Mexico Fellaheen: el mexicano como sabio vagabundo

Jack Kerouac encontró de nuestro lado de la frontera un territorio para ser, sin muchas condiciones.

[…] pero en el instante en que se atraviesa la puerta estrecha de alambre tejido y se está en México, uno se siente como si hubiera logrado escabullirse de la escuela a las dos de la tarde después de decirle a la maestra que estaba enfermo. Uno siente como si volviera de la iglesia un domingo a la mañana, se sacara el traje y se pusiera la ropa vieja de siempre, suave y gastada, para jugar.

Jack Kerouac, Mexico Fellaheen.

Kerouac relató México en múltiples ocasiones. A su generación literaria –los beat– este territorio provocaba una singular devoción. Frente al panorama que se estaba consolidando en el Estados Unidos de los 50 –después de la Segunda Guerra; en fría tensión con Rusia, y buscando a toda costa la estabilidad económica que define “El sueño americano”– el caótico y espléndidamente diverso México se abría, constantemente, a la posibilidad.

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Y aunque, por supuesto, los problemas sociales en nuestro lado de la frontera nunca se agotan, la incertidumbre mexicana parece mucho más reflexiva que la búsqueda de certezas en otras partes del mundo. Así, Kerouac encontró en sí mismo, una forma de ver y ser que florecían en México con más potencia.

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Ciudad de México, 1950

Este peculiar ir y venir y la deliciosa corrupción de los protocolos occidentales que se pueden practicar aquí, son narrados con precisión en “El viajero solitario”. En esta colección de cuentos cortos, Kerouac nos cuenta, con su prosa espontánea, algunos de los icónicos viajes que realizó por Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Marruecos y, por supuesto, México.

Uno de los relatos sobresale por su curioso título. En español “Campesino mexicano” y en inglés “Mexico Fellaheen”, un concepto repetido en diversos textos de Kerouac y que, al traducirse, pierde y gana profundidad en distintos niveles. Al definirlo como “campesino” nos recuerda que el fellaheen tiene un vínculo imperturbable con la tierra y la “vida natural” o “indígena” (recordemos en este momento que indígena quiere decir “originario de”). Por otro lado, se nos escapa que un fellaheen es un nómada del campo, que se adapta y, como su núcleo es la tierra, pasa entre civilizaciones sin generar vínculo cultural alguno con ellas. Como dice Kerouac “un sentimiento ‘fellaheen’ sobre la vida, esa alegría atemporal de personas que no están involucradas en grandes cuestiones culturales y de civilización.”

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Fotografìa: Juan Rulfo

Kerouac imagina estas vidas campesinas en México como esferas de suspensión en el tiempo. Como una vida inocente, en el sentido de su desnudez, de su completud y de una falta de intención específica. Y aunque la figura es una hipóstasis de la vida rural, se nos presenta como propuesta para ser y no como verdad. Esta propuesta es casi un método: la vida rural demanda una atención especial al presente; nos sugiere la repetición constante de los mismos actos (como cotidianidad y también como ritual sagrado), y siempre está ligada al cuerpo, al trabajo con el propio cuerpo.

México, este espacio antinómico al Estados Unidos del establecimiento –que, extrañamente, aún existe– podría aún (y a pesar de todo) ser terreno fértil para esta vida “cercana a la naturaleza” (pensando que esta naturaleza no es otra cosa que el mundo que nos rodea). Y uno puede llevarse ese México consigo siempre; porque se es un fellaheen en cualquier lado.

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Fotografía: Juan Rulfo

Pero (tal vez) lo que llamaba a los beats a este país y lo que, probablemente, les hizo pensar que aquí se es “más libre”, era que la conexión con el la tierra es muy evidente, especialmente a través de nuestras manifestaciones de misticismo. Y a pesar de que estos rituales, costumbres, tradiciones, se exaltan como fragmentos de una identidad bien anclada, tal vez sea ese permiso que nos damos de tener una fé tan vasta y exaltada por la tierra, sus componentes y fenómenos, lo que en México nos quiebra.

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Ciudad de México, 1950

Al invitarnos a poner atención y forzar la repetición (incluso entrar en trance) esta fé nos desancla del espacio y el tiempo. Al hacer que nos involucremos con las manos, que sudemos, que llevemos el cuerpo a los límites del cansancio, nos recuerda que somos pura materialidad. Sin duda, ser mexicano (aunque uno no sea místico) es doloroso y dulce, tal vez en igual medida. Así, nuestra naturaleza nos ha convertido en sabios vagabundos.

