6 lecciones que el 68 nos dejó a los jóvenes

Han pasado 50 años desde el fatídico 2 de octubre. ¿Qué hemos aprendido? y ¿qué no debemos olvidar?

En 2018 se cumplen 50 años del evento socio-político que los mexicanos han jurado nunca olvidar. El 2 de octubre ocurrió la fatídica culminación del movimiento estudiantil que en 1968 inauguró —a pesar de que fue disuelto con la más tremenda violencia en Tlatelolco— una forma inédita de involucrarse en la vida pública; de asumirse como ciudadano.

El 2 de octubre también se celebra el Día Internacional de la No Violencia, en ese sentido la fecha se ha transformado en una efeméride donde toca reflexionar precisamente sobre el estado de la violencia en nuestro país y también sobre la manera en la que cada uno de nosotros se está haciendo responsable de actuar para disminuirla.

El Movimiento Estudiantil de 1968 fue en gran medida el inicio de la democracia en México (que por cierto, sigue en construcción), pues este catalizador inspiró la creación del instituto electoral, la búsqueda de una prensa separada del estado y la visibilización de la necesidad de concretar derechos para grupos como estudiantes, campesinos, trabajadores y mujeres.

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Por otro lado, aunque estos procesos han avanzado (y muchísimo), como bien dicen las antiguas consignas “la lucha sigue”. ¿Por qué? A pesar de que ya pasaron 50 años del evento que marcó México para siempre y con todo y que la democracia ya está evidentemente “mejor parada”, la violencia sigue al alza. Aunque nuestra consigna contemporánea es “Nunca más”, la realidad es que constantemente ocurren eventos insólitos que nos recuerdan al del 2 de octubre.

Así, este día no debería olvidarse, pero urge transformar lo que sabemos en lecciones aplicables a la cotidianidad. Y quienes deberíamos tenerlas bien presentes somos los jóvenes, porque nosotros somos el vínculo entre las responsabilidades que nos dejó el pasado y las posibilidades que se pueden imaginar hacia el futuro. Te compartimos 6 de ellas. No las olvides.

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Los jóvenes somos el núcleo de la fuerza social

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Bien dijeron en 1968 los integrantes del Consejo Nacional de Huelga: “el estudiante tiene derecho a tomar la calle”; aunque habría que agregar “y la responsabilidad”. Sí: somos nosotros los que tenemos que proponer; ensamblar lo comunitario de formas nuevas; repensar las que existen; los que nos podemos dar el lujo de ser bien críticos de todo (especialmente de nosotros mismos); los que queremos vivir un presente con más y más posibilidades.

Y nuestro primer campo de acción es nuestro propio espacio, nuestras relaciones más cercanas: ser gentiles, generosos, comprensivos, honestos, estar informados y rifarse, claro. Si no vamos a involucrarnos (y hay muchas maneras de involucrarse), será mejor no quejarse y tampoco sacarse de onda si las cosas no están mejorando. Y no es cosa de estresarse: empecemos por cambiar las formas en que nos relacionamos entre nosotros.

La memoria es vital (especialmente si eres joven)

Javier Barros Sierra llamó a las causas del Movimiento del 68 “entrañables para el pueblo” y con esa palabra preciosa nos quedamos: las causas sociales deberían ser entrañables, es decir, deberíamos tratarlas casi con cariño, con paciencia y con muchísimas ganas de que sus condiciones mejoren y, sobre todo, como las cosas auténticamente entrañables: no hay que olvidarlas.

Es surreal, siendo joven, ver las imágenes de aquellas manifestaciones, junto a las de hoy. O hemos sido unos fantásticos imitadores del modelo del 68 o simplemente los problemas contra los que se luchaba entonces no han terminado.

