Guaguarongos: los geniales jorongos para quitarle el frío a tu perro

Los textiles mexas se están filtrando a todos los rincones del diseño, pero su más simpática versión son estos “guaguarongos”.

El gusto por nuestras artesanías tradicionales viene y va. Pero a nosotros nos encanta ver que se filtren a todos los rincones del arte y el diseño contemporáneo, porque significa que seguimos encontrando maneras de reinventar, cuestionar y replantear eso que ya consideramos bien nuestro.

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Pero quizá la versión más simpática de estas reinvenciones de las artesanías tradicionales son los “guaguarongos”, geniales jorongos que sirven para quitarle el frío a las mascotas. Los jorongos son una pieza de ropa típica de distintas regiones del país que aún sigue produciéndose con antiguas y preciosas técnicas, aunque esta pequeña versión es la más insólita y enternecedora.

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Enamorada de los perros, Fernanda Valdés Ferrer  se alió con artesanos de Contla de Juan Cuamatzi, Tlaxcala, para fabricar estas detalladas prendas y formar la marca Tamal In. ¿Por qué de Contla? porque ahí hay una fina y muy arraigada tradición en torno a los textiles artesanales, que además de construir inigualables diseños, son muy cómodos y calientitos.

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Hay jorongos de todos los tamaños, pues se pueden encargar prácticamente a la medida de cada mascota. Dependiendo del tamaño, varia el precio, aunque un porcentaje de las ganancias de Tamal In se dona a refugios para perros. 

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Sin duda es una forma muy innovadora de consumir artesanías, que se celebra, porque implica devolver a nuestro imaginario cotidiano diseños que cuentan la historia de las comunidades que los tejen.

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Si te enamoraste de los guaguarongos, no dudes en comprarle uno a tu mascota y apoyar las múltiples causas que se desenvuelven entre sus hilos. Puedes comprar también los preciosos guaguarongos de Diseñadogs que tienen tienda en la CDMX.

También en Más de México: 4 deliciosas cervezas artesanales mexicanas (pero con causa)

Sobre las tlahuelpuchi: mujeres vampiro de Tlaxcala

Arquetipo insistente de las culturas humanas, el vampiro también es parte del imaginario mexicano y es encarnado por las tlahuelpuchi.

Desde las épicas babilónicas hasta las milenarias tradiciones de la India; de las antiguas leyendas del este de Europa hasta los pueblos indígenas de América, el arquetipo del vampiro se repite una y otra vez en las culturas humanas. Su insistencia mítica mapea la relación de los humanos con su cuerpo y también con la muerte. 

Seres inmortales que viven de la sangre de otros y pueden cambiar de forma a voluntad, los vampiros habitan el mundo entero, y México tiene los suyos. Pero en el caso de nuestro país, estos seres son encarnados por mujeres. Se llaman “tlahuelpuchi”, que significa “sahumador luminoso”, y son temidas en muchos pueblos del altiplano mexicano, específicamente el estado de Tlaxcala, hasta el día de hoy.

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Con origen en creencias y mitos prehispánicos, tocadas por el cristianismo europeo y su concepción de la bruja, las leyendas de las tlahuelpuchi sostienen que se trata de mujeres que, en una primera mirada, podrían parecer normales, pueden ser hermosas o muy feas, jóvenes o viejas, y se mimetizan en sus sociedades sin que nadie conozca su verdadera naturaleza.

Usualmente, estos seres descubren su gusto por la sangre muy jóvenes, y esto coincide con su primer ciclo menstrual, que despierta en ellas una insaciable hambre del líquido vital; específicamente la de bebés, a los que matan mordiéndolos —y quizá esto recuerda a todos esos dichos populares, tan típicos en nuestro país, que hacen referencia a que una bruja es capaz de “chupar” a sus víctimas.

Así, estas vampiras mexicanas son también consideradas brujas, pero muchas de las fuentes de esta leyenda coinciden con que estos seres son un tipo de nahual, una persona que puede tomar la forma de un animal y que desprende luz cuando lo hace —de ahí, probablemente, el significado de su nombre.