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Fotografía: Juan Rulfo

Dice Kerouac, en otro relato sobre este lugar:

“Todo vuelve a ser perfecto en la calle, el mundo está impregnado de rosas de felicidad todo el tiempo, pero ninguno de nosotros lo sabe. La felicidad consiste en darse cuenta de que todo es un sueño largo y extraño.”

María Fernanda Garduño Mendoza
Autor: María Fernanda Garduño Mendoza
Estudios y gestión de la cultura, UCSJ. Ensayando discursos, constantemente. Articulando rupturas.

Escucha a Dwayne Verheyden, el holandés que ama la música norteña (PLAYLIST)

No es una parodia: todo lo contrario. Es un genial (y, sí, muy peculiar) homenaje a la música norteña.

“No entiendo por qué no tuve yo la suerte de nacer en mi lugar favorito”, canta sedosamente Dwayne Verheyden en su corrido “Mi Monterrey”, resumiendo en una sola frase la explosiva pasión que le provoca la cultura norteña mexicana. No, no es una parodia; todo lo contrario: es un genial —y sí muy peculiar— homenaje a la música y a la vida de la región norte del país, cortesía de un joven holandés.

Aunque evidentemente tiene algo muy extraño, y sí, francamente divertido, ver a los TexMeXplosion, el grupo de Tex-Mex y norteña que lidera Dwayne, imitando las formas, las voces, el estilo y hasta la extravagante parafernalia de los grandes de la banda. Pero, la verdad, es que no están para ser cuestionados: Dwayne es un genio en el acordeón y sus videos de música grupera han enamorado a amantes de la norteña en todo el mundo.

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Los “holandeses norteños”, como les dicen de cariño sus admiradores, son cuatro chicos que armados con acordeón y bajo sexto, le han metido en serio al corrido durante los últimos 10 años —como si lo trajeran en la sangre— probando que sí, como bien dijo Chavela Vargas, los mexicanos nacemos donde se nos da la rechingada gana.  

El amor por Monterrey y por la música fronteriza de estos holandeses norteños, empezó con el papá de Dwayne, que desde que era niño le enseñó el dulce placer de los corridos del Flaco Jiménez (de quien es probablemente el más grande admirador). Aunque nadie se imaginó que él crecería para volverse músico, maestro del acordeón, amante del norte y figura central para quien sigue este género musical.

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Por otro lado, la asociación no es tan extraña: la música tradicional de Holanda, también es protagonizada por el acordeón y de hecho, el corrido norteño heredó mucho de ese género y otros tantos. Un pequeño recordatorio de que, a pesar de haber sido tachada en ocasiones de sencilla o “inculta”, tocar norteñas es una auténtica proeza técnica y una forma de hacer referencia a nuestro imparable mestizaje.

El amor por Monterrey, fantásticamente reflejado en las letras de Dwayne (que es cantautor) y en sus recientes videos musicales, es otro asunto. Los clichés del norte están a la orden: desde el cabrito, las chelas, los primos, hasta la masculinidad regional. Pero tiene algo precioso y sí, también risible, estas ganas francas y profundas de haber nacido por acá, en tierras definitivamente más cálidas y caóticas.

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Además, como dice Dwayne Verheyden, esta música es en serio: sus sonidos crudos, la voz rasposa y agrietada, la sinceridad del acordeón, su acabado rudo, sin tanta digitalización, recuerdan a una tierra bien curtida, con un espíritu recio y de eso nunca sobra estar orgulloso.

También en Más de México: Rusos reaccionan a lo más querido de la música mexicana (VIDEOS)

Va una selección de sus videos. No importa si odias o amas la música norteña, te van a enamorar:

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Explosivo playlist: probadita de la nueva música mexicana

Refréscate con sonidos innovadores que, en lugar de reconstruir lo tradicional, quieren ponerlo en cuestión…

La música mexicana está viviendo un momento explosivo. Las nuevas plataformas de consumo permiten que toda clase de creadores se posicionen al alcance de un enorme abanico de escuchas. Esta conexión, inspira y propicia toda clase de remezclas, reinvenciones y colaboraciones fantásticas.

