Makech: la espectacular y polémica joya viva de los mayas

Los makech son unos curiosos escarabajos que, ricamente ataviados, recorren las prendas de quien los porta, haciéndola de “ornamento” vivo.

Los makech son unos curiosos escarabajos propios de Yucatán y ligados a la tradición artesanal de la zona, porque —aunque suene increíble— son utilizados como piezas de joyería viva. Ricamente ataviados con diamantes falsos, pintados de brillante dorado y atados permanentemente a una pequeñísima cadena (que sirve para colgarlos de la ropa o como “correa”), han adornado por siglos a los mayas.

Para los viajeros que se encuentran con ellos en las calles de Yucatán, los makech son una auténtica rareza y —ciertamente— alto motivo de polémica, pues, sin duda hay en esta práctica ornamental un deje de “maltrato animal”; por lo menos si lo definen organizaciones como PETA (Gente para el Trato Ético de los Animales) en Estados Unidos.

La justificación de los vendedores locales suele estar ligada a una leyenda que algunos le atribuyen a los mayas y otros a un genio anónimo de la mercadotecnia. El mito de los makech contado en la contemporaneidad dicta que una princesa de la nobleza maya tenía un amante del que estaba profundamente enamorada; pero, por alguna circunstancia elusiva, su amor estaba prohibido.

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Así, cuando el amante fue sentenciado a muerte por relacionarse con ella, la princesa pidió a un brujo que lo convirtiera en el hermoso makech; ella lo decoró y lo portó para siempre sobre su corazón. Y aunque el origen mito ha sido desmentido por algunos, por no formar realmente parte de la tradición maya; se piensa que ha servido para impulsar la compra del raro accesorio orgánico.

La historia, aunque conmovedora, también es relativamente contraproducente. Al ligarse a una idea de lo romántico muy particular —donde uno de los amantes le pertenece al otro o “está encadenado” a él— nos recuerda que, a pesar de que son pequeños y no dialogan con nosotros, los makech tienen vida propia (y esa vida sí podría verse minimizada al ser usados como joya).

Pero hay otra postura que ni los animalistas, ni el turismo han explorado. Y es que, sea o no una pieza ligada a la cultura maya, el makech nos recuerda una premisa que sí es común en esta comunidad: la naturaleza resuena con nosotros y nosotros con ella. Así, mientras que sí es relativamente reprochable que la usemos “de adorno”, no es reprochable que queramos tenerla cerca del corazón.

¿No sería fantástico que nuestras joyas y nuestros objetos ornamentales fueran las relaciones preciosas que tenemos con el entorno? ¿Con la vida que nos rodea? Si supiéramos decorarlas con oro y con diamante —aunque estos fueran puramente metafóricos— y las tratásemos como tesoros, otro mundo este sería.

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*Imágenes: Smithsonian Magazine

Los cenotes son sitios sagrados (y deberíamos seguir respetando eso)

Estas espectaculares formaciones naturales se abren a nosotros develando secretos de nuestro pasado; sin embargo están siendo lastimadas y urge volver a considerarlas sagradas.

Los cenotes son sitios sagrados. No importa desde dónde lo analices: estas espectaculares formaciones naturales son esenciales, pues en ellas convergen ecología, espiritualidad, historia, identidad y cultura contemporánea. Por otro lado, los cenotes están sufriendo los estragos que derivan de un cambio de paradigma propio de nuestro tiempo.

Como nunca —a pesar de que la conciencia sobre el medio ambiente está vibrando a una alta frecuencia— muchos nos hemos desconectado de la naturaleza. Las culturas que nos anteceden tenían una relación muy distinta con su entorno. De alguna manera el encanto inmenso de ciertos sitios, los hacía dignos de nuestra admiración y protección incondicional.

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Mucha de esta sensibilidad continúa manifestándose entre las comunidades indígenas de todo el país, que siguen luchando por proteger a estos espacios de los que su vida depende, pero también su espíritu y su identidad. Pero sus acciones son minimizadas por otros procesos sociales y es urgente empezar a compartir la responsabilidad y practicar el respeto.