Tal vez los movimientos generan una efervescencia que termina por disolverse después de un rato y, cuando otro problema llega, terminamos parados de nuevo en manifestaciones que, tristemente nunca se traducen a políticas concretas, o mínimo a cambios en el hacer general de nosotros, los miembros de la sociedad. Por eso la memoria es vital y lo que no debemos olvidar no son solo las causas, también el hecho de que permanentemente estamos luchando por mejorar.

Somos en gran medida los responsables de lo que pasa con la sociedad civil

Sí, aunque no parezca, nuestras acciones (cada una de ellas) tiene un impacto orgánico en el tejido que es la realidad. Pensémoslo así: somos cuerpos en el espacio, con una fantástica capacidad de acomodar a los otros cuerpos (objetos y sujetos). Desde dónde ponemos la basura que generamos, hasta la forma en la que tratamos a la gente que nos rodea, todas estas pequeñas cosas suman o restan a la violencia (aunque no lo creas).

Los “destinos” en ese sentido de las personas que están en nuestro espacio, también son nuestra responsabilidad. Hay que asumirlo. Pensemos que, en ese sentido, entre mejor estén los que nos rodean y mejor posicionadas estén las cosas en nuestro espacio, mejor estaremos nosotros mismo.

La lucha por la libertad de expresión es la lucha por la vida

¿Y por qué lo decimos así de tajante? Porque la lucha por la libertad de expresión es también la lucha por la diversidad, en ese sentido es la lucha por las posibildades, por la existencia de formas de ser y estar. Y esta pelea no ha terminado y sin duda, gracias a los nuevos medios de comunicación, se ha complejizado muchísimo.

Ahorita no se trata solamente de abrir el diálogo entre la sociedad y el gobierno, que es algo que se ha exigido desde el 68. También es una lucha interna la que hay que aventarse; se trata de no ahogarse en el mar de información, de no ser indiferente a las millones de malas noticias que recibimos todo el tiempo en la palma de la mano. Tenemos más información que nunca, pero ¿cómo reaccionamos a ella? ¿qué aprendemos de ella? Hoy, la lucha por la libertad de expresión adquiere una nueva dimensión: la libertad (y también responsabilidad) no solo de comunicar, también de hacer algo.

El miedo de uno, es el miedo de todos

De lo que pasó el 2 de octubre en Tlatelolco y, en general del desarrollo del movimiento durante 1968 hay muchas versiones. Por otro lado, el miedo (especialmente el miedo a morir, a perder la batalla, a no poder mejorar las condiciones, a no alcanzar justicia) posiblemente sea el común denominador en todas las narraciones y experiencias.

Y ese miedo sigue activo. Y no es malo tener miedo. La verdad es que vivimos en un contexto que provoca sensaciones aún más intensas (si es posible). Pero (recuerda la consigna) no estás solo. Este miedo es de todos y juntos podríamos quitarlo. Se ha visto ya lo capaces que somos de reunirnos, de ser solidarios, de dejar atrás el miedo, con tal de echar una mano. Quienes se lanzaron a luchar por sus proyectos de nación durante 1968 (en México, pero también en otros países, como Francia) se tragaron el miedo, lo disolvieron junto a sus compañeros. Se lo curaron en conjunto.  

La lucha no ha terminado

Se pronunció así por la CNH durante la “Marcha del Silencio”: “Los mexicanos hemos aprendido que la democracia no es un don, sino una lucha.” Y nos está quedando claro. No importa quién esté en “el poder”, hay que estar al tiro todo el tiempo, hay que construir y proponer y criticar y reformular todo el tiempo.

Probablemente la lucha nunca termine, pero estos momentos, de estar juntos, de ver resultados, de ver el tiempo pasar, contar 50 años y miles de jóvenes conmemorando la fecha, presenciar la emergencia de nuevos proyectos e iniciativas sociales, la de nuevos grupos exigiendo visibilización, estos momentos son de auténtica satisfacción.

Así estamos bien presentes y estamos al pendiente y a las administraciones, poderes, instituciones que hay y que vienen, los jóvenes les decimos: ahí les vamos.