Así, lo que era tradicional (aunque se sigue produciendo y es bien apreciado) ahora es, en primer lugar, un punto de partida, no una meta y los músicos mexicanos de hoy están haciendo cosas muy frescas, que vale la pena descubrir, consumir y apoyar.

Por un lado, la escena se concentra mucho más en la experimentación y, en ese sentido, el lado conceptual de la música adquiere un lugar mucho más relevante que el comercial. En esta exploración, aunque se recuperan motivos de la música tradicional, no es tradición lo que quiere construir, sino cuestionamientos sobre la misma.

Por eso a los nuevos creadores no les da miedo hablar en otros idiomas; cantar en inglés o en francés, por ejemplo, pero también adoptar instrumentos, técnicas y géneros muy contemporáneos. Además, lo que están produciendo responde a un ritmo y estilo de vida especialmente complejos, enmarcados en el contexto de nuestro caótico y acelerado presente, por eso, hasta la propuesta más pop, le apuesta a un acabado más abstracto.

Otra cosa interesante de estos nuevos proyectos es que, al permitirse una buena dosis de innovación y reinvención de la tradición, juegan con la propia identidad, nacional, sexual, étnica y demás. Así, es posible que en esta música descubras algo completamente insospechado sobre ti mismo.

Te compartimos este explosivo playlist, una probadita de la nueva música mexicana.

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Sonidos para perderte

Si te sientes reflexivo, meditativa, buscas una excusa para desconectarte del mundo que te rodea, déjate envolver por el trabajo de estos creadores experimentales. Gaspar Peralta construye catedrales sonoras; Cholula Dans Division hace sampleos ingeniosos; Tajak es un experimento con tintes de rock progresivo y Jadir Zárate produce seductores sonidos para sacudirte en lo más profundo.

Gaspar Peralta

Cholula Dans Division



Tajak

Jadir Zárate

Si te sientes alternativo…

Te dejamos una selección de indie pop y rock para una perfecta sesión creativa. The Plastics Revolution regala sonidos frescos y urbanos. Sailawway es una experiencia femenina y delicada. Young Tender recupera y reinventa lo mejor de la música ochentera. Wet Baes es un pop alternativo muy suave y agradable. La propuesta de Camila Fuchs es intensa y ácida.

The Plastics Revolution

Sailawway

Young Tender

Wet Baes

Camila Fuchs

Asuntos de identidad

Raperos de calidad, Third Root es uno de los pocos grupos de música contemporánea hablando de la ascendencia africana que permea a algunos pueblos de México (los afromexicanos), además, el trío habla también de su condición migrante. Por su parte, Manitas Nerviosas es artista de género no determinado y fluido, así, se permite también en la música, jugar con esa sensual cualidad de su identidad. El resultado sonoro es muy interesante.

Third Root

Manitas Nerviosas

Que suba la temperatura…

Claro que en México no podría faltar la música para bailar, y las propuestas contemporáneas logran remezclar los géneros tradicionales hasta llevarlos más allá de sus propios límites. Lo que te dejamos aquí son propuestas para que suba la temperatura, con danzas cadenciosas, intensas y sensuales. Al Mexican Institute of Sound, lo conoces: lleva en la escena un buen rato. Charles Ans es un hip-hop que la está rompiendo en popularidad. NurryDog tiene ganas de devolvernos al espíritu sonidero, a través de lo que se podría calificar de “dubstep”.

Mexican Institute of Sound

Charles Ans

NurryDog

¿Quieres jazz?

Un par de propuestas para los amantes del jazz. Troker, por supuesto, intenso, con tintes de rock, imperdible. Por otro lado, Ensamble Kafka, un proyecto precioso que analiza la música de la sierra oaxaqueña a través del complejo género musical.

Troker

Ensamble Kafka

¿O quieres hip-hop?

Speak es chicano y hace un hip-hop genial. The Guadaloops es un dedicado proyecto de hip-hop norteño, que cuida cada detalle y te lleva a disfrutar cada centímetro del tejido sonoro de sus complejas canciones.

Speak

The Guadaloops

También en Más de México: Gaspar Peralta: la música como manifestación de lo sagrado (ENTREVISTA)

6 estados de México vistos a través de los beats

En diferentes puntos de la geografía mexicana, el hueste de escritores beatniks se asentaron para procrear los más escandalosos versos de su obra contracultural. Aquí su ruta.

Sólo en México, en la dulzura y la inocencia,  el nacimiento y la muerte parecen tener sentido.

– Jack Kerouac

 

De la Beat Generation en México (y de México en el imaginario de aquél hueste de escritores norteamericanos) se ha pronunciado información en abundancia. Se habla de ellos como si hubiesen sido también mexicanos, o se enuncian sus versos con cierto acto de empatía genética hacía su rebeldía. Los beatniks fueron una suerte de fenómeno social, aunque paradójicamente no marcaron a las mentes de la generación mexicana de entonces, tuvieron que pasar algunas décadas para que así sucediera.

Con una Segunda Guerra Mundial encausando secuelas en la realidad social y, una “amistosa” relación económica y cultural con Estados Unidos, México acogió a William Burroughs, Jack Kerouac, Allen Ginsberg, Neal Cassady, Gregory Corso, Lawrence Ferlinghetti y Peter Orlovsky bajo el manto de su decadencia, una realidad histórica que a ratos se buscaba formas surrealistas de expresarse.

  Poetas beat frente a la Plaza Luis Cabrera, Colonia Roma, Ciudad de México.

De acuerdo a los relatos de Jorge García Robles, gran avezado de la vida bohemia de los beatniks en México, la Generación Beat concretó un lazo íntimo con el México decadente de finales de los 40 y principios de los 50. Y por decadencia se entiende que en aquella época, el escenario mexicano atravesaba por una especie de transformación social. Un salto de lo colonial a lo moderno, y una crisis que se apoyaba en el milagro mexicano, y que desataría inolvidables momentos en la historia nacional, como lo fue la matanza de Tlatelolco, en 1968. 

El México que exploraron los beatniks se debatía entre el surrealismo indígena y la obligada decisión de modernizarse. De construir hacia arriba, de intentar olvidar una lucha interna, liderada por cuestiones clasistas, mientras unos lucían sombreros Tardan y otros más mantenían sus lenguas de origen.

Por su parte los escritores norteamericanos atravesaban un túnel de lucidez de su vida y obra: William Burroughs –el acomodado nieto del creador de la calculadora– escribía desde las cantinas del Centro Histórico de la Ciudad de México, y frecuente se le miraba rondar las farmacias falsificando recetas para obtener morfina. Jack Kerouac –el “lunático zen”– le seguiría los pasos en busca de su verdad, y se instalaría en el mismo apartamento de la Colonia Roma, también en la capital mexicana. Allen Ginsberg y los hermanos Orlovsky venían de visita en busca de Kerouac para hacerle entender que su vida estaba en Nueva York, cada vez más cera de su fama, y Neal Cassady era tan solo un vagabundo y ladrón norteamericano amante de los paisajes poéticos mexicanos.

Y aunque era justamente la rebeldía del país –una suerte de contracultura a la mexicana– la que atraía mentes como la de estos personajes, México no dejó de ser el escenario austero, ideal para hacer germinar sus más notables versos, diría Kerouac, en la búsqueda de la vida dedicada a la contemplación y a las delicias de ella. De hecho, los mencionados escritores de la Generación Beat vivieron durante algunas temporadas en algunos sitios remotos y no tan remotos del territorio mexicano.

Concretamente los siguientes:

 

San Miguel de Allende, Guanajuato

Neal Cassady, quien más tarde se convertiría en el personaje central de algunas de las obras más importantes de los beats, como On the Road, y el conductor del autobús psicodélico de los Merry Pranksters junto a Ken Kesey, vivió durante una temporada en San Miguel de Allende, Guanajuato. Se dice que concurría el bar Berlín, y que en algún momento le acompañaron Kerouac, Ginsberg,  Burroughs y Corso. Cassady también murió aquí, al quedarse dormido en las vías del tren de la región, en 1968.

 

Zacatecas, Monterrey, Nuevo Laredo y Sinaloa

Estos lugares se encuentran descritos en varios obras de Jack Kerouac, y en las cartas que enviaba a Burroughs sobre sus viajes. Kerouac fue tal vez el único poeta beat que recorrió innumerables pasajes mexicanos, sin importar en dónde cayera la noche; si era en el desierto, o atinadamente encontraba un cuartucho de azotea para continuar escribiendo: “Centro del opio del Nuevo Mundo, comí tortillas con carne en la selva, en cabañas de palos a la africana, con cerdos frotándose contra mis piernas; bebí pulque puro de un cubo, recién traído del campo, de la planta, sin fermentar, la leche pura de pulque te hace reír, es la mejor bebida del mundo. Comí frutas desconocidas, erenos, mangos, de todas clases. En la parte trasera del autobús, mientras bebíamos mezcal, canté bop para los cantantes mexicanos que sentían curiosidad por saber cómo sonaba; canté Scrapple from the Apple e Israel de Miles Davis”, escribió Kerouac a Burroughs, cuando pasó por Culiacán. 

En On the road, escribe: “Cogimos la carretera de Monterrey. Las grandes montañas coronadas de nieve se alzaban delante de nosotros; avanzamos directamente hacia ellas. Una brecha fue abriéndose poco a poco y se convirtió en un puerto por el que cruzamos. En cuestión de minutos habíamos dejado atrás el desierto de mezquites y subíamos entre un fresco aire por una carretera con un pretil de piedra en la parte del precipicio y nombres de los presidentes escritos con pintura blanca en el farallón del otro lado: ¡ALEMÁN! No encontramos a nadie en esta carretera de montaña. Serpenteaba entre nubes y nos llevó a una gran meseta. En la lejanía, la gran ciudad industrial de Monterrey mandaba humo al cielo azul con las enormes nubes del golfo como vellones de lana”.

 

Guadalajara, Jalisco

Antes de visitar a Kerouac en la Ciudad de México, Allen Ginsberg, Gregory Corso y los hermanos Orlovsky hicieron una parada en Guadalajara para visitar a una poetisa amiga de Ginsberg. El relato, aunque muy fugaz, se encuentra descrito en Desolation Angels de Jack Kerouac.

 

Ciudad de México

La capital mexicana fue el principal laboratorio de creación para los poetas beat que visitaron México. El primero en llegar fue William Burroughs. Huyendo de la justicia americana por líos de droga, se asentó en la Colonia Roma, en un apartamento ubicado en la calle de Orizaba, junto a su esposa y sus dos hijos. Aunque tenía pretensiones de vivir en San Miguel de Allende, o algún sitio de la costa mexicana: “Jack, si severas quisieras ayudar a un pobre viejo, vendrías conmigo a la costa occidental de México, donde vivíamos en una cabaña de paja y fumaríamos el opio de la localidad bajo el sol y criaríamos pollos”, Burroughs se mantuvo una buena temporada en la Ciudad de México. Aquí acudía a cantinas como la de Tío Pepe, en el Centro Histórico, y se sentaba a fumar en las bancas en forma de tronco de la Colonia Condesa, según su novela Junkie. Más tarde mataría a su esposa accidentalmente, con una bala lanzada al estilo Guillermo Tell. Fue sentenciado a Lecumberri y debido al gran peso de su familia liberado.

Siguiéndole los pasos, Jack Kerouac se muda a la azotea del mismo edificio que Bill y dedica algunas de sus mejores obras a la capital. Es aquí donde conoce a Tristessa, una prostituta de la Roma, adicta y fiel a la Virgen y a la Santa muerte, pero también uno de sus más grandes amores. Escribe un poemario hermoso de nombre Mexico City Blues y se autodenomina “el poeta del jazz”. Con la visita de Ginsberg, Orso y los Orlovsky, Kerouac visita las pirámides de Teotihuacán, y la novedosa universidad que entonces presumía un alto rango de criterio filosófico, Ciudad Universitaria. En su Biblioteca Central dedica un par de minutos a leer a Cocteau. 

De la Ciudad de México, existen innumerables referencias beat –en su mayoría descritas por Kerouac–, sobre el estilo de vida de los mexicanos y sus formas de entablar metáforas, entre el escenario decadente y el mágico, desde una perspectiva casi natural: “En el ojo de mi mente, siempre recuerdo a México como alegre, excitante (…) pero siempre me sorprende al llegar…que he olvidado cierta sombría, incluso triste oscuridad, como la vista de algunos indios con un traje color marrón oxidado (…) esperando el autobús que le llevará dando tumbos por callecitas de barro y baches durante media hora hasta las afueras de las cabañas de adobe (…) Mas pronto se ve una gruesa india con un chal, llevando de la mano a una niñita, ¡Van a la pastelería! ¡a tomar pasteles grandes! La pequeña está contenta. Sólo en México, en la dulzura y la inocencia,  el nacimiento y la muerte parecen tener sentido.”. – J. K.