A los cenotes les debemos el florecimiento de la vida

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La vida no florece sin agua. Para las culturas antiguas esto era muy claro y lo manifestaban en el culto a deidades ligadas a este elemento. De hecho, se practican aún múltiples rituales para pedir por un buen clima inspirados en esa herencia cultural; pues —aunque lo olvidemos— dependemos directamente de la tierra y para quienes la cultivan esto es muy evidente.

Pero al agua no se accede de la misma manera en todos lados. En Yucatán, por ejemplo, el agua se filtra por la porosidad de la superficie y las corrientes son subterráneas. Los cenotes, las cuevas y otras oquedades son los accesos al agua dulce.

Como explica el investigador Rubén Cárdenas Maldonado en su texto “Cenotes y asentamientos humanos en Yucatán” publicado en Arqueología Mexicana, los cenotes fueron determinantes para que en la región se asentaran y desarrollaran las culturas antiguas. En otras palabras, sin estas formaciones la historia maya sería completamente distinta.

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Cenotes, sitios sagrados

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No es de extrañarse que fueran espacios de culto de para los mayas, quienes los consideraban sitios de “comunicación con las deidades del agua” y puertas al inframundo. Así, practicaban distintos ritos en torno a los cenotes y depositaban en ellos ricas ofrendas, incluyendo restos de sacrificios humanos.

En el Cenote Chenkú, según relatos de cronistas, se arrojaban mujeres vírgenes. En distintas investigaciones arqueológicas se han recuperado de este cenote restos humanos de hombres, mujeres, niños y piezas escultóricas y de joyería.

Así, aunque lo sagrado de los cenotes en nuestro tiempo tiene mucho que ver con sus vitales funciones ecológicas, también hay que considerarlos como puertas que se abren a nosotros develando secretos del pasado, de la historia que nos dio lugar. Y sobre ella aún queda mucho por descubrir.

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La naturaleza como “espacio público”

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Tristemente, el culto espiritual, la investigación arqueológica y la vida que depende de los cenotes tienen un enemigo en común: la contaminación. Según este artículo de El Universal, 20% de los casi 3000 cenotes de Yucatán han sufrido daños en distintos niveles, pues se han convertido en basureros o porque en ellos se tiran aguas residuales.

La falta de planeación industrial, los mega proyectos de todo tipo y el turismo que no es ecológico, son algunas de las causas detrás de este dato. Y, aunque hay proyectos e iniciativas nacionales y locales que pretenden sanear los cenotes, la contaminación no termina.

Es importante saber que no se trata solo de tirarles basura, en ellos se filtran también aguas negras. Por eso es vital que al viajar te asegures de hospedarte en sitios que tengan un manejo responsable de todos sus desechos. No tener ese tipo de consideraciones con la naturaleza es lo que terminará por acabar con ella.

Y aunque los cenotes y otras maravillas parecidas deben ser consideradas “espacio público”, precisamente por su enorme valor en el imaginario colectivo (que trasciende múltiples categorías), es responsabilidad de cada uno de nosotros pensar cómo estamos correspondiéndole a estos sitios que se disponen, casi sin condiciones, para nosotros.

*Imágenes: 1) Marc Moll; 2) Yucatán Travel; 3) Crédito no especificado; 4) INAH; 5) bazman633004/Flickr. 

Guaguarongos: los geniales jorongos para quitarle el frío a tu perro

Los textiles mexas se están filtrando a todos los rincones del diseño, pero su más simpática versión son estos “guaguarongos”.

El gusto por nuestras artesanías tradicionales viene y va. Pero a nosotros nos encanta ver que se filtren a todos los rincones del arte y el diseño contemporáneo, porque significa que seguimos encontrando maneras de reinventar, cuestionar y replantear eso que ya consideramos bien nuestro.

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Pero quizá la versión más simpática de estas reinvenciones de las artesanías tradicionales son los “guaguarongos”, geniales jorongos que sirven para quitarle el frío a las mascotas. Los jorongos son una pieza de ropa típica de distintas regiones del país que aún sigue produciéndose con antiguas y preciosas técnicas, aunque esta pequeña versión es la más insólita y enternecedora.