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Campesinos mexicanos: los guardianes de nuestro vínculo con la tierra

Hemos desplazado a la tierra de nuestro imaginario, pero ¿sabías que con lo que producen los campesinos mexicanos podríamos alimentar a la mitad del país?

La diversidad natural en México es enorme. Y también la cultural. ¿Has pensado en la posibilidad de que exista una relación entre ellas?

No podemos evitar cargar de significado lo que nos rodea y, en ese sentido, si tanta vida nos envuelve, estamos deliciosamente rodeados de simbolismo. Así, está claro: a la tierra mexicana no le debemos solo nuestra seguridad alimentaria, también nuestro abanico infinito de tradiciones y manifestaciones culturales.

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¿Y quién resguarda este vínculo increíble entre los mexicanos y la tierra que habitan? Son los campesinos, los sujetos que se encargan de cultivar nuestra biodiversidad (y tal vez sin sospecharlo, también nuestra diversidad cultural).

Tenemos un vínculo indeleble con la tierra

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Nuestro vínculo indeleble con la tierra es innegable sobre todo si pensamos, por ejemplo, que nuestra gastronomía es fundamental para la identidad. Y en México, evidentemente lo es. Si hay algo que compartimos (sin importar particularidades como la clase social, sexualidad, etnia, lengua y más) es el maíz. Y si le rascamos tantito, la otra cosa que compartimos es el chile y si le insistimos, tenemos al frijol.

Claro que en gustos se rompen géneros. Pero es claro que todos los mexicanos tenemos una conexión estrecha con los alimentos de nuestro campo. Y esa conexión, que para algunos es sagrada, para otros pasa desapercibida; pero está ahí, reuniéndonos discretamente.

Así, aunque hemos desplazado al campo del gran imaginario cotidiano y colectivo (especialmente desde los medios), los campesinos se resisten a desaparecer, porque, aunque no lo sepamos, seguimos invocando a estos guardianes.

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No solo protegen la conexión, también la diversidad biocultural

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La milpa, el sistema ancestral de cultivo (y sin duda ecosistema ideal) también es una estrategia de resistencia que defiende la diversidad de lo que se siembra, frente a los esquemas de agricultura extensiva, de monocultivo y que utilizan semillas transgénicas.

En ese sentido, los campesinos mexicanos mantienen la diversidad genética de las plantas, especialmente del maíz. Además de sembrar comida, están secretamente encargados de evitar la desaparición de nuestras especies endémicas; un servicio por el que no les estamos agradeciendo suficiente.

¿Sabías que en México hay casi 60 variedades de maíz y que todas se la debemos a una tradición campesina milenaria que se ha encargado de cultivar, proteger y asegurar la variabilidad de la planta? Los campesinos conocen los procesos de la tierra, de las plantas, de los animales y los insectos y los traducen en ciclos de vida ligados a su propia existencia; desde la forma en la que organizan su día a día, hasta sus fiestas religiosas, comúnmente definidas por el calendario de siembra.

Olvidarse de la tierra es olvidarse del cuerpo

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Por otro lado, nos estamos olvidando de la tierra. Se puede decir así, porque, en general, ya no aspiramos a ella; es decir, ya no añoramos trabajarla y son pocos los estímulos que nos invitan a volver a ella. Pero ¿has pensado que cuando te olvidas del campo, también te estás olvidando de tu cuerpo?

Podría parecer una asociación forzada, pero si dejas de pensar en cómo se está administrando y cuidando la tierra, dejas de enterarte sobre qué es realmente lo que estás comiendo, qué tipo de procesos (sociales, políticos, económicos y también agrícolas) dan lugar a tus alimentos. Al mismo tiempo, delegas el cuidado de tu vínculo con la tierra a otros que no reconoces. ¿Te imaginas, por ejemplo, un México sin tortillas? Por otro lado, ¿qué estás haciendo tú para cuidar el maíz?

Los campesinos son figuras que asociamos a clases sociales o a momentos de la historia determinados, que aislamos de la realidad colectiva, pero, la verdad es que, aunque pasen desapercibidos, ellos están haciendo por nosotros mucho más de lo que imaginas.

La realidad: los campesinos podrían alimentar a la mitad del país

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Un estudio reciente de la CONABIO se dedicó a probar la importancia real del trabajo de los campesinos como productores de alimentos y también como guardianes de la biodiversidad, especialmente del maíz. Demostrando que la agricultura campesina podría alimentar a más o menos 54.7 millones de personas en México, el estudio define el trabajo de los campesinos como un componente vital para obtener seguridad alimentaria en el país.

Este reconocimiento simbólico, pero también económico y político, es urgente. Los consumidores tenemos que empezar a cuidar a nuestros campesinos, así como ellos nos cuidan a nosotros y a nuestra diversidad biológica y cultural.

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Para ayudarles, podemos empezar apoyando a los pequeños productores, comprando productos hechos con plantas nativas (como buenas tortillas hechas con maíces no transgénicos); podemos pensar nuestras dietas con base a lo que se produce de forma local, y, sobre todo, apoyar el comercio justo. Tenemos que remunerar a estos guardianes.

Por otro lado, el estudio de la CONABIO señala que otro riesgo es que “la población campesina está envejeciendo”, esto quiere decir que los campesinos son sujetos de generaciones anteriores y ya no hay jóvenes en el campo. Pero ¿sabías que tienes derecho a ser campesino? ¿Que podrías sembrar tus alimentos? ¿Que puedes hacerlo en pequeña escala, incluso en el más pequeño departamento? ¿Sabías que puedes tomar esa responsabilidad y convertirte también en guardian de lo diverso?

La tierra nos está llamando y ya no tan discretamente nos susurra: haz milpa.

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*Imágenes: 1) Tzitziki Talue; 2) Karla Zepeda; 3) No especificado; 4, 6 y 7) Redd+ México; 5) Juan Carlos Ibarra.

Consejos de Ana Baquedano, la joven que hizo de la pornovenganza un delito en Yucatán

Esta activista logró incidir en las leyes de su estado, pero nos quiere recordar que el cambio auténtico está en las pequeñas cosas.

Está clarísimo que internet y las redes sociales digitales han cambiado para siempre nuestra forma de interactuar. En más de un sentido nos conectan y, especialmente nos acercan a personas y mundos que sospechábamos muy lejanos.

Por otro lado, también se han prestado para ser espacios donde se ejercen formas inéditas de violencia y los múltiples huecos que hay entre las leyes existentes y las posibilidades que presentan las redes son enormes. Y aunque está clarísimo que nos toca proteger la genuina pluralidad de internet y la delicia de poder distribuir, intercambiar y modificar contenidos libremente; también tenemos que reconocer los límites que potencialmente lastiman.

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Pocos nos hemos lanzado a identificar estos límites y a defender estos nuevos derechos y muchos menos con la valentía y determinación de Ana Baquedano, una joven activista que consiguió que la pornovenganza sea considerada delito en el estado de Yucatán. Por esa hazaña, por cierto, ganó el Premio Estatal de la Juventud 2018 en su estado.

Sí, Ana Baquedano puso el dedo en un asunto tristemente cotidiano, pero del que aún no se habla suficiente. La pornovenganza consiste en la difusión de material visual de carácter erótico o pornográfico (como los populares “nudes” o fotos de desnudo) sin el consentimiento de la o las personas que aparecen en el mismo.

El fenómeno ocurre frecuentemente en el terreno digital y se le denomina “venganza” porque está asociado a la práctica de difundir este material que se recibió directamente de la víctima (sí, esto de manera consensual) para humillarla, amenazarla o extorsionarla (esto último también conocido como sextorsión).

