar metáforas, entre el escenario decadente y el mágico, desde una perspectiva casi natural: “En el ojo de mi mente, siempre recuerdo a México como alegre, excitante (…) pero siempre me sorprende al llegar…que he olvidado cierta sombría, incluso triste oscuridad, como la vista de algunos indios con un traje color marrón oxidado (…) esperando el autobús que le llevará dando tumbos por callecitas de barro y baches durante media hora hasta las afueras de las cabañas de adobe (…) Mas pronto se ve una gruesa india con un chal, llevando de la mano a una niñita, ¡Van a la pastelería! ¡a tomar pasteles grandes! La pequeña está contenta. Sólo en México, en la dulzura y la inocencia,  el nacimiento y la muerte parecen tener sentido.”. – J. K.