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Enamorada de los perros, Fernanda Valdés Ferrer  se alió con artesanos de Contla de Juan Cuamatzi, Tlaxcala, para fabricar estas detalladas prendas y formar la marca Tamal In. ¿Por qué de Contla? porque ahí hay una fina y muy arraigada tradición en torno a los textiles artesanales, que además de construir inigualables diseños, son muy cómodos y calientitos.

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Hay jorongos de todos los tamaños, pues se pueden encargar prácticamente a la medida de cada mascota. Dependiendo del tamaño, varia el precio, aunque un porcentaje de las ganancias de Tamal In se dona a refugios para perros. 

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Sin duda es una forma muy innovadora de consumir artesanías, que se celebra, porque implica devolver a nuestro imaginario cotidiano diseños que cuentan la historia de las comunidades que los tejen.

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Si te enamoraste de los guaguarongos, no dudes en comprarle uno a tu mascota y apoyar las múltiples causas que se desenvuelven entre sus hilos. Puedes comprar también los preciosos guaguarongos de Diseñadogs que tienen tienda en la CDMX.

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Conoce la ciudad más pacífica de México

No es una utopía: es real y se encuentra al sur de nuestro país.

Dicen que cierta vez le preguntaron a un yucateco qué haría si se aproximara el fin del mundo y éste respondió: “¡Mare, si se acaba el mundo me voy pa’ Mérida!”. Esta frase, además de formar parte del pensamiento colectivo y cultural mexicano, advierte una verdad incuestionable, con base en la realidad. Y es que Merida, en territorio maya, es la ciudad más pacífica de todo México. 

Esta, la capital del estado de Yucatán, ha sido llamada la “Ciudad de la Paz” oficialmente, luego de que en 2011 le fuera entregado un premio por el Comité Internacional de la Bandera de la Paz. Tal es la razón de que sus habitantes puedan andar libremente por las calles a cualquier hora e, incluso, dejar abiertas de par en par las puertas de sus casas y negocios. En Merida, alarma encontrar entre los periódicos locales noticias sobre robos o violencia, pues resulta un fenómeno tan raro como intolerable por los ciudadanos que procuran mantener la tranquilidad de su territorio. 

Tan sólo cifras del INEGI arrojan que el 72 % de los yucatecos cree que su estado es seguro. Pero más que creerlo, lo saben, pues son ellos quienes, en sus más ínfimas acciones cotidianas, construyen esa tranquilidad día a día.

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El hecho de que Merida sea una ciudad tan envidiablemente pacífica atrae también otros beneficios colaterales. Ejemplo de ello es que entre sus habitantes persisten costumbres muy propias de su realidad cultural y mucho orgullo por sus raíces; una actitud compartida y celebrada por todos. Pero, más allá de admirar lo que esta ciudad y sus habitantes han logrado, podemos celebrar que, su “cultura de la paz”, haya sido practicada y reforzada día a día con una ingrediente fundamental: la unión de la sociedad por un fin en común. Un acuerdo comunitario con una alta carga de conciencia, pues esta ciudad no sería lo que es hoy, sin la colaboración de pobladores que desearon una mejor calidad de vida y lo lograron. 

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Así, el millón de habitantes que pueblan Mérida mantienen arraigadas sus costumbres, lo que les convierte en una notable diferencia, en relación a otros pueblos de México. A ello habría que sumar el desarrollo cultural que ha tenido la ciudad, siendo nombrada en dos años (2000 y 2017) “Capital Americana de la Cultura”. De ahí que cada año se festeje ahí olimpiadas relacionadas a la ciencia, como la dedicada a las matemáticas. Además es sede predilecta del Festival Internacional de la Cultura Maya. Todo ello, sin duda, contribuye a la tranquilidad que se vive en la urbe, pues  hacer la paz también es hacer cultura.

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Pasaje de la Revolución

Mérida es así una anhelada parada para muchos connacionales y extranjeros, pues en ella la paz es más que una simbólica paloma blanca; es la realidad cotidiana.

 

*Referencias:  Si se acaba el mundo, me voy a Mérida: cómo es y cómo se vive en la ciudad más pacífica de México
*Imágenes: 1) Adolfo Martínez; 2) barbbarbbarb; 3)
Ronald Woan / flickr CC