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Sin duda es un asunto muy grave contra el que Ana Baquedano decidió luchar, después de haberlo experimentado ella misma. Y hay que agradecerle, pues ahora en Yucatán se castigará con cárcel (de seis meses a cinco años) a quienes practiquen pornovenganza.

Tuvimos la fortuna de comunicarnos con esta increíble mexicana y le pedimos algunos consejos para ayudarnos entre todos a cambiar el panorama que da lugar a estos actos de violencia. Te compartimos la entrevista:

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+DMX: ¿Qué pasos concretos tuviste que seguir para traducir algo que parecía un problema personal (aunque evidentemente es colectivo) a una ley?

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AB: A pesar de que yo pueda compartir cuáles fueron los “pasos concretos” que seguí, no considero que puedan ser generalizables porque todas las historias, procesos, estados, congresos son diferentes.

Lo que sí me gustaría enfatizar es que yo primero necesité estar en paz en mi proceso antes de poder pensar en apoyar a otras personas.

Me tomó mucho tiempo reapropiarme de mi historia, hasta el punto de sentir que nadie más que yo tenía poder sobre ella, y fue entonces que pude ponerla al servicio de otras.

Ya que decidí que mi historia se iba a volver una herramienta para mí, yo me convertí en el vehículo de un mensaje y como tal, tuve que empezar a sentir una gran responsabilidad sobre lo que estaba queriendo transmitir, y las implicaciones que tenía.

A mí me sirvió mucho aprovechar todos mis espacios y todas las oportunidades que se presentaron para hablar del tema, a la audiencia que fuere, porque lo importante era que más personas supieran del tema y tuvieran acceso a una perspectiva distinta.

Así se me fueron abriendo las puertas a distintos foros, a conocer a otras personas pasando por lo mismo, a detectar sus necesidades reales, y pude usar esas oportunidades para proponer un proyecto de ley.

Creo que la enseñanza más valiosa de todo mi proceso y la que me gustaría compartir es que si tienes amor y pasión por tu causa y se lo contagias a otras personas, si te atreves a preguntar, a proponer, a insistir, tienes gran parte del camino ganado.

+DMX: ¿A qué retos te enfrentaste en ese proceso?

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AB: Creo que el mayor reto para mí ha sido enfrentarme a eventos y situaciones que me asustan, y atreverme a seguir adelante. Hasta la fecha, cada vez que voy a dar una conferencia, se me revuelve el estómago y me sudan las manos, porque por supuesto que es aterrorizante pararte frente a una audiencia y hablar de un tema que te apasiona muchísimo, deseando que las personas se interesen y se involucren.

También ha sido un reto muy grande sentirme capaz de hablar y defender mis ideas ante autoridades, especialistas, funcionarios/as públicos/as, pero creo que es cuestión de convencerte a ti misma de que tienes los conocimientos, la capacidad y el impulso para lograr tus objetivos.

Aunque de miedo y muchas veces quiera quedarme escondida en mi cuarto viendo Netflix, el recordar que no lo estoy haciendo por mí sino por todas las personas que necesitan apoyo, hace que todo valga la pena.

+DMX: ¿Qué recomiendas que haga una víctima de porno-venganza y sextorsión dentro y fuera de Yucatán?

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AB: A todas las personas siendo víctimas de sextorsión o de difusión no consentida de imágenes y videos íntimos les recomiendo no pasar por eso solas. Buscar apoyo es importante, así sea que sólo se lo cuenten a sus papás, a su mejor amigo/a, a el/la psicólogo/a de la escuela, el hecho de no estar solo/a frente a este problema va a ayudar a que no lo vean más grande de lo que es, a que recuerden quiénes son y a que tengan presente que su valor y el cariño que les tienen tus seres queridos no va a cambiar.

También recomiendo que se recuerden a sí mismas que todas las personas tenemos derecho a una vida sexual y nadie tiene porqué hacernos sentir mal al respecto. La sexualidad es parte de nuestras vidas, énfasis en “parte”. Unas fotos o unos videos de su cuerpo desnudo ni las definen ni dicen nada de quiénes son como personas.

Tampoco hay que creer las cosas negativas que diga la gente, ya que no son personales. No se refieren a ellas, ya que, si le hubiera pasado esto a cualquier otra persona, le dirían exactamente las mismas cosas. Por eso, hay que recordar que la única versión de nosotras que importa es la nuestra.

Si quieren denunciar, pueden marcar al *5533 para buscar asesoría psicológica y jurídica, pues es el número de Consejo Ciudadano y ellos pueden ofrecer orientación. Deben procurar no borrar la evidencia que tengan, aunque no les guste verla. Es importante tener las amenazas y los mensajes que hayan recibido como pruebas de lo que están viviendo.

En fin, lo más importante es que recuerden que no es su culpa, que no fue un error y que no tienen nada de qué avergonzarse.

+DMX: ¿Cómo le comunicamos este tema a los jóvenes? Especialmente para que sepan que vale mucho la pena cuidarse unos a los otros…

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AB: Creo que lo que hace falta es cambiar completamente nuestra estrategia de prevención. Nos  concentramos mucho en que aprendan a “no exponerse”, a “proteger sus datos”, a “cuidarse”, y se nos olvida visibilizar todas las formas en las que nosotros/as contribuimos a la violencia.

Se nos olvida comunicar el enorme poder que tienen nuestras palabras y nuestras acciones y su capacidad de transformar la realidad en la que vivimos. No decimos lo suficiente que podemos construir espacios seguros para los/las demás, y que finalmente éstos servirán para cuidarnos a nosotros/as también.

Tenemos que dejar de educar para cuidarse de otros/as y concentrarnos en educar para cuidar a los/las otros/as.

+DMX: ¿Cómo alentamos a las víctimas a narrarse? ¿Cómo podemos abrir desde el más ínfimo núcleo social espacios de confianza o, por lo menos, incentivarlos?

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AB: A cada persona la empoderan cosas diferentes y tenemos formas distintas de  comunicarnos con el mundo. Para mí puede ser hablar, pero para otras personas puede ser escribir, bailar, pintar, crear, y demás.

Yo he descubierto en mí que exponerme vulnerable ante los demás me hace sentir más fuerte, porque mi miedo a que los/las demás me expongan desaparece cuando yo lo hago. Me doy cuenta que desnudarme, en sentido literal o figurado, me ha demostrado que hay muchísimas personas pasando por lo mismo que yo, con los mismos miedos e inseguridades, y que no estoy sola. Contar mi historia me hace sentir más humana, y que le pueda servir a los/las demás, me envuelve con un sentido de comunidad y responsabilidad social que me mueve muchísimo.

+DMX: Nos cuesta trabajo aceptar las (malas) condiciones en las que se encuentra nuestra sociedad, pero todos tenemos un poco de responsabilidad en ello: ¿Cómo comunicarlo y generar mecanismos para que se reconozca?

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AB: A nadie nos gusta admitir que estamos haciendo las cosas mal, o que estamos haciendo daño. Es mucho más fácil señalar que reflexionar y deconstruirse. El trabajo más duro siempre va a ser personal y nunca se va a acabar porque nunca terminamos de aprender.

Creo que la mejor forma de comunicarlo es a través del ejemplo y del diálogo, pues a través de nuestras relaciones, impactamos otras vidas y cambiamos su entorno.

De verdad creo que con las pequeñas acciones que hacemos todos los días, cambiamos la realidad, para bien o para mal. Y si vemos a los/las demás con amor y compasión, podemos apoyarnos en este proceso de aprendizaje y convertirnos en una sociedad más justa que procure el bienestar de todos/as.

+DMX: ¿Cuáles serán tus próximos proyectos y qué podemos hacer para apoyarte?

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AB: Junto con varias personas maravillosas que se han enamorado de la causa, constituí una asociación civil llamada Consentimiento Digital, A.C. De momento se encuentra en etapa de estructuración pero a través de ella buscaremos seguir promoviendo esta sensibilización y cambios de conducta que ayuden a construir una cultura de respeto a la intimidad.

Al ser la sextorsión y la difusión no consentida de imágenes y videos íntimos unos temas tan sociales y cotidianos, se requiere que todas las personas revisen de qué forma están participando y contribuyendo a que se mantengan. Si ofrecemos apoyo a las personas que nos rodean, si promovemos el respeto, si nuestro mensaje es positivo, estaremos haciendo muchísimo por las víctimas y muchísimo también por la sociedad en su conjunto.

+DMX: ¿Qué otras causas sociales y problemáticas colectivas tienes en la mira y piensas que se ligan con este problema?

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AB: Creo que las problemáticas de sextorsión y difusión no consentida de imágenes y videos íntimos están por supuesto, estrechamente ligadas a la violencia de género, al machismo y al sexismo. Son una expresión más de la idea cultural de que la mujer es y está para el consumo social, y no para ella misma.

También el uso irresponsable de las redes sociales para lastimar a otras personas por medio del anonimato, promueve que se mantengan estas formas de violencia. La incapacidad para distinguir entre lo público y lo privado en la era de redes sociales se une a esto.

Como todas las problemáticas sociales, éstas tienen muchas aristas, pero si promovemos el respeto a todas las personas y la equidad de género, contrarrestamos muchas de ellas.

Sobre verdades, historias, aniversarios y ausencias que arden

Narrar a México y volverlo a hacer. Eso es lo que nos toca. ¿Cómo? ¿Con qué palabras? Aquí algunas pistas…

[…] Mas he aquí que toco una llaga: es mi memoria.
Duele, luego es verdad. Sangre con sangre
y si la llamo mía traiciono a todos.

Recuerdo, recordamos.
Ésta es nuestra manera de ayudar a que amanezca […]

Memorial de Tlatelolco, Rosario Castellanos

En el presente decirnos mexicanos se complejiza. En el presente, asumirnos parte de este proyecto es exigirnos muchísimo, especialmente, porque la gran responsabilidad al decirse parte de esta comunidad, es lidiar con sus problemas. ¡Y qué tremendos son estos! Algunos, definitivamente, son demasiado nefastos como narrarlos.

Al mismo tiempo, es precisamente el acto de narrar lo que nos queda hacer, para resolver a este México. Si queremos cambiar este espacio, tenemos que volver a contarlo, tenemos que plantearlo distinto, re-definirlo, cuestionar todo lo que hemos naturalizado cuando lo describimos. Y el primer elemento que necesita una buena sacudida es la inmensa violencia.

Sí, esa violencia de la que cuesta hablar, pero que consumimos todo el rato en las noticias; esa que no nos da tregua, especialmente en las noches, cuando las calles se oscurecen; la que simplemente es tan grande, que parece estar por encima de toda acción subjetiva (y tal vez, también, comunitaria); violencia aquella que queremos olvidar; la misma que nos desaparece.

Esa violencia es la que tenemos que narrar, a la que tenemos que dejar de tenerle miedo en las sobremesas, a la que ya no podemos ser indiferentes. Pero ¿cómo? ¿Con qué palabras? Las preguntas no lograran cerrarse en respuestas, pero aquí van algunas conclusiones a las que nosotros hemos llegado.

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Verdades

¿Qué otra cosa es el hombre sino memoria de sí mismo?

Juan José Arreola

Podemos suponer que la verdad es relativa, especialmente en un territorio como este, en el que la diversidad es imparable, vibrante y permea cada rincón. En ese sentido, ninguna verdad, ni las históricas, ni las científicas, tienen la capacidad de narrar lo que existe con la precisión que se adjudican. Por otro lado, podemos narrar desde la honestidad, podemos contar lo que acontece con franqueza. No somos mucho más que lo que sabemos sobre nosotros mismos y si no encontramos la manera de decirnos así como nos sentimos, así en crudo, ¿qué somos con los otros?

Historias

Despertar a la historia significa adquirir conciencia de nuestra singularidad, momento de reposo reflexivo antes de entregarnos al hacer.

Octavio Paz

La historia es presentada como la narración de narraciones, el punto al que se puede volver, para entender por qué estamos donde estamos. Pero aquí, con tantos de nosotros, todos indígenas de algún lado, todos producto de la mezcla, todos distintos ¿cuál es la historia? Y en el violento presente, entre tanta corrupción y opacidad, ¿qué sabemos sobre el pasado más reciente?

La narración de un México distinto tendría que comprender que su historia no tiene límites, que su identidad no tiene que cuadrarse con ninguna tradición fija; sin embargo, hacerse consciente de esto también es lanzarse a un abismo, donde las respuestas no serán más claras, pero la lucha por un sitio en donde todos seamos posibles es el “anclaje máximo”.

Aniversarios

El deber más santo de los que sobreviven es honrar la memoria de los desaparecidos.

Alfonso Reyes

Asumir la tradición que nos respalda como una sustancia heterogénea no significa negar lo que nos conforma. No podemos olvidarnos de la violencia y de sus marcas, porque el acto que silencia o esfuma a uno, le roba posibilidades de ser, de comunicar, de estar y sentir y pensar y llorar y reír (y mucho más que eso) a todos. A todos.

Ausencias que arden

No perdonan, no aman,
no son ríos serenos, sino fuego,
ardiente maldición, dolorosa quietud.

Vienen así, calladas, caminando caminos
de helado polvo. Son las voces
que ya nunca se dicen.

Las voces prohibidas, Efraín Huerta

Lo que la violencia nos ha robado, los huecos que nos ha dejado, las ausencias que arden, no se restauran con ninguna narración. Hay que aceptar eso. Pero hay que luchar también por los derechos que nos corresponden. Si la estamos jugando en este proyecto, si le dimos lugar a esta llamada “democracia”, si trabajamos todos los días, si estamos viviendo en esta tierra, para empezar, tenemos derecho a la vida.

Queremos que se note la corresponsabilidad. Queremos eficiencia. Queremos respuestas. Queremos que todas las partes involucradas en esta comunidad recuerden que habitamos, al fin y al cabo, los mismos espacios, aunque las esferas simbólicas simulen enormes distancias. Narramos juntos.

Nos(otros)

Hay algo tan necesario como el pan de cada día, y es la paz de cada día; la paz sin la cual el mismo pan es amargo.

Amado Nervo

Esto último es vital: narramos juntos. ¿Y quiénes somos?, extrañamente habrá que dejar esa pregunta abierta. Cuando definimos a una comunidad, excluimos a tantas otras. Cuando decimos lo que se es, nos desligamos de lo que no “se es”. Y esa narración, la narración sobre la identidad es subjetiva; por otro lado el acto de habitar juntos este territorio, tendrá que estarse negociando. Tal vez ahí es donde hemos fallado.

¿Será que México se está ahogando en la violencia porque estamos casados con nuestras verdades históricas subjetivas? ¿Será que no hemos aprendido a negociar? Nos urge estar en paz. Hoy es un buen día para pensar en eso y, al mismo tiempo, con tanta tristeza entre las manos hay que preguntarse: ¿qué compromiso vamos a asumir? ¿Cómo vamos a contarnos lo que somos y lo que son los otros? ¿Cómo vamos a narrarlos, para proteger siempre su posibilidad de narrar México y, simultáneamente, proteger nuestras posibilidades? 

Podríamos empezar por ser un poco más gentiles ¿no? Sobre todo un día como hoy. 

María Fernanda Garduño Mendoza
Autor: María Fernanda Garduño Mendoza
Estudios y gestión de la cultura, UCSJ. Ensayando discursos, constantemente. Articulando rupturas.