A las tlahuelpuchi, se dice, les gustan los días nublados y fríos, y generalmente salen de cacería entre la media noche y las cuatro de la mañana. Esto implica un rito de transformación para el cual utilizan una preparación con madera de capulín, raíces de agave, copal y hojas secas de zoapatle —planta usada por la herbolaria indígena para inducir el parto o como abortivo. 

Una vez hecha la mezcla, la bruja camina sobre ella tres veces, de norte a sur y de este a oeste, para luego sentarse viendo hacia la dirección del hogar de su próxima víctima. Las conocidas también como “mujeres vampiro de Tlaxcala” tienen poderes hipnóticos, algo que les ayuda a confundir a sus enemigos, y así poder alimentarse de la sangre de los bebés hasta matarlos. 

En los pueblos del altiplano existen métodos para ahuyentarlas, uno de ellos incluye la colocación de artículos de metal (material que detestan las tlahuelpuchi), como tijeras y agujas, o ajo y trozos de cebolla debajo de los metates; también se colocan espejos cerca de la puerta.

Las leyendas señalan que, a diferencia de las brujas, las tlahuelpuchi trabajan solas. Se trata de seres solitarios que habitan los fríos bosques de la región. Se dice que ellas se reconocen entre sí y normalmente respetan sus territorios.  A veces, pueden comunicarse entre ellas, sólo para advertir peligros externos. También se dice que estas vampiras nunca matan a sus familiares, a menos que éstos las acusen ante las autoridades u otras personas de su sociedad. Esto, muchas veces ha derivado en juicios públicos y ejecuciones. 

De hecho existen, hasta el día de hoy, documentos en registros de niños que murieron prematuramente, y cuya causa de muerte fue documentada, literalmente, a causa de la mordedura de una bruja. Se sabe, finalmente, que el último juicio y ejecución de una tlahuelpuchi data de año 1973.

Muchos estudiosos y expertos en leyendas tradicionales mexicanas han adjudicado la leyenda de las vampiras tlaxcaltecas a enfermedades propias de recién nacidos, como la llamada muerte de cuna. El mito se transforma, entonces, en una manera de explicar y lo inexplicable. 

El hecho es que en los pueblos de México aún se cree en la existencia de estas mujeres vampiro, y su presencia en el imaginario popular las convierte en representaciones fascinantes y temibles de la más profunda oscuridad humana.

También en Más de México: Seres de la frontera: 40 tipos de brujos o magos del México antiguo 

*Fuente:

“¿Mordida de bruja o enfermedad? Las muertes de niños en un pueblo tlaxcalteca (México), 1917-1922”, Marciano Netzahualcoyotzi Méndez en Historelo: revista de historia regional y local.

María González de León
Autor: María González de León
Escritora, guionista y editora web. Estudió letras inglesas; escribe películas y series. Ha trabajado en medios como Faena Aleph y Pijama Surf. Le gustan la música, el yoga y los vampiros.

La Noche que nadie duerme: una fiesta muy colorida que se apropia de la calle y la oscuridad (FOTOGALERÍA)

Para celebrar a la Virgen de la Caridad, la comunidad de Huamantla decora las calles con vibrantes tapetes efímeros. Una visión espectacular.

La noche y la calle son dos espacios con los que los mexicanos tenemos una relación ultra-compleja. 

Aunque somos plenamente callejeros y habitamos con todo nuestro esplendor el espacio público y nuestras ricas garnachas aromatizan el aire de la atmósfera nacional, la calle se ha vuelto sinónimo de la dolorosa violencia. Y la noche: su misterio sigue activo, la fiesta de la que es eterno escenario, también, pero no es tan sencillo navegarla.

Sin embargo, hay expresiones preciosas, vibrantes, luminosas, coloridas y comunitarias que, tal vez sin saberlo, contrarrestan esta oscuridad. Una de las más magníficas es “La noche que nadie duerme”, en Huamantla, Tlaxcala. Esta celebración se realiza en honor a la Virgen de la Caridad, aunque también está ligada a la fiesta prehispánica en honor a Xochiquetzalli, diosa de las flores y la fertilidad. 

Los preparativos para la fiesta se realizan desde temprano. Las calles son adornadas con velas, flores y otras decoraciones. Pero el motivo principal son los larguísimos tapetes de flores y aserrín, algunos con imágenes religiosas, que los artistas y artesanos del pueblo diseñan cuidadosamente cada año. 

Los tapetes están para adornar el camino por donde se hará una procesión con la representación de la Virgen. El trabajo es absolutamente impresionante y será disfrutado por locales y viajeros durante una noche de júbilo, cohetes, música, cantos, rezos y la rica gastronomía típica de Tlaxcala, como el mole de guajolote, memelas y los clásicos buñuelos.

Así en la noche del 14 de agosto la identidad, la pertenencia y el cariño reclaman la calle y la noche. La fiesta es plenamente comunitaria: las familias deben reunirse para trazar estas enormes y vibrantes artesanías efímeras, que a penas termina la fiesta son barridas y descompuestas (como los hermosos mándalas de los monjes budistas). A veces no duran la noche, pues los aguaceros las difuminan a su paso. 

Pero eso no detiene las ganas de celebrar, de poblar la calle con color y reactivar una y otra vez su potencia en la noche, demostrando en dónde está oculta la energía necesaria para salir de esta oscuridad.

También en Más de México: El significado detrás de la Guelaguetza, fiesta máxima de Oaxaca

 

 
 
 
 
 
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Makech: la espectacular y polémica joya viva de los mayas

Los makech son unos curiosos escarabajos que, ricamente ataviados, recorren las prendas de quien los porta, haciéndola de “ornamento” vivo.

Los makech son unos curiosos escarabajos propios de Yucatán y ligados a la tradición artesanal de la zona, porque —aunque suene increíble— son utilizados como piezas de joyería viva. Ricamente ataviados con diamantes falsos, pintados de brillante dorado y atados permanentemente a una pequeñísima cadena (que sirve para colgarlos de la ropa o como “correa”), han adornado por siglos a los mayas.

Para los viajeros que se encuentran con ellos en las calles de Yucatán, los makech son una auténtica rareza y —ciertamente— alto motivo de polémica, pues, sin duda hay en esta práctica ornamental un deje de “maltrato animal”; por lo menos si lo definen organizaciones como PETA (Gente para el Trato Ético de los Animales) en Estados Unidos.

La justificación de los vendedores locales suele estar ligada a una leyenda que algunos le atribuyen a los mayas y otros a un genio anónimo de la mercadotecnia. El mito de los makech contado en la contemporaneidad dicta que una princesa de la nobleza maya tenía un amante del que estaba profundamente enamorada; pero, por alguna circunstancia elusiva, su amor estaba prohibido.

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Así, cuando el amante fue sentenciado a muerte por relacionarse con ella, la princesa pidió a un brujo que lo convirtiera en el hermoso makech; ella lo decoró y lo portó para siempre sobre su corazón. Y aunque el origen mito ha sido desmentido por algunos, por no formar realmente parte de la tradición maya; se piensa que ha servido para impulsar la compra del raro accesorio orgánico.

La historia, aunque conmovedora, también es relativamente contraproducente. Al ligarse a una idea de lo romántico muy particular —donde uno de los amantes le pertenece al otro o “está encadenado” a él— nos recuerda que, a pesar de que son pequeños y no dialogan con nosotros, los makech tienen vida propia (y esa vida sí podría verse minimizada al ser usados como joya).

Pero hay otra postura que ni los animalistas, ni el turismo han explorado. Y es que, sea o no una pieza ligada a la cultura maya, el makech nos recuerda una premisa que sí es común en esta comunidad: la naturaleza resuena con nosotros y nosotros con ella. Así, mientras que sí es relativamente reprochable que la usemos “de adorno”, no es reprochable que queramos tenerla cerca del corazón.

¿No sería fantástico que nuestras joyas y nuestros objetos ornamentales fueran las relaciones preciosas que tenemos con el entorno? ¿Con la vida que nos rodea? Si supiéramos decorarlas con oro y con diamante —aunque estos fueran puramente metafóricos— y las tratásemos como tesoros, otro mundo este sería.

También en Más de México: El espejo mágico de obsidiana que se exhibe en el Museo Británico

*Imágenes: Smithsonian